viernes, 5 de agosto de 2011

CORTO "EN LA CRIPTA"



Aquí os dejo un cortometraje basado en el relato de Lovecraft En la cripta (In the Vault,1925),realizado por un grupo de artistas de Canadá e Inglaterra que han creado una empresa denominada Renegade Arts Entertainment( http://www.renegadeartsentertainment.com/spinechillers/ ), en la que colaboran escritores,dibujantes,músicos y toda clase de artistas.Entre ellos se encuentran el actor inglés Doug Bradley,famoso por su papel de Pinehead en la saga Hellraiser, que se encarga de narrar algunos de los cuentos de autores como Poe, Bierce, Lovecraft o M.R. James que adaptan como cortos.

MÁS ALLÁ DEL UMBRAL



Más allá del umbral (Beyond the threshold) -a veces titualdo Del otro lado del umbral- es un relato de terror de August Derleth, publicado en 1941.
Es uno de los cuentos más acabados de Derleth, y acaso el que honra con mayor justicia el legado fantástico de H.P. Lovecraft. La historia se relaciona directamente con dos iconos de la literatura fantástica: La sombra sobre Innsmouth (The shadow over Innsmouth), de Lovecraft; y El Wendigo (The Wendigo), de Algernon Blackwood.


MÁS ALLÁ DEL UMBRAL

En realidad, esta es la historia de mi abuelo. En cierto modo, sin embargo, pertenece a la familia entera, y por encima de ella, al mundo; y ya no existe razón alguna para ocultar los terribles detalles de lo que sucedió en la casa solitaria, perdida en lo más profundo de los bosques del norte de Wisconsin. Las raíces de la historia retrotraen a las brumas de los primeros tiempos, muchísimo antes de los principios de la familia Alwyn, pero de esta parte no sabía yo nada en la época de mi visita a Wisconsin en respuesta a la carta de mi primo sobre el extraño debilitamiento de nuestro abuelo. abuelo. Desde niño, había considerado siempre a Josiah Alwyn algo así como un ser inmortal que no parecía cambiar a lo largo de los años: era un anciano de pecho abombado, con una cara llena y carnosa, decorada con un bigote muy recortados y una pequeña barba que suavizaba la angulosa de su mandíbula cuadrada. Sus ojos eran oscuros, no demasiado grandes, y sus cejas pobladas; llevaba el pelo largo, de suerte que su cabeza tenía un aspecto leonino. Aunque le vi poco mi juventud, dejó en mí una huella imborrable, durante los breves visitas que nos hacía no se hacía cuando pasaba por la casa solariega, próxima a Arkham, en Massachusetts; aquellas cortas visitas de paso hacia remotos rincones del mundo: el Tíbet, Mongolia, las regiones árticas y ciertas islas poco conocidas del Pacífico.

Hacía años que no le habían visto, cuando me llegó la carta de mi primo Frolin, que vivía con él en la vieja mansión que tenía mi abuelo en el corazón de los bosques y lagos del norte de Wisconsin: «Desearía que pudieses ausentarte de Massachusetts los suficiente como para venir hasta aquí. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, y ha soplado mucho viento también, desde la última vez que estuviste. Francamente, creo que es muy importante que vengas. En las actuales circunstancias, no sé a quien dirigirme, ya que el abuelo no es el mismo, y necesito a alguien en quien poder confiar.» No habría nada que fuese claramente apremiante en la carta, y, sin embargo, daba una extraña sensación de perentoriedad; había algo entre líneas que inducía, invisiblemente, intangiblemente, a no dar más que una respuesta a la carta de Frolin; algo en la frase sobre el viento, en la forma de decir que el abuelo no era el mismo, y en la necesidad que expresaba de tener a alguien en quien poder confiar.

