viernes, 18 de noviembre de 2011

LA HOYA DE LAS BRUJAS

La hoya de las brujas (Witches' hollow) es un relato de terror de Lovecraft, escrito en colaboración con August Derleth, y publicado en 1962 en el recopilatorio Los que vigilan desde el tiempo (The Watchers Out of Time).En realidad, como en muchos de los relatos escritos por Derleth, se limitó a coger ideas y esbozos que Lovecraft dejó tras su muerte y los desarrolló casi por completo.



El Distrito Escolar Número Siete lindaba con una región salvaje situada al oeste de Arkham. Se alzaba en el centro de una pequeña alameda de robles, algunos olmos y uno o dos arces. La carretera conducía por un lado a Arkham y por el otro se perdía en los oscuros bosques de poniente. Cuando tomé posesión de mi nuevo cargo de maestro, a primeros de septiembre de 1920, el edificio de la escuela me pareció realmente encantador, a pesar de que no pertenecía a ningún orden arquitectónico y de que era exactamente igual a miles de otras escuelas de Nueva Inglaterra: amazacotada, tradicional, pintada de blanco, resplandeciente en medio de los árboles que la rodeaban.

Era ya por entonces un edificio viejo. Sin duda estará ahora abandonado o derruido. Actualmente, el distrito escolar dispone de muchos más fondos, pero en aquel tiempo sus subvenciones eran un tanto miserables y escatimaba todo cuanto podía. Cuando entré yo a enseñar, todavía se usaban, como libros de texto, ediciones publicadas antes de empezar este siglo. A mi cargo tenía hasta veintisiete alumnos; entre ellos varios Allen y Whateley, y Perkins, Dunlock, Abbott, Talbot... y también un tal Andrew Potter. No puedo recordar ahora por qué exactamente me llamó la atención Andrew Potter. Era un muchacho grandullón para su edad, de cara muy morena, mirada fija y profunda, y un cabello negro, espeso, desgreñado. Sus ojos me miraban con una persistencia que al principio me dejaba perplejo, pero que finalmente me hizo sentirme extrañamente incómodo. Estaba en quinto grado, y no tardé mucho en descubrir que podría pasar al séptimo o al octavo con gran facilidad, pero que no hacía ningún esfuerzo por conseguirlo. Daba la impresión de que se limitaba a tolerar a sus compañeros, los cuales, por su parte, le respetaban, no por afecto, sino más bien por miedo. Muy pronto comencé a darme cuenta de que este extraño muchacho me trataba con la misma divertida tolerancia que a sus condiscípulos.

Tal vez fuese su forma de mirar lo que inevitablemente me llevó a vigilarle con disimulo en la medida que lo permitía el desarrollo de la clase. Así fue como llegué a advertir un hecho vagamente inquietante: de cuando en cuando Andrew Potter respondía a un estímulo que mis sentidos no llegaban a captar, y reaccionaba exactamente como si alguien lo llamara; se despabilaba entonces, se ponía alerta, y adoptaba la misma actitud que los animales cuando oyen ruidos imperceptibles para el oído humano. Cada vez más intrigado, aproveché la primera ocasión para preguntar sobre él. Uno de los chicos de octavo grado, Wilbur Dunlock, solía quedarse después de terminar la clase y ayudar a la limpieza del aula.

-Wilbur -dije una tarde, cuando todos se hubieron marchado-, observo que ninguno de vosotros le hacéis caso a Andrew Potter. ¿Por qué?
Me miró con cierta desconfianza, y reflexionó antes de encoger los hombros para contestar.
-No es como nosotros.
-¿En qué sentido?
El niño sacudió la cabeza.
-No le importa si le dejamos jugar con nosotros o no. Además, no quiere.

Parecía contestar de mala gana, pero a fuerza de preguntas conseguí sacarle alguna información. Los Potter vivían hacia el interior, en las colinas boscosas de poniente, cerca de una desviación casi abandonada de la carretera que atraviesa aquella zona selvática. Su granja estaba situada en un valle pequeño, conocido en la localidad como la Hoya de las Brujas y que Wilbur describió como «un sitio malo». La familia constaba de cuatro miembros: Andrew, una hermana mayor que él y los padres. No se «mezclaban» con la demás gente del distrito, ni siquiera con los Dunlock, que eran sus vecinos más cercanos y vivían a un kilómetro de la escuela y a unos siete de la Hoya de las Brujas. Ambas granjas estaban separadas por el bosque. No pudo -o no quiso- decirme más. Cosa de una semana después, pedí a Andrew Potter que se quedara al terminar la clase. No puso ninguna objeción, como si mi petición fuera la cosa más natural. Tan pronto como los demás niños se hubieron marchado, se acercó a mi mesa y esperó de pie, con sus negros ojos expectantes, fijos en mí, y una sombra de sonrisa en sus labios llenos.

-He estado examinando tus calificaciones, Andrew -dije-, y me parece que con un pequeño esfuerzo podrías pasar al sexto grado..., quizá incluso al séptimo. ¿No te gustaría hacer ese esfuerzo?
Se encogió de hombros.
-¿Qué piensas hacer cuando dejes la escuela?
Encogió los hombros otra vez.
-¿Vas a ir al Instituto de Enseñanza Media de Arkham?
Me examinó con unos ojos que parecían haber adquirido súbitamente una agudeza penetrante; había desaparecido su letargo.
-Señor Williams, estoy aquí porque hay una ley que dice que tengo que estar -contestó-. Ninguna ley dice que tengo que ir al Instituto.
-Pero, ¿no te interesaría?
-No importa lo que me interesa. Lo que cuenta es lo que mi gente quiere.
-Bien, hablaré con ellos -decidí en ese momento-. Vamos. Te llevaré a casa.

Por un instante, apareció en su expresión una sombra de alarma, pero unos segundos después se disipó, dando paso a ese aspecto de letargo vigilante tan característico en él. Se volvió a encoger de hombros y permaneció de pie, esperando, mientras guardaba yo mis libros y papeles en la cartera que habitualmente llevaba conmigo. Luego caminó dócilmente a mi lado hasta el coche y subió, mirándome con una sonrisa de inequívoca superioridad. Nos internamos en el bosque; íbamos en silencio, muy en armonía con la melancólica tristeza que se iba apoderando de mí al entrar en la región de las colinas. Los árboles se ceñían a la carretera y cuanto más nos adentrábamos, más sombrío se volvía el bosque (tanto quizá porque estábamos a últimos de octubre como por la espesura cada vez mayor de la arboleda). De unos claros relativamente extensos, nos sumergimos en un bosque antiguo; y cuando finalmente nos desviamos por un camino vecinal -poco más que una vereda- que me señaló Andrew en silencio, comenzamos a rodar por entre árboles viejísimos, extrañamente deformados. Tenía que conducir con precaución; el camino era tan poco transitado que la maleza lo invadía por ambos lados. Y, cosa extraña, a pesar de mis estudios de botánica, aquellas plantas me resultaban desconocidas, aunque me pareció observar que había algunas saxífragas que presentaban una curiosa mutación. De pronto, inesperadamente, desembocamos en el cercado de la casa de los Potter.

El sol se había ocultado tras la muralla de árboles y la casa estaba sumida en una luz de crepúsculo. Más allá, valle arriba, se entendían unos pocos campos de labor. En uno había maíz; en otro, rastrojo; en otro, calabazas. La casa propiamente dicha era horrible; estaba casi en ruinas y tenía un piso alto que ocupaba la mitad de la planta, un tejado abuhardillado, y postigos en las ventanas; sus dependencias, frías y desmanteladas, parecían no haber sido usadas jamás. La granja entera parecía abandonada. Las únicas señales de vida consistían en unas cuantas gallinas que escarbaban la tierra detrás de la casa. Si no hubiera sido porque el camino que habíamos tomado terminaba aquí, habría puesto en duda que ésta fuera la casa de los Potter. Andrew me lanzó una mirada como tratando de adivinar mis pensamientos. Luego saltó con ligereza del coche, dejándome que le siguiera.

Entró en la casa delante de mí. Oí que me anunciaba.
-Aquí está el señor Williams, el maestro.
No hubo respuesta.

Luego, de repente, me hallé en la habitación -iluminada tan sólo por una antigua lámpara de petróleo- donde se hallaban los otros tres Potter. El padre era un hombre alto, de hombros caídos y pelo gris, que no tendría más de cincuenta años, pero con aspecto de ser muchísimo más viejo, no tanto física como psíquicamente. La madre estaba indecentemente gorda; y la chica, alta y delgada, tenía el mismo aire avisado y expectante que había observado en Andrew. Hizo brevemente las presentaciones, y los cuatro permanecieron a la espera de que yo dijese lo que tuviera que decir; me dio la impresión de que su actitud era un tanto incómoda, como si desearan que terminase pronto y me fuera.

-Quería hablarles sobre Andrew -dije-. Veo grandes aptitudes en él, y podría avanzar un grado o dos, si estudiara un poquito más.
Mis palabras no obtuvieron respuesta alguna.
-Estoy convencido de que tiene suficientes conocimientos y bastante capacidad para estar en octavo grado -dije, y me callé.
-Si estuviera en octavo grado -dijo el padre-, tendría que ir al Instituto al terminar la escuela, por cosa de la edad. Es la ley. Me lo han dicho.

Me vino a la memoria lo que Wilbur Dunlock me había dicho del aislamiento de los Potter y, mientras escuchaba las razones del viejo, me di cuenta de que toda la familia se hallaba tensa y de que su actitud había variado imperceptiblemente. En el momento en que el padre dejó de hablar, se restableció una uniformidad singular: era como si los cuatro estuvieran escuchando una voz interior. Dudo que se enteraran siquiera de mis palabras de protesta.

-No pueden esperar que un muchacho inteligente como Andrew se recluya en un lugar como éste -dije por último.
-Aquí estará bien -dijo el viejo Potter-. Además, es nuestro. Y ahora no vaya hablando por ahí de nosotros, señor Williams.
En su voz había una nota de amenaza que me dejó asombrado. Al mismo tiempo se me hacía cada vez más patente la atmósfera de hostilidad, que no provenía tanto de ellos como de la casa y los campos que la rodeaban.
-Gracias -dije-. Ya me voy.
Di media vuelta y salí. Andrew me siguió los pasos. Una vez fuera, dijo con suavidad:
-No debe usted hablar de nosotros, señor Williams. Papá se pone como loco cuando descubre que hablan de él. Usted le preguntó a Wilbur Dunlock.
Me quedé de una pieza. Con un pie en el estribo del coche, me volví y le pregunté:
-¿Te lo ha dicho él?
Movió la cabeza negativamente.
-Fue usted, señor Williams -dijo al tiempo que retrocedía.

Y antes de que pudiera yo abrir la boca otra vez, se había metido en la casa como una flecha.
Por un instante, permanecí indeciso. Pero no tardé en reaccionar. Súbitamente, en el crepúsculo, la casa adquirió un aspecto amenazador y todos los árboles del contorno parecieron estar esperando el momento de doblarse hacia mí. En verdad, percibí un susurro, como el rumor de una brisa en todo el bosque, aunque no soplaba aire de ninguna clase, y me vino de la casa una oleada de malevolencia que me hirió como una bofetada. Me metí en el coche y me alejé, sintiendo aún en la nuca aquella impresión de malignidad, como el aliento ardiente de un salvaje perseguidor. Llegué a mi apartamento de Arkham en un estado de gran agitación. Allí, meditando lo que había pasado, decidí que había sufrido una influencia psíquica sumamente perturbadora. No cabía otra explicación. Tenía el convencimiento de que me había arrojado ciegamente a unas aguas mucho más profundas de lo que creía, y lo auténticamente inesperado de esta vivencia angustiosa me la hacía más estremecedora. No pude comer, preguntándome qué pasaba en la Hoya de las Brujas, qué mantenía a la familia tan sólidamente unida, qué la ataba a aquel paraje, y qué sofocaba en un muchacho prometedor como Andrew Potter incluso el más fugaz deseo de abandonar aquel valle sombrío y salir a un mundo más luminoso y alegre.

Durante la mayor parte de la noche estuve dando vueltas sin poderme dormir, lleno de temores innominados e inexplicables; y cuando por último me dormí, mi sueño se vio invadido de pesadillas espantosas, en las que se me representaban unos seres infinitamente ajenos a toda humana fantasía y tenían lugar hechos horrendos. Cuando me desperté, a la mañana siguiente, experimenté la sensación de haber rozado un mundo totalmente extraño al de los hombres. Llegué a la escuela por la mañana temprano, pero Wilbur Dunlock estaba ya allí. Sus ojos me miraron con triste reproche. No comprendí lo que había sucedido para provocar esa actitud en un alumno normalmente tan servicial.

-No debía haberle dicho a Andrew Potter que habíamos hablado de él -dijo con una especie de desdichada resignación.
-No lo hice, Wilbur.
-Lo que sé es que yo no fui; de modo que tiene que haber sido usted -dijo, y añadió- Esta noche han muerto seis de nuestras vacas. Se les ha hundido encima el cobertizo donde estaban.
De momento me quedé tan aturdido que no pude replicar.
-Algún golpe de viento repentino... -comencé, pero me cortó en seguida.
-No ha hecho viento esta noche, señor Williams. Y las vacas estaban aplastadas.
-No pensarás que los Potter tienen nada que ver con eso, Wilbur -exclamé.
Me lanzó una mirada de paciencia, como a veces mira quien sabe a quien debería saber pero no comprende y no dijo nada.

Esta noticia me pareció aún más alarmante que la experiencia de la tarde anterior. Por lo menos Wilbur estaba convencido de que había una relación entre nuestra conversación sobre la familia Potter y la pérdida de la media docena de vacas. Y estaba tan hondamente convencido de ello, que de antemano se veía que nada en el mundo podría disuadirle. Cuando entró Adrew Potter, traté inútilmente de descubrir en él algún cambio desde la última vez que le vi. Mal que peor, concluí aquella jornada de clase. Inmediatamente después de terminar, me marché apresuradamente a Arkham y me dirigí a las oficinas de la Gazette, cuyo redactor jefe, como miembro del Consejo de Educación del Distrito, se había portado muy amablemente conmigo ayudándome a encontrar alojamiento. Era un hombre de casi setenta años y tal vez podría ayudarme en mis indagaciones... Mi cara debía reflejar el estado de agitación que sentía porque, nada más entrar, levantó las cejas y dijo:

-¿Qué le pasa, señor Williams?
Traté de disimular, toda vez que nada en concreto podía exponer, y visto a la fría luz del día, lo que tenía que contar parecería locura a cualquier persona sensata. Dije solamente:
-Me gustaría saber algo sobre la familia de los Potter, que vive en la Hoya de las Brujas, al oeste de la escuela.
Me lanzó una mirada enigmática.
-¿No ha oído hablar nunca del viejo Hechicero Potter? -preguntó, y antes de que pudiera contestar, prosiguió-. No, naturalmente. Usted es de Brattleboro. Difícilmente podría esperarse que los de Vermont se enteraran de lo que ocurre en una apartada región de Massachusetts. Pues verá: el viejo vivía antes allí, él solo. Era ya bastante viejo cuando yo lo vi por primera vez. Y estos Potter de ahora eran unos familiares lejanos que vivían entonces en el Alto Michigan. Heredaron la propiedad y vinieron a establecerse ahí cuando murió el Hechicero Potter.
-Pero, ¿qué sabe usted de ellos? -insistí.
-Nada, lo que todo el mundo -dijo-. Que cuando vinieron eran gente muy afable. Que ahora no hablan con nadie, que no salen casi nunca... y muchas habladurías sobre animales que se extravían y cosas así. La gente relaciona lo uno con lo otro.

De esta forma siguió la conversación, en el curso de la cual lo sometí a un verdadero interrogatorio. Y así fue cómo escuché una mezcla desconcertante de leyendas, alusiones, relatos contados a medias, y sucesos totalmente incomprensibles para mí. Lo que parecía indiscutible era que había un lejano parentesco entre el Hechicero Potter y un tal Brujo Whateley que vivió cerca de Dunwich, «un tipo de mala calaña» según mi amigo el redactor jefe. También parecía indudable que el viejo Hechicero Potter había llevado una vida solitaria, que había alcanzado una edad avanzadísima y que la gente solía evitar el paso por la Hoya de las Brujas. Lo que parecía pura fantasía eran las supersticiones relacionadas con esa familia. Se decía que el Hechicero Potter había «invocado algo que bajó del cielo y vivió con él o en él hasta su muerte» y que un viajero extraviado, hallado en estado agónico en la carretera general, había dicho en sus últimas ansias algo así como que «una cosa con tentáculos... un ser pegajoso, de gelatina, con ventosas en los tentáculos» salió del bosque y le atacó. Mi amigo me contó varias historias más por el estilo. Cuando terminó, me escribid una nota para el bibliotecario de la Universidad del Miskatonic, en Arkham, y me la tendió.

-Dígale que le facilite ese libro. Quizá le sirva de algo -encogió los hombros-, o tal vez no. La gente joven de hoy no se preocupa por nada.
Sin pararme a cenar, proseguí mis investigaciones sobre un tema que, según presentía, me iba a ser de utilidad si quería ayudar a Andrew Potter a encontrar una vida mejor, pues era esto, más que el deseo de satisfacer mi curiosidad, lo que me impulsaba. Me fui a Arkham y, una vez en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic, busqué al bibliotecario y le di la nota de mi amigo.
El anciano me miró con suspicacia, y dijo:
-Espere aquí, señor Williams.

Y se fue con un manojo de llaves. Deduje, pues, que el libro aquel estaba guardado bajo llave. Esperé un tiempo que se me antojó interminable. Comencé a sentir hambre, y empezó a parecerme poco decorosa mi precipitación.. Pero no obstante, intuí que no había tiempo que perder, aunque no sabía exactamente qué catástrofe me proponía impedir. Finalmente, subió el bibliotecario, portador de un volumen antiguo, y me lo colocó en una mesa al alcance de su vista. El título del libro estaba en latín -Necronomicon-, aunque su autor era evidentemente árabe -Abdul Alhazred-, y su texto estaba escrito en un inglés arcaico. Comencé a leer con un interés que pronto se convirtió en total turbación. El libro se refería a antiguas y extrañas razas invasoras de la Tierra, a grandes seres míticos llamados unos Dioses Arquetípicos y otros Primordiales de exóticos nombres, como Cthulhu y Hastur, Shub-Niggurath y Azathoth, Dagon e Ithaqua, Wendigo y Cthugha. Todo ello se relacionaba con una especie de plan para dominar la Tierra. Al servicio de estos seres estaban ciertos pueblos extraños de nuestro planeta: los Tcho-Tcho, los Profundos y otros. Era un libro repleto de ciencia cabalística y de hechizos. En él se relataba una gran batalla interplanetaria entre los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, y cómo habían sobrevivido cultos y adeptos en lugares remotos y aislados de nuestro planeta, así como en otros planetas hermanos. No comprendí la relación que podía haber entre ese galimatías y el problema que a mí me preocupaba: la extraña e introvertida familia Potter, con su deseo de soledad y su forma antisocial de vivir. No sé cuánto tiempo estuve leyendo. Me interrumpí al darme cuenta de que, no lejos de mi mesa, había un desconocido que no me quitaba ojo sino para ponerlo en el libro que yo leía. Cuando se vio descubierto, se me acercó y me dirigió la palabra.

-Perdóneme -dijo- pero, ¿qué interés puede- tener ese libro para un maestro nacional?
-Eso me pregunto yo -contesté.
Se presentó como el profesor Martin Keane.
-Puedo afirmar -añadió- que me sé el libro ese prácticamente de memoria.
-Es un fárrago de supersticiones.
-¿Usted cree?
-Completamente.
-Entonces ha perdido usted la facultad de asombrarse. Dígame, señor Williams, ¿por qué motivo ha pedido ese libro?
Me quedé dudando, pero el profesor Keane me inspiraba confianza.
-Salgamos a. dar una vuelta, si no le importa.

Accedió con mucho gusto. Devolví el libro a la biblioteca y me reuní con mi reciente amigo. Poco a poco, y lo mejor que pude, le hablé de lo que pasaba con Andrew Potter, de la casa de la Hoya de las Brujas, de mi extraña experiencia psíquica, e incluso del curioso incidente de las vacas de los Dunlock. Escuchó hasta el final sin interrumpirme, lleno de interés. Por último, le expliqué que si investigaba acerca de la Hoya de las Brujas era únicamente por ayudar a mi alumno.

-Si hubiese usted indagado un poco, estaría al corriente de los extraños acontecimientos que han tenido lugar en Dunwich y en Innsmouth... así como en Arkham y en la Hoya de las Brujas -dijo Keane cuando hube terminado-. Mire usted en torno suyo: esas casas antiguas, sus ventanas cerradas hasta con postigos... ¡Cuántas cosas extrañas han sucedido en esas buhardillas! Pero nunca sabremos nada con certeza. En fin, dejemos a un lado los problemas de fe. No se necesita ver a la encarnación del mal para creer en él, ¿no le parece, señor Williams? Me gustaría prestar un pequeño servicio a ese muchacho, si usted me lo permite.
-¡Naturalmente!
-Puede resultar peligroso... tanto para usted como para él.
-Por mí, no me importa.
-Pero le aseguro que para el muchacho nada puede ser más peligroso que su situación actual; ni siquiera la muerte.
-Habla usted enigmáticamente, profesor.
-Es mejor así, señor Williams. Pero entremos... Esta es mi casa. Pase, por favor.

Entramos en una de aquellas casas antiguas de las que había hablado el profesor Keane. Las habitaciones estaban llenas de libros y antigüedades de todas clases. Me dio la impresión de que penetraba en un rancio pasado. Mi anfitrión me condujo hasta su cuarto de estar, despejó un silla de libros y me rogó que esperara mientras subía al segundo piso. No estuvo mucho tiempo ausente; ni siquiera me dio tiempo a asimilar la curiosa atmósfera de la habitación. Cuando volvió, traía consigo unas piedras toscamente talladas en forma de estrellas de cinco puntas. Me puso cinco de ellas en las manos.

-Mañana, después de la clase, si asiste el joven Potter, arrégleselas usted para que toque una de ellas y fíjese bien en su reacción -dijo-. Dos requisitos más: debe usted llevar una encima, en todo momento; y segundo, debe apartar de su mente todo pensamiento sobre estas piedras y sobre sus propósitos. Estos individuos son telépatas, poseen el don de leer los pensamientos.
Sobresaltado, recordé el reproche que me hizo Andrew de haber hablado de su familia con Wilbur Dunlock.
-¿No debo saber para qué son estas piedras? -pregunté.
-Siempre que sea capaz de poner entre paréntesis sus propias dudas -contestó, con una melancólica sonrisa-. Estas piedras son algunas de las muchas que ostentan el Sello de R'lyeh, que impide a los Primordiales huir de sus prisiones. Son los sellos de los Dioses Arquetípicos.
-Profesor Keane, la edad de las supersticiones ha pasado -protesté.
-Señor Williams..., el prodigio de la vida y sus misterios no pasan jamás -replicó-. Si la piedra no significa nada, no tiene ningún poder. Si no tiene ningún poder, no podrá afectar al joven Potter y tampoco lo protegerá a usted.
-¿De qué?
-Del poder que se oculta tras ese aura maligna que usted percibió en la Hoya de las Brujas -contestó-. ¿O también era superstición? -sonrió-. No necesita contestar. Conozco su respuesta. Si sucede algo cuando usted ponga la piedra sobre el muchacho; ya no podrá él volver a su casa. Entonces deberá usted traérmelo aquí. ¿Trato hecho?
-Trato hecho -contesté.

El día siguiente fue interminable, no sólo por la inminencia del momento crítico, sino porque me resultaba extremadamente difícil mantener la mente en blanco ante la mirada inquisitiva de Andrew Potter. Además, sentía más que nunca el aura de malignidad latente, como una amenaza tangible, que emanaba de la región salvaje, oculta en una hoya, entre sombrías colinas. Pero aunque lentas, pasaron las horas y, justo antes de terminar, rogué a Andrew Potter que esperara a que los demás se hubieran ido. Y nuevamente accedió con ese aire condescendiente, casi insolente, que me hizo dudar si valía la pena «salvarle» como tenía decidido en lo más hondo de mí mismo. Pero no abandoné mis propósitos. Había ocultado la piedra en mi coche y, una vez que todos se hubieron marchado, le dije que saliera conmigo. En ese momento, sentí que me estaba comportando de un modo ridículo y absurdo. ¡Yo, un maestro graduado, a punto de llevar a cabo una especie de exorcismo de brujo africano! Y por unos instantes, durante los breves segundos que tardé en recorrer la distancia de la escuela al automóvil, flaqueé y estuve a punto de invitarle simplemente a llevarle a su casa.

Pero no. Llegué al coche seguido de Andrew. Me senté al volante, cogí una piedra y la deslicé en mi bolsillo; cogí otra, me volví como un rayo y la apreté contra la frente de Andrew. Yo no sabía lo que iba a suceder; pero desde luego, nunca habría imaginado lo que realmente sucedió. Al contacto con la piedra, asomó a los ojos de Andrew Potter una expresión de extremado horror; inmediatamente siguió una expresión de angustia punzante, y un grito de espanto brotó de sus labios. Extendió los brazos, sus libros se desparramaron, giró en redondo, se estremeció, echando espumarajos por la boca, y habría caído de no haberle cogido yo para depositarlo en el suelo. Entonces me di cuenta del frío y furioso viento que se arremolinaba en derredor nuestro y se alejaba doblando la yerba y las flores, azotando el linde del bosque y deshojando los árboles que encontraba en su camino. Aterrorizado, coloqué a Andrew Potter en el coche, le puse la piedra sobre el pecho y, pisando el acelerador a fondo, enfilé hacia Arkham, situada a más de doce kilómetros de distancia. El profesor Keane me estaba esperando. Mi llegada no le sorprendió en absoluto. También había previsto que le llevaría a Andrew Potter, ya que había preparado una cama para él. Entre los dos lo acomodamos allí; después, Keane le administró un calmante.

Entonces se dirigió a mí:
-Bien, ahora no hay tiempo que perder. Irán a buscarle. Seguramente irá la muchacha primero. Debemos volver a la escuela inmediatamente.

Pero entonces comprendí todo el horrible significado de lo que le había sucedido a Andrew, y me eché a temblar de tal manera que Keane tuvo que sacarme a la calle casi a rastras. Aun ahora, al escribir estas palabras, después de transcurrido tanto tiempo desde los terribles acontecimientos de aquella noche, siento de nuevo el horror que se apoderó de mí al enfrentarme por vez primera con lo desconocido, consciente de mi pequeñez e impotencia frente a la inmensidad cósmica. En ese momento comprendí que lo que había leído en aquel libro prohibido de la biblioteca universitaria no era un fárrago de supersticiones, sino la clave de unos misterios insospechados para la ciencia, y mucho, muchísimo más antiguos que el género humano. No me atreví a imaginar lo que el viejo Hechicero Potter había hecho bajar del firmamento. A duras penas oía las palabras del profesor Keane, que me instaba a reprimir toda reacción emocional y a enfocar los hechos de un modo más científico y objetivo. Al fin y al cabo había logrado lo que me proponía. Andrew Potter estaba salvado. Pero para asegurar el triunfo había que librarle de los otros, que indudablemente le buscarían y acabarían por encontrarlo. Yo pensaba solamente en el horror que aguardaba a estos cuatro seres desdichados, cuando llegaron de Michigan para tomar posesión de la solitaria granja de la Hoya de las Brujas.

Iba ciego al volante, camino de la escuela. Una vez allí, a petición del profesor Keane, encendí las luces y dejé la puerta abierta a la noche cálida. Me senté detrás de mi mesa, y él se ocultó fuera del edificio, en espera de que llegaran. Tenía que esforzarme por mantener mi mente en blanco y resistir la prueba que me aguardaba. La muchacha surgió del filo de la oscuridad...

Después de sufrir la misma suerte de su hermano, y haber sido depositada junto al escritorio, con la estrella de piedra sobre el pecho, apareció el padre en el umbral de la puerta. Ahora estaba todo a oscuras. Llevaba una escopeta. No tuvo necesidad de preguntar lo que pasaba: lo sabía. Se plantó allí delante, mudo, señalando a su hija y la piedra que tenía sobre el pecho, y levantó la escopeta. Su gesto era elocuente: si no le quitaba la piedra, dispararía. Evidentemente, ésta era la contingencia que había previsto el profesor, porque se abalanzó sobre Potter por detrás, y lo tocó con la piedra. Después, durante dos horas, esperamos en vano la llegada de la señora Potter.

-No vendrá -dijo por fin el profesor Keane-. Es en ella donde se hospeda esa entidad... Hubiera jurado que era en su marido. Muy bien... no tenemos otra alternativa: hay que ir a la Hoya del las Brujas. Estos dos pueden quedarse aquí.

Volábamos a todo gas en medio de la oscuridad, sin preocuparnos por el ruido, ya que el profesor decía que «la cosa» que habitaba en la Hoya de las Brujas «sabía» que nos acercábamos, pero que no podía hacernos nada porque íbamos protegidos por el talismán. Atravesamos la densa espesura y tomamos el camino estrecho. Cuando desembocamos en el cercado de los Potter, la maleza pareció extender sus tallos hacia nosotros, a la luz de los faros. La casa estaba a oscuras, aparte el pálido resplandor de la lámpara que iluminaba una habitación. El profesor Keane saltó del coche con su bolsa llena de estrellas de piedra, y se puso a sellar la casa. Colocó una piedra en cada una de las dos puertas, y una en cada ventana. Por una de ellas, vimos a la señora Potter sentada ante la mesa de la cocina, impasible, vigilante, enterada, sin disimulos ya, muy distinta de la mujer que había visto no hacía mucho en esta misma casa. Ahora parecía una enorme bestia acorralada.

Al terminar su operación, mi compañero volvió a la parte delantera de la casa y, apilando unos montones de broza contra la puerta sin atender a mis protestas, pegó fuego al edificio. Luego volvió a la ventana para vigilar a la mujer, y me explicó que sólo el fuego podía destruir esa fuerza elemental, pero que esperaba salvar todavía a la señora Potter.

-Quizá sería mejor que no mirara, señor Williams.

No le hice caso. Ojalá se lo hubiera hecho... ¡y me habría evitado las pesadillas que perturban mi descanso hasta el día de hoy! Me asomé a la ventana por detrás de él y presencié lo que sucedía en el interior. El humo del fuego estaba empezando a penetrar en la casa. La señora Potter -o la monstruosa entidad que animaba su cuerpo obeso- dio un salto, corrió atemorizada a la puerta trasera, retrocedió a la ventana, se retiró, y volvió al centro de la habitación, entre la mesa y la chimenea aún apagada. Allí cayó al suelo, jadeando y retorciéndose. La habitación se fue llenando poco a poco de un humo que empañaba la amarillenta luz de la lámpara, impidiendo ver con claridad. Pero no ocultó por completo la escena de aquella terrible lucha que se desarrollaba en el suelo. La señora Potter se debatía como en las convulsiones de la agonía y, lentamente, comenzó a tomar consistencia una forma brumosa, transparente, apenas visible en el aire cargado de humo. Era una masa amorfa, increíble, palpitante y temblona como gelatina, cubierta de tentáculos. Aún a través del cristal de la ventana, sentí su inteligencia inexorable, su frialdad incluso física. Aquella cosa se elevaba como una nube del cuerpo ya inmóvil de la señora Potter; luego se inclinó hacia la chimenea, y se escurrió por allí como un vapor!

- ¡La chimenea! -gritó el profesor Keane, y cayó al suelo.
En la noche apacible, saliendo de la chimenea, comenzaba a desparramarse una negrura, como un humo, que no tardó en concentrarse nuevamente. Y de pronto, la inmensa sombra negra salió disparada hacia arriba, hacia las estrellas, en dirección a las Hyadas, de donde el viejo Hechicero Potter la había llamado para que habitara en él. Así abandonó el lugar en donde aguardara la llegada de los otros Potter, para proporcionarse un nuevo cuerpo en que alojarse sobre la faz de la tierra. Nos las arreglamos para sacar a la señora Potter fuera de la casa. Se encontraba muy débil, pero viva.

No hace falta detallar el resto de los acontecimientos de esa noche. Baste saber que el profesor esperó a que el fuego hubiera consumido la casa, y recogió luego su colección de piedras estrelladas. La familia Potter, una vez liberada de aquella maldición de la Hoya de las Brujas, decidió partir y no volver jamás por aquel valle espectral. En cuanto a Andrew, antes de despertar, habló en sueños de «los grandes vientos que azotan y despedazan» y de «un lugar junto al Lago de Hali, donde viven venturosos para siempre». Nunca he tenido valor para preguntarme qué era lo que el viejo Hechicero Potter había llamado de las estrellas, pero sé que implica unos secretos que es preferible no desentrañar y de cuya existencia jamás me habría enterado, de no haberme tocado el Distrito Escolar Número Siete y de no haber tenido entre mis alumnos al extraño muchacho que era Andrew Potter.

LOS HIJOS DE LA NOCHE

Los hijos de la noche (The children of the night) es un relato de terror del escritor Robert E. Howard(1906-1936), publicado en las ediciones de abril y mayo de 1931 de la revista Weird Tales.
Este relato está muy relacionado con los Mitos de Cthulhu. Tavrel, uno de los personajes del mismo, menciona La llamada de Cthulhu (The call of Cthulhu,1926), de Lovecraft, como uno de los pocos cuentos de terror que ha logrado captar algo del verdadero horror cósmico, junto con La caída de la casa Usher (The fall of the House of Usher,1839), de Edgar Allan Poe, y El sello negro (Black Seal,1895), de Arthur Machen. El Necronomicón también es citado por Howard como una de las obras más espeluznantes y terribles jamás escritas.
En el cuento se describe a los Hijos de la Noche como humanos, aunque ellos no se consideran como tales. De características ofidias y resbaladizos, pasan a engrosar el vasto elenco de criaturas fantásticas de los Mitos de Cthulhu.



Recuerdo que había seis de nosotros en el extrañamente amueblado estudio de Conrad, con sus reliquias exóticas de todas las partes del mundo y sus largas hileras de libros que abarcaban desde la edición Mandrake Press de Boccaccio hasta el Missale Romanum, encuadernado en guardas de roble e impreso en Venecia, en 1740. Clemants y el profesor Kirowan acababan de enzarzarse en una discusión un tanto tempestuosa sobre un tema antropológico: Clemants sosteniendo la teoría de una raza alpina separada y diferenciada, mientras que el profesor mantenía que la susodicha raza era meramente una desviación del tronco ario original... posiblemente el resultado de una mezcla entre las razas mediterráneas o del sur y el pueblo nórdico.

-¿Y cómo -preguntó Clemants- explica usted su braquicefalia? El cráneo de los mediterráneos era tan largo como el de los arios: ¿acaso una mezcla entre esos pueblos dolicocéfalos produciría un tipo intermedio de cráneo ancho?
-Condiciones especiales podrían ocasionar un cambio en una raza originalmente de cráneo largo -replicó bruscamente Kirowan-. Boaz, por ejemplo, ha demostrado que en el caso de los inmigrantes en América, las formas del cráneo suelen cambiar en una sola generación. Y Flinders Petrie ha probado que los lombardos cambiaron de una raza de cráneo alargado a una de cráneo redondeado en unos cuantos siglos.
-Pero, ¿qué causó tales cambios?
-Aún queda mucho que la ciencia ignora -respondió Kirowan-, y no es preciso que seamos dogmáticos. Nadie sabe todavía por qué la gente de antepasados ingleses e irlandeses tiende a alcanzar alturas fuera de lo común en el distrito Darling de Australia, o por qué la gente de tal descendencia generalmente tiene la estructura de la mandíbula más delgada después de unas cuantas generaciones en Nueva Inglaterra. El universo está lleno de cosas inexplicables.
-Y de ahí resulta que sea poco interesante, según Machen -dijo riendo Taveral.

Conrad sacudió la cabeza.

-Debo mostrar mi desacuerdo. Para mí lo incognoscible presenta una fascinación extraordinaria.
-Lo que explica, sin duda alguna, todas las obras sobre brujería y demonología que veo en tus estanterías -dijo Ketrick, con un gesto de la mano hacia las hileras de libros.

Y déjenme que les hable de Ketrick. Cada uno de los seis era de la misma ascendencia... es decir, bretón o americano de ascendencia británica. Por británica, incluyo a todos los habitantes naturales de las Islas Británicas. Representábamos varias corrientes de sangre celta e inglesa pero, básicamente, esas corrientes eran la misma. Excepto Ketrick: ese hombre siempre me pareció extrañamente ajeno. Sólo en sus ojos aparecía externamente la diferencia. Eran de una especie de ámbar, casi amarillo, y ligeramente oblicuos. A veces, cuando le mirabas a la cara desde ciertos ángulos, parecían sesgados como los de un chino.

Otros, aparte de mí, habían notado tal rasgo, tan inusual en un hombre de pura descendencia anglosajona. Los mitos usuales adscribiendo sus ojos rasgados a cierta influencia prenatal habían sido rebatidos, y recuerdo que el profesor Hendrik Booler señaló una vez que Ketrick era indudablemente un atavismo, representando una reversión del tipo a cierto borroso y distante antepasado de sangre mongola... una especie de rara regresión, ya que nadie de su familia mostraba tales rasgos.

Pero Ketrick procede de la rama galesa de los Cetric de Sussex, y su linaje está inscrito en el Libro de los Pares. Allí puede leerse la línea de sus antepasados que se extiende sin ninguna interrupción hasta los días de Canuto. Ni la más ligera señal de mezcla mongoloide aparece en la genealogía y, ¿cómo podía darse tal mezcla en la vieja Inglaterra sajona? Pues Ketrick es la forma moderna de Cedric, y aunque esa rama huyó a Gales antes de la invasión de los daneses, sus herederos varones se casaron tozudamente con familias inglesas de las marcas fronterizas, y sigue siendo un puro linaje de los poderoso Cedric de Sussex... casi sajón puro. En cuanto al hombre mismo, este defecto de sus ojos, si puede llamársele defecto, es su única anormalidad, excepto un ligero y ocasional tartamudeo. Posee un elevado intelecto y es un buen compañero excepto por una ligera tendencia al distanciamiento y una bastante profunda indiferencia que puede servir para enmascarar una naturaleza que sea extremadamente sensible.

Refiriéndose a su comentario, dije con una carcajada:

-Conrad persigue lo oscuro y lo místico como algunos hombres persiguen el romanticismo; sus estanterías se hallan atestadas con deliciosas pesadillas de toda clase.

Nuestro anfitrión asintió.

-Encontraréis gran número de platos deliciosos... Machen, Poe, Blackwood, Maturin... mirad, un banquete fuera de lo común... Misterios Horrendos, por el Marqués de Grosse... la auténtica edición del siglo XVIII.

Taveral examinó las estanterías.

-La ficción fuera de lo común parece mezclarse con obras sobre brujería, vudú y magia negra. Cierto; los historiadores y las crónicas son a menudo aburridas; pero nunca los tejedores de historias... los maestros, quiero decir. Un sacrificio vudú puede ser descrito de modo tan aburrido como para quitarle toda la fantasía y dejarlo meramente en un sórdido crimen. Admitiré que pocos escritores de ficción alcanzan las auténticas cimas del horror... la mayor parte de su obra es demasiado concreta, poseyendo un exceso de dimensiones y forma terrestre. Pero en relatos como La caída de la Casa de Usher, de Poe, el Sello Negro, de Machen y La llamada de Cthulhu de Lovecraft -los tres genios del cuento de horror, a mi entender- el lector es arrastrado a los oscuros reinos exteriores de la imaginación.
-Pero mirad ahí -continuó-, ahí, aprisionado entre esa pesadilla de Huysman y El castillo de Otranto, de Walpole... los Cultos Innombrables de Von Junzt. ¡Ahí hay un libro para tenerte despierto por la noche!
-Lo he leído -dijo Taverel-, y estoy convencido de que ese hombre está loco. Su obra es como la conversación de un maníaco... discurre con asombrosa claridad durante cierto tiempo, luego se sumerge de pronto en vaguedades y balbuceos inconexos.

Conrad sacudió la cabeza.

-¿Pensaste alguna vez que es quizás su misma cordura la que le hace escribir de ese modo? ¿Que acaso no se atreve a poner sobre el papel todo lo que sabe? ¿Que acaso sus vagas suposiciones son indicios oscuros y misteriosos, claves del rompecabezas, para aquellos que saben?
-¡Paparruchas! -dijo Kirowan-. ¿Pretendes insinuar que alguno de los cultos de pesadilla a los que se refiere Von Junzt han sobrevivido hasta la fecha actual... si es que existieron alguna vez salvo en el cerebro obsesionado de un poeta y filósofo lunático?
-No sólo él usaba los significados ocultos -respondió Conrad-. Si examinas varias obras de ciertos grandes poetas puedes hallar dobles sentidos. Los hombres han dado con secretos cósmicos en el pasado y han revelado indicios de ellos al mundo en palabras crípticas. ¿Recuerdas las alusiones de Von Juntz a una «ciudad en medio de la desolación»? ¿Qué piensas del párrafo de Flecker?:

¡No pases por allí! Dicen los hombres que en pétreos desiertos florece aún una rosa. Pero que no hay escarlata en su pétalo... y de cuyo corazón no fluye perfume alguno.

Los hombres pueden encontrar por azar cosas secretas, pero Von Juntz llegó a profundizar en misterios prohibidos. Por ejemplo, era uno de los pocos hombres que podían leer el Necronomicon en la traducción griega original. Teveral se encogió de hombros y el profesor Kirowan no replicó directamente, aunque resopló y chupó furiosamente su pipa; pues él, al igual que Conrad, había estudiado la versión latina del libro y había encontrado allí cosas que ni siquiera un científico de sangre fría podía responder o refutar.

-Bien -dijo finalmente-, suponed que admitimos la antigua existencia de cultos girando en torno a tales dioses y entidades innombrables y horrendas como Cthulhu, Yog Sothoth, Tsathoggua, Gol-Goroth y otros parecidos, sigo sin poder creer que supervivientes de tales cultos acechen en los rincones oscuros del mundo.

Para nuestra sorpresa Clemants respondió. Era un hombre alto y delgado, silencioso casi hasta la taciturnidad, y su feroz lucha con la pobreza en su juventud había ajado su rostro por encima de su edad. Como muchos otros artistas, vivía una vida literaria claramente dual, con sus novelas de capa y espada proporcionándole saneados ingresos, y su posición editorial en La Pezuña Hendida permitiéndole una total expresión artística. La Pezuña Hendida era una revista de poesía cuyos extraños contenidos habían despertado a menudo el interés escandalizado de los críticos conservadores.

-Recordaréis que Von Juntz menciona a un llamado culto de Bran -dijo Clemants, llenando la cazoleta de su pipa con una clase particularmente repulsiva de tabaco común-. Creo que una vez os oí a ti y a Taverel discutiéndolo.
-Como infiero de tus insinuaciones -replicó bruscamente Kiroan-, Von Junzt incluye este culto particular entre los que aún existen. Absurdo.

Clemants negó nuevamente con la cabeza.

-Cuando era joven y me abría paso a traves de cierta universidad, tenía por compañero de cuarto a un muchacho tan pobre y ambicioso como yo. Si te dijera su nombre, te asombrarías. Aunque provenía de un viejo linaje escocés de Galloway, era obviamente de tipo no-ario. Esto lo digo con la mayor discreción, entendedme. Pero mi compañero de cuarto hablaba en sueños. Empecé a escuchar y recompuse sus balbuceos dispersos. Y en lo que murmuraba oí por primera vez el viejo culto aludido por Von Juntz; del rey que rige el Imperio Oscuro, el cual revivía un imperio más viejo y oscuro aún que se remontaba a la Edad de Piedra; y de la gran caverna sin nombre donde se halla el Hombre Oscuro... la imagen de Bran Mak Morn, tallada según su semejanza por la mano de un maestro mientras el gran rey aún vivía, y a la cual cada adorador de Bran peregrina una vez en su vida. Sí, ese culto vive hoy en los descendientes del pueblo de Bran... una corriente silenciosa y desconocida que afluye al gran océano de la vida, esperando que la imagen de piedra del gran Bran aliente y se mueva con una vida repentina, y salga de la gran caverna para reconstruir su imperio perdido.
-¿Y quiénes eran el pueblo de ese imperio? –preguntó Ketrick.
-Pictos -respondió Taverel-, indudablemente el pueblo conocido después como los pictos salvajes de Galloway era predominantemente celta... una mezcla de elementos gaélicos, címricos, aborígenes y posiblemente teutónicos. Si tomaron su nombre de la raza más antigua o le prestaron su propio nombre a esa raza, es una cuestión que resta por decidir. Pero cuando Von Junzt habla de pictos, se refiere específicamente a los pueblos pequeños y morenos de sangre mediterránea, comedores de ajo, que trajeron la cultura neolítica a Inglaterra. Los primeros pobladores de ese país, de hecho, que hicieron surgir los cuentos de duendes y espíritus de la tierra.
-No puedo estar de acuerdo con esa última aseveración -dijo Conrad . Esas leyendas confieren a sus personajes la deformidad y la inhumanidad de su apariencia. No había nada en los pictos para suscitar tal horror y repulsión en los pueblos arios. Creo que los mediterráneos fueron precedidos por un tipo mongoloide, muy bajo en la escala de la evolución, de donde tales historias...
-Muy cierto -interrumpió Kirowan-, pero me cuesta pensar que precedieron a los pictos, como les llamas, en Inglaterra. Encontramos leyendas de trolls y enanos en todo el continente, y me inclino a pensar que tanto el pueblo ario como el mediterráneo trajeron esas historias con ellos del continente. Esos primeros mongoloides debían ser de un aspecto extremadamente inhumano.
-Al menos -dijo Conrad-, aquí hay un mazo de pedernal que un minero halló en las colinas galesas y me entregó, que nunca ha sido totalmente explicado. Obviamente no es de fabricación neolítica ordinaria. Ved lo pequeño que es comparado a la mayoría de herramientas de tal edad; casi como el juguete de un niño; y con todo es sorprendentemente pesado y sin duda podía propinarse con él un golpe mortífero. Yo mismo le encajé el mango y os sorprendería saber lo difícil que fue tallarlo con la forma y el equilibrio correspondientes a la cabeza.

Contemplamos el objeto. Estaba bien hecho, pulido en algún modo como los otros restos del neolítico que había visto pero, como decía Conrad, era extrañamente diferente. Su pequeño tamaño producía una rara inquietud, pues en ningún modo tenía la apariencia de un juguete. Era tan siniestro en lo que sugería como una daga de sacrificio azteca. Conrad había moldeado el mango de roble con rara habilidad, y al tallarlo para encajarlo en la cabeza, se las había arreglado para darle la misma apariencia antinatural que tenía el propio mazo. Incluso había copiado el modo de trabajar de los tiempos primigenios, fijando la cabeza a la hendidura del mango con tiras de cuero.

-¡A fe mía! -dijo Taverel a la vez que lanzaba un torpe golpe a un antagonista imaginario y estuvo a punto de romper un costoso jarrón Shang-. El equilibrio de esta cosa se halla totalmente descentrado; tendría que reajustar toda la mecánica de mi estabilidad y equilibrio para manejarlo.
-Déjame verlo -dijo Ketrick mientras tomaba el objeto y lo examinaba, intentando arrancarle el secreto de su adecuado manejo.

Por fin, un tanto irritado, lo balanceó hacia arriba y golpeó fuertemente un escudo que colgaba en la pared cercana. Me encontraba cerca; vi el mazo infernal retorcerse en su mano como una serpiente viva y cómo su brazo se desviaba del objetivo; oí un alarmado grito de aviso... y la oscuridad llegó con el impacto del mazo contra mi cabeza. Me deslicé lentamente de vuelta a la consciencia. Primero fueron sensaciones apagadas de ceguera y una falta total de conocimiento en cuanto a dónde estaba o quién era; luego una vaga conciencia de vida y ser, y algo duro oprimiendo mis costillas. Luego las neblinas se aclararon y volví completamente en mí. Estaba tendido de espaldas bajo algún arbusto y la cabeza me latía ferozmente. También mi cabello estaba sucio y costroso de sangre, pues el cuero cabelludo había quedado al desnudo. Pero mis ojos recorrieron mi cuerpo y extremidades, desnudas salvo por un taparrabos de piel de ciervo y sandalias del mismo material, y no hallaron ninguna otra herida. Lo que oprimía tan incómodamente mis costillas era mi hacha, sobre la cual había caído.

Un aborrecible parloteo llegó a mis oídos y me devolvió de pronto a la claridad de consciencia. El ruido se parecía débilmente al lenguaje, pero como ninguno de aquellos a los que el hombre está acostumbrado. Sonaba mucho como el repetido siseo de muchas y grandes serpientes. Miré. Estaba tendido en un bosque grande y sombrío. El claro estaba ennegrecido por los árboles, así que incluso de día era muy oscuro. Si... ese bosque era oscuro, frío, silencioso, gigantesco y totalmente aterrador. Y miré hacia el claro.

Vi una carnicería. Cinco hombres yacían ahí... al menos, lo que había sido cinco hombres. Cuando percibí las abominables mutilaciones, sentí que se me enfermaba el alma. Y alrededor de ellos se apiñaban las... cosas. En cierto modo eran humanas, aunque no las consideré tales. Eran bajas y fornidas, con anchas cabezas demasiado grandes para sus flacos cuerpos. Su cabellera era enmarañada y lacia, sus rostros anchos y cuadrados, con narices chatas, ojos horriblemente sesgados, una delgada apertura por boca y orejas puntiagudas. Llevaban pieles de animal, como yo, pero esas pieles estaban trabajadas toscamente. Portaban arcos pequeños y flechas con punta de pedernal, cuchillos de pedernal y garrotes. Y conversaban en un lenguaje tan horrible como ellos, un lenguaje siseante y reptilesco que me llenó de temor y repugnancia.

Oh, les odié mientras estaba allí tendido; mi cerebro ardía con una furia al rojo blanco. Y recordé. Habíamos ido a cazar, seis jóvenes del Pueblo de la Espada, y nos habíamos adentrado en el lúgubre bosque que nuestra gente solía rehuir. Cansados de la caza, nos habíamos parado a descansar; se me había dado el primer turno de guardia, pues en esos días no había sueño sin centinela. La vergüenza y la revulsión sacudieron todo mi ser. Me había dormido... había traicionado a mis camaradas. Y ahora yacían degollados y mutilados... asesinados mientras dormían, por una carroña que jamás se habría atrevido a enfrentárseles en igualdad de términos. Yo, Aryara, había traicionado su confianza.

Sí... recordé. Había dormido y en mitad de un sueño de caza, el fuego y las chispas habían explotado en mi cabeza y me había sumergido en una oscuridad más profunda donde no había sueños. Y ahora el castigo. Los que se habían arrastrado por el denso bosque y me habían dejado inconscientes, no se habían detenido para mutilarme. Creyéndome muerto se habían apresurado a su espantosa tarea. Quizás ahora me habían olvidado por un tiempo. Me había sentado algo lejode los otros, y cuando me golpearon había caído a medias bajo unos arbustos. Pero pronto se acordarían de mí. No volvería a cazar, ni a bailar las danzas de la caza, el amor y la guerra, no volvería a ver las chozas de zarzales del Pueblo de la Espada.

Pero no deseaba huir para regresar a mi gente. ¿Debía volver acaso humillado con mi relato de infamia y desgracia? ¿Tenía que oír las palabras despectivas que mi tribu me arrojaría, ver a las muchachas señalarme con los dedos despreciativos, el joven que se había dormido y había traicionado a sus camaradas a los cuchillos de la carroña? Los ojos me escocían de lágrimas y un lento odio se acumulaba en mi pecho y mi cerebro. Nunca llevaría la espada que señalaba al guerrero. Nunca triunfaría sobre dignos enemigos y moriría gloriosamente bajo las flechas de los pictos o las hachas del Pueblo del Lobo o el Pueblo del Río. Descendería a la muerte vencido por una chusma nauseabunda, a la que los pictos habían arrojado hacía largo tiempo a sus madrigueras del bosque como ratas.

Y una rabia enloquecida me aferró y secó mis lágrimas, dejando en su lugar una frenética llamarada de ira. Si tales reptiles iban a causar mi caída, yo haría que fuera largo tiempo recordada... si tales bestias tenían memoria. Moviéndome con cautela, me deslicé hasta que mi mano estuvo en el mango de mi hacha; entonces invoqué a Il-marinen y salté como un tigre. Y, al igual que salta un tigre, me hallé entre mis enemigos y aplasté un cráneo achatado como un hombre aplasta la cabeza de una serpiente. Un súbito y salvaje clamor de miedo se alzó de mis víctimas y por un instante me rodearon, acuchillando e hiriendo. Un cuchillo desgarró mi pecho pero no le presté atención. Una niebla roja ondulaba ante mis ojos, y mi cuerpo y miembros se movían en perfecto acuerdo con mi cerebro de combatiente. Gruñendo, golpeando y lanzando tajos, era como un tigre entre reptiles. En un instante abandonaron y huyeron, dejándome en pie sobre una media docena de cuerpos achaparrados. Pero no me hallaba saciado.

Le pisaba los talones al más alto, cuya cabeza me llegaría quizás al hombro, y que parecía ser su jefe. Huía hacia una especie de pasillo, lanzando gritos agudos como un monstruoso lagarto, y cuando me hallaba casi tocando su espalda se hundió como una serpiente entre los arbustos. Pero yo era demasiado rápido para él, le arrastré hacia afuera y terminé sangrientamente con él. A través de los arbustos vi el camino que luchaba por alcanzar... un sendero que entraba y salía de los árboles, casi demasiado estrecho para permitir que lo atravesara un hombre de talla normal. Corté la horrenda cabeza de mi víctima y, llevándola en mi mano izquierda y con mi roja hacha en la derecha tomé el sendero de serpientes. Mientras caminaba rápidamente por el sendero y la sangre manchaba mis pies a cada zancada brotando de la yugular cortada de mi enemigo, pensé en aquellos a los que acosaba.

Cierto... les teníamos en poca estima, cazábamos de día en el bosque que habitaban. Nunca supimos cómo se llamaban a sí mismos, pues nadie de nuestra tribu aprendió jamás los malditos y sibilantes siseos que usaban como lenguaje; pero les llamábamos Hijos de la Noche. Y en verdad eran criaturas nocturnas, pues se ocultaban en las profundidades del bosque oscuro y en moradas subterráneas, aventurándose en las colinas sólo cuando dormían sus vencedores. Era por la noche cuando cometían sus sucias fechorías... del veloz vuelo de una flecha con punta de pedernal hasta el robo de un niño que se había alejado de la aldea. Pero era otra la razón por la que les dábamos su nombre; eran, en verdad, un pueblo de noche y oscuridad y de las antiguas sombras llenas de horrores de eras pasadas. Pues estas criaturas eran muy viejas y representaban una edad agotada. Una vez dominaron y poseyeron esta tierra, y habían sido expulsados de la oscuridad y sus escondrijos por los morenos y feroces pequeños pictos con quienes luchábamos ahora, y que les odiaban y aborrecían tan salvajemente como nosotros.

Los pictos eran distintos de nosotros en aspecto general, siendo más pequeños de talla y oscuros de cabellera, ojos y piel, en tanto que nosotros éramos altos y fuertes, con cabello amarillo y ojos claros. Pero, pese a todo eso, eran de nuestra misma especie. Estos Hijos de la Noche no nos parecían humanos, con sus cuernos deformes y enanos, piel amarillenta y rostros horrendos. Sí... eran reptiles... carroña. Y mi cerebro estaba a punto de reventar de rabia cuando pensaba que era esa la carroña con la que iba a saciar mi hacha y perecer. ¡Bah! No hay gloria en matar serpientes o morir de su mordedura. Toda esa rabia y feroz disgusto se volvieron contra los objetos de mi odio, y con la vieja niebla roja ondulando ante mí juré por todos los dioses que conocía que desencadenaría sobre ellos tan sangrienta carnicería antes de morir como para dejar un temible recuerdo en las mentes de los supervivientes. Mi pueblo no me rendiría honores, en tal desprecio tenían a los Hijos. Pero esos Hijos que dejara vivos me recordarían y se estremecerían. Así juré, aferrando salvajemente mi hacha, que era de bronce, encajada en una hendidura del mango de roble y asegurada con tiras de cuero crudo.

Escuché más adelante un aborrecible y sibilante murmullo y un olor pestilencial, humano y con todo menos que humano, se filtró a través de los árboles. Unos instantes más y emergí de las profundas sombras a un amplio espacio abierto. Nunca había visto antes una aldea de los Hijos. Había una agrupación de cúpulas de barro, con bajos umbrales hundidos en el suelo; moradas escuálidas, mitad encima y mitad debajo de la tierra. Y sabía por las conversaciones de los viejos guerreros que tales moradas se hallaban conectadas por corredores subterráneos, así que la aldea entera era como un hormiguero o un sistema de agujeros de serpientes. Y me pregunté si otros túneles no corrían bajo el terreno y emergían a largas distancias de las aldeas. Ante las cúpulas se concentraba un vasto grupo de las criaturas, siseando y parloteando a gran velocidad.

Había apretado el paso y ahora emergí al descubierto, corriendo con la agilidad de mi raza. Un clamor salvaje se alzó de la chusma cuando vieron al vengador, alto, manchado de sangre y con los ojos llameantes saltar del bosque; lancé un grito feroz, arrojé la cabeza goteante entre ellos y me lancé como un tigre herido ea lo más espeso del grupo. ¡Oh, ahora no tenían escapatoria! Podrían haber tomado sus túneles pero les habría seguido hasta las entrañas del infierno. Sabían que debían matarme y me rodearon, casi un centenar, para hacerlo. No había ninguna llama salvaje de gloria en mi cerebro como la habría habido contra enemigos dignos. Pero la vieja locura frenética de mi raza estaba en mi sangre y el aroma de la sangre y la destrucción en mi olfato.

No sé cuántos maté. Sólo sé que se apiñaron a mi alrededor en una masa convulsa que lanzaba cuchilladas, como serpientes alrededor de un lobo, y golpeé hasta que el filo del hacha se melló y se torció y el hacha no fue más que un garrote; y aplasté cráneos, hendí cabezas, astillé huesos, derramé sangre y los sesos en un rojo sacrificio a Il-marinen, dios del Pueblo de la Espada. Sangrando de medio centenar de heridas, cegado por un tajo recibido a través de los ojos, sentí un cuchillo de pedernal hundirse profundamente en mi vientre y en ese mismo instante un garrote me abrió el cuero cabelludo. Caí de rodillas pero me alcé de nuevo, vacilante, y vi en una espesa niebla roja un anillo de rostros gesticulantes de ojos sesgados. Golpeé como un tigre agonizante, y los rostros se rompieron en una roja ruina. Y mientras me derrumbaba, desequilibrado por la furia de mis golpes, una mano provista de garras aferró mi garganta y una hoja de pedernal fue introducida en mis costillas y retorcida malignamente. Bajo una rociada de golpes volví a caer, pero el hombre con el cuchillo se hallaba debajo de mí, y con mi mano izquierda le busqué y le rompí el cuello antes de que pudiera alejarse reptando.

La vida huía rápidamente; a través del siseo y el aullar de los Hijos podía oír la voz de Il-marinen. Y con todo volví a levantarme tozudamente, a través de un auténtico torbellino de garrotes y lanzas. Ya no podía ver a mis enemigos, ni siquiera en una neblina rojiza. Pero podía sentir sus golpes y sabía que se lanzaban sobre mí. Planté bien los pies, agarré el resbaladizo mango de mi hacha con ambas manos e invocando una vez más a I1-marinen, alcé el hacha y propiné un último y terrorífico golpe. Y debí morir de pie, pues no hubo sensación de caída; incluso mientras sabía, con un último escalofrío de salvajismo, que mataba, incluso mientras sentía el astillarse de los cráneos bajo mi hacha, la oscuridad llegó con el olvido. Volví en mí repentinamente. Estaba medio acostado en un gran sillón y Conrad derramaba agua sobre mí. Me dolía la cabeza y un hilillo de sangre se había medio secado en mi rostro. Kirowan, Taverel y Clemants se inclinaban a mi alrededor, ansiosamente, mientras Ketrick permanecía ante mí, sosteniendo aún el mazo, su rostro expresando una cortés inquietud que no mostraban sus ojos. Y ante la visión de esos ojos malditos una roja locura se alzó en mi interior.

-Ya está -decía Conrad-, os dije que volvería en sí de un momento a otro; sólo un arañazo. Ha soportado cosas peores. Ahora todo va bien, ¿verdad, O’Donnel?

En respuesta les aparté violentatnente, y con un solo y apagado gruñido de odio me lancé sobre Ketrick. Cogido totalmente por sorpresa no tuvo oportunidad de defenderse. Mis manos se cerraron en su garganta y nos estrellamos los dos en un diván, convirtiéndolo en ruinas. Los otros lanzaron gritos de sorpresa y horror y saltaron para separarnos... o, más bien, para arrancarme a mi víctima, pues ya los ojos oblicuos de Ketrick empezaban a saltarle de las órbitas.

-Por el amor de Dios, O'Donnel -exclamó Conrad, intentando quebrar mi presa-, ¿qué te ha pasado? Ketrick no pretendía golpearte... ¡suelta, idiota!

Una feroz ira casi me hizo olvidar que aquellos hombres eran mis amigos, hombres de mi propia tribu, y les maldije a ellos y a su ceguera, cuando finalmente lograron separar mis dedos que estrangulaban la garganta de Ketrick. Se levantó tosiendo y exploró las marcas azules que habían dejado mis dedos, mientras yo maldecía rabioso, casi derrotando los esfuerzos combinados de los cuatro por sujetarme.

-¡Estúpidos! -grité- ¡Dejadme ir! ¡Dejadme cumplir mi deber como hombre de la tribu! ¡Locos, ciegos! Nada me importa el mísero golpe que me propinó... él y los suyos me los dieron más fuertes en eras pasadas. Estúpidos, está señalado con la marca de la bestia... el reptil... ¡la carroña que exterminarnos siglos ha! ¡He de aplastarla, pisotearla, librar la limpia tierra de su maldita contaminación!

Así desvarié y me debatí y Conrad le musitó a Ketrick por encima del hombro:

-¡Sal, deprisa! ¡Está fuera de control! ¡Se ha desquiciado la mente! Aléjate de él.

Ahora contemplo las viejas colinas soñadoras, las montañas y los profundos bosques más allá, y medito. De algún modo el golpe de ese viejo y maldito mazo me hizo retroceder de pronto a otra era y otra vida. Cuando Aryara no conocía ninguna otra vida. No era un sueño, era un trozo extraviado de realidad donde yo, John O’Donnel, viví y morí una vez. Y de regreso al cual fui arrebatado a través de los vacíos del tiempo y el espacio por un golpe dado al azar. El tiempo y las eras son engranajes que no encajan, que chirrían y no son conscientes el uno del otro. Ocasionalmente -¡oh, muy raramente!- los engranajes encalan; las piezas del juego se unen momentáneamente con un chasquido y proporcionan a los hombres borrosos vislumbres más allá del velo de esta ceguera cotidiana que llamamos realidad.

Soy John O'Donnel y fui Aryara, quién tuvo sueños de gloria guerrera y de caza y festín y que murió sobre el rojo montón de sus víctimas en alguna era perdida. Pero, ¿en cuál y dónde? Puedo responderos a lo último. Las montañas y los ríos cambian sus contornos; los paisajes se alteran; pero las llanuras son lo que menos cambia. Las miro ahora y las recuerdo, no sólo con los ojos de John O'Donnel, sino con los de Aryara. Han cambiado muy poco. Sólo el gran bosque se ha encogido y empequeñecido y en muchos, muchos sitios se ha desvanecido completamente. Pero aquí, en estas mismas llanuras, Aryara vivió, peleó y amó y en el bosque lejano murió. Kirowan se equivocaba. Los pequeños y feroces pictos morenos no fueron los primeros hombres de las Islas. Hubo otros seres antes que ellos... sí, los Hijos de la Noche. Leyendas... cierto, los Hijos no nos eran desconocidos cuando llegamos a lo que ahora es la isla de Inglaterra. Les habíamos encontrado antes, eras antes. Ya teníamos nuestros mitos sobre ellos. Pero les encontramos en Inglaterra. Y tampoco los pictos les habían exterminado totalmente.

Y tampoco, como muchos creen, nos habían precedido los pictos en tantos siglos. Les empujamos ante nosotros al llegar, en esa larga migración desde el este. Yo, Aryara, conocí ancianos que habían marchado en ese viaje que duró un siglo; que habían sido llevados en los brazos de mujeres de amarilla cabellera sobre incontables kilómetros de bosque y planicie, y que de jóvenes habían marchado en la vanguardia de los invasores. En cuanto a la era... eso no puedo decirlo. Pero yo, Aryara, era con seguridad un ario y mi gente lo era... miembros de una de las mil migraciones desconocidas y nunca recordadas que esparcieron tribus de cabello amarillo y ojos azules por todo el mundo. Los celtas no fueron los primeros en venir a Europa occidental. Yo, Aryara, era de la misma sangre y aspecto que los hombres que saquearon Roma, pero la mía era una rama mucho más vieja. Del lenguaje que hablo, no queda ningún eco en la mente consciente de John O'Donnel, pero sabía que la lengua de Aryara era al céltico antiguo lo que éste es al gaélico moderno.

¡Il-marinen! Recuerdo al dios que invoqué, el viejo, viejo dios que trabajaba los metales... el bronce, entonces. Pues Il-marinen era uno de los dioses base de los arios de quien crecieron muchos dioses; y era Wieland y Vulcano en las edades de hierro. Pero para Aryara era Il-marinen.

Y Aryara... era uno de muchas tribus y muchas migraciones. No sólo el Pueblo de la Espada llegó o habitó en Inglaterra. El Pueblo del Río estuvo antes que nosotros y el Pueblo del Lobo vino después. Pero eran arios como nosotros, altos y rubios, de ojos claros. Luchamos contra ellos, por la razón de que las varias migraciones de arios siempre han luchado entre sí, al igual que los aqueos lucharon contra los dorios, al igual que celtas y germanos se cortaban mutuamente las gargantas; sí, al igual que los helenos y los persas, que fueron una vez un pueblo y de la misma migracion, se partieron de dos modos distintos en el largo viaje y siglos después se encontraron e inundaron Grecia y Asia Menor con sangre. Entendedme ahora, todo esto no lo sé como Aryara. Yo, Aryara, nada sabía de esas migraciones a escala mundial de mi raza. Sólo sabía que mi pueblo era de conquistadores, que un siglo antes mis antepasados habían morado en las grandes planicies, lejos al este, planicies que pululaban de un pueblo feroz, de cabellera amarilla y ojos claros, de viejas y nuevas migraciones que combatían salvaje e implacablemente según la vieja e ilógica costumbre del pueblo ario. Esto lo sabía Aryara y yo, John O'Donnel, que sé mucho más y mucho menos de lo que yo, Aryara, sabía, he combinado el conocimiento de estos yo separados y he llegado a conclusiones que asombrarían a científicos e historiadores afamados.

Con todo, este hecho es bien conocido: los arios se deterioran rápidamente en las vidas sedentarias y pacíficas. Su existencia adecuada es la nómada; cuando se establecen en una existencia agrícola, preparan el cambio de su caída; y cuando se encierran a si mismos con los muros de la ciudad, sellan su condena. Cierto, yo, Aryara, recuerdo los relatos de los viejos... cómo los Hijos de la Espada, en esa larga migración, encontraron aldeas de gente de piel blanca y cabellera amarilla que habían emigrado al oeste siglos antes y habían dejado la vida de vagabundeo para morar entre el pueblo moreno que comía ajo y ganarse el sustento del suelo. Y los viejos cuentan lo blandos y débiles que eran, y cuán fácilmente caían ante las hojas broncíneas del Pueblo de la Espada.

Mirad... ¿acaso la historia entera de los Hijos de Aryan no está inscrita en esas líneas? Mirad... cuán rápidamente siguió el persa al medo; griego, persa, romano, griego; y germano al romano. Sí, y el nórdico siguió a las tribus germánicas cuando se hubieron vuelto débiles después de un siglo o más de paz y ociosidad, y les robaron lo que ellos habían robado en el sur.

Pero dejadme hablar de Ketrick. ¡Ja!... la sola mención de su nombre hace que se erice el vello de mi nuca. Una reversión de tipo... pero no al tipo de algún limpio chino o mongol de tiempos recientes. Los daneses expulsaron a sus antepasados a las colinas de Gales; y allí, ¡en qué siglo medieval y en qué sucio modo se deslizó ese maldito tinte aborigen en la limpia sangre sajona de la línea celta, para yacer tanto tiempo dormido! El celta galés nunca se apareó con los Hijos más de lo que hicieron los pictos. Pero debieron quedar sobrevivientes... carroña acechando en esas lúgubres colinas, que habían superado su tiempo y su era. En los días de Aryara apenas eran humanos. ¿Qué debió hacer un millar de años de retroceso con esa simiente?

¿Qué abominable forma se deslizó en el castillo Ketrick una noche olvidada, o se alzó de la oscuridad para aferrar alguna mujer del linaje, arrastrándola a las colinas?

La mente se aparta de tal imagen. Pero esto sé: debieron quedar sobrevivientes de esa abominable era de reptiles cuando los Ketrick fueron a Gales. Quizás aún queden. Pero este sustituto, este engendro de la oscuridad, este horror que lleva el noble nombre de Ketrick, sobre él se halla la marca de la serpiente, y no habrá descanso para mí hasta que sea destruido. Ahora que le conozco por lo que es, contamina el aire limpio y deja el fango de la serpiente sobre la verde tierra. El sonido de su voz siseante y tartamuda me llena de un horror que me eriza la piel y la visión de sus ojos rasgados me inspira la locura.

Pues vengo de una raza real, y un ser tal es un continuo insulto y una amenaza, como una serpiente debajo del pie. La mía es una raza regia, aunque ahora se haya degradado y caiga en la decadencia por la mezcla continua con razas conquistadas. Las oleadas de sangre ajena han teñido de negro mi pelo y han oscurecido mi piel, pero aún tengo la estatura señorial y los ojos azules de un rey ario. Y como mis antepasados... como yo, Aryara, destruí a la canalla que se retorcía bajo nuestros talones, así yo, John O'Donnel, exterminaré a esa criatura reptilesca, el monstruo surgido de la mancha de serpiente que tanto tiempo durmió sin ser detectado en limpias venas sajonas, el vestigio que las cosas-serpiente dejaron para macular a los Hijos de Aryan. Dicen que el golpe recibido afectó mi mente; sé que no hizo sino abrirme los ojos. Mi antiguo enemigo camina a menudo en solitario por los páramos, atraído, aunque quizá lo ignore, por impulsos ancestrales. Y en uno de esos paseos solitarios le encontraré, y cuando le encuentre romperé su sucio cuello con mis manos al igual que yo, Aryara, rompí los cuellos de las sucias criaturas nocturnas hace mucho, mucho tiempo.

Entonces pueden llevárseme y romper mi cuello al final de una soga si quieren. No estoy ciego, si mis amigos lo están. Y ante los ojos del viejo dios ario, si no ante los ojos velados de los hombres, habré sido fiel a mi tribu.

jueves, 17 de noviembre de 2011

EL HOMÚNCULO

El homúnculo (The Mannikin) es un relato de terror del escritor Robert Bloch, publicado en la edición de abril de 1937 de la revista Weird Tales.
Este cuento pertenece al ciclo de relatos de los Mitos de Cthulhu, no tanto en lo que se refiere a la creación de nuevas criaturas o libros apócrifos, sino en el desarrollo de algunos mitos y caracteres generales ya establecidos.




Háganse a la idea de que no puedo jurar que mi historia sea cierta. Pudiera haber sido un sueño; o peor aún, un síntoma de algún severo desorden mental. Pero yo creo que es cierta. Despues de todo, ¿Cómo podemos estar seguros de todas las cosas que hay sobre la tierra? Aún existen monstruosidades extrañas, y espantosas e increibles perversiones. Cada año que pasa, cada nuevo descubrimiento geográfico o científico, saca a la luz algún nuevo fragmento de la macabra evidencia de que el mundo no es, exactamente, el lugar que imaginamos. En ocasiones ocurren incidentes peculiares, que rozan la locura más absoluta.

¿Cómo podemos estar seguros de la validez de nuestras patéticas concepciones de la realidad? A cada hombre entre un millón, le es revelado un espantoso conocimiento, y el resto de nosotros permanecemos piadosamente ignorantes. Ha habido viajeros que jamás regresaron, y trabajadores de minería que desaparecieron. Y algunos de los que regresaron, fueron considerados locos, debido a lo que contaron, y otros prefirieron ocultar la sabiduría que tan horriblemente les había sido revelada. Ciegos como somos, sabemos muy poco de aquello que acecha más allá de nuestra vida normal. Ha habido relatos sobre serpientes marinas y criaturas de las profundidades; leyendas de enanos y gigantes; informes de raros horres médicos y partos antinaturales. Asombrosas pesadillas de la personalidad humana, han salido a la luz bajo el espantoso estímulo de la guerra, de la plaga o de la hambruna. Ha habido caníbales, necrófilos, y gules, ritos impíos de adoración y sacrificio; maniacos homicidas, y crímenes blasfemos. Y cuando pienso, entonces, en lo que he visto y oído, y lo comparo con otras grotescas e increibles realidades, comienzo a temer por mi razón.

Pero si existe alguna explicación cuerda de este asunto, le imploro a Dios que se me diga, antes de que sea demasiado tarde. El Doctor Pierce me dice que debo calmarme; me aconsejó que escribiera esta narración con el fín de mitigar mi aprensión. Pero no estoy calmado, y nunca me calmaré hasta que sepa la verdad de una vez por todas; hasta que esté enteramente convencido de que mis miedos no están fundados en una espantosa realidad.

Ya era un hombre nervioso, cuando acudí a descansar a Bridgetown. Había sido una dura prueba, aquel año en la escuela, y me hallaba muy feliz de apartarme de la tediosa rutina de las clases. El éxito de mis cursos de lectura aseguraban mi puesto en la facultad para el próximo año, y en consecuencia, aparté de mi mente cualquier especulación académica, cuando decidí tomarme unas vacaciones. Elegí ir a Bridgetown debido a las excelentes posibilidades que el lago me brindaba para la pesca de trucha. Las instalaciones que elegí, de entre toda la voluminosa literatura sobre hoteles, consistían en un lugar tranquilo y pacífico, según anunciaba el sencillo folleto. No ofrecía un campo de golf, un paseo, o una piscina cubierta. No hacía mención de ningún enorme salón de bolos, una orquesta de dieciocho piezas, o una cena formal. Y lo mejor de todo, el anuncio ni siquiera ensalzaba la grandeza escénica del lago y el bosque. No proclamaba, polisilábicamente, que el Lago Kane era "Un eterno paraiso de la Naturaleza, en el que cerúleos cielos y frondosa vegetación impelen al gozoso visitante a saborear los gozos de la juventud". Por aquel motivo, hice la reserva, llené mi maleta, preparé un par de pipas y salí.

Quedé más que satisfecho con el lugar, cuando llegué. Bridgetown es un pueblo pequeño y rústico; un apartado superviviente de días más antiguos y sencillos. Situado en el mismo Lago Kane, se halla por completo rodeado de bosques, y de suaves prados bañados por el sol en los que la gente de las granjas vive en serena felicidad. El peso de la civilización moderna ha caído muy débilmente sobre esta gente y sus maneras tranquilas. Son pocos los automóviles, tractores y demás. Hay algunos teléfonos, y a unas cinco millas de distancia, la Autovía del Estado proporciona un cómodo acceso al pueblo. Eso es todo. Las casas son viejas, las calles rectas. Los artistas, diletantes suburbanos y ascetas profesionales aún no han invadido aquel bucólico escenario. El número de veraneantes es pequeño y selecto. Unos cuandos cazadores y aficionados a la pesca, pero nada de ese gentío ordinario que sale a cazar por placer. Las familias de por allí no comparten esos gustos; ignorantes y poco sofisticados como son, reconocen fácilmente la vulgaridad.

Así que mi entorno era ideal. El lugar en el que me hospedaba era un hostal de tres plantas junto al mismo lago ‑la Casa Kane, regentada por Absolom Gates. Era un personaje de la vieja escuela; un vigoroso y encanecido veterano cuyo padre se había dedicado a la pesca hasta finales de los sesenta. Él mismo era un apasionado de todo lo referente a la pesca; pero sólo desde la ventana del salón Waltonian. Su instalación era algo así como la Meca de los pescadores. Las habitaciones eran grandes y aireadas; la comida abundante y excelentemente preparada por la hermana viuda de Gates. Tras mi primera inspección, me preparé a disfrutar de una estancia notablemente placentera.

Entonces, en mi primera visita al pueblo, me topé con Simon Maglore por la calle.

Conocí por primera vez a Simon Maglore durante mi segundo curso como instructor en la Escuela. Incluso entonces, me había impresionado enormemente. Y no sólo debido a sus características físicas, aunque eran bastante inusuales. Era alto y delgado, con unos hombros enormemente grandes, y la espalda ligeramente inclinada. No se trataba de una joroba, en el sentido habitual de la palabra, pero parecía sufrir un peculiar abultamiento tumoroso junto a su hombro izquierdo. Intentaba disimular aquel bulto, con gran vergüenza, pero su prominencia hacía que dichos intentos resultaran estériles. De todos modos, aparte de su desafortunada deformidad, Maglore había sido un tipo muy bien parecido. De cabello negro, ojos grises, piel suave, parecía ser un fino especimen de hombre inteligente. Y fue esa inteligencia lo que tanto me había impresionado de él. Su trabajo en clase era rotundamente brillante, y en ocasiones alcanzaba calidades que rondaban el puro genio. Pese al deje peculiarmente mórbido de su trabajo en poesía y ensayo, era imposible ignorar el poder y la imaginación que podían producir tan salvajes escenarios y delirantes colores. Uno de sus poemas ‑La Bruja está Ahorcada ‑le hizo merecedor del Premio Edsworth Memorial de aquel año, y algunas de sus obras principales, fueron reeditadas en ciertas antologías privadas.

Desde el principio, sentí un gran interés hacia ese joven y su inusual talento. Al principio, no había respondido a mis intentos por llegar a él; me supuse que era un alma solitaria. Hasta qué punto era ésto debido a su peculiaridad física o a su actitud mental, es algo que no puedo decir. Había vivido solo en el pueblo, y se decía que tenía grandes metas. No se mezclaba con los demás estudiantes, aunque le habrían aceptado de buena gana, por su ánimo dispuesto, su encantadora disposición, y su vasto conocimiento del arte y la literatura. De cualquier modo, gradualmente, conseguí imponerme a su natural reticencia, y me gané su amistad. Me invitó a sus habitaciones, y hablamos.

Y fue entonces cuando averigüé sus firmes creencias en lo oculto y esotérico. Me habló de sus antepasados en Italia, y del interés que habían mostrado por la brujería. Uno de ellos había sido agente de los Medici. Habían emigrado a América en épocas tempranas, debido a ciertos cargos lanzados contra ellos por la Santa Inquisición. También me habló de sus propios estudios en los reinos de lo desconocido. Sus habitaciones estaban plagadas de extraños dibujos que había confeccionado a partir de sueños, e imágenes de arcilla, aún más extrañas. Sus estanterías contenían multitud de libros raros y antiguos. Observé la obra de Ranfts, "De Masticatione Mortuorum in Tumulis" (1734); la valiosísima "Cábala de Saboth" (traducción griega, circa 1686); los "Comentarios sobre la Brujería", de Mycroft; y el infame "Los Misterios del Gusano", de Ludvig Prinn.

Realicé numerosas visitas a sus apartamentos, antes de que Maglore abandonara la Escuela, repentinamente, en el otoño del año 33. La muerte de sus padres le hizo acudir al Este, y partió sin despedirse. Pero en el fondo, había aprendido a respetarle bastante, y sentía un profundo interés por sus planes futuros, que incluían un libro sobre la historia de la pervivencia de los cultos de brujas en América, y una novela que trataba sobre el efecto psicológico de la superstición sobre la mente. Nunca me escribió, y no volví a saber nada más de él hasta este encuentro casual en la calle del pueblo.

Me reconoció. Dudo mucho que yo hubiera sido capaz de identificarle a él. Había cambiado. Mientras nos estrechábamos la mano, noté su apariencia desastrada y poco cuidada. Parecía más viejo. Su rostro era más delgado, y mucho más pálido. Tenía oscuras sombras en torno a sus ojos ‑y en ellos. Sus manos temblaban; su rostro forzaba una sonrisa sin vida. Su voz era más profunda al hablar, pero preguntó por mi salud del mismo modo encantador que siempre lo había hecho. Rápidamente le expliqué el motivo de mi presencia allí, y comencé a preguntarle.

Me informó de que vivía allí, en la pequeña ciudad; había vivido allí desde la muerte de sus padres. Estaba trabajando de lleno en sus libros, pero sentía que el resultado de su labor justificaba de sobra cualquier inconveniente físico que pudiera sufrir. Se disculpó por su desaseado aspecto y sus maneras cansadas. Deseaba tener una larga charla conmigo alguna de estas noches, pero iba a estar muy atareado durante los próximos días. Posiblemente, a la semana siguiente, podría ir a visitarme al hotel ‑en aquel momento había salido a comprar papel al colmado del pueblo y se disponía a regresar a su casa. Con una precipitada despedida, me volvió la espalda y se alejó.

Y al hacerlo, recibí otro sobresalto. El bulto de su espalda había crecido. Ahora era virtualmente el doble de grande de lo que era cuando le conocí, y no había ya posibilidad alguna de ocultarlo. Indudablemente, el trabajo duro se había cobrado un precio severo en las energías de Maglore. Pensé en un sarcoma, y me estremecí. Caminando de vuelta al hotel, estuve dándole vueltas a la cabeza. La apariencia de Simon me preocupaba. No era saludable para él, el trabajar tan duro, y la elección de sus temas puede que no fuera la adecuada. El constante aislamiento y la tensión nerviosa se habían combinado para minar su constitución de un modo alarmante, y tomé la determinación de ofrecerme como mentor de sus actos. Resolví visitarle a la menor oportunidad, sin esperar a una invitación formal. Algo tenía que hacer.

A mi llegada al hotel se me ocurrió otra idea. Le preguntaría a Gates qué era lo que sabía sobre Simon y su trabajo. Quizás hubiera algo interesante aparte de su actividad, que pudiera explicar su curiosa transformación. De modo que busqué al entrañable caballero y le expuse la cuestión.

Lo que aprendí de él me dejó perplejo. Por lo visto, a los habitantes no le gustaban ni el Amo Simon, ni su familia. Sus antepasados habían sido bastante adinerados, pero su nombre había sido enturbiado por una dudosa reputación, incluso desde los primeros días. Brujas y hechiceros, tanto unos como otros, constituían su árbol genealógico. Sus oscuras actividades habían sido cuidadosamente ocultadas al principio, pero la gente de su entorno podía atestiguarlo. Por lo visto, casi todos los Maglore habían poseído ciertas malformaciones físicas que les habían hecho sospechosos. Algunos habían nacido con velos en los ojos; otros con pies palmeados. Uno o dos habían sido enanos, y todos ellos habían sido acusados, en algún momento, de poseer el popular "mal de ojo". Algunos de ellos habían sido nictálopes, podían ver en la oscuridad. Simon no era, por lo visto, el primer jorobado de la familia. Su abuelo lo había sido, y antes que él, su tatarabuelo.

Había también, muchos indicios de endogamia y de ser un clan cerrado. Eso, en opinión de Gates y de su gente, apuntaba claramente a una cosa... Brujería. Y tampoco era la única evidencia. ¿Acaso los Maglore no evitaban el publo y permanecían recluidos en su vieja casa de las colinas? Además, ninguno de ellos iba a la iglesia. ¿No se sabía de ellos, además, que daban largos paseos al ponerse el sol, y de noche, cuando toda la gente decente y respetable estaba durmiendo? Probablemente, tenían sus buenas razones para no mostrarse sociables. Quizás tenían cosas que deseaban ocultar en su vieja casa, y puede que tuvieran miedo de que esas cosas se supieran por allí. La gente sabía que aquel lugar estaba repleto de libros embrujados e impíos, y había una vieja historia que decía que toda la familia era fugitiva de algún lugar del extranjero, debido a algo que habían hecho. Despues de todo, ¿Quién podía decirlo? Parecían sospechosos; actuaban de un modo raro; quizás lo eran. Desde luego, nadie podía decirlo a ciencia cierta. La histeria en masa de la quema de brujas y los rumores de posesiones satánicas no habían penetrado hasta esta parte de la región. No había indicios de altares en los bosques, ni las espectrales presencias forestales de los mitos indios. Ninguna desaparición ‑bovina o humana‑ podía ser imputada a la familia Maglore. Legalmente, su historial estaba limpio. Pero la gente les temía. Y éste último ‑Simon‑ era el peor.

Nunca se había comportado como es debido. Su madre murió al nacer él. Habían tenido que traerse a un doctor de fuera del pueblo ‑ningún hombre de la localidad habría tratado un caso así. El bebé, además, había nacido casi muerto. Durante algunos años nadie le había visto. Su padre y su tío habían dedicado todo su tiempo a cuidar de él. Cuando tenía siete años, el muchacho había sido enviado a una escuela privada. Regresó una vez, cuando tenía casi doce años. Fue cuando murió su tío. Se volvió loco, o algo así. En cualquier caso, tuvo una especie de ataque, que acabó desembocando en una hemorragia cerebral, según dijo el doctor.

Simon era por entonces, un muchacho muy apuesto ‑excepto por la giba, claro está. Pero no parecía estar muy desarrollada en aquel tiempo ‑de hecho, era bastante pequeña. Se quedó algunas semanas, y luego regresó de nuevo a la escuela. No había vuelto a aparecer hasta la muerte de su padre, hacía dos años. El anciano había muerto a solas en su gran casa, y el cuerpo no había sido descubierto hasta varias semanas después. Un vendedor ambulante había llamado; entró en el abierto vestíbulo, y encontró al viejo Jeffrey Maglore muerto en su gran butacón. Sus ojos estaban abiertos, y velados por una mirada de espantoso temor. Ante él, había un gran libro de hierro, cubierto de extraños e indescifrables caracteres.

Un médico, convocado apresuradamente, pronunció que su muerte se debía a un fallo cardíaco. Pero el vendedor, tras escrutar aquellos ojos cubiertos de pavor, y mirando las grotescas e inquietantes figuras del libro, no estaba tan seguro de ello. No tuvo oportunidad de curiosear por allí, de todos modos, pues aquella noche llegó el hijo. La gente le miró de un modo extraño cuando vino, pues aún no se le había enviado aviso alguno sobre la muerte de su padre. Callaron, también, cuando él les mostró una carta de hacía dos semanas, con la escritura del viejo, que anunciaba una premonición de muerte inminente, y aconsejaba al joven que regresara a casa. Las cuidadosas y contenidas frases de aquella carta, parecían tener un significado secreto; pues el joven nunca llegó a preguntar sobre las circunstancias de la muerte de su padre. El funeral fue privado; y el consiguiente entierro tuvo lugar en la cripta familar, junto a la casa.

Los insólitos y peculiares eventos que rodearon el regreso al hogar de Simon Maglore, pusieron inmediatamente en guardia a la gente. Tampoco ocurrió nada que alterara su opinión original acerca del muchacho. Permanecía solo todo el tiempo, en aquella casa silenciosa. No tenía criados, y no hizo amigos. Sus poco frecuentes viajes al pueblo, los hacía con el único propósito de obtener vituallas. Se las llevaba él mismo, en su coche. Compraba una buena cantidad de carne y pescado. De vez en cuando paraba por la farmacia, donde compraba sedantes. No parecía nada comunicativo, y contestaba a todas las preguntas con monosílabos. Aún así, era obviamente, una persona bien educada. En general, se rumoreaba que estaba escribiendo un libro. Gradualmente, sus visitas se hicieron cada vez menos frecuentes.

Entonces, la gente empezó a comentar su cambio de apariencia. De un modo sutil, pero evidente, se había alterado inquietantemente. En primer lugar, se notó que su deformidad se había incrementado. Se veía obligado a llevar un amplio gabán para ocultar su volumen. Caminaba con una ligera inclinación, como si su peso le diera problemas. Además, no iba nunca al médico, y nadie, de entre la gente del pueblo, tenía el valor de hacerle comentario alguno, o preguntarle sobre su estado. También estaba envejeciendo. Comenzaba a parecerse a su tío Richard, y sus ojos habían adoptado ese guiño especial que denotaba un poder nictalópico. Todo aquello excitaba los rumores entre la gente, para quien la familia Maglore había sido tema para interesantes conjeturas durante generaciones.

Más tarde, dichas especulaciones se habían basado en hechos más tangibles. Pues recientemente, Simon había aparecido por varias de las granjas aisladas de la región, paseando furtivamente. Preguntaba sobre todo a la gente de edad avanzada. Estaba escribiendo un libro, según les decía, acerca del folklore. Deseaba preguntarles sobre las antiguas leyendas de los alrededores. Preguntaba si alguno de ellos, había oído alguna vez relatos concernientes a cultos locales, o rumores sobre rituales en el bosque. ¿Había alguna casa encantada o lugar embrujado en la espesura? ¿Habían oído alguna vez el nombre "Nyarlathotep", o referencias a "Shub‑Niggurath" o al "Mensajero Negro"? ¿Podían recordar algo de los antiguos mitos de los Indios Pasquantog, acerca de los "hombres‑bestia", o recordaban alguna historia sobre oscuros encapuchados que sacrificaban terneros en las montañas? Estas y otras preguntas similares, pusieron en guardia a los granjeros, ya de por sí suspicaces por naturaleza. Si hubieran poseido tales conocimientos, éstos habrían sido de una naturaleza decididamente impía, y no se habrían atrevido a revelarlos a aquel forastero tan pagado de sí mismo. Algunos de ellos, sabían algo de esas cosas, debido a antiguos relatos que les habían llegado desde la costa, más al norte, y otros habían escuchado pesadillas susurradas por reclusos, acerca de las montañas del este. Había un montón de cosas en torno a esas materias, que ellos, francamente, no sabían, y que sospechaban que ningún forastero debería escuchar. Fuera donde fuera, Maglore se encontraba con evasivas o con reacciones escandalizadas, y partía tras haber dado una impresión decididamente mala.

Las historias sobre sus visitas comenzaron a multiplicarse. Adoptaron el tópico de una elaborada discusión. Un anciano lugareño en particular... un granjero llamado Thatcherton, que vivía solo en una pequeña parcela al oeste del lago, por debajo de la autovía... tenía una historia singularmente interesante que contar. Maglore había aparecido una noche, alrededor de las ocho, y llamó a la puerta. Persuadió a su anfitrión para que dialogara con él, y entonces intentó engatusarle, prometiendo revelarle cierta información concerniente a la presencia de un cementerio abandonado, que se rumoreaba existía en algún lugar de los alrededores.

El granjero contó que su invitado estaba en un estado próximo a la histeria, que afirmaba con la cabeza una y otra vez, del modo más melodramático, y hacía frecuentes alusiones a un montón de estupideces mitológicas sobre "los secretos de la tumba", "el decimotercer servidor", "la Fiesta de Ulder", y "los cantos de los Dholes". También hablaba de "el ritual del Padre Yig", y ciertos nombres que pronunció, relaccionados con raras ceremonias en el bosque, que decía tenían lugar cerca de aquel cementerio. Maglore preguntó si le había desaparecido algún ternero, y si su anfitrión había escuchado alguna vez "voces en el bosque, haciéndole proposiciones". El hombre dijo que no, a todas aquellas cosas, y se negó a permitir que su invitado regresara a inspeccionar la zona por el día. En aquel momento, el inesperado visitante se mostró muy enfadado, y estaba a punto de objetar acaloradamente, cuando ocurrió algo muy extraño. Maglore empalideció de repente, y pidió que se le excusara. Parecía estar sufriendo fuertes dolores internos, pues se inclinó hacia delante y se dirigió a trompicones hasta la puerta. Y mientras lo hacía, ¡Thatcherton recibió la enloquecedora impresión de que la joroba de su espalda se estaba moviendo! Parecía agitarse, y agarrarse a los hombros de Maglore, ¡como si éste tuviera un animal escondido bajo su gabán! En aquella situación, Maglore se giró bruscamente, y se dirigió de espaldas hacia la salida, como intentando ocultar aquel inusual fenómeno. Salió rápidamente, sin mediar palabra, y corrió por el camino en dirección a su coche. Corrió como un mono, se introdujo frenéticamente en el interior del coche, y lo puso en marcha precipitadamente, haciendo que las ruedas rechinaran, mientras se alejaba del patio a toda prisa. Desapareció en la noche, dejando detrás a un hombre entristecido e intrigado, que no tardó en difundir entre sus amigos, el relato de su fantástico visitante.

Desde entonces, sus paseos habían cesado bruscamente, y hasta aquella misma tarde, Maglore no había vuelto a aparecer en el pueblo. Pero la gente seguía hablando, y no era bienvenido. Le hacían el vacío a ese hombre, fuera lo que fuera. Ésta era, en resumen, la historia de mi amigo Gates. Cuando terminó, me retiré a mi alcoba sin hacer comentarios, para meditar sobre el relato. No me inclinaba a apoyar las supersticiones locales. Mi larga experiencia en tales materias me hacían desacreditar automáticamente la mayoría de sus detalles. Sabía lo bastante de la psicología rural como para darme cuenta de que cualquier cosa fuera de lo ordinario es mirada siempre con sospecha. Supongamos que la familia Maglore vivía recluida: ¿Y qué? Cualquier grupo de procedencia extranjera tendería a vivir apartado. Parecía garantizada una predisposición racial a la deformidad... lo cual no les convertía en brujos. La masa ha perseguido a mucha gente acusándoles de brujería, cuando su único crimen consistía en poseer algún defecto físico. Incluso la endogamia era algo fácil de esperar cuando se sufría de ostracismo social. Pero ¿Qué había de mágico en todo aquello? Esas cosas son bastante comunes entre la gente del campo, no sólo entre los extranjeros. Además. ¿Libros raros? Seguramente. ¿Nictalopía? Era algo bastante común en todo el mundo. ¿Locura? Quizás... una mente solitaria suele degenerar. Simon era brillante, de todos modos. Desafortunadamente, su atracción hacia lo místico y lo desconocido le estaban conduciendo a la abstacción. Había sido una mala idea el buscar información para su libro entre la analfabeta población de aquel sitio. Naturalmente, eran intolerantes y desconfiados. Y su paupérrima condición física conseguía una importancia exagerada ante los ojos de aquellos crédulos pueblerinos.

Aún así, probablemente había la suficiente verdad en aquella narración distorsionada como para hacer que fuera imperativo el hablar al momento con Maglore. Debía salir de aquella atmósfera insana, y ver a un médico eficiente. Su genio no debía ser malgastado o destruído por tal obstáculo ambiental. Le asfixiaba, mental y físicamente. Me decidí a visitarle a la mañana siguiente. Tras aquella resolución, bajé a cenar, di un corto paso por el embarcadero del lago, a la luz de la luna, y me retiré a dormir.

A la tarde siguiente, me dispuse a cumplir mi propósito. La Mansión Maglore se alzaba en una explanada a una media milla de Bridgetown, y se reflejaba fantasmalmente sobre el lago. No era un lugar agradable; era demasiado viejo, y demasiado descuidado. Imaginé el aspecto que tendrían sus destartaladas ventanas en una noche sin luna, y me estremecí. Aquellas aberturas vacías me recordaban a un murciélago ciego. El tejado a dos aguas parecía su embozada cabeza, y las amplias habitaciones laterales, coronadas con torrecillas, bien podían servir de alas. Cuando me percaté del camino que seguían mis pensamientos me sentí sorprendido e inquieto. Mientras caminaba por el largo paseo, a la sombra de los árboles, me esforcé en reprimir mi imaginación. Estaba allí por un motivo concreto.

Me hallaba casi calmado cuando llamé al timbre. Su espectral sonido arrancó ecos por los serpenteantes corredores del interior. Sonaron pasos débiles y vacilantes, y entonces, con un chasquido, la puerta se abrió. Allí, recortado contra el umbral, estaba Simon Maglore. Maglore se asomaba al crepúsculo gris, y la distorsionada forma de su cuerpo quedaba piadosamente sumergida en una oleada de sombras. Había algo siniestro en el repelente ángulo que adoptaba al inclinarse así, y no me atreví a mirar fijamente a su abultada espalda o a sus brazos, que colgaban lacios a los lados. Tan sólo su rostro resultaba visible por completo. Era una máscara mortuoria de cera, con una expresión vacía que parecía no reconocerme.

Sólo sus ojos estaban vivos. Sus pupilas dilatadas brillaban en la oscuridad con una intensidad felina. Le observé, intentando dominar la inexplicable repulsión que surgía en mi interior.

‑Simon,‑le dije, ‑He venido a...

Sus labios se apretaron. ¿Fue una ilusión debida a la luz, o sus labios me parecieron gusanos blancos que se arrastraban por su rostro? ¿Fue una ilusión o su boca me pareció una negra caverna de la cual surgieron sus palabras?

No pude saberlo. No tuve certeza de nada, excepto de una cosa; la voz que se arrastró débilmente hasta mis oídos no era la voz del Simon Maglore que yo conocía. Era más débil, chillona, y cargada de una oculta sorna.

‑Vete. No puedo verte hoy ‑susurró.
‑Pero quería ayudarte. Yo...
‑Vete, estúpido... ¡Vete!

La puerta se cerró con un portazo ante mi atónita cara, y me encontré solo. Pero no estuve solo en mi camino de vuelta al pueblo. Mis pensamientos se hallaban hechizados por la presencia de otro... aquella presencia agresiva, ajena, que una vez fue mi amigo, Simon Maglore.

Aún me hallaba aturdido cuando regresé al pueblo. Pero después de llegar a mi cuarto del hotel, comencé a razonar conmigo mismo. Mi romántica imaginación me había jugado una mala pasada. El pobre Maglore estaba enfermo... probablemente era víctima de algún severo trastorno nervioso. Recordé que acostumbraba a comprar sedantes en la farmacia local. En mi estúpido arranque emotivo, había confundido tristemente su desafortunada dolencia. ¡Qué crío había sido! Debía regresar al día siguiente y disculparme. Después, Maglore debía ser persuadido para marcharse, y volver de nuevo a su ser original. Parecía estar francamente mal, y además, su temperamento le estaba dominando. ¡Cómo había cambiado ese hombre!

Aquella noche dormí poco. Por la mañana temprano volví a salir. En esta ocasión evité cuidadosamente las inquietantes imágenes mentales que la vieja casa sugería a mi susceptible cerebro. En ello estaba cuando toqué el timbre. Fue un Maglore diferente el que me recibió. También él había cambiado para bien. Parecía viejo y enfermo, pero había una luz normal en sus ojos y una sana entonación en su voz mientras me hacía entrar cortésmente, y se disculpaba por su delirante espasmo del día anterior. Era víctima de frecuentes ataques, según dijo, y planeaba marcharse en breve y tomarse unas largas vacaciones. Estaba ansioso por terminar su libro... ya le quedaba muy poco... y regresar al trabajo de la Universidad. Y de aquel asunto, cambió abruptamente la conversación a una serie de nostálgicos interludios. Recordaba nuestra mutua asociación en el campus, cuando nos sentábamos a charlar, y parecía ansioso por enterarse de los asuntos de la Escuela. Durante casi una hora, vitualmente monopolizó la conversación y la mantuvo de ese modo, para así evitar cualquier pregunta directa de naturaleza personal por mi parte.

De cualquier modo, me resultó fácil ver que estaba muy lejos de encontrarse bien. Parecía estar trabajando bajo una intensa presión; sus palabras parecían forzadas, su actitud tensa. Una vez más, noté lo pálido que estaba; como desprovisto de sangre. Su malformada espalda parecía inmensa; y su cuerpo, en consecuencia, parecía encogido. Recordé mis temores sobre un tumor canceroso, y me pregunté si no sería el caso. Mientras tanto, se agitaba, obviamente incómodo. Su charla parecía casi vacía; las estanterías estaban desordenadas, y los espacios vacíos estaban cubiertos de polvo. No había papeles ni manuscritos visibles sobre la mesa. Una araña había construido su tela en el techo. Durante una pausa en su conversación, le pregunté por su trabajo. Respondió vagamente que era muy absorbente, y que le estaba robando casi todo su tiempo. De todos modos, había realizado algunos descubrimientos sorprendentes, que resultaban un pago generoso por sus esfuerzos. Le resultaría emocionalmente agotador, en su actual estado, entrar en detalles sobre lo que estaba haciendo, pero podía anticiparme que ya sólo sus hallazgos en el campo de la brujería abrirían nuevos capítulos a la historia antropológica y metafísica. Estaba particularmente interesado en la vieja tradición acerca de los "familiares"... las diminutas criaturas que se decía que eran los emisarios del diablo, y que se suponía que ayudaban a la bruja o el hechicero bajo la forma de un pequeño animal... una rata, un gato, un ave o un reptil. En ocasiones se representaban como pertenecientes al cuerpo del mismo brujo, o nutriéndose de él. La idea de una "tetilla del diablo" en los cuerpos de las brujas, allí donde sus familiares succionaban los nutrientes de su sangre, quedaba plenamente iluminada por los hallazgos de Maglore. Su libro tenía también un aspecto médico; tenía la firme convicción de presentar tales hechos sobre bases científicas. Los efectos de desórdenes glandulares en los casos denominados de "posesión demoniaca" eran también estudiados.

Y con aquello, Maglore terminó abruptamente. Se sentía muy cansado, me dijo, y necesitaba algo de reposo. Pero confiaba en ver terminado en breve su trabajo, y entonces le gustaría marcharse para un largo descanso. No era saludable para él, el vivir solo en aquella vieja casa, y en ocasiones le asaltaban pensamientos extraños, y tenía raros lapsus de memoria. De todos modos, no tenía alternativa en aquellos momentos, dado que la naturaleza de sus investigaciones demandaban tanto privacidad como soledad. En ocasiones, sus experimentos requerían de ciertas vías y cursos para los que era mejor no ser molestado, y no estaba muy seguro de cuánto tiempo podría seguir aguantando la presión. De todos modos, lo llevaba en la sangre... probablemente yo ya estaba al corriente de que procedía de una larga saga de necromantes. Pero basta de tales cosas. Me rogó que me fuera al momento. Volvería a escucharle de nuevo, a primeros de la semana siguiente.

Mientras me levantaba, noté de nuevo lo débil y agitado que parecía Simon. Ahora caminaba con una excesiva inclinación, y la presión sobre su espalda debía de ser enorme. Me condujo por el largo vestíbulo hasta la puerta, y mientras guiaba el camino, noté el temblor de su cuerpo, mientras se delimitaba contra el llameante crepúsculo que penetraba a través de los paños de las ventanas. Sus hombros se movían con una lenta y suave ondulación, como si la giba de su espalda estuviera latiendo de vida. Recordé el relato de Thatcherton, el viejo granjero, que clamaba haber visto realmente tal movimiento. Durante un momento, me asaltó una poderosa náusea; entonces me di cuenta de que la menguante luz estaba creando una ilusión óptica de lo más común.

Al alcanzar la puerta, Maglore se esforzó por despedirme apresuradamente. Ni siquiera extendió su mano para un apretón de despedida, sino que se limitó a murmurar un breve "buenas noches", con voz tensa y dubitativa. Le observé en silencio unos instantes cuán desmejorado parecía su rostro, antaño apuesto, incluso ante la luz de rubí del ocaso. Entonces, mientras observaba, una sombra reptó por su cara. Parecía ser púrpura y oscura, en una súbita y escalofriante metamorfosis. El oscurecimiento aquel, se hizo más pronunciado, y leí el pánico en sus ojos. Incluso mientras me forzaba a mí mismo a responder a su despedida, el horror se arrastró hasta su rostro. Su cuerpo cayó en aquella peculiar y encogida postura que ya antes había notado, y sus labios se curvaron en una macabra expresión. Por un momento, pensé de verdad que aquel hombre estaba a punto de atacarme. En lugar de ello, se rió... una risa chillona, aguda, que ascendió oscuramente hasta mi cerebro. Abrí la boca para hablar, pero él retrocedió hacia la oscuridad del vestíbulo y cerró la puerta.

Me quedé estupefacto por la sorpresa, no del todo desprovista de miedo. ¿Estaría enfermo Maglore, o en realidad era un demente? Cosas así de grotescas no parecían posibles en un hombre normal. Me apresuré, avanzando en el brillante crepúsculo. Mi mente, embrujada, estaba inmersa en profundas deliberaciones, y el distante sonido de los cuervos se mezclaba con mis pensamientos, como una letanía malvada.

A la mañana siguiente, tras una noche de turbulentas deliberaciones, tomé una decisión. Funcionara o no, Maglore debía marcharse, y al momento. Estaba a punto de sufrir un serio colapso físico y mental. Sabiendo lo inútil que me iba a resultar, el regresar allí y dscutir con él, decidí que podía emplear algunos métodos más fuertes para hacerle ver la luz. De modo que, aquella tarde, me entrevisté con el Doctor Carstairs, el médico local, y le conté todo lo que sabía. Enfaticé particularmente, el inquietante suceso de la tarde anterior, y le dije con franqueza lo que sospechaba. Tras una larga discusión, Carstairs accedió a acompañarme al momento hasta la casa de los Maglore, y allí tomar las medidas que fueran necesarias para sacarle de allí. En respuesta a mi petición, el doctor trajo consigo los materiales necesarios para un completo examen físico. Una vez que pudiera persuadir a Simon para que se sometiera a un diagnóstico médico, estaba seguro de que vería que los resultados hacían necesario que se pusiera en tratamiento al instante.

El sol se ocultaba cuando me acomodé en el asiento del copiloto del Ford del Doctor Carstairs y nos dirigimos a las afueras de Bridgetown por la carretera del sur, donde los cuervos emitían sus peculiares sonidos. Nos movíamos lentamente, y en silencio. De modo que fuimos capaces de escuchar claramente aquel singular y agudo alarido desde la vieja casa de la colina. Agarré el brazo del doctor sin mediar palabra, y un segundo más tarde abandonábamos la carretera y nos introducíamos en el patio de entrada. "Dese prisa", musité mientras recorría a toda prisa el paseo y me disponía a subir de un salto los escalones hasta la cerrada puerta principal.

Golpeamos la madera con el puño, inútilmente, y entonces nos dirigimos a las ventanas del ala izquierda. La luz del ocaso menguaba en una tensa y expectante oscuridad, mientras trepábamos por la abertura y nos dejábamos caer sobre el suelo del interior. El Doctor Carstairs accionó una linterna de bolsillo, y nos pusimos de pie. El corazón me retumbaba en el pecho, pero ningún otro sonido rompió el silencio sepulcral mientras abríamos la puerta de la estancia y avanzábamos por el oscuro vestíbulo hasta el estudio. A nuestro alrededor, sentí una horrible Presencia; un demonio al acecho que vigilaba nuestro avance con ojos de insana burla, y cuya maligna alma se agitó con una risa infernal mientras abríamos la puerta del estudio y descubríamos lo que yacía en su interior.

Entonces, ambos gritamos. Simon Maglore yacía a nuestros pies, con la cabeza girada, y sus apretados hombros descansando sobre un pequeño lago de cálida sangre fresca. Estaba boca abajo, y se había quitado la ropa de cintura para arriba, de modo que toda su espalda era visible. Cuando vimos lo que allí descansaba, casi enloquecimos, y entonces comenzamos a hacer lo que debíamos, intentando apartar nuestra mirada, en la medida de lo posible, de aquella cosa absolutamente monstruosa del suelo.

No me pidan que lo describa con detalle. No puedo hacerlo. Hay ocasiones en las que los sentidos se nublan piadosamente, debido a que una completa percepción podría ser fatal. Incluso ahora, hay ciertas cosas que desconozco acerca de aquella abominación, y no me atrevo a permitirme recordarlas. Tampoco les hablaré sobre los libros que encontramos en aquella habitación, o sobre el terrible documento que había sobre la mesa, y que constituía la Obra Maestra inacabada de Simon Maglore. Lo quemamos todo en la chimenea antes de llamar al pueblo solicitando un forense; y si el doctor se hubiera salido con la suya, también habríamos destruído a la Cosa. Y fue entonces, cuando apareció el forense para hacer su examen, cuando los tres juramos guardar silencio en lo concerniente al modo exacto en el que Simon Maglore había hallado la muerte. Entonces nos fuimos, pero antes de que yo hubiera quemado el otro documento... la carta dirigida a mí, que Maglore se hallaba escribiendo en el momento de morir.

Y así, como ven, nadie lo supo jamás. Más tarde me encontré con que la propiedad me había sido donada, y la casa está siendo demolida mientras escribo estas líneas. Pero debo hablar, aunque sólo sea para aliviar mi propio tormento. No me atrevo a reproducir la carta por entero; pero sí puedo incluir una parte de aquella increible blasfemia:

"...y por ello, claro está, es por lo que comencé a estudiar brujería. Aquello me impelía a hacerlo. ¡Dios, si sólo pudiera hacer que comprendieras ese horror! El nacer de este modo... con esta cosa, este homúnculo, ¡ese monstruo! Al principio era pequeño; todos los doctores decían que era un siamés no desarrollado. ¡Pero estaba vivo! Tenía un rostro y dos manos, pero con unas piernas se adentraban en mi carne, y que le conectaban a mi cuerpo..."

"Durante tres años lo mantuvieron bajo sigiloso estudio. Yacía con el rostro inclinado hacia abajo, apoyado en mi espalda, y sus manos se agarraban a mis hombros. Los hombres decían que contaba con su propio par de diminutos pulmones, pero que carecía de estómago y de sistema digestivo. Aparentemente, obtenía sus nutrientes a través del tubo carnoso que lo unía a mi cuerpo. ¡Y crecía! Pronto, abrió los ojos, y comenzó a desarrollar unos pequeños dientes. En una ocasión, mordió en la mano a uno de los doctores... De modo que decidieron mandarme de nuevo a casa. Era obvio que no podía ser extirpado. Juré mantener en secreto todo el asunto, y ni siquiera mi padre lo supo, casi hasta el final. Vestía ropas anchas, y aquello no crecía demasiado, al menos hasta que regresé... ¡Entonces se produjo aquel cambio infernal!"

"Me hablaba, te digo, ¡Me hablaba!... aquel rostro pequeño y arrugado, como el de un monito... el modo en que movía aquellos diminutos ojos rojizos... esa vocecita chillona decía "más sangre, Simon... Quiero más"... y entonces crecía; debía alimentarle dos veces al día, y cortar las uñas de sus pequeñas manos negras..."

"Pero nunca predije esto; ¡Jamás me dí cuenta de que estaba tomando el control! Antes me habría suicidado. ¡Lo juro! El año pasado comenzó a darse a conocer durante algunas horas y a darme algunos datos. Dirigía la redacción de mi libro, y en ocasiones me obligaba a salir de noche en extraños vagabundeos... Tomaba cada vez más y más sangre, y yo me debilitaba más y más. Cuando volvía en mí, intentaba combatirlo. Busqué todo aquel material sobre las leyendas de los familiares, e investigué, intentando zafarme de su dominio. Pero fue en vano. Y mientras tanto, él crecía y crecía; se hizo más fuerte, más atrevido y más sabio. Ahora hablaba conmigo, y en ocasiones me tanteaba. Supe que deseaba que le escuchara y obedeciera todo el tiempo. ¡Las promesas que me hizo aquella horrible boquita! Convocaría al Oscuro y me uniría a un Culto. Entonces tendríamos poder para mandar, y para llamar a la tierra a una nueva Maldad."

"No deseaba obedecer... ya lo sabes. Pero me estaba volviendo loco, y perdía tanta sangre... ahora, Eso tomaba el control casi todo el tiempo, y ello hizo que yo temiera volver a la ciudad, porque esta Cosa diabólica podría pensar que yo estaba intentando escapar, y podría moverse en mi espalda y asustar a la gente... Cuando tenía los lapsus, y Eso controlaba mi mente, escribía sin parar... y entonces viniste."

"Sé que quieres que me vaya, pero Eso no me dejará. Es demasiado tozudo para permitirlo. Incluso mientras intento escribir estas líneas, puedo sentirle, lanzando órdenes a mi mente para que me detenga. Pero no me detendré. Te lo contaré todo, mientras aún tenga oportunidad; antes de que me domine para siempre y cumpla su negra voluntad con mi pobre cuerpo, y domine mi alma indefensa. Deseo que sepas dónde se halla mi libro, para que puedas destruirlo si algo ocurriera. Quiero decirte cómo disponer de esos espantosos volúmenes viejos de la librería. Y por encima de todo. Deseo que me mates, si llegaras a ver que el homúnculo ha ganado el control absoluto. ¡Dios sabe lo que intentará hacer cuando me haya doblegado!... ¡Qué duro me está resultando luchar, pues en todo momento me está ordenando que baje mi pluma y queme esta hoja! Pero le combatiré... debo hacerlo, hasta que pueda contarte qué fue lo que me dijo la criatura... lo que planea dejar suelto por el mundo cuando me tenga totalmente esclavizado... Te lo diré... No puedo pensar... Lo escribiré, ¡Maldito seas! ¡Para!... ¡No! ¡No hagas eso! Mantén tus manos........."

Eso es todo. Maglore se detuvo allí, debido a su muerte; porque aquella Cosa no deseaba que se revelara su secreto. Es espantoso pensar en aquel horror, propio de una pesadilla, pero ese pensamiento no es el peor. Lo que me turba es lo que vi cuando abrimos aquella puerta... la imagen que explicaba cómo había muerto Maglore.

Allí estaba Maglore, en el suelo, cubierto de sangre. Estaba desnudo hasta la cintura, como ya he dicho; y yacía boca abajo. Pero en su espalda estaba aquella Cosa, tal como la había descrito. ¡Y fue aquel pequeño monstruo, temiendo que sus secretos fueran revelados, quien trepó un poco más alto por la espalda de Simon Maglore, y quien, apretando sus diminutas zarpas negras en torno a su desprotegido cuello, las hundió en la carne hasta matarle!