lunes, 17 de septiembre de 2012

CURIOSIDADES Y ANÉCDOTAS SOBRE LOVECRAFT(I)

Un escritor como Lovecraft es también fuente de anécdotas y curiosidades en torno a su vida y su obra, que iré recogiendo en una serie de entradas.De momento,os dejo tres de ellas.
  • Lovecraft fue muy precoz respecto a la literatura, a la que amó desde su más tierna infancia.A los dos años de edad ya recitaba poesía, podía leer a los tres años y escribir a los seis. A los cinco años ya había leído una adaptación de  La Ilíada y de Las mil y una noches. Su primer relato conocido, The Noble Eavesdropper (traducido como El noble espía), lo escribió en torno a 1897, con sólo siete años de edad;el primer cuento con elementos básicos del género de terror y con una estructura literaria fue La bestia de la cueva(The beast in the cave) que escribió en 1905, con 14 años y la primera narración publicada en una revista especializada fue El alquimista, del año 1908, cuando él contaba 18 de edad.En su infancia,su género favorito era el policíaco, afición que lo llevaría a crear,a los trece años, una agencia de detectives llamada "Agencia de detectives de Providence".
  • Muchos de los libros y obras malditas y esotéricas que se asocian con los Mitos de Cthulhu son reales(como los que siguen:Ars Magna et Ultima, de Raimundo Lulio;The Story of Atlantis and The Lost Lemuria,de W. Scott-Elliot;Clavis Alchemiae,de Robert Fludd;Cryptomenysis Patefacta,de John Falconer;The Daemonolatreia, de Remigius;De Furtivis Literarum Notis, de Giovanni Battista della Porta;De Lapide Philosophico,  y Poligraphia de Johannes Trithemius;Key of Wisdom,de Artephius;Kryptographik,de  Johann Ludwig Kluber;Turba Philosophorum,de Guglielmo Grataroli o The Witch-Cult in Western Europe, de Margaret Murray) y no libros apócrifos o ficticios como el Necronomicón o De vermis Mysteriis.Es más, el contenido de la mayoría de las obras citadas nada tienen que ver con cultos milenarios,conocimientos prohibidos u ocultismo, pues de hecho muchos de ellos hacen referencia a la criptografía( la rama de la criptología que se ocupa de las técnicas para alterar el significado de los textos mediante cifrados o codificados).Esto se debe al simple hecho de que Lovecraft poseía un único tomo de la Enciclopedia Británica, que incluía la letra C,  y de la entrada cryptography tomó la abundante bibliografía.Así, las obras con títulos en latín que sonaban rimbombantes y eran pretendidamente esotéricos y proscritos no son sino tratados de criptografía. 

  • Lovecraft tenía una fuerte aversión al mar y a todo lo relacionado con él,como el olor a pescado,debido a que de pequeño sufrió una intoxicación por comer pescado en mal estado.Esa repulsión al mar y a los peces se reflejó en sus obras y en especial en los Mitos de Cthulhu.En el relato fundacional de los Mitos, La llamada de Cthulhu, todo lo que tiene que ver con el dios primigenio-la isla sumergida de R'lyeh,su presencia, los Profundos y los habitantes semihumanos de Innsmouth, los adoradores de Cthulhu,etc-se asocia con el olor a pescado en descomposición, sin duda una evocación de la fobia del escritor.

viernes, 14 de septiembre de 2012

JAZZ EN HOMENAJE A LOVECRAFT


La Sociedad Histórica H.P. Lovecraft presentó recientemente el disco Live at Gilman House de Ogham Waite y la Banda de Jazz Anfibia,que rinde homenaje tanto al cantante estadounidense Tom Waits (n.1949)-famoso por sus canciones de tono áspero- como a la obra de Lovecraft.Como la propia Sociedad dice:
En una noche fatídica de 1931, el hijo de mayor talento de una de las familias más prominentes de Innsmouth realizó su propio concepto del jazz ante un público en vivo en el salón del hotel Gilman House. Un visitante especial de fuera de la ciudad estaba allí para escuchar esta actuación fatídica. Ahora, por fin, la HPLHS (H.P.Lovecraft Historical Society) se complace en compartir estas grabaciones raras y perturbadoras. 
Las canciones con las que cuenta el disco son las siguientes: My Slimy Cephalopod,Some Wonderland Overseas, Blue Seas, When You've Got the True Marsh Eyes ,Somewhere Under the Ocean, We'll Be Stalking You, The Very Scent of You y You Notice My Head.
Aquí os dejo un video con una actuación en directo en Estocolmo en abril de 2012:
 

LOS MUNDOS DE LOVECRAFT

The Worlds of  Lovecraft (Los Mundos de Lovecraft) son dos cómics que recopilan un total de nueve relatos de Lovecraft publicados en EE.UU. en Caliber Comics y Adventure Comics  de Tome Press entre 1993 y 1998.Con guión de Steve Jones y dibujos de Octavio Cariello,Aldin Baroza,Rob Davis,Chris Jones y Wayne Reid, estas historietas adaptan los siguientes relatos:La música de Erich Zann, Dagón, Hechos concernientes a Arthur Jermyn, La declaración de Randolph Carter y El grabado de la casa(el primer volumen) y El horror oculto, El alquimista, Más allá del muro del sueño y La tumba (el segundo volumen).Se tratan de fieles adaptaciones en blanco y negro que,por desgracia, todavía no han sido publicados en castellano,cosa que esperamos con impaciencia.