Pude pedir permiso en mi cargo de bibliotecario auxiliar de la Miskatonic University de Arkham, en el mes de septiembre; así que fui. Fui, inquieto por la casi misteriosa convicción de que le en la necesidad de ir urgentemente era grande: viaje en avión de Boston a Chicago, y de allí, en tren, al pueblo de Harmon, en lo o más profundos de la región boscosa de Wisconsin: un lugar de gran belleza natural, no en lejos de las costas del lago Superior, de suerte que era posible, en días de viento, escuchar el ruido del agua. Frolin me esperaba en la estación. Mi primo frisaba casi los cuarenta años, pero aparentaba unos días menos, con sus ardientes e intensos ojos castaños, su boca suave y sensitiva, aunque el siempre había oscilado entre la gravedad y una especie de rudeza contagiosa: «La sangre irlandesa», como dijo una vez nuestro abuelo. Le miré directamente a los ojos al darnos la mano, tratando de descubrir alguna clave de su misteriosa zozobra, pero sólo vi que estaba efectivamente preocupado, pues sus ojos le traicionaban, al igual que las aguas de un estanque revelan las turbulencias del fondo, aunque tengan la superficie como el cristal.

-¿Qué ocurre? -pregunté, sentado a su lado en el cupé, mientras nos internábamos en la región de altos pinos-. ¿Está en cama el viejo?
Negó con la cabeza.
-¡Oh, no, nada de eso, Tony! -me lanzó una mirada extraña, contenida-. Ya lo verás. Espera y lo verás.
-¿Qué es, entonces? -insistí-. Tu carta era de lo más apremiante.
-Esperaba que lo fuera -dijo él, gravemente.
-Sin embargo, no es nada sobre lo que pueda preguntar -admití-. No obstante, algo pasa.
Sonrió.
-Sí, sabía que comprenderías. Te digo que ha sido difícil..., enormemente difícil. ¡Pensé en ti un montón de veces antes de sentarme a escribir esa carta, créeme!
-Pero si no está enfermo... Creí que me decías que no era el mismo.
-Sí, sí; eso te dije. Ahora espera, Tony; no seas tan impaciente; lo verás por ti mismo. Es su
mente, creo.
-¡Su mente! -Sentí una clara oleada de sorpresa y pesar, ante la idea de que el espíritu de nuestro abuelo hubiera comenzado a flaquear; el pensamiento de que aquel cerebro magnífico hubiera declinado era intolerable, y me negué a admitirlo-. ¡Eso no! -exclamé-. Frolin, ¿qué diablos ocurre?
El volvió sus ojos turbados hacia mí, una vez más.
-No lo sé. Pero creo que es algo terrible. Si fuese solamente el abuelo... Pero está la música, y luego todas esas cosas, los ruidos y olores y... -Captó mi mirada de asombro y desvió los ojos, casi con un esfuerzo físico, deteniendo su charla-. Pero se me olvidaba. No me preguntes más. Aguarda y lo verás por ti mismo -rió brevemente, con una risa forzada-. Quizá no sea el viejo el que está perdiendo el juicio. He pensado en eso a veces, también... con razón.

No dijo nada más, pero ahora empezaba a invadirme una especie de enervante temor, y durante un rato permanecí en silencio junto a él, pensando solamente que Frolin y el viejo Josiah Alwyn vivían juntos en aquella vieja casa, ignorando los pinos inmensos de los alrededores y el sonido del viento, y el fragante humo de las hojas quemadas que el aire arrastraba desde el noroeste. La noche cayó pronto en esta comarca poblada de oscuros pinos, y aunque aún se demoraban las últimas claridades en poniente, la oscuridad, desplegándose hacia arriba en una inmensa oleada azafrán y amatista, tomaba ya posesión del bosque por el que viajábamos. De la oscuridad brotaban los gritos de los grandes búhos cornudos y sus primos menores los autillos, prestando una magia imponderable a la quietud que sólo turbaban la voz del viento y el ruido del coche a través de la prácticamente solitaria carretera que conducía a la casa de los Alwyn.

-Ya casi estamos -dijo Frolin.
Las luces del coche cruzaron por encima de un pino desgarrado, fulminado por un rayo hacía años, el cual alzaba todavía dos ramas raquíticas arqueadas como brazos retorcidos hacia el camino: un viejo tocón hacia el que llamaron mi atención las palabras de Frolin, recordándome que estábamos a media milla de la casa.
-Si el abuelo te preguntara -me pidió entonces-, quisiera que no le dijeses que te he llamado yo. No sé si le gustaría. Puedes decirle que te encontrabas no lejos de aquí, y se te ocurrió hacernos una visita.
Nuevamente sentí curiosidad, pero me abstuve de presionar más a Frolin.
-¿Sabe él que vengo?
-Sí. Le dije que había tenido noticias tuyas y que iba a bajar a la estación a esperarte.

Comprendí que si el viejo pensaba que Frolin me había llamado por su salud, se molestaría y quizá se enfadaría; sin embargo, la petición de Frolin implicaba algo más, más que el simple deseo de salvaguardar el orgullo del abuelo. De nuevo se despertó en mí esa singular, intangible alarma, esa sensación repentina, inexplicable de temor. La casa surgió súbitamente en un claro entre los pinos. Había sido construida por un tío de nuestro abuelo en tiempos de la colonización de Wisconsin, allá por la década de 1850: uno de los Alwyn marineros de Innsmouth, ese pueblo extraño y oscuro de la costa de Massachusetts. Era una construcción muy poco atractiva, adosada a la falda del monte como una vieja arrugada y ridículamente ataviada. Desafiaba muchas normas arquitectónicas, sin que por ello dejase de reflejar las facetas de la arquitectura de 1850, adoptando el más grotesco y pomposo aspecto de las construcciones de aquel entonces. Poseía una amplia galería, uno de cuyos costados conducía directamente a los establos donde antiguamente se guardaban caballos, birlochos y calesas, y donde ahora se albergaban dos coches, único rincón del edificio que mostraba alguna evidencia de haber sido restaurado desde que lo construyeron. La casa alzaba dos plantas y media sobre un sótano; probablemente -la oscuridad me impedía precisarlo con seguridad- estaba pintada todavía del mismo horrible color castaño; y a juzgar por la luz que salía de las ventanas encortinadas, el abuelo no se había tomado la molestia de instalar la luz eléctrica, contingencia para la que venía yo bien preparado, provisto de una linterna y una vela eléctrica, con pilas de repuesto para las dos.

Frolin metió el coche en el garaje, lo aparcó allí y sacó un poco de equipaje, abriendo la marcha hacia la puerta de la entrada, una gran pieza de roble de gruesos entrepaños, decorada con una enorme y ridícula aldaba de hierro. El vestíbulo estaba a oscuras, aunque de la puerta entreabierta del fondo surgía una débil luz que, no obstante, bastaba para iluminar espectralmente la amplia escalera que conducía al piso superior.

-Te llevaré primero a tu habitación -dijo Frolin, siguiendo escaleras arriba con el paso seguro del que frecuenta constantemente el lugar-. Hay una linterna en el pilar de la escalera, en el descansillo -añadió-, por si la necesitas. Ya conoces al viejo.

Encontré la luz y la encendí, entreteniéndome lo imprescindible, de modo que cuando subí a reunirme con Frolin, éste estaba ya junto a la puerta de mi habitación, la cual, como observé, se encontraba directamente encima de la entrada de la casa y, por tanto, orientada al oeste, como la propia casa.

-Nos está prohibido utilizar ninguna habitación de aquí arriba que dé al este del vestíbulo -dijo Frolin, clavando en mí sus ojos, como si dijese: «¡Ya sabes lo raro que se ha vuelto!» Esperó a que hiciera yo algún comentario, pero como seguí callado, prosiguió-: Así que tengo la habitación contigua a la tuya, y Hough está al otro lado de la mía, en el extremo sudeste. A propósito, como habrás adivinado, Hough está preparando algo de comer.
-¿Y el abuelo?
-Seguramente estará en su despacho. Recordarás la habitación.

Efectivamente, conocía aquella extraña habitación sin ventanas, construida bajo las explícitas indicaciones de nuestro tío-bisabuelo Leander, habitación que ocupaba casi toda la parte trasera de la casa, más el lado noroeste completo, y todo el ancho del costado oeste, salvo el pequeño ángulo sudoeste, acaparado por la cocina, cuya luz había visto yo filtrarse en el vestíbulo, al entrar. El despacho se había construido adentrándose en la ladera misma de la montaña, por lo que la pared este no tenía ventanas; pero no había razón, salvo la excentricidad del tío Leander, para no haber abierto ventanas en la pared norte. Aproximadamente en el centro de la pared este, efectivamente, y empotrado en el muro, había un enorme cuadro que llegaba del suelo al techo y ocupaba una anchura de casi dos metros. Si esta pintura, ejecutada al parecer por algún amigo desconocido de tío Leander -si no por mi propio tío-bisabuelo- hubiese tenido algún rasgo de genio o de talento fuera de lo usual, semejante ostentación podría haberse pasado por alto; pero no era así; se trataba de una representación prosaica por demás de un paisaje del norte de la comarca, en el que se veía una ladera, con una cueva rocosa que se abría en el centro del cuadro, un sendero borroso que conducía a ella, una bestia impresionante que evidentemente pretendía ser un oso, tan común en otro tiempo en esta región, dirigiéndose hacia ella, y por encima, algo que parecía una nube siniestra perdida entre los pinos, alzándose oscuramente en derredor. Esta dudosa obra de arte dominaba el despacho completa y absolutamente, a pesar de las estanterías de libros que ocupaban casi todo el espacio disponible de las paredes de la habitación, y de la absurda colección de rarezas diseminadas por todas partes: trozos de piedra y madera curiosamente labrados, extraños recuerdos de la vida marinera de nuestro tío-bisabuelo. El despacho tenía toda la falta de vida de un museo y, sin embargo, respondía a mi abuelo como algo vivo; hasta la pintura de la pared parecía adquirir frescor cuando él entraba.

-No creo que nadie que haya entrado en esa habitación pueda olvidarla -dije con una mueca.
-Se pasa casi todo el tiempo ahí. No sale apenas, y supongo que cuando llega el invierno sólo aparece a la hora de las comidas. Se ha llevado allí la cama también.
Me estremecí.
-No puedo imaginarme que se pueda dormir en esa habitación.
-Ni yo. Pero ya sabes, está trabajando en algo, y creo sinceramente que tiene trastornado el juicio.
-¿Otro libro de viajes, quizá?
Movió negativamente la cabeza.
-No, creo que es una traducción. Algo distinto. Un día encontró unos viejos papeles de Leander, y desde entonces parece haber empeorado progresivamente. -Alzó las cejas y se encogió de hombros-. Vamos. Hough tendrá ya preparada la cena, y tú tendrás ocasión de juzgar por ti mismo.

Las críticas observaciones de Frolin me habían predispuesto a ver a un anciano consumido. Al fin y al cabo, nuestro abuelo tenía setenta y tantos años, y no podía vivir eternamente. Pero físicamente no había cambiado en absoluto, por lo que pude apreciar. Allí estaba sentado para cenar: aún era el mismo anciano fuerte, su bigote y su barba no eran blancos, sino de un gris acerado, y su pelo era negro y abundante; tenía la cara igual de gruesa y colorada que siempre. En el momento de entrar yo, estaba comiendo con apetito un muslo de pavo. Al verme, alzó las cejas un poco, se quitó el muslo de la boca, y me saludó con el mismo calor que si me hubiese ausentado media hora.

-Tienes buen aspecto -dijo.
-Y tú -dije yo-. Estás hecho un curtido veterano.
Hizo una mueca.
-Muchacho, estoy detrás de la pista de algo nuevo: una región inexplorada, distinta de las africanas, asiáticas y árticas.

Lancé una mirada a Frolin. Evidentemente, esto era nuevo para él; fueran cuales fuesen las alusiones que nuestro abuelo había dejado escapar sobre sus actividades, no incluían esta novedad. Me preguntó sobre mi viaje al Oeste, y el resto de la cena lo pasamos hablando de los demás parientes. Observé que el anciano volvía insistentemente sobre los largamente olvidados parientes de Innsmouth: ¿Qué había sido de ellos? ¿Les había visto alguna vez? ¿Qué aspecto tenían? Como yo no sabía prácticamente nada de nuestros parientes de Innsmouth, y abrigaba la firme convicción de que todos habían muerto durante la extraña catástrofe en la que muchos de los habitantes de esa apartada ciudad desaparecieron en el mar, no pude serle de ninguna ayuda. Pero el giro de estas preguntas inocentes me desconcertaba no poco. En mi condición de bibliotecario de la Miskatonic University, había oído extrañas e inquietantes alusiones al caso de Innsmouth, y a la intervención de la policía federal, así como otras historias sobre extraños agentes, carentes todas ellas de ese esencial halo de veracidad que hiciera verosímil la explicación de los terribles acontecimientos que habían ocurrido en dicha ciudad. Quiso saber, por último, si había visto yo algún retrato de ellos, y cuando le dije que no, se quedó manifiestamente decepcionado.

-Mira -dijo con desaliento-, no hay retratos de tío Leander, pero las gentes de Harmon que le conocieron me contaron hace años que era un hombre muy casero, que su aspecto les recordaba al de una rana. -Súbitamente pareció más animado, comenzó a charlar con un poco más de vivacidad-. ¿Tienes idea de lo que eso significa, muchacho? No, por supuesto. Sería esperar demasiado...

Guardó silencio durante un rato, tomando a sorbos su café, tamborileando sobre la mesa con los dedos, y mirando fijamente al vacío con expresión singularmente preocupada, hasta que, de pronto, se levantó y abandonó la habitación, invitándonos a que fuésemos a su despacho cuando hubiéramos terminado.

-¿Qué opinas ? -preguntó Frolin, tan pronto como oímos cerrarse la puerta del despacho.
-Es extraño -dije-. Pero no veo nada anormal, Frolin. Me temo...
El sonrió lúgubremente.
-Espera. No emitas un juicio todavía; apenas hace dos horas que estás aquí.

Nos dirigimos al despacho después de cenar, dejando que recogieran la mesa Hough y su esposa, quienes habían servido a mi abuelo durante veinte años en esta casa. El despacho estaba intacto, aparte la adición de la vieja cama doble, arrimada contra la pared que separaba esta habitación de la cocina. Mi abuelo estaba esperándonos, evidentemente, o más bien esperándome a mí; y si había tenido motivos para considerar críptico al primo Frolin, no hay palabra adecuada para calificar la subsiguiente conversación con mi abuelo.

-¿Has oído hablar alguna vez del Wendigo? -preguntó.

Admití que había tenido ocasión de leer referencias a este tema, juntamente con otras leyendas indias de la región del Norte: consistía en la creencia en un ser sobrenatural y monstruoso, de aspecto horrendo, que habitaba en las grandes soledades de los bosques. Quiso saber si había pensado yo alguna vez que podía existir una relación entre esta leyenda del Wendigo y los elementos aéreos; y al contestar yo en sentido afirmativo, me expresó su curiosidad por saber cómo había llegado a conocer la leyenda india, tomándose el trabajo de explicarme que su pregunta no tenía nada que ver con el Wendigo.

-En mi condición de bibliotecario, tengo ocasión de tropezarme con un montón de cosas raras -contesté.
-¡Ah! -exclamó, echando mano de un libro que tenía cerca de su butaca-. Entonces, conoces indudablemente este libro.

Miré el pesado volumen de negra encuadernación, cuyo título en letras de oro iba estampado en el lomo únicamente: The Outsider and Others, de H. P. Lovecraft.
Asentí.
-Lo tenemos en nuestras estanterías.
-¿Lo has leído?
-Sí, claro. Es muy interesante.
-Entonces habrás leído lo que cuenta acerca de Innsmouth en su extraño relato, La sombra sobre Innsmouth. ¿Qué piensas de ello?
Reflexioné apresuradamente, traté de recordar la historia, y en seguida me vino a la memoria: era un cuento fantástico de horribles seres acuáticos, progenie de Cthulhu, bestia de origen primordial que vivía en las profundidades del mar.
-Ese hombre tenía bastante imaginación.
-¡Tenía! ¿Es que ha muerto?
-Sí, hace tres años.
-¡Ah! Y yo que pensaba aprender de él...
-Pero seguramente su ficción... -empecé.
Me detuvo.
-Si no puedes dar ninguna explicación sobre lo que ocurrió en Innsmouth, ¿cómo puedes estar tan seguro de que su relato es ficticio?

Admití que no podía; pero el anciano pareció perder todo interés. A continuación sacó un voluminoso sobre que tenía pegados muchos sellos de tres centavos de 1869, tan apreciados por los coleccionistas, y extrajo de él varios papeles que, según dijo, tío Leander había dejado con instrucciones de que fueran arrojados a las llamas. Su deseo, empero, no se había cumplido, explicó mi abuelo, y habían venido a parar a sus manos. Me tendió unas hojas y me pidió mi opinión, sin apartar un momento sus sagaces ojos de mí. Las hojas pertenecían evidentemente a una carta larga, escrita a mano y con las frases más torpes que cabe imaginar. Además, muchas de dichas frases carecían de sentido, y la hoja que tenía yo delante estaba repleta de alusiones extrañas. Mis ojos captaron palabras tales como Ithaqua, Lloigor, Hastur; hasta que no devolví las hojas a mi abuelo, no se me ocurrió que había leído esas palabras en otro sitio, no hacía mucho tiempo. Pero no dije nada. Expliqué que no podía evitar la sensación de que tío Leander escribía con innecesaria confusión. Mi abuelo rió entre dientes.

-Creía que lo primero que se te ocurriría iba a ser algo muy parecido a mi propia reacción; pero no, ¡me has fallado! ¡Indudablemente, está claro que todo esto está en clave!
-¡Naturalmente! Eso explicaría la torpeza de sus líneas.
Mi abuelo sonrió con afectación.
-Una clave bastante simple, pero adecuada..., totalmente adecuada. Todavía no he terminado de descifrarla. -Golpeó el sobre con el índice-. Parece que se refiere a esta casa, y hay una advertencia, repetida más de una vez, sobre que hay que tener cuidado de no traspasar el umbral, so pena de horribles consecuencias. Muchacho, he cruzado y recruzado cada uno de los umbrales de este edificio docenas de veces, sin consecuencias de ningún género. Así que, por lo tanto, en alguna parte debe haber un umbral que no he cruzado aún.
No pude reprimir una sonrisa ante su animación.
-Si a tío Leander se le extravió el juicio, el tuyo no parece irle muy en zaga -dije.

La conocida impaciencia de mi abuelo salió repentinamente a la superficie. Apartó los papeles de mi tío de una manotada, nos despidió a los dos con la otra, y dio a entender claramente que tanto Frolin como yo habíamos dejado de existir para él en ese instante. Nos levantamos, murmuramos alguna disculpa y abandonamos la habitación. En la semioscuridad del vestíbulo, Frolin me miró sin decir nada, contentándose con fijar sus ojos furibundos en los míos durante un minuto largo, antes de dar media vuelta y llevarme arriba, donde nos despedimos y nos retiramos cada uno a nuestra alcoba a descansar.

II.
La actividad nocturna de la mente subconsciente ha sido siempre de hondo interés para mí, ya que me parece que se abren oportunidades sin límite ante cada individuo que está alerta. Muchas son las veces que me he ido a la cama agobiado por un problema, para encontrarlo resuelto -en la medida en que soy capaz de resolverlