viernes, 2 de diciembre de 2011

NUEVOS CUENTOS DE LOS MITOS



La editorial Valdemar acaba de reeditar en su sello "El Club Diógenes" la colección de relatos titulada Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu, que ofrece relatos de una segunda generación de escritores de terror que han hecho su aportación a esta cosmogonía literaria.
Los Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu ofrecen nuevas aportaciones al universo literario de autores como Stephen King, Brian Lumley, Frank Belknap Long o el propio Lovecraft. La antología corre, además, a cargo de Ramsey Campbell, toda una eminente figura literaria en el campo del género de terror.Los relatos que se incluyen son los siguientes:
· Crouch End,de Stephen King.
· La charca de las estrellas,de A.A. Attanasio.
· El segundo deseo,de Brian Lumley.
· Oscuro despertar,de Frank Belknap Long.
· La sección 247,de Basil Copper.
· Un negro con un saxofón,de T.E.D. Klein.
· El libro negro de Alsophocus,de H.P. Lovecraft y Martin S. Warnes.
· Maldita sea la oscuridad,de David Drake.
· Las caras de Pine Dunes,de Rampsey Campbell.

jueves, 1 de diciembre de 2011

FOTOGRAFÍAS QUE RECUERDAN A LOVECRAFT



El pasado 24 de noviembre, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo (CFMAB) y el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa)de Oaxaca, México, inauguraron una exposición titulada Carlos Amorales y Rosana Schoijett presentan Lovecraft .Se trata de una serie de collages, retratos de siluetas y rayogramas creados por dos artistas, la argentina Rosana Schoijett (n.1969)y el mexicano Carlos Amorales (n.1970) en una exposición que albergará hasta enero del 2012. Resaltando el uso de técnicas fotográficas antiguas, en el proceso de trabajo, ambos artistas hicieron un guiño al pasado sin olvidar las nuevas tecnologías.Los autores recurrieron al uso de técnicas fotográficas antiguas,Amorales retomando el rayograma, que fue aplicado por Man Ray en 1921, mientras que la argentina Schoijett realizó retratos de siluetas, similares a aquellos creados en el siglo XVII.Aunque la exposición en sí no es un homenaje a Lovecraft, el título y el cartel rememoran al escritor.

EL ARTE DE LOS MITOS DE CTHULHU



La editorial sevillana Edge Entertainment, especializada en cartas y juegos de rol, ha publicado en castellano el libro El Arte de los Mitos de Cthulhu de H.P.Lovecraft,editado por Pat Harrigan y Brian Wood, una recopilación de ilustraciones y dibujos sobre la mitología lovecraftiana,realizadas por algunos de los mejores artistas de lo fantástico y el terror de la actualidad, como Michael Komarck, Torstein Nordstrand, Paul Carrick, Anders Finer y muchos otros.Como dicen en la propia web,un viaje a las oscuras y perturbadoras visiones inspiradas por los libros y relatos de los Mitos de Cthulhu.Se trata de un libro de 192 páginas y se puede adquirir por unos 30 euros.

CUADERNO HALLADO EN UNA CASA DESHABITADA

Cuaderno hallado en una casa deshabitada (Notebook found in a deserted house) es un relato de terror del escritor Robert Bloch, publicado en la edición de mayo de 1951 de la revista Weird Tales.
Tal como anuncia el título, el relato es un texto encontrado en una casa abandonada, escrito por un tal Willie Osborne. Más allá de las conexiones entre este relato con los Mitos de Cthulhu, e incluso con el propio estilo narrativo de Lovecraft, algunos han visto en este cuento la fuente de muchísimas y variadas versiones cinematográficas sobre el mismo tema, entre ellas El proyecto de la Bruja de Blair(The Blair Witch Proyect,1999).



Ante todo, quiero afirmar que yo no he hecho nunca nada malo. A nadie. No tienen ningún derecho a encerrarme aquí, sean quienes fueren. Y no tienen ningún motivo para hacer lo que presiento que van a hacer. Creo que no tardarán en entrar, porque hace ya mucho tiempo que se han marchado. Supongo que estarán excavando en el pozo viejo. He oído que buscan una entrada. No una entrada normal, por supuesto, sino algo distinto.

Tengo una idea concreta de lo que pretenden, y estoy asustado. Esos sueños sobre el ser negro que era como un árbol, que andaba por los bosques y echaba raíces en un determinado lugar para ponerse a rezar con todas aquellas bocas... a rezar a ese viejo dios de debajo del suelo. No sé de dónde saqué la idea de cómo rezaba: pegando sus bocas al suelo. Tal vez porque vi el limo verde. ¿O es que lo presencié en realidad? Nunca volví a aquel lugar a mirar. Tal vez no eran más que figuraciones mías, la historia de los druidas y ellos y la voz que decía «shoggoth» y todo lo demás. Pero entonces, ¿dónde estaban Primo Osborne y Tío Fred? ¿Y qué asustó al caballo para venir de esa manera y morirse al día siguiente?

Los pensamientos me seguían dando vueltas y más vueltas en la cabeza, cada uno expulsando al otro, pero todo lo que sabía era que no estaríamos aquí la noche del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Porque la noche del 31 de octubre caía en jueves, y Cap Pritchett vendría y podríamos irnos al pueblo con él. La noche antes hice que Tía Lucy recogiera unas cuantas cosas y lo dejamos todo preparado, y entonces me eché a dormir. No hubo ruidos, y por primera vez me sentí un poco mejor. Sólo que volvieron los sueños. Soñé que un puñado de hombres venían en la noche y entraban por la ventana de la habitación donde dormía Tía Lucy y la cogían. La ataban y se la llevaban en silencio, a oscuras, porque tenían ojos de gato y no necesitaban luz para ver. El sueño me asustó tanto que me desperté cuando ya despuntaba el día. Bajé corriendo a buscar a Tía Lucy.

Había desaparecido. La ventana estaba abierta de par en par, como en mi sueño, y había algunas mantas desgarradas. El suelo estaba duro, fuera de la ventana, y no vi huellas de pies ni nada. Pero había desaparecido. Creo que grité entonces. Es difícil recordar lo que hice a continuación. No quise desayunar. Salí gritando «Tía Lucy» sin esperar ninguna respuesta. Fui al granero y encontré la puerta abierta, y que las vacas habían desaparecido. Vi una huella o dos que se dirigían al camino, pero no me pareció prudente seguirlas.

Poco después fui al pozo y entonces grité otra vez, porque el agua estaba verdosa de limo en el nuevo, igual que el agua del viejo. Cuando vi aquello supe que estaba en lo cierto. Debieron de venir ellos por la noche y ya no trataron de ocultar sus fechorías. Porque estaban seguros de las cosas. Esta era la noche del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Tenía que marcharme de aquí. Si ellos vigilaban y esperaban, y no podía confiar en que Cap Pritchett apareciese esta tarde. Tenía que intentar bajar al camino, así que era mejor que me fuera ahora, por la mañana, mientras había luz para llegar al pueblo. Con que me puse a revolver y encontré un poco de dinero en el cajón de la mesa de Tío Fred y la carta de Primo Osborne, con el remite de Kingsport, desde donde escribió. Ahí es adonde yo habría ido después de contar a la gente lo sucedido. Debo tener familia allí. Me preguntaba si me creerían en el pueblo cuando les contara la forma en que Tío Fred había desaparecido, y Tía Lucy, y el robo del ganado para un sacrificio y lo del limo verde en el pozo donde algún animal se había parado a beber. Me preguntaba si se enterarían de los tambores, y las fogatas que habría en los montes esta noche y si formarían una partida y vendrían esta noche para tratar de cogerlos a todos ellos y a lo que se proponían hacer salir de la tierra. Me preguntaba si sabrían qué era un «shoggoth».

Bueno, tanto si iban a venir como si no, yo no iba a quedarme a averiguarlo Así que hice mi pequeña maleta y me dispuse a marcharme. Debía ser alrededor de mediodía y todo estaba tranquilo. Fui a la puerta y salí sin molestarme en cerrarla con llave después. ¿Para qué, si no había nadie en muchos kilómetros a la redonda? Entonces oí el ruido abajo en el camino. Era ruido de pasos. Alguien benía por el camino, exactamente por la curva. Me quedé quieto un minuto, esperando a ber, esperando para echar a correr. Entonces apareció.

Era alto y delgado, y se parecía un poco a Tío Fred, sólo que mucho más joven y sin barba, y vestía una especie de traje elegante como de ciudad y un sombrero de copa. Sonrió al verme y vino hacia mí como si me conociera.

-Hola, Willie -dijo.
Yo no dije nada, estaba muy confundido.
-¿No me conoces ? -dijo-. Soy Primo Osborne. Tu primo Frank -me tendió la mano para estrecharme-. Pero supongo que no te acuerdas de mí, ¿verdad? La última vez que te vi eras sólo un bebé.
-Pero yo creía que tenías que venir la semana pasada -dije-. Te esperábamos el 25.
-¿No recibisteis mi telegrama? -preguntó-. Tuve que hacer.
Negué con la cabeza.
-Nosotros no recibimos nada, aparte del correo que nos traen los jueves. A lo mejor está en la estación.
Primo Osborne hizo una mueca.
-Estáis bastante lejos del bullicio, desde luego. Este mediodía no había nadie en la estación. He esperado a Fred para que me recogiera en su calesa, así no me habría dado la caminata, pero no he tenido suerte.
-¿Has venido a pie todo el trayecto? -pregunté.
-Desde luego.
-¿Y has venido en tren?
Primo Osborne asintió.
-Entonces, ¿dónde está tu maleta?
-La he dejado en el apeadero -me dijo-. Está demasiado lejos para traerla en la mano. Pensé que Fred me puede llevar en su calesa para recogerla -notó mi equipaje por primera vez-. Pero, un momento, ¿adónde vas con esa maletita, hijo?

Bueno, no me quedaba otro remedio que contarle todo lo que había sucedido. Así que le dije que fuéramos a la casa a sentarnos, y se lo explicaría. Volvimos y él preparó un poco de café y yo hice un par de bocadillos y comimos, y entonces le conté que Tío Fred había ido al apeadero y no había vuelto, y lo del caballo, y lo que le ocurrió luego a Tía Lucy. Me callé lo que me pasó a mí en el bosque, naturalmente, y ni siquiera le insinué lo de ellos. Pero le dije que estaba asustado y que me disponía a irme hoy mismo antes de que oscureciese. Primo Osborne me escuchaba, asentía y no decía nada ni me interrumpía.

-Así que por eso, tenemos que irnos de aquí.
Primo Osborne se levantó.
-Puede que tengas razón, Willie -dijo-. Pero no dejes correr demasiado la imaginación, hijo. Trata de separar los hechos de las fantasías. Tus tíos han desaparecido. Eso es un hecho. Pero esa otra tontería sobre unos seres de los bosques que vienen por ti... eso es fantasía. Me recuerda todas aquellas estupideces que contaban en casa, en Arkham. Y por alguna razón, me lo recuerdan más en este tiempo, ya que es 31 de octubre. Porque, cuando me marché...
-Perdona, Primo Osborne -dije-. Pero ¿no vives en Kingsport?
-Pues claro -me contestó-. Pero antes vivía en Arkham, y conozco a la gente de por aquí. No me extraña que te asusten los bosques y que imagines cosas. De hecho, admiro tu valentía. Para tus doce años, te has portado con mucha sensatez.
-Entonces pongámonos en camino -dije-. Son casi las dos, y lo más prudente es que nos vayamos si queremos llegar al pueblo antes de la puesta del sol.
-Aún no, hijo -dijo Primo Osborne-. No me iré tranquilo sin echar antes una ojeada y ver qué podemos averiguar sobre este misterio. Al fin y al cabo, debes comprender que no podemos marcharnos al pueblo y contarle al sheriff cualquier disparate sobre extrañas criaturas de los bosques que vinieron y se llevaron a tus tíos. La gente sensata no cree en esas cosas. Podrían pensar que estoy mintiendo y se reirían de mí. Podrían creer que has tenido algo que ver con... bueno, con la desaparición de tus tíos.
-Por favor -dije-. Vámonos ahora mismo.