EL ALQUIMISTA

El alquimista (The Alchemist) es un relato de Lovecraft escrito en 1908,cuando contaba 18 años, y que publicó en la revista The United Amateur en noviembre de 1916, lo que lo convierte en la primera narración publicada por el autor de Providence.Se trata de un clásico cuento gótico al estilo de Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873),el conocido escritor irlandés, muy lejano de sus Mitos de Cthulhu y el ciclo de horror cósmico.Se trata,como he mencionado,del primer relato publicado de Lovecraft,así que aquí os lo dejo para que disfrutéis con su lectura.



Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del invasor.
Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora poderosos señores del lugar.
Fue en una de las vastas y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.
Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más llamaban mi atención.
Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que tenía ante los ojos.
El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado, debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.
Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C.
«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida
Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»
proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina.
El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado antepasado al morir.
Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia. En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.
Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados. Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.
Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo. Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.
El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance. Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana. Era un hombre vestido con un casquete1 y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Por fin, la figura habló con una voz retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier. Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición. Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas.
Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustrado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.
Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados desde la época de Charles le Sorcier? El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del suelo. Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada. Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo.
Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.
-¡Necio! -gritaba-. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER!

jueves, 13 de septiembre de 2012

LA MARCA DEL MUERTO




La marca del muerto (1961), dirigida por el mexicano de origen portorriqueño Fernando Cortés(1909-1979), es tal vez la primera adaptación al cine de un relato de Lovecraft, concretamente El caso de Charles Dexter Ward (1927-1928).En este caso,un científico loco logra hacer regresar a su abuelo, el Dr. Malthus, de la muerte con resultados trágicos: el galeno, ahora requiere grandes cantidades de sangre humana para poder mantenerse con vida.Es una producción mexicana en blanco y negro que obtuvo cierto éxito en su país, de la que Jerry Warren compró los derechos e hizo un remake en 1965 con el título Creature of the Walking Dead.Aquí os dejo el comienzo de la película:




LOVECRAFT EN NOTICIAS CUATRO



El pasado 15 de marzo se cumplieron 75 años de la muerte de Lovecraft y en Noticias Cuatro el 17 de marzo le dedicaron unos minutos a nuestro estimado escritor recordando su obra y su legado.Aquí os dejo la reseña que aparece en la web oficial y un enlace para ver el video completo de la noticia.
Se cumplen 75 años de la muerte del considerado como uno de los escritores de terror más influyentes del siglo XX. H.P. Lovecraft, el creador del horror cósmico fue ignorado durante años a pesar de que su influencia se deja ver hoy en día en otras artes como los comics, la música o el cine. Nunca vio publicado en vida ninguno de sus relatos o novelas cortas. Aún así películas como Piratas del Caribe o Hellboy toman prestadas sus ideas y grupos musicales como Metallica o Cradle of Filth basan sus letras en sus relatos. Lovecraft cambió el orden del género que pasó de fantasmas y vampiros a monstruos tentaculares, a dioses de inabarcables proporciones que mueven los hilos de la humanidad. Consiguió crear una compleja mitología ampliada por numerosos escritores y discípulos. Incluso ideó con tal verosimilitud un libro maldito para invocar a estos seres, el Necronomicón. Nunca llegó a existir pero todavía hay quien asegura que posee una copia o lo ha leído.
 r http://www.cuatro.com/Noticias_Cuatro/Fin_de_Semana/Lovecraft-maestro-terror_3_1579072087.html

miércoles, 12 de septiembre de 2012

R'LYEH



 Como todos sabréis,R'lyeh es la ciudad sumergida donde Cthulhu reposa,situada en pleno océano Pacífico.Lovecraft la estableció en la latitud 47º 9' S, longitud 126º 43' O. August Derleth usó las coordenadas de latitud 49º 51' S, longitud 128º 34' O. Estas coordenadas sitúan la ciudad a 9500 km de Pohnpei (Ponapé), a 10 días de navegación en un barco rápido, una isla real de la zona, que consecuentemente juega una parte importante en los mitos de Cthulhu como el origen de la escritura de Ponape, un texto que describe a Cthulhu.Una de las características de la isla es que posee una arquitectura basada en una geometría no euclidiana, o sea, totalmente diferente a la que nosotros conocemos. La primera descripción de este lugar ficticio apareció en el relato La llamada de Cthulhu (1926),génesis de los Mitos de Cthulhu.Entre los fragmentos a destacar están los siguientes:
...llegaron a un litoral de lodo, fango y ciclópea mampostería que no podía ser otra cosa que la sustancia tangible del terror supremo de la tierra: la ciudad cadavérica y de pesadilla de R'lyeh, construida hacia incontables eones por repugnantes figuras que procedian de las estrellas sin luz. Allí yacían el Gran Cthulhu y sus hordas, ocultos bajo bóvedas cubiertas de fango verdoso; enviando de nuevo, tras incalculables ciclos temporales, aquellos pensamientos que extendían el miedo por los sueños de los más sensibles, a la vez que apremiaban a sus fieles a lanzarse en pos de un peregrinaje por su liberación y la restauración de su imperio en la tierra...

 Uno no podía estar seguro de que el mar y el suelo fueran horizontales, de modo que la posición relativa de todo el resto parecía variar fantásticamente. 

 ...aquel lugar onírico que vio era anormal, no euclidiana y asquerosamente impregnada de sensaciones de otras esferas y dimensiones distintas de la nuestra...
  
Una de las frases más conocidas e importantes de los Mitos y la más utilizada por los adeptos y seguidores de Cthulhu es:"Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn", que significa "En su morada de R'lyeh,el muerto Cthulhu espera soñando".