Negó con la cabeza. No dije nada más. Podía haberle dicho un montón de cosas, lo que había soñado y oído y visto y lo que sabía... pero pensé que no serviría de nada. Además, había cosas que yo no quería decirle ahora que había hablado con él. Me sentía asustado otra vez. Primero dijo que era de Arkham y luego, cuando le pregunté me dijo que era de Kingsport pero a mí me sonaba a mentira. Luego dijo algo sobre que yo tenía miedo en los bosques, pero ¿cómo podía saber eso él? Yo no le había contado ese detalle. Si queréis saber qué es lo que yo pensaba de verdad, pensaba que tal bez no era Primo Osborne. Y si no era él, entonces ¿quién era?

Me puse de pie y me dirigí al vestíbulo.
-¿Adónde vas, hijo ? -preguntó.
-Afuera.
-Iré contigo.

Con toda seguridad, me vigilaba. No iba a perderme de vista. Vino a mí y me cogió del brazo amistosamente... pero yo no podía soltarme. No, se pegó a mi lado. Sabía que yo me proponía echar a correr. ¿Qué podía hacer? Estaba a solas en la casa del bosque con este hombre, y de cara a la noche, víspera de Todos los Santos, y ellos aguardando fuera. Salimos, y noté que ya empezaba a oscurecer, aun en plena tarde. Las nubes habían ocultado el sol, y el viento agitaba los árboles de forma que alargaban las ramas como si trataran de retenerme. Hacían un ruido susurrante, como si cuchichearan cosas sobre mí, y él levantó la vista como para mirarlos y escucharlos. A lo mejor comprendía lo que decían. A lo mejor le estaban dando órdenes. Luego casi me eché a reír, porque se puso a escuchar algo, y yo lo oí también. Era un golpear en el camino.

-Cap Pritchett -dije-. Es el cartero. Ahora podremos irnos al pueblo en su calesa.
-Deja que hable con él -dijo-. Y sobre tus tíos, no hay por qué alarmarle y no vamos a armar escándalo, ¿no te parece? Corre adentro.
-Pero, Primo Osborne -dije-. Tenemos que decir la verdad.
-Pues claro que sí, hijo. Pero eso es cosa de mayores. Ahora corre. Ya te llamaré.

Hablaba con mucha amabilidad y hasta sonrió, pero de todos modos me llevó a la fuerza hasta el porche y me metió en la casa y cerró con un portazo. Me quedé en el vestíbulo a oscuras y pude oír a Cap Pritchett y llamarle, y que él subía a la calesa y hablaba, y luego oí un murmullo muy bajo. Miré por una raja de la puerta y los vi. Cap Pritchett le hablaba amistosamente, con humor, y no pasaba nada. Después, al cabo de un minuto o dos, Cap Pritchett hizo un gesto de despedida y cogió las riendas, ¡y la calesa se puso en marcha otra vez! Entonces me di cuenta de lo que tenía que hacer, pasara lo que pasase. Abrí la puerta y eché a correr, con la maletita y todo, sendero abajo, y luego por el camino, detrás de la calesa. Primo Osborne trató de cogerme cuando pasé por su lado, pero lo esquivé y grité:

-¡Espéreme, Cap, quiero irme, lléveme al pueblo!
Cap se detuvo y miró hacia atrás, realmente desconcertado.
-¡Willie! -dijo-. Creía que te habías ido. El me ha dicho que te habías marchado con Fred y con Lucy.
-No le haga caso -dije-. No quería que me fuera. Lléveme al pueblo. Tengo que contarle lo que ha pasado. Por favor, Cap, tiene que llevarme.
-Claro que sí, Willie. Sube.
Salté arriba. Primo Osborne vino en seguida a la calesa.
-Baja ahora mismo -dijo con astucia-. No puedes marcharte así como así. Te lo prohibo. Estás bajo mi custodia.
-No le escuche -supliqué-. Lléveme, Cap. ¡Por favor!
-Muy bien -dijo Primo Osborne-. Si insistes en no ser razonable, iremos todos. No puedo consentir que te vayas solo.
Sonrió a Cap.
-Como ve, el chico está trastornado -dijo-. Espero que no le molesten sus desvaríos. El vivir aquí como él... bueno, usted me comprende, no es el mismo. Se lo explicaré todo camino del pueblo.

Se encogió de hombros e hizo un gesto como de golpearse la cabeza con los dedos. Luego sonrió otra vez, y se dispuso a subir y tomar asiento junto a nosotros. Pero Cap no le correspondió.

-No, usted, no -dijo-. Este chico, Willie, es un buen chico. Yo lo conozco. A usted no le conozco. Parece que ya me ha explicado bastante, señor, al decirme que Willie se había ido.
-Pero sólo quería evitar que hablase; escuche, me han llamado como médico para que atienda al muchacho... está mentalmente desequilibrado.
-¡Maldita sea! -Cap disparó un escupitajo de jugo de tabaco a los pies de Primo Osborne-. Nos vamos.
Primo Osborne dejó de sonreír.
-Entonces insisto en que me lleve con usted -dijo y trató de subir a la calesa.
Cap se metió la mano en la chaqueta y cuando la sacó otra vez, tenía una enorme pistola en ella.
-¡Baje! -gritó-. Señor, está hablando con el Correo de los Estados Unidos, y usted no manda en el Gobierno, ¿entiende? Ahora baje, si no quiere que le esparza los sesos en el camino.
Primo Osborne arrugó el ceño, pero se apartó en seguida de la calesa. Me miró a mí y encogió los hombros.
-Cometes una gran equivocación, Willie -dijo.

Yo no le miré siquiera. Cap dijo: «Vamos», y salimos al camino. Las ruedas de la calesa rodaron más y más de prisa, y no tardamos en perder de vista la casa y Cap se guardó la pistola y me palmeó en el hombro.

-Deja de temblar, Willie -dijo-. Ahora estás a salvo. Nadie te molestará. Dentro de una hora o así estaremos en el pueblo. Ahora sosiégate y cuéntale al viejo Cap todo lo que ha pasado.

Se lo conté. Tardé mucho tiempo. Corríamos a través de los bosques, y antes de que me diera cuenta, casi había oscurecido. El sol se deslizó furtivamente detrás de los montes. La oscuridad empezaba a invadir los bosques a ambos lados del camino, y los árboles empezaban a susurrar, diciéndoles a las sombras que nos siguiesen. El caballo corría y brincaba y muy pronto oímos otros ruidos a lo lejos. Podían ser truenos o podían ser otra cosa. Pero lo que era seguro es que se avecinaba la noche y que era víspera de Todos los Santos. La carretera cruzaba entre los montes ahora, y no beías adónde te iba a llevar la siguiente curva. Además, oscurecía muy de prisa.

-Sospecho que nos va a caer un chaparrón -dijo Cap, mirando hacia el cielo-. Eso son truenos, creo.
-Tambores -dije yo.
-¿Tambores?
-Por la noche pueden oírse en los montes -dije-. Los he oído todo este mes. Son ellos, se están preparando para el sabbath.
-¿El sabbath? -Cap me miró-. ¿Dónde has oído hablar del sabbath?

Entonces le conté algo más sobre lo que había ocurrido. Le conté todo lo demás. No dijo nada, y al poco tiempo no pudo haber contestado tampoco porque los truenos sonaban alrededor nuestro, y la lluvia azotaba la calesa, la carretera, todo. Ahora había oscurecido completamente, y sólo podíamos ver cuando surgía algún relámpago. Tenía que gritar para hacerme oír, contarle a voces los seres que se habían apoderado de Tío Fred y habían venido por Tía Lucy, los que se habían llevado nuestro ganado y luego enviaron a Primo Osborne por mí. Le conté a gritos también lo que había oído en el bosque. A la luz de los relámpagos pude ber la cara de Cap. Sonreía o arrugaba el ceño... parecía que me creía. Y noté que había sacado otra vez la pistola y que sostenía las riendas con una mano a pesar de que corríamos muy de prisa. El caballo estaba tan asustado que no necesitaba que lo fustigaran para mantenerse al galope. La vieja calesa saltaba y daba bandazos y la lluvia silbaba en el viento y era todo como un sueño espantoso, pero real. Era real cuando le conté a gritos a Cap Pritchett lo que oí aquella vez en el bosque.

-Shoggoth -grité-. ¿Qué es un shoggoth?

Cap me cogió el brazo, y luego surgió un relámpago y pude ver su cara con la boca abierta. Pero no me miraba a mí. Miraba el camino y lo que teníamos delante. Los árboles se habían como juntado cubriendo la siguiente curva, y en la oscuridad parecía como si estuviesen vivos... se movían y se inclinaban y se retorcían para cerrarnos el paso. Surgió un relámpago y pude verlos con claridad, y también algo más. Era algo negro que estaba en el camino, algo que no era árbol. Algo negro y enorme, agachado, esperando con unos brazos como cuerdas extendiéndose y contorsionándose.

-¡Shoggoth! -gritó Cap. Pero yo apenas le oí porque los truenos retumbaban ahora y el caballo soltó un relincho y sentí un tirón de la calesa hacia un lado y el caballo se encabritó y casi caímos sobre aquello negro. Pude notar un olor espantoso, y Cap apuntó con la pistola y soltó un disparo casi tan fuerte como el trueno y casi tan ruidoso como el estampido que se produjo cuando herimos a aquella negra monstruosidad.

Entonces sucedió todo en un momento. El trueno, la caída del caballo, el tiro, y nuestro choque al pasar la calesa por encima. Cap debía llevar las riendas atadas alrededor de su brazo, porque cuando cayó el caballo y se volcó la calesa salió de cabeza por encima del guardafango y fue a parar sobre la agitada confusión que era el caballo... y la monstruosidad negra que lo había atrapado. Yo sentía que salía despedido hacia la oscuridad, y luego que aterrizaba en el barro y la grava del camino. Hubo truenos y gritos y otro ruido que yo había oído antes una vez, en los bosques... un zumbido como de una voz. Por eso no miré hacia atrás. Por eso ni se me ocurrió pensar en el daño que me había hecho al caer... me puse de pie y eché a correr por la carretera lo más de prisa que podía, en medio de la tormenta y la oscuridad, mientras los árboles se contorsionaban y retorcían y agitaban sus cabezas y me apuntaban con sus ramas y se reían. Por encima de los truenos oí el relincho del caballo y oí el alarido de Cap, también, pero no me volví a mirar. Los relámpagos se sucedían a intervalos, y yo corría entre los árboles ahora porque el camino no era más que un cenagal que me sujetaba y me sorbía las piernas. Al cabo de un rato comencé a gritar yo también, pero no podía ni oírme yo mismo debido a los truenos. Y más que truenos. Oía tambores.

De repente, salí del bosque y llegué a los montes. Corrí hacia arriba y el rumor de los tambores se hizo más fuerte, y no tardé en ver un poco medianamente, aunque no ya por los relámpagos. Porque había fogatas encendidas en el monte; y el percutir de los tambores venía de allí. Me extravié en el ruido; el viento gemía y los árboles se reían y los tambores palpitaban. Pero me detuve a tiempo. Me detuve cuando vi con claridad las fogatas; eran unos fuegos rojos y verdes que ardían aun con toda la lluvia. Vi una gran piedra blanca en el centro de un claro que había en lo alto de una colina. Había fuegos rojos y verdes detrás y a su alrededor, de modo que todo se recortaba contra las llamas. Había hombres junto al altar, hombres de largas barbas grises y rostros arrugados, hombres que echaban al fuego unos polvos que olían espantosamente mal y hacían las llamas rojas y verdes. Y tenían cuchillos en las manos, y podía oírles aullar por encima de la tormenta. De espaldas, acuclillados en el suelo, había más hombres que hacían sonar los tambores. Poco después llegó algo más a la loma: dos hombres conduciendo ganado. Podría asegurar que eran nuestras vacas lo que conducían y las llevaron derecho al altar y luego los hombres de los cuchillos las degollaron como sacrificio.

Todo esto lo pude ver por los relámpagos y las llamas de las hogueras, y yo me agazapé en el suelo de modo que no me pudieran descubrir. Pero en seguida dejé de ver bien, debido a la forma de echar polvos en el fuego. Se levantó un humo muy espeso. Cuando este humo se lebantó los hombres empezaron a cantar y a rezar más alto. Yo no podía oír las palabras, pero sonaba como lo que escuché en los bosques la otra vez. No podía ver muy bien, pero sabía lo que iba a pasar. Dos hombres que habían conducido el ganado bajaron por el otro lado de la loma y cuando volvieron a subir traían nuevas víctimas para el sacrificio. El humo no me dejaba ver bien, pero las víctimas tenían dos piernas, no cuatro patas. Tal vez hubiera podido ver mejor en ese momento, pero me tapé la cara cuando las arrastraron ante el altar blanco y lebantaron los cuchillos y el fuego y el humo se avivaron de pronto y los tambores resonaron y cantaron todos y llamaron en voz muy alta a alguien que aguardaba en el otro lado de la loma. El suelo empezó a estremecerse. Creció la tormenta y redoblaron los relámpagos y los truenos y el fuego y el humo y los cánticos y yo estaba medio muerto de miedo, pero una cosa podría jurar: que el suelo empezó a estremecerse. Se sacudió y tembló, y ellos llamaron a alguien y ese alguien acudió como al cabo de un minuto.

Acudió arrastrándose cuesta arriba hasta el altar y el sacrificio, y era negro como aquella monstruosidad de mis sueños, como aquella cosa negra con cuerdas y en forma de árbol y con una gelatina verdosa de los bosques. Y subió con sus pezuñas y bocas y brazos serpeantes. Y los hombres se inclinaron y retrocedieron y entonces aquello se acercó al altar donde había algo que se retorcía encima, que se retorcía y chillaba. La monstruosidad negra se inclinó sobre el altar y entonces oí un zumbido por encima de los gritos al agacharse. Sólo miré un minuto, pero en este tiempo la negra monstruosidad empezó a inflarse y a crecer. Eso pudo conmigo. Perdí todo sentido de la prudencia. Tenía que correr. Me lebanté y corrí y corrí y corrí, gritando a voz en cuello sin importarme que me oyeran.

Seguí corriendo y gritando en medio de los bosques y la tormenta y huyendo de aquella loma y aquel altar y entonces de repente supe dónde estaba y que había vuelto aquí a la casa de mis tíos. Sí, eso es lo que había hecho: correr en círculo y regresar. Pero ya no podía continuar, no podía seguir soportando la noche y la tormenta. Así que corrí adentro. Al principio, después de cerrar la puerta me dejé caer en el suelo, cansado de tanto correr y gritar. Pero al cabo de un rato me levanté y busqué clavos y un martillo y unas tablas de Tío Fred que no estuvieran hechas astillas. Primero clavé la puerta y luego todas las ventanas. Hasta la última. Creo que estuve trabajando varias horas. Al terminar, la tormenta se había disipado y todo quedó tranquilo. Lo bastante tranquilo como para poderme echar en la cama y quedarme dormido. Me he despertado hace un par de horas. Era de día. He podido ver la luz a través de las rajas. Por la forma de entrar el sol, he comprendido que ya es por la tarde. He dormido toda la mañana y no ha venido nadie.

Calculaba que tal vez podía abrir y marcharme a pie al pueblo como había planeado ayer. Pero calculaba mal. Antes de ponerme a quitar los clavos, le he oído. Era Primo Osborne, naturalmente. El hombre que dijo que era Primo Osborne quiero decir. Ha entrado en el cercado gritando. «¡Willie!» Pero yo no he contestado. Luego ha intentado abrir la puerta y después las ventanas. Le he oído golpear y maldecir. Eso ha estado mal. Pero entonces se ha puesto a murmurar, y eso ha sido peor. Porque significaba que no estaba solo. He echado una ojeada por una raja, pero se habían ido a la parte de atrás de la casa, así que no he visto quiénes estaban con él. Creo que da lo mismo, porque si estoy en lo cierto, es mejor no berlos.

Ya es bastante desagradable oírlos. Oír ese ronco croar, y luego oírle a él hablar y después croar otra vez. El olor es un olor espantoso, como el limo verde de los bosques y del pozo. El pozo... han ido al pozo de atrás. Y he oído a Primo Osborne decir algo así como: «Esperad hasta que oscurezca. Podemos utilizar el pozo si encontráis la entrada. Buscad la entrada.»

Ahora ya sé lo que significa. El pozo debe de ser una especie de entrada al lugar que tienen bajo tierra, que es donde esos druidas viven. Y esa monstruosidad negra. He estado escribiendo de un tirón y ya la tarde se va yendo. Miro por las rajas y veo que está oscureciendo otra vez. Ahora es cuando vendrán por mí; cuando oscurezca.

Romperán la puertas y las ventanas y entrarán y me cogerán. Me bajarán al pozo, me llevarán a los negros lugares donde están los shoggoths. Debe de haber todo un mundo debajo de los montes, un mundo donde se ocultan y esperan para salir por más víctimas, por más sacrificios. No quieren que haya seres humanos por aquí, salvo los que necesitan para los sacrificios.

Yo vi lo que esa monstruosidad negra hizo en el altar. Sé lo que me va a pasar. Tal vez echen de menos a Primo Osborne en su casa y envíen a alguien a averiguar qué le ha pasado. Puede que las gentes del pueblo echen de menos a Cap Pritchett y vengan a buscarle. Puede que vengan y me encuentren. Pero si no vienen pronto, será demasiado tarde.

Por eso he escrito esto. Es verdad lo que digo, con la mano sobre el corazón, cada palabra. Y si alguien encuentra este cuaderno donde yo lo escondo, que vaya y se asome al pozo. Al pozo viejo, que está detrás. Que recuerde lo que he dicho de ellos. Que ciegue el pozo y seque las charcas. No tiene sentido que me busquen... si no estoy aquí. Quisiera no estar tan asustado. No lo estoy tanto por mí como por otras gentes; los que pueden venir a vivir por aquí, y les pase lo mismo... o peor. Tenéis que creerme. Id a los bosques, si no. Id a la loma. A la loma donde ellos hicieron los sacrificios. Puede que ya no estén las manchas y la lluvia haya borrado las huellas. Puede que no encontréis ningún rastro de fuego. Pero la piedra del altar tiene que estar allí. Y si está, sabréis la verdad. Debe haber unas manchas redondas y grandes en esa piedra. Manchas de medio metro de anchas.

No he hablado de ellas. Al final, miré hacia atrás. Vi a la monstruosidad negra aquella que era un shoggoth. La vi cómo se hinchaba y crecía. Creo que he dicho ya que podía cambiar de forma, y que se hacía enorme. Pero no podéis ni imaginar el tamaño ni la forma y yo no lo quiero decir. Lo único que digo es que miréis. Que miréis y veréis lo que se esconde debajo de la tierra en estos montes, esperando salir para celebrar su festín y matar a alguien más. Esperad. Ya vienen. Se está haciendo de noche y puedo oír sus pasos. Y otros ruidos. Voces. Y otros ruidos. Están aporreando la puerta. Y estoy seguro de que deben tener un tronco o tablón para derribarla. Toda la casa se estremece. Oigo hablar a voces a Primo Osborne, y también ese zumbido. El olor es espantoso. Me estoy poniendo enfermo, y dentro de un minuto...

Mirad el altar. Luego comprenderéis qué estoy tratando de decir. Mirad las grandes manchas redondas, de medio metro de anchas, a cada lado. Es donde la enorme monstruosidad negra se agarró. Mirad las marcas, y sabréis lo que vi, lo que me da miedo, lo que espera para atraparos, a menos que lo sepultéis para siempre bajo tierra. Marcas negras de medio metro de anchas. Pero no son manchas. En realidad, son ¡huellas de dedos!

Han derribado la puerta d...

EL DIARIO DE ALONZO TYPER

El diario de Alonzo Typer (The Diary of Alonzo Typer) es un relato de terror de Lovecraft, escrito en colaboración con William Lumley (1880-1960), publicado en la edición de febrero de 1938 de la revista Weird Tales.
Este relato se integra en los Mitos de Cthulhu a través de sus libros prohibidos, mencionando al espeluznante De Vermis Mysteriis, además de un terrible pueblo venusino, cuya integración en la mitología nunca se concretó del todo.





Alonzo Hasbrouck Typer, de Kingston, Nueva York, fue visto y reconocido por última vez el 17 abril de 1908, alrededor del mediodía, en el Hotel Richmond de Batavia. Era El Último descendiente de una antigua familia del condado del Ulster, y tenía 53 años en el momento de su desaparición. Mr Typer recibió educación privada en las Universidades de Columbia Y Heidelberg. Toda su vida la dedicó al estudio el ámbito de sus investigaciones abarcaba diversas fronteras del conocimiento humano oscuras y generalmente temidas. Sus documentos sobre vampirismo, gules y fenómenos poltergeist fueron impresos de forma privada tras ser rechazados por multitud de editores. Abandonó la sociedad de Investigaciones Psíquicas en 1902 después de una serie de controversias particularmente amargas.

En diversas épocas, Mr Typer efectuó largos viajes, desapareciendo de vista durante largos periodos. Se sabe que visitó oscuros lugares de Nepal, India, Tíbet, e Indochina, y pasó la mayor parte del año 1889 en la misteriosa Isla de Pascua. La amplia búsqueda de Mr Typer, efectuada tras su desaparición, no obtuvo ningún fruto, y sus bienes fueron divididos entre sus primos lejanos de la ciudad de Nueva York. El diario que ofrecemos a continuación fue supuestamente descubierto en las ruinas de una enorme granja, cerca de Attica, Nueva York, que había adquirido una reputación curiosamente siniestra durante las generaciones previas a su ruina. El edificio era muy viejo en comparación con los habituales doblamientos blancos de la región, y fue el hogar de una extraña y huraña familia apellidada Van der Heyl que había emigrado desde Albany en 1746 bajo una curiosa nube de sospechas de brujería. La construcción fue probablemente edificada alrededor de 1760. Poco sabemos de la historia de los Van der Heyl. Se mantenían completamente apartados de sus vecinos, empleaban sirvientes negros traídos directamente de África y que hablaban muy poco ingles, y educaban privadamente a sus menores en colegios europeos. Aquellos que estaban en contacto con el mundo desaparecieron pronto de vista, pero no sin ganarse una maligna reputación por su asociación con grupos dedicados a misas negras y cultos de reputación aún más oscura.

Cerca de la aborrecida casa se alzaba un poblado disperso, habitado por indios y más tarde por renegados del condado circundante, que llevaba el sospechoso de Chorazin. Sobre los singulares rasgos hereditarios que después aparecieron en los mestizos habitantes de Chorazin, se ha escrito multitud de monografías por parte los etnólogos. Junto al poblado, y a la vista de la casa de los Van der Heyl, se alza una empinada colina coronada por un peculiar anillo de piedras verticales que los iroqueses siempre habían contemplado con miedo y rechazo. El origen y naturaleza de las piedras, cuya fecha de origen, según la evidencia arqueológica y climatológica, debe ser fabulosamente antigua, es un problema aún por resolver. Desde 1795, aproximadamente, las leyendas de los pioneros y de los posteriores pobladores tienen mucho que decir sobre extraños gritos y cánticos procedentes, en cierta estación, de Chorazin y la gran casa, así como de la colina de piedras enhiestas; aunque hay razones para suponer que los ruidos cesaron sobre 1872, cuando toda la familia Van der Heyl incluidos los sirvientes desaparecieron brusca y simultáneamente.

A partir de ese momento la casa quedo desierta, ya que otros sucesos desastrosos incluyendo las misteriosas muertes, cinco desapariciones y cuatro casos de súbita locura tuvieron lugar cuando posteriores propietarios y visitantes interesados intentaron ocupar el lugar. La casa, el poblado y amplias zonas rurales en todas direcciones pasaron al estado y fueron subastadas en ausencia de herederos probados de los Van der Heyl. Desde 1890 los propietarios (sucesivamente el finado Charles A. Shield y su hijo Oscar S. Shield, de Búfalo) dejaron toda la propiedad en un estado de absoluto abandono, advirtiendo a los curiosos que no visitaran el lugar. De aquellos que se sabe que se aproximaron a la casa en los últimos cuarenta años, la mayoría fueron estudiantes de lo oculto, oficiales de policía, periodistas y oscuros personajes del extranjero. Entre los últimos estaba un misterioso euroasiático, probablemente procedente de Conchinchina, cuya posterior aparición con amnesia y extravagantes mutilaciones tuvieron un amplio eco en la prensa de 1903. El diario de Mr Typer un cuaderno de unos 15 x 9 centímetros de tamaño, con fuerte papel y una portada de delgadas láminas de metal extrañamente resistentes fue descubierto en poder de los degenerados habitantes de Chorazin el 16 noviembre de 1935 por un policía estatal enviado a investigar el rumor sobre el derrumbe de la mansión Van der Heyl. La casa en efecto, se había desplomado, obviamente por culpa de la evidente edad y la decrepitud, durante la fuerte galerna del 12 de noviembre. La desintegración fue peculiarmente completa y, durante semanas, no pudo hacerse una investigación exhaustiva entre las ruinas. John Eagle, el atezado poblador medio indio de rostro simiesco que tenía en su poder el diario, dijo haber encontrado el libro bastante cerca de la superficie de los escombros, en la que debía haber existido una habitación superior frontal.

Muy poco del contenido de la casa puso ser identificado, fuera de una inmensa y asombrosa bóveda de ladrillo sólido en el sótano (cuya antigua puerta de hierro fue preciso forzar debido a la perversa tenacidad del cerrojo extrañamente conformado) que permanecía intacta y presentaba ciertos rasgos desconcertantes. En primer lugar, los muros estaban cubiertos con jeroglíficos aún sin descifrar y rústicamente incisos en la albañilería. Otra particularidad era una inmensa abertura circular en la parte trasera de la bóveda, bloqueada por un derrumbe evidentemente causado por el hundimiento de la casa. Pero lo más extraño de todo era el aparentemente reciente depósito de alguna sustancia fétida, limosa y negra como la pez en el suelo de piedra liza, con un metro de anchura y formando una irregular línea que finalizaba en la bloqueada abertura circular. Aquellos que primero abrieron la bóveda declararon que el lugar olía como la madriguera de las serpientes de un Zoo. El diario, destinado en apariencia a cubrir solamente una investigación de la temida casa Van der Heyl por parte del desaparecido Mr Typer, ha sido certificado como genuino por expertos grafólogos. El texto muestra signos de creciente tensión nerviosa según se acerca al final y en algunos lugares se convierte casi en ilegible. Los habitantes de Chorazin cuya estupidez y mutismo desconciertan a todos los estudiosos de la región y sus secretos no admiten recordar a Mr Typer entre otros imprudentes visitantes de la temida casa.

El texto del diario se ofrece aquí literalmente y sin comentarios. Cómo interpretado y que conclusiones, aparte de la locura del redactor, sacar de él, es algo que el lector debe decidir por si mismo. Sólo el futuro puede decir que valor tendría para resolver misterios tan viejos como generaciones. Debe insistirse que los genealogistas confirman la tardía memoria de Mr Typer en el asunto de Adriaen Sleght.


El diario:
17 abril de 1908: Llegué aquí sobre las 6 P.m. Tuve que caminar todo el trayecto desde Attica bajo una tormenta. Ya que nadie quiso alquilarme un caballo o un coche, y no sé conducir automóviles. Este lugar es aún peor de lo que esperaba, y temo lo que pueda pasar, aunque a la vez estoy ansioso de conocer el secreto. Pronto todo se desvelará con la noche el viejo horror del Sabbath de Walpurgis, y, tras aquella vez en Gales, sé lo que es buscar. Suceda lo que suceda, no me acobardaré. Espoleado por algún afán insondable, he dedicado mi vida entera a la búsqueda de impíos misterios. No he venido aquí por otro asunto y no me hurtaré a mi destino. Estaba muy oscuro cuando llegué, aunque el sol no se había puesto. Las nubes de tormenta eran las más espesas que haya visto jamás, y no habría encontrado mi camino de no ser por el fulgor de los relámpagos. El poblado es una pequeña cloaca odiosa, y sus pocos habitantes no son mejores que idiotas. Uno de ellos me saludó de forma extraña, como si me conociera. Puedo ver muy poco del paisaje, sólo un pequeño y pantanoso valle de extraños matorrales pardos y muertos hongos, circundados por descarnados y maléficamente retorcidos árboles de ramas desnudas. Pero cerca del poblado hay una colina de apariencia lúgubre en cuya cima se alza un círculo de grandes piedras con otra roca en el centro. Esto, sin discusión, es el vil objeto primordial que V… me dijo sobre el N….stbat

La gran casa se alza en mitad de un parque sepultado bajo zarzas de curioso aspecto. Apenas puedo pasar entre ellas, y cuando me percaté de la inmensa edad y decrepitud del edificio, casi renuncié a entrar. El lugar parece sucio e insalubre, y me pregunto cuántos leprosos podrían apiñarse juntos ahí dentro. Es de madera y, aunque sus líneas originales están ocultas bajo una caótica confusión de alas añadidas en diferentes épocas, pienso que fue primeramente construida en el estilo colonial rectangular de Nueva Inglaterra. Probablemente, fue más fácil de construir que una casa de piedra Holandesa y además, según recordé, la esposa de Dirck van der Heyl era de Salem, una hermana del innombrable Abaddon Corey. Había un pequeño porche de pilares y me refugie bajo él justo cuando estallaba la tormenta. Era una demoníaca tormenta negra como la medianoche, con lluvia a mares, truenos y relámpagos como el día del Juicio Final, y un viento que realmente me laceraba. La puerta estaba abierta, por lo que encendí mi linterna y penetré. El polvo depositado sobre el suelo y los muebles tenía centímetros de espesor, y el lugar hedía como una tumba cubierta de hongos. Había un salón ocupando toda la planta y una escalera de caracol a la derecha. Me abrí paso por las escaleras y elegí su alcoba frontal para instalarme. Todo el lugar parecía ampliamente amueblado, a pesar que la mayor parte del mobiliario estaba deshecho.

Esto ha sido escrito a las 8 en punto, tras una comida fría sacada de mi maleta de viaje. Tras esto, conseguiré suministros en el poblado… aunque a ellos no les gusta acercarse demasiado a las ruinas de la entrada del jardín (según dicen) cuando es muy tarde. Desearía poder sacudirme un incómodo sentimiento de familiaridad con este lugar.

Más Tarde: Soy conciente de algunas presencias en esta casa. Una en particular es decididamente hostil hacia mí… una malevolente voluntad que trata de romper mi moral e imponérseme. No se ha mostrado ni un momento, pero debo utilizar todas mis fuerzas para resistirlo. Es pasmosamente maligna y definidamente inhumana. Pienso que debe estar aliada con poderes extraterrestres… poderes del espacio, fuera del tiempo y el universo. Se alza como un coloso, tal como está dicho en los escritos de Aklo. Ofrece tal sensación de inmenso tamaño que me maravillo que estas estancias puedan contener su volumen visible. Su edad debe ser enloquecedoramente antigua… impresionante, indescriptible.

18 de abril: He dormido muy poco esta última noche. A las 3 de la madrugada, un extraño y reptante viento comenzó a soplar sobre la región entera… y alzándose ante la casa como un tifón. Mientras descendía las escaleras para ver el estruendo en la puerta, la oscuridad tomó forma semivisible en mi imaginación. Justo ante el rellano fui violentamente rechazado hacia atrás… por el viento, supongo, aunque podría haber jurado que vi los difuminados perfiles de una gigantesca pata negra mientras me giraba precipitadamente. No perdí pie, pero, por mi seguridad, di por concluido el descenso y corrí el pesado cerrojo de la alcoba, que se estremecía peligrosamente. No tenía medios de explorar la casa hasta el amanecer, pero entonces, incapaz de conciliar el sueño e inflamado con entremezclados terror y curiosidad, me sentí reacio a posponer mi búsqueda. Con mi potente linterna me abrí paso a través del polvo hacia el gran recibidor del sur, donde sabía que podían estar los retratos. Allí estaban, tal como V… había dicho, y me pareció reconocerlos gracias a alguna oscura fuente. Algunos estaban tan oscurecidos, enmohecidos y cubiertos de polvo que pude sacar poco o nada de ellos, pero, en aquellos que pude reconstruir, reconocí que pertenecían, en efecto, a la odiosa estirpe de los Van der Heyl. Algunos de los retratos parecían sugerir rostros que había conocido, pero qué rostros, no pude recordar.

Los Rasgos de aquel espantoso híbrido Joris engendrado en 1773 por la hija más joven del viejo Dirck eran los más claros de todos, y pude reconocer los ojos verdes y ese aspecto de ofidio en su cara. Cada vez que apartaba la luz, ese rostro parecía crecer en la oscuridad, hasta que acabé imaginando que relucía con una débil y verdosa luz propia. Cuanto más miraba, más maligno me parecía, y me retiré para evitar las alucinaciones sobre expresiones cambiantes. Sin embargo, me volví para toparme con algo peor. La larga, adusta y diminuta faz, los ojos juntos y las facciones porcinas le identificaban enseguida, a pesar que el artista se había esforzado en hacer aquel hocico tan humano como era posible. Era aquel sobre el que V… había susurrado. Mientras me sobresaltaba horrorizado, creí detectar un fulgor rojizo en los ojos… y, por un instante, el fondo del lienzo pareció convertirse en una extraña y aparentemente irrelevante escena: un solitario y yermo páramo bajo un sucio cielo amarillo, donde medraban matorrales de endrino de aspecto mísero. Temiendo por mi cordura, escapé de la maldita galería, escaleras arriba, hacia mi rincón limpio de polvo donde tengo mis “cuarteles”.

Más Tarde: Resuelto a explorar algunas de las laberínticas alas de la casa a la luz del día. No puedo perderme, ya que mis pisadas son inconfundibles en el espeso polvo… y puedo hacer otras marcas de identificación cuando sea necesario. Es curioso cuán fácilmente he aprendido los intrincados pasadizos de los corredores. Siguiendo un largo pasillo de ángulos rectos que corría hacia el norte, hasta su extremo, llegué a una habitación cerrada cuya entrada forcé. Más allá había una alcoba muy pequeña y bastante atestada de muebles, con los artesonados seriamente carcomidos por los gusanos. En la pared exterior descubrí un espacio negro entre los podridos artesonados y encontré un estrecho pasadizo secreto que bajaba hacia desconocidas profundidades negras. Era un empinado tobogán o túnel sin escaleras o asideros, y me pregunté qué uso pudiera haber tenido. Sobre el hogar había un mohoso retrato que, en una atenta inspección, reveló pertenecer a una joven con las ropas del siglo XVIII. El rostro era de belleza clásica, aunque con la más diabólica y maligna expresión que jamás haya visto en un rostro humano. No era sólo dureza, codicia y crueldad, sino que alguna odiosa cualidad más allá de la humana comprensión parecía apoderarse en aquellas facciones exquisitamente modeladas. Y, mientras miraba, me pareció que el artista o el lento proceso de enmohecimiento y decadencia habían otorgado a esa pálida tez una complexión verdosa enfermiza y una postrera sugerencia de una casi imperceptible textura herrumbrosa. Más tarde subí al ático, donde encontré algunos baúles repletos de misteriosos libros… algunos de aspecto completamente extraño en cuanto a letras y forma física. Uno contenía variantes de las formulas Aklo que nunca había sabido que existieran. Aún no he examinado los libros que se encuentran en los polvorientos estantes bajo las escaleras.

19 de abril: Realmente, hay presencias invisibles aquí, aunque el polvo no muestre más pisadas que las mías. A través de los espinos abrí ayer un camino hacia la puerta del parque donde estaban mis suministros, pero esta mañana lo encontré cerrado. Muy Extraño, dado que los arbustos están a duras penas tonificados por la savia primaveral. De nuevo tuve la sensación de algo parecido a una mano, tan colosal que las estancias apenas pueden contenerla. Esta vez sentí más de un presencia de ese tamaño, y sé ahora que el tercer ritual Aklo que encontré en ese libro ayer en el ático puede convertir a tales cosas en sólidas y visibles. Que yo me atreva a intentar tal materialización es algo que está por ver. Los peligros son grandes. La última noche comencé a observar rostros espectrales y formas evanescentes en las penumbrosas esquinas de los salones y estancias… rostros y formas tan odiosas y temibles que no me atrevo a describirlas. Parecen semejantes en sustancia a esa pata titánica que intentó arrojarme por las escaleras la pasada noche… y deben, desde luego, ser fantasmas de mi excitada imaginación. Lo que estoy buscando no debe parecerse a tales cosas. He visto de nuevo la pata a veces a solas, a veces con su dueño, pero he decidido ignorar por completo tal fenómeno. Esta tarde temprano exploré el sótano por primera vez… descendiendo por una escalera encontrada en un trastero, ya que los escalones de madera estaban podridos. El lugar entero es una masa de incrustaciones nitrosas con hongos amorfos mostrando el lugar donde diversos objetos se han desintegrado. En el extremo más alejado hay un estrecho pasadizo que parece correr bajo el lateral norte donde encontré la pequeña alcoba cerrada, y al final de éste hay un pesado muro de ladrillos con una puerta de hierro atrancada. Aparentemente, pertenece a una cripta de alguna clase; este muro y puerta presentan evidencias de albañilería del siglo XVIII y debe ser contemporánea de las adiciones más viejas de la casa… claramente prerrevolucionaria. En el cerrojo que es, obviamente, tan viejo como el resto de la forja hay grabados algunos símbolos que me es imposible descifrar.

V… no me habló de esta cripta. Esto me llena de mayor inquietud que cualquier cosa que haya visto, ya que, cada vez que me aproximo, siento un impulso casi irresistible de escuchar algo. Hasta ahora ningún sonido ha señalado mi presencia en este maligno lugar. Mientras abandonaba el sótano, deseé fervorosamente que los escalones aún estuviesen allí, ya que mi ascensión por la escala de mano parecía enloquecedoramente lenta. No deseo volver a bajar… aunque algún genio maligno me apremia a hacerlo durante la noche si es que deseo aprender lo que debe ser aprendido.

20 de abril: He sondeado las profundidades del horror… sólo para conocer profundidades aún más recónditas. La última noche la tentación fue demasiado fuerte y, durante las negras horas, descendí una vez más a ese sótano infernal y nitroso con mi linterna… pasando de puntillas entre los amorfos cúmulos hacia ese terrible muro de ladrillo y su puerta cerrada. No desperté ningún sonido y me contuve de susurrar alguno de los encantamientos que conozco, pero escuché…escuché con enloquecedora atención. Por fin, escuché los sonidos provenientes de más allá de esos paneles barrados de fino hierro… el amenazador roce y murmullos como el de un gigantesco ser nocturno en el interior. Entonces, también, hubo un condenable deslizar, como el que haría una inmensa serpiente o bestia marina arrastrando sus monstruosos pliegues sobre el suelo pavimentado. Casi paralizado de miedo, observé el gran cerrojo polvoriento y los extraños, crípticos jeroglíficos grabados en él. Había signos que no podía reconocer, y algo en su ligera técnica mongola insinuaban una blasfema e indescriptible antigüedad. A veces imaginé que podía verlos relucir con una luz verdosa. Me volví para huir, pero me topé con esa visión de patas titánicas ante mí… las grandes zarpas parecían hincharse y hacerse más tangibles según miraba. Se extendían fuera de la maligna oscuridad del sótano, con sombrías insinuaciones de muñecas cochambrosas más allá y con una creciente, malevolente voluntad guiando sus horribles tanteos. Entonces escuché detrás de mío en el interior de esa abominable cripta una nueva explosión de amortiguadas reverberaciones que pareció proceder de lejanos horizontes, como un trueno distante. Impelido por un miedo aún mayor, avancé hacia las zarpas espectrales con mi linterna y las vi desvanecerse ante la plena fuerza del resplandor eléctrico. Enseguida, me aupé a la escalera con la linterna entre los dientes y no descansé hasta haber alcanzado mis “cuarteles”, escaleras arriba.

Como acabará esto, no me atrevo ni a imaginarlo. Vine como buscador, pero ahora sé algo me busca a mi. No podía marcharme aun deseándolo. Esta mañana intenté ir a la puerta a por mis suministros, pero me encontré con que los espinos se apiñaban a mi camino. Era lo mismo en cualquier dirección… atrás o a ambos lados de la casa. En algunos sitios, los sarmientos espinosos y pardos habían alcanzado cotas asombrosas… formando un muro parecido al acero contra mi avance. Los aldeanos están implicados en todo esto. Cuando regresé puertas adentro, encontré mis suministros en el gran salón frontal, pero no rastro del que las hubiera llevado allí. Siento ahora haber barrido el polvo. Esparciré algo y veré que huellas quedan en ello. Esta tarde he leído algunos de los libros de la gran y sombría biblioteca de la parte trasera del primer piso y he concebido algunas sospechas que no me atrevo a mencionar. Nunca había visto el texto de los manuscritos Pnakóticos o los fragmentos de Eltdown antes, y desearía no haber llegado a saber lo que contenían. Creo que es demasiado tarde ya… porque el horripilante Sabbath tendrá lugar dentro de sólo 10 días. Es para esa noche de horror por lo que ellos me están reservando.

21 de abril: He estado estudiando de nuevo los retratos. Algunos tienen nombres colocados, y descubrí uno el de una mujer de rostro maligno pintado hace 2 siglos que me desconcertó. Lleva el nombre de Trintje van der Heyl Sleght, y tuve la curiosa impresión que ya me había encontrado antes con el nombre Sleght y que era una conexión muy significativa. Entonces no fue horrible, tal y como se convierte ahora. Debo estrujarme el cerebro tras esa pista. Los ojos de esos retratos me acechan. ¿Será posible que algunos de ellos emerjan más definidamente de sus mortajas de polvo, decadencia y moho? Los brujos con rostro de ofidio y cerdo me escrutan de forma horrible desde sus marcos ennegrecidos, y un surtido de otros rostros híbridos comienzan a observarme desde sus telones sombríos. Existe un odioso aire familiar en todos ellos… y lo que es humano es aún más horrible que lo que no lo es. Desearía que me recordaran menos a otros rostros… caras que debí conocer en el pasado. Pertenecen a una estirpe marcada por la maldición, y Cornelis de Lyeden era el peor de todos. Fue él quien rompió la barrera tras que su padre encontrara esa otra llave. Estoy seguro que V. sabe sólo fragmentos de la horrible verdad, porque, en efecto, estoy mal preparado e indefenso. ¿Qué hay de la familia antes del viejo Claes? Cuanto hizo en 1591 nunca pudiera haber sido hecho sin generaciones de corrompida herencia o sin algún enlace con el exterior. ¿Y qué hay de las ramas de esta monstruosa familia? Debo recordar el lugar donde una vez conocí tan señaladamente el nombre Slehgt.

Quisiera poder estar seguro de esas pinturas permanecerán siempre en sus marcos. Desde hace algunas horas he estado viendo presencias como las zarpas de antes, y espectrales rostros y formas que son duplicados casi exactos de algunos de los viejos retratos. De cualquier forma, no puedo nunca observar una presencia y el retrato que lo representa al tiempo… la luz es siempre mala para lo uno o lo otro, o la presencia y el retrato están en habitaciones diferentes. Quizás, tal como he esperado, las presencias son meras figuraciones de la imaginación, pero no puedo estar seguro. Algunas son mujeres y de igual belleza infernal que la pintura en la pequeña alcoba cerrada. Algunas no se parecen a retratos que yo haya visto, aunque me hacen sentir que sus facciones pintadas acechan ignoradas bajo el moho y el hollín de lienzos que no puedo descifrar. Unas pocas, temo desesperadamente, se han aproximado a la materialización en formas sólidas o semisólidas… y algunas tenían una familiaridad temible e inexplicable. Hay una mujer que supera en encantos a todas las demás. Sus venenosos encantos son como los de una dulce flor crecida al borde del infierno. Cuando la miro de cerca se desvanece, pero sólo para volver más tarde. Su rostro tiene un aspecto verdoso, y a veces he creído descubrir una insinuación de escamosidad en su suave textura. ¿Quién es ella? ¿Será aquella que debió vivir en la pequeña habitación cerrada hace un siglo o más? Mis suministros están en el salón frontal… esto, claramente, va a convertirse en una costumbre. He esparcido polvo para descubrir huellas, pero esta mañana todo el salón había sido limpiado por algún medio desconocido.

22 de abril: Éste ha sido un día de horribles descubrimientos. Exploré de nuevo el ático cubierto de telarañas y descubrí un tallado cofre medio podrido evidentemente holandés repleto de blasfemos libros y documentos mucho más antiguos que cuanto encontrara hasta ahora. Había un Necronomicón griego, un Livre d’Eibon franconormando y la primera edición del antiguo libro de Ludvig Prinn de Vermis Mysteriis. Pero el manuscrito más antiguo encontrado era el peor. Estaba en bajo latín, lleno de extrañas y apretadas grafías del puño y letra de Claes Van der Heyl… evidentemente, el diario o cuaderno de apuntes que llevó entre 1560 y 1580. Cuando solté los ennegrecidos cierres de plata y abrí las hojas amarillentas, un dibujo coloreado se agito ante mí… una monstruosa criatura parecida, aunque no demasiado, a un calamar con pico y tentáculos, con grandes ojos amarillos y con cierta abominable semejanza de contornos a la forma humana. Nunca antes había vi a un ser tan nauseabundo y espantoso. En zarpas, pies y cabeza tentaculada había curiosas garras que recordaban las colosales siluetas espectrales que tan horriblemente se interponían en mi camino, mientras que la entidad se sentaba sobre un pedestal con aspecto de trono tallado, con desconocidos jeroglíficos que tenían un leve parentesco con los chinos. Tanto sobre el escrito como sobre la imagen pendía un aire de maldad siniestra tan profunda y penetrante que no puede creerlo producto de cualquier mundo o edad. Más bien, esta forma monstruosa debía ser un foco de toda la maldad del espacio desconocido, tanto de eones pasado como los por venir… y aquellos terribles símbolos debían ser viles iconos, sensibles y dotados de enfermiza vida, a su manera, listos para arrancarse del pergamino para destrucción del lector. Del significado de ese monstruo y sus jeroglíficos no tengo pistas, pero sé que ambos han sido trazados con infernal precisión para propósitos innombrables. Mientras estudiaba los maléficos caracteres, su parentesco con los símbolos de aquel ominoso cerrojo del sótano se hizo más y más evidente. Dejé el retrato en el ático, ya que nunca podría conciliar el sueño con una cosa así cerca de mí.

Durante toda la tarde y el crepúsculo leí el libro manuscrito del viejo Claes Van der Heyl, y lo que leí puede ensombrecer y hacer horrible cualquier periodo de vida que me quede por delante. La génesis del mundo, y de los mundos previos, se desplegó ante mis ojos. Supe de la ciudad de Shamballah, construida por los Lemurios hace 50 millones, aún inviolable tras sus muros de fuerza psíquica en el desierto oriental. Conocí sobre el Libro de Dzyan, cuyos seis primeros capítulos son anteriores a la Tierra y que ya era viejo cuando los señores de Venus llegaron a través del espacio para civilizar nuestro planeta. Y vi registrado en el escrito por primera vez aquel nombre que otros me habían susurrado y que había conocido de una forma próxima y más horrible… el evitado y temible nombre de Yian-Ho. En algunos lugares fui contenido por paisajes que precisaban el uso de una clave. Eventualmente, por diversas alusiones, colegí que el viejo Claes no osaba consignar todo su conocimiento en un libro, pero había dejado algunas referencias a otro. El volumen no podía ser completamente inteligible sin su compañía, por lo que he resuelto encontrar el segundo tomo, si es que está en algún lugar de esta maldita casa. A pesar de ser un verdadero prisionero, no he perdido el celo que ha marcado toda mi vida de conocimiento y estoy resuelto a indagar en el cosmos a tanta profundidad como me sea posible antes que me alcance el destino.

23 de abril: he buscado toda la mañana el segundo diario y lo he encontrado, sobre el mediodía, en el escritorio de la pequeña alcoba cerrada. Como el primero, esta el bárbaro latín de Claes Van der Heyl, y parece consistir en notas deslavazadas conectadas con diversas secciones del otro. Ojeando las páginas, descubrí de nuevo el aborrecible nombre de Yian-Ho… Yian-Ho, cuya brumosa memoria, es más vieja que el cuerpo, asecha bajo las mentes de todos los hombres. Se repite muchas veces, y texto de alrededor está sembrando de crudos jeroglíficos pintados, claramente relacionados con los del pedestal de aquella pintura infernal que viera. Aquí, obviamente, descansa la clave de esa monstruosa figura tentaculada y su mensaje prohibido. Con tal conocimiento ascendí las crujientes escaleras hacia el ático, de telarañas y horror. Cuando intente abrir la puerta del ático, se resistió como nunca antes. Aguantó durante unos instantes todos los esfuerzos para abrirla y, cuando al fin logré, tuve la palpable sensación de una zarpa colosal e invisible que bruscamente cediera… una forma que se remontaba con alas, inmateriales pero de batir audible. Cuando encontré el horrible grabado, sentí que no estaba precisamente donde lo había dejado. Aplicando la clave al otro libro, pronto vi que el último no era una instantánea guía del secreto. Tan sólo era una pista… hacia un secreto demasiado oscuro para ser abiertamente guardado. Llevaría horas, quizás días, extraer el espantoso mensaje. ¿Viviré lo bastante para aprender el secreto? Los espectrales brazos y zarpas negras acosan mi visión más y más ahora, y parecen aún más titánicos que al principio. Nunca estoy libre durante mucho tiempo de esas presencias vagas e inhumanas cuyas formas nebulosas parecen demasiado inmensas para ser contenidas por las estancias. Y, en todo momento, los grotescos y evanescentes rostros y figuras, y las burlonas figuras de los retratos, se apiñan ante mí en desconcertante confusión. Verdaderamente, existe un terrible arcano primordial de la Tierra que haría mejor en dejar desconocido y sin evocar, temibles secretos que no son para el hombre, y que la humanidad puede aprender sólo a cambio de su paz y cordura; crípticas verdades que convierten a sus conocedores en un extraño para siempre entre los suyos y le obligan a vagar solitario sobre la Tierra. También hay temibles supervivientes, seres más viejos y poderosos que el hombre, entes que han surgido de forma blasfema desde los eones a edades nunca diseñadas para ellos; entidades monstruosas que han yacido durmiendo durante eternidades en increíbles criptas y cavernas remotas, más allá de las leyes de la razón y la casualidad, listas para ser despertadas por aquellos blasfemos que lleguen a conocer sus signos secretos y prohibidos, así como sus furtivos santo y seña.

24 de abril: he estudiado el dibujo y la clave todo el día en el ático. Al ocaso escuché extraños sonidos, de una especie nunca antes oída, que parecen venir de muy lejos. Prestando atención, decidí que debía brotar de aquella extraña y abrupta colina, donde esta el círculo de piedras enhiestas, junto al poblado y a alguna distancia al norte de la casa. He oído que había un camino desde la casa, por la colina, hasta el crónlech primordial y sospecho que en cierta estación los Van der Heyl Tenían muchas ocasiones de utilizarlo, pero todo el asunto había, hasta ahora, yacido latente en mi subconsciente. El actual sonido consiste en un estridente pitido entremezclado con un peculiar y odioso especie de silbido o siseo… una extravagante, una extraña especie de música como ningún anal de la tierra recoge. Era muy débil y pronto desapareció, pero el asunto me ha hecho reflexionar. Es a la colina hacia donde se extiende el largo alerón norte, con el poso secreto y la bóveda de ladrillo cerrada bajo él. ¿Puede haber alguna conexión que hasta ahora se me ha escapado?

25 de abril: He hecho un peculiar y perturbador descubrimiento sobre la naturaleza de mi prisión. Arrastrado hacia la colina por una fascinación siniestra, descubrí que los espinos me abrían paso, pero sólo en esa dirección. Hay una puerta arruinada y, bajo los matorrales, los restos de un camino que sin duda existió en tiempos. Los espinos se extienden por parte de la ladera y por todos los alrededores de la colina, aunque la cima con las piedras erguidas muestra sólo una curiosa profusión de musgo y hierba raquítica. Trepé por la colina y permanecí algunas horas allí, percatándome de un extraño viento que parece soplar siempre alrededor de los prohibidos monolitos y que a veces parece susurrar en una forma extrañamente articulada, aunque oscuramente críptica. Esas piedras, tanto en color como en textura, no se parecen a nada que haya visto anteriormente. No son pardas ni grises, sino más bien de un amarillo sucio unido a un verde maligno y sugieren una variabilidad camaleónica. Su textura se asemeja extrañamente a la de una serpiente escamosa y es inexplicablemente nauseabunda al tacto… fría y viscosa como la piel de un sapo u otro reptil. Cerca del menhir central hay un curioso pozo con borde de piedra que no puedo explicar, pero que posiblemente forma la entrada a un pozo excavado o túnel. Cuando intenté descender desde la colina a lugares distintos de la casa descubrí que los espinos me interceptaban como antes, aunque, el camino hacia la casa era fácilmente accesible.

26 de abril: He vuelto a subir la colina y he encontrado aquel susurro del viento muy distinto. Los casi furiosos murmullos se parecían al habla actual algo vagamente sibilante y me recordaron el extraño cántico chirriante que había escuchado desde lejos. Tras el ocaso, hubo un curioso relámpago de prematura tormenta de verano en el horizonte norteño, seguido casi de inmediatamente de una extraña detonación, alta en el descolorido cielo. Algo en este fenómeno me perturbó enormemente y no pude evitar la impresión que el ruido finalizaba en una especie de silbido inhumano y parlante que evocaba una cósmica carcajada gutural. ¿Se tambalea por fin mi mente, o mi curiosidad desaforada ha convocado inauditos horrores de los espacios crepusculares? El Sabbath se aproxima. ¿Cómo acabará esto?

27 de abril: ¡Por fin se han realizado mis sueños! Sea o no mi vida o espíritu o cuerpo lo que reclamen, ¡cruzaré ese umbral! El proceso de descifrar esos cruciales jeroglíficos del dibujo ha sido lento, pero esta tarde atisbé la clave final. Durante el anochecer conocí su significado… y ese significado sólo puede aplicarse de una manera a las cosas que he encontrado en esta casa. Hay algo bajo esta casa sepultado no sé donde, uno de los olvidados Antiguos que me mostrará el umbral que debo traspasar y me dará los perdidos signos y palabras que necesito. Cuánto tiempo llevara enterrado aquí olvidado por todos, salvo por aquellos que levantaron las piedras de la colina y aquellos que más tarde descubrieron este lugar y edificaron su casa no puedo conjeturarlo. Fue en demanda de este Ser, más allá de toda duda, por lo que Hendrik van der Heyl llegó a Nueva Holanda en 1638. Los hombres de esta tierra nada saben de Él, excepto en secretos susurros de los pocos y atemorizados iniciados que han encontrado o recibido la clave. Ningún ojo humano se ha posado jamás sobre Él… salvo, quizás, los de los desesperados magos de esta casa que es más profunda de lo que se supone. Con el conocimiento de los símbolos se alcanza una especie de maestría en los 7 Perdidos Signos del Terror… y un tácito reconocimiento de las espantosas y demenciales Palabras de Miedo. Sólo queda entonar el Cántico que transfigurará al Olvidado que es el Guardián del Antiguo Umbral. Me maravillo enormemente ante el Cántico.

Esta compuesto de extraños y repelentes sonidos guturales, y otros perturbadoramente sibilantes que no recuerdan a ningún lenguaje que haya conocido… ni siguiera en los más negros capítulos del Livre d’Eibon. Cuando visité la colina al ocaso, traté de leer en voz alta, pero convoqué, como respuesta, tan sólo un vago y siniestro retumbar en el lejano horizonte, y una rala nube de polvo elemental que se retorcía y giraba, como si fuera algún maligno ente viviente. Quizás no pronuncié correctamente las extrañas sílabas, o quizás es sólo en el Sabbath ese infernal Sabbath para que los Poderes de esa casa, sin duda, me reservan cuando la gran Transfiguración pueda ocurrir. Sufrí un extraño periodo de miedo esta mañana. Creí recordar, por un instante, donde había visto ese desconcertante nombre de Sleght, y la posibilidad de lograrlo me colmó de demencial horror.

28 de abril: Hoy, ominosas nubes oscuras se han cernido intermitentemente sobre el círculo de la colina. He visto tales nubes otras veces anteriormente, pero sus contornos y disposición muestran ahora un nuevo significado. Son serpentinas y fantásticas, curiosamente parecidas a las formas de sombra que ha encontrado en la casa. Flotan en un círculo alrededor del crónlech primordial, revolviéndose constantemente, como dotadas de siniestra vida y propósitos. Podría jurar, asimismo, que intercambian susurros furiosos. Tras unos 15 minutos, derivaron lentamente, siempre hacia el este, como los miembros de un disperso batallón. ¿Serán realmente aquellos temidos Elementales que Salomón conoció antiguamente… aquellas gigantescas entidades negras cuyo número es legión y a cuyo paso tiembla la tierra? Ha estado repasando el Cántico que puede transfigurar al Ser indescriptible, aunque extraños miedos me asaltan cada vez que pronuncio para mí las sílabas. Encajando toda la evidencia, he descubierto ahora que el único camino hacía ello es por la bóveda cerrada. Esa cripta está construida con algún propósito infernal y debe esconder la oculta madriguera que lleva al Cubil Inmemorial. Que Guardianes viven eternamente en su interior, medrando de siglo en siglo gracias a desconocidos alimentos, solo la locura puede conjeturarlo. Los brujos de está casa, que los convocaron del mundo inferior, los conocieron demasiado bien, como los estremecedores retratos y recuerdos de la casa revelan. El mayor de mis problemas es el límite natural del Cántico. Evoca al innombrable, pero no provee de métodos para el control de lo evocado. Hay, por supuesto, signos y gestos generales, pero si serán efectivos contra un Elemental es algo que está por ver. Aún así, las recompensas son suficientemente grandes como para correr cualquier peligro… y no podría retroceder aun deseándolo, ya que una desconocida fuerza me obliga abiertamente a ello. He descubierto un obstáculo más.

La bóveda cerrada debe ser atravesada, pero no puedo encontrar la llave de tal lugar. El cerrojo es demasiado fuerte para forzarlo. Que la llave está en algún lugar, es algo sobre lo que no tengo ninguna duda. Debo buscar diligente y minuciosamente. Debo armarme de valor para abrir esa puerta de hierro, pero, ¿Qué horrores prisioneros no asecharán en su interior?

Más Tarde: He rehuido el océano durante los últimos 2 días, aunque a última hora de la tarde he descendido de nuevo a aquellos prohibidos recintos. Al principio había un silencio total, pero en menos de 5 minutos el rozar y murmurar comenzó de nuevo, una vez fue más alto y terrorífico que en cualquier ocasión previa, y, además, reconocí el deslizarse que indica alguna monstruosa bestia marina… en esta ocasión, crecía de volumen de una forma tan rápida que crispaba los nervios, como si el ser tratara de abrirse paso por el portón hasta donde yo estaba. Mientras sus movimientos aumentaron de volumen, de una forma incansable y siniestra, comenzaron a sonar las infernales e indefinibles reverberaciones que escuchara en mi segunda visita al sótano, aquellas amortiguadas vibraciones que parecían de lejanos horizontes, como un trueno distante. Ahora, no obstante, su volumen estaba magnificado y multiplicado, y su timbre espantaba con nuevas y terroríficas implicaciones. No pude comparar el sonido con nada mejor que con el bramido de algún temible monstruo de la pretérita edad de los reptiles, cuando los horrores primordiales vagaban por la tierra, y los hombres serpientes de Valusia alzaron sus piedras fundacionales de maligna magia. Un bramido así pero elevado hasta ensordecedoras cotas que ninguna garganta orgánica conocida podría alcanzar era este estremecedor sonido. ¿Osaré abrir la puerta y enfrentarme a la embestida de lo que aguarda más allá?

29 de abril: Ha aparecido la llave en la bóveda. La encontré este mediodía en la pequeña alcoba escondida entre chucherías, en el cajón de un viejo cofre, como si se hubiera hecho algún tardío esfuerzo por ocultarla. Estaba envuelta en un deshecho periódico fechado el 31 octubre de 1872, pero había un envoltorio interior de espantosa piel evidentemente, el retal de algún reptil desconocido que ostenta una leyenda en bajo latín en la misma escritura enrevesada que la del diario que encontré. Como había pensado, el cerrojo y la llave son infinitamente más antiguos que la bóveda. El viejo Claes Van der Heyl la preparó para algo que él, o sus descendientes, pensaban hacer… y cuánto más antiguo son, es algo que no puedo estimar. Descifrando la leyenda en latín, me estremecí ante un nuevo acceso de temor latente y espanto indescriptible.

“Los secretos de los monstruosos Primordiales”, rezaba el enrevesado texto, cuyas crípticas palabras hablan de los mundos ocultos que existieron antes del hombre; las cosas que nadie en la Tierra debe aprender, a no ser que la paz le abandone por siempre, y que nunca serán por mí reveladas. De Yian-Ho, esa perdida y prohibida ciudad de incontables eones cuyo emplazamiento no debe mencionarse, donde estuve en la verdadera carne de este cuerpo, tal y como ningún otro viviente ha hecho. Allí lo encontré, y por eso lo llevé conmigo: este conocimiento que olvidaría de buena gana, pero no puedo. He aprendido cómo salvar una brecha que no debía ser cruzada, y debo reclamar sobre la Tierra a Esa Entidad que no debe ser despertada o convocada. Y lo que es enviado a seguirme no me permitirá descansar hasta que yo, o mis descendientes, encontremos y hagamos lo que debe ser encontrado y hecho. Eso que he despertado y traído conmigo, no puedo alejarlo. Ya que está escrito en el Libro de las Cosas Ocultas. Esto que he convocado ha enroscado su espantosa figura a mi alrededor y si no vivo lo bastante para cumplir lo ordenado sobre aquellos niños nacido o nonatos que me seguirán, hasta que el mandato sea cumplido. Extrañas serán sus uniones, y espantosa la ayuda que deberán prestar hasta que el fin sea alcanzado. En las tierras desconocidas y brumosas deberán buscar, y una casa será construida para los Guardianes Exteriores. Ésta es la llave del cerrojo que me fue dado en la temible, antigua de eones y prohibida ciudad de Yian-Ho, el cerrojo que yo o los míos, debemos emplazar sobre el vestíbulo donde Esa Entidad puede ser encontrada. Y quieran los Señores de Yaddith socorrerme, o socorrer a quien deba poner este cerrojo en su sitio o girar la llave.

Tal era la leyenda… una leyenda que, una vez leída, me pareció haber conocido antes. Ahora, mientras escribía estas palabras, tengo ante mí la llave. La miro con mezclado miedo y anhelo, y no puedo encontrar palabras para describir su aspecto. Es del mismo metal desconocido, helado y ligeramente verdoso del cerrojo, un metal cuya mejor comparación es el bronce empañado de verdín. Su diseño es extraño y fantástico, y su forma de ataúd no deja dudas acerca del propósito del cerrojo. Las toscas formas del mango forman una extraña e inhumana imagen cuyos perfiles exactos e identidad no puedo ahora describir. Sopesándola durante un espacio de tiempo, me pareció sentir una extraña y anormal vida en el frío metal… un latido o pulso demasiado tenue para ser reconocido de ordinario. Bajo el ídolo hay un grabado una leyenda débil y desgastada por los eones, cincelada con esos blasfemos jeroglíficos de aspecto chino que he llegado a reconocer tan bien. Sólo puedo descifrar el comienzo las palabras «mi venganza acecha», tras lo que el texto se vuelve indescifrable. Hay alguna fatalidad en este oportuno hallazgo de la llave… ya que mañana tendrá lugar el infernal Sabbath. Pero aunque bastante extraña, de toda esta odiosa espera, la cuestión del nombre Sleight me molesta más y más. ¿Por qué debo temer encontrar que está ligado con los Van der Heyl?

Víspera de Wallpurgis.

30 de abril: Ha llegado el momento. Despertaré la pasada noche para ver el cielo resplandecer con una incesante radiación verdosa… el mismo verde enfermizo que he visto en los ojos y piel de ciertos retratos de aquí, en el espantoso cerrojo y llave, en los monstruosos menhires de la colina y en un millar de otros reflejos de mi conciencia. Hubo estridentes susurros en el aire, sibilantes pitidos como los del Viento alrededor de aquel temible crómlech. Algo me hablaba desde el helado éter del espacio y dijo: «La hora se aproxima.» Es un presagio, y me río de mis propios miedos. ¿Acaso no tengo las terribles palabras de los Siete Signos Perdidos del Terror… el poder coercitivo sobre cualquier Morador del cosmos o de los oscurecidos espacios desconocidos? No dudaré mucho tiempo. Los cielos están muy oscuros, como si una terrible tormenta se aproximase, una tormenta aún más terrible cerca de una quincena atrás. Desde el poblado como a un kilómetro escucho un extraño y desusado farfulleo. Es como pensaba: esos pobres y desgraciados idiotas están en el secreto y guardan el espantoso Sabbath en la colina. Aquí, en la casa, las sombras se hacen más densas. En la oscuridad, la llave parece relucir ante mis ojos con una luz verdosa propia. Aún no he estado en el sótano. Es mejor que esperé, no sea que el sonido de esos murmullos y roces esas reverberaciones deslizantes y amortiguadas me enerven antes que pueda abrir la puerta del destino.

De lo que voy hallar, y puede ser, sólo tengo una idea de lo más general. ¿Encontraré mi meta en la bóveda misma, o debo arrastrarme aún más profundo en el nocturno corazón de nuestro planeta? Hay cosas que no debo entender o mejor, prefiero no entender a pesar del terrible, creciente e inexplicable sentido de pasada familiaridad con esa espantosa casa. Esa rampa, por ejemplo, que lleva abajo desde la pequeña habitación cerrada. Pero pienso que sé por qué el ala con la bóveda se extiende hacia la colina.

6 P.m.: Mirando por las ventanas del norte, puedo ver un grupo de aldeanos en la colina. Parecen ignorar el cielo nublado, y están cavando cerca del gran menhir central. Pienso que están trabajando en el pozo de piedra que Carece como la estrangulada entrada de un túnel. ¿Qué va a pasar? ¿Cuánto de los antiguos ritos del Sabbath retiene esa gente? Esa llave reluce horriblemente, no es mi imaginación. ¿Osaré usarla como debe ser usada? Otro asunto me ha perturbado grandemente. Ojeando nerviosamente un libro de la librería, he dado con el nombre completo que ha fastidiado tan enojosamente mi memoria. Trintje, esposa de Adriaen Sleight. El Adriaen me lleva al borde del recuerdo.

Medianoche: El horror se ha desencadenado, pero no debo flaquear. La tormenta ha roto furia pandemónica, y el rayo ha golpeado la colina por 3 veces, aunque los híbridos y malformados aldeanos se han refugiado en el interior del crónlech. No puedo verlos entre los constantes relámpagos. Las grandes piedras enhiestas se ven espantosamente y muestran una débil luminosidad verde que las identifica cuando no hay rayos. El retumbar de los truenos es espantoso, y cada uno de ellos parece recibir una horrible respuesta desde algún punto imposible de determinar. Mientras escribo esto, las criaturas de la colina han comenzado a cantar, aullar y gritar en una versión degradada y medio simiesca del antiguo ritual. Llueve a mares, pero ellos, brincan y vociferan en una especie de diabólico éxtasis.

¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡La cabra con un Millar de Retoños!

Pero lo peor sucede dentro de la casa. Aun desde aquí, he comenzado a oír sonidos desde el sótano. Es el roce y el susurro y deslizar y las amortiguadas reverberaciones de la bóveda… los recuerdos vienen y van. El nombre de Adriaen Sleight resuena extrañamente en mí mente. El yerno de Dirk Van der Heyl: su hija era nieta del viejo Dirk y bisnieta de Abaddon Corey…

Más Tarde: ¡Dios misericordioso! Por fin he recordado donde he visto ese nombre. Lo sé, y estoy sumido en el horror. Todo está perdido…

La llave ha comenzado a calentarse mientras la oprimo nerviosamente en la mano izquierda. A veces el vago latir o pulsar es tan marcado que puedo casi sentir moverse el metal viviente. Vino de Yian-Ho para una terrible misión, y en mí quien demasiado tarde conoce la débil traza de sangre Van der Heyl que ha pasado, a través de los Sleight a mi propia familia ha recaído la odiosa tarea de cumplir tal misión. Han desaparecido mi valor y mi curiosidad. Sé del horror que asecha más allá de esa puerta de hierro. ¿Qué importa si Claes Van der Heyl era mi antepasado? ¿Debo yo expiar su innombrable pecado? No lo haré… ¡Juro que no lo haré!

(Aquí la escritura se vuelve indescifrable.)

Demasiado tarde… no hay remisión… las zarpas negras se materializan… y me arrastran hacia el sótano…

miércoles, 30 de noviembre de 2011

ROBERT ERVIN HOWARD:UN RECUERDO

El escritor Robert E. Howard, amigo y colaborador de Lovecraft, se suicidó el 11 de junio de 1936 a los 30 años de edad después de que su madre, enferma de tuberculosis, entrara en coma.Ella murió al día siguiente y ambos fueron enterrados en el cementerio de Brownwood, Texas.La repentina muerte de Howard supuso un duro golpe para Lovecraft, quien no tardó en dedicarle un escrito titulado In Memoriam: Robert Ervin Howard, unas emotivas líneas que reflejan el sincero aprecio que sentía por él.





La repentina e inesperada muerte el 11 de junio de 1936 de Robert Ervin Howard, autor de escritos fantásticos de incomparable vivacidad, constituye la peor pérdida sufrida por la literatura de lo sobrenatural desde la desaparición hace cuatro años, de Henry S. Whitehead.
El señor Howard nació en Peaster, Texas, el 22 de enero de 1906, y tenía la edad suficiente como para haber presenciado la última fase de las exploraciones de los pioneros del sudoeste, la colonización de las grandes llanuras y la parte inferior del valle del Río Grande, y la espectacular ascensión de la industría petrolera con sus abigarradas ciudades relámpago. Su padre, el cual le sobrevive, fue uno de los médicos pioneros de la región. La familia ha vivido en el sur, al este y al oeste de Texas y en la parte occidental de Oklahoma; durante los últimos años vivió en Cross Plains, cerca de Brownwood, Texas. Educado en la atmósfera de la frontera, Howard no tardó en llegar a ser todo un devoto de sus viriles tradiciones homéricas. El conocimiento que tenía de su historia y sus costumbres populares era muy profundo, y las descripciones y reminiscencias que contienen sus cartas privadas ilustran la elocuencia y la fuerza con las que habría llegado a conmemorarlas literariamente de haber vivido más tiempo. La familia del señor Howard pertenece a una distinguida raigambre de plantadores sureños, de descendencia escocesa-irlandesa, con la mayoría de sus antepasados establecidos en Georgia y Carolina del Norte en el siglo XVIII.
Habiendo empezado a escribir a los quince años, el señor Howard logró colocar su primer relato tres años después, mientras estudiaba en el Howard Payne College, en Brownwood. Este relato, «Spear and Fang» [Lanza y Colmillo], fue publicado en Weird Tales en julio de 1925. Una fama más amplia le granjeo la aparición de la novela corta «Wolfshead» [Cabeza de Lobo], en la misma revista, en abril de 1926. En agosto de 1928 dió comienzo a la serie de relatos en los que aparece Solomon Kane, un puritano inglés de combatividad incansable y acostumbrado a enderezar entuertos, cuyas aventuras le llevan a lugares extraños del mundo, incluyendo las ruinas llenas de sombras de ignotas ciudades primordiales de la jungla africana. Con estos relatos, el señor Howard dio con el que iba a ser uno de sus logros más efectivos, la descripción de vastas ciudades megalíticas del mundo primigenio, alrededor de cuyas oscuras torres y bóvedas laberínticas perdura un aura de miedo prehumano y nigromancia que ningún otro escritor ha logrado imitar. Dichas historias indicaron también el desarrollo de ese arte entusiástico en la descripción de combates sanguinarios que llegó a ser tan típica de su obra. Solomon Kane, como otros varios héroes del autor, fue concebido durante su adolescencia antes de que lo incorporará a relato alguno.
Durante toda su vida ávido estudioso de la antigüedad celta y otras fases de la más remota historia, el señor Howard dió inicio en 1929 (con «The Shadow Kingdom» [El Reino de las Sombras], en el número de agosto de Weird Tales) a esa sucesión de relatos sobre el mundo prehistórico por la que muy pronto llegó a ser tan famoso. Las primeras muestras describían una epoca muy distante en la historia del hombre, cuando Atlantis, Lemuria y Mu se hallaban aún sobre las olas y cuando las sombras de los hombres-serpiente prehumanos dominaban el escenario primigenio. La figura central de estos relatos era el rey Kull de Valusia. En el Weird Tales de diciembre de 1932 apareció «The Phoenix on the Sword» [El Fénix en la Espada], el primero de los relatos del rey Conan el Cimmerio, que presentaba un mundo prehistórico posterior, un mundo hace quizá unos 15.000 años, inmediatamente antes de los primeros destellos de la historia escrita. La elaborada medida y la precisa coherencia intrínseca con la que el señor Howard desarrolló el mundo de Conan en sus relatos posteriores es algo bien conocido por todos los lectores de fantasía. Para guía propia preparó un detallado esbozo casi-histórico de una inteligencia y fertilidad imaginativa infinitas.
Mientras tanto, el señor Howard había escrito muchos relatos sobre los antiguos pictos y los celtas, incluyendo una serie muy notable que giraba alrededor del jefe Bran Mak Morn. Pocos lectores llegarán a olvidar nunca el horrible y avasallador poder de esa obra maestra de lo macabro, «Worms of the Earth» [Gusanos de la Tierra], aparecida en el Weird Tales de noviembre de 1932. Fuera de las series interconectadas existen otras historias llenas de fuerza, incluyéndose entre ellas la memorable novela por entregas «Skull-Face» [Rostro de Calavera], y algunos inolvidables relatos situados en un ambiente moderno, como «Black Canaan» [Canaan Negro], con su telón de fondo regional lleno de autenticidad y su poderosamente absorbente imágen del horror que acecha a través de los pantanos del profundo sur norteamericano, llenos de sombras malditas, infestados de serpientes, convertidos en impenetrables por el musgo.
Fuera del campo de la fantasía, el señor Howard era sorprendentemente prolífico y versátil. Su gran interés por los deportes (algo conectado quizá por el conflicto y la fortaleza de lo primitivo) le llevo a crear a su héroe, el boxeador profesional «Marinero Steve Costigan», cuyas aventuras en lugares lejanos y exóticos deleitaron a los lectores de muchas revistas. Sus novelas cortas sobre combates en el Oriente demostraron hasta el máximo su dominio del romanticismo a capa y espada, en tanto que sus cuentos cada vez más frecuentes sobre la vida en el oeste (tales como las series de «Breckinridge Elkins») mostraban su creciente habilidad e inclinación a reflejar los lugares con los que se hallaba directamente familiarizado.
La poesia del señor Howard (extraña, belicosa y aventurera) no era menos notable que su prosa. Poseía el auténtico espíritu de la balada y la épica, y se hallaba marcada por el latido de la rima y una poderosa imaginería del temple más inconfundible y personal. La mayor parte de ella, en forma de supuestas citas de viejos escritos, sirvió para encabezar los capítulos de sus novelas. Es lamentable que no haya aparecido nunca publicada una recopilación de su poesía, y es de esperar que tales obras sean recopiladas y publicadas de modo póstumo.
El carácter y las dotes del señor Howard eran absolutamente únicos. Era, por encima de todo lo demás, un amante del mundo más sencilo y antiguo de los bárbaros, y de la época de los pioneros, cuando el coraje y la fortaleza ocupaban el lugar de la sutileza y la estratagema, y cuando una raza osada y carente de todo temor batallaba y sangraba, sin pedirle cuartel a la naturaleza hostil. Todos sus relatos reflejan su filosofía, haciendo derivar de ella una vitalidad que puede hallarse en muy pocos de sus contemporáneos. Nadie más que él podía escribir de modo más convincente acerca de la violencia y las matanzas, y sus pasajes bélicos relevan una aptitud instintiva para las tácticas militares que podrían haberle llevado a distinguirse en tiempos de guerra. Sus verdaderos dones eran aún más elevados que los que se pueden llegar a sospechar los lectores de sus obras publicadas, y, de haber vivido, le habrían ayudado a dejar su huella en la más seria de las literaturas, con alguna obra de épica popular acerca de su amado suroeste.
Es difícil describir lo que hizo destacar con tal agudeza a las historias del señor Howard; pero el auténtico secreto radica en que en cada una de ellas está él mismo, ya fueran ostensiblemente comerciales o no. Él era más grande que cualquier política para obtener beneficios que pudiese llegar a adoptar, pues incluso cuando de puertas afuera hizo concesiones a los editores guiados por Mammón y a los críticos comerciales, poseía una fortaleza y una sinceridad que llegaban a aflorar en la superficie y que ponían la huella de su personalidad en todo lo que escribió. Rara vez, si es que hubo alguna, creó un personaje o una situación corrientes, sin vida, y los dejó como tales. Antes de que hubiese terminado con ellos, siempre adquirían algún matiz de vitalidad y de realidad a pesar de la política editorial de las publicaciones populares..., siempre sacaban algo de su propia experiencia y conocimiento de la vida en vez de hacerlo del estéril herbario de los lugares comunes resecos de la literatura «pulp». No sólo sobresalía en las imágenes de contienda y masacre, sino que se hallaba casi igualmente sin rival en su habilidad para crear auténticas emociones de miedo espectral y terrible suspense.
Ningún autor, ni en los campos más humildes, puede llegar realmente a descollar a menos que se tome muy en serio su trabajo, y el señor Howard hizo exactamente eso hasta en los casos en los que, conscientemente, pensó no hacerlo. Que tan genuino artista haya perecido, en tanto que centenares de escritorzuelos sin la más mínima sinceridad siguen fabricando fantasmas espúreos, vampiros, naves espaciales y detectives ocultistas, es, ciertamente, una muestra lamentable de ironía cósmica.
El señor Howard, familiarizado con muchos aspectos del vida del sudoeste, vivía con sus padres en una zona semirural del pueblo de Cross Plains, en Texas. Escribir era su única profesión. Sus gustos en cuanto a lectura eran amplios e incluían investigaciones históricas en campos tan dispares como el suroeste, la Gran Bretaña prehistórica, amén de Irlanda, y el mundo prehistórico oriental y africano. En la literatura prefería lo viril a la sutileza, y repudiaba el modernismo de modo devastador y absoluto. El difunto Jack London era uno de sus ídolos. En lo político era liberal, y un acérrimo enemigo de toda forma de injusticia cívica. Sus diversiones básicas eran los deportes y viajar, diversión esta última que siempre daba pie a deliciosas cartas descriptivas llenas de reflexiones históricas.
El humor no era su especialidad, aunque poseía, por un lado, un agudo sentido de la ironía, y, por otro, estaba dotado de abundantes provisiones de cordialidad, alegría y jovialidad. Aunque poseía numerosos amigos, el señor Howard no pertenecía a ninguna capilla literaria y aborrecía todos los cultos centrados en torno a la afectación «artística». Sus admiraciones se dirigían más bien hacia la fortaleza del cuerpo y el carácter que hacia las proezas eruditas. Mantenía una interesante y voluminosa correspondencia con sus colegas escritores del campo fantástico, pero no llegó a encontrarse más que con uno de ellos en persona, E. Hoffmann Price, cuyos logros y talento le impresionaron profundamente.
El señor Howard medía casi un metro ochenta y tres centímetros, y poseía la impresionante estructura de un luchador nato. Era muy moreno, salvo en sus ojos, azules de tipo céltico. Y en los años más recientes su peso oscilaba siempre alrededor de los noventa kilos. Siempre seguidor de una vida esforzada y llena de pruebas, a menudo hacía recordar a su propio y famoso personaje, el intrépido guerrero, aventurero y conquistador de tronos por la fuerza, Conan el Cimmerio.
Su pérdida, a los treinta años de edad, es una tragedia de primera magnitud, y un golpe del que la ficción fantástica tardará en recobrarse. La biblioteca del señor Howard ha sido cedida al Howard Payne College, donde formará el núcleo de la colección de libros, manuscritos y cartas Memorial Robert E. Howard.

martes, 29 de noviembre de 2011

H.P.LOVECRAFT.CONTRA EL MUNDO.CONTRA LA VIDA.



El poeta, escritor y ensayista francés Michel Houllebecq (n.1956)escribió en 1991 un ensayo titulado H.P.Lovecraft.Contra el mundo.Contra la vida (H.P. Lovecraft. Contre le monde, contre la vie),publicado en castellano por Siruela en 2006.Esta obra de unas 126 páginas resulta interesante en su análisis del estilo literario de Lovecraft o de los fragmentos más llamativos de sus obras, pero gana enormemente en interés cuando ahonda en la vida privada del autor, rebuscando entre sus cartas, sus notas y el testimonio de quienes lo conocieron.Aunque pretende ser una biografía de Lovecraft, se acerca más al estudio literario de su obra.Con este ensayo,Houellebecq te convence de algo así como que no es difícil llevar el pensamiento lovecraftiano dentro de ti.Valga como muestra la cita con la que inicia el libro: “Quizás haya que haber sufrido mucho para apreciar a Lovecraft“-Jacques Bergier.
En definitiva, una obra imprescindible para comprender el pensamiento de Lovecraft y su manera de entender el mundo y los miedos que le rodeaban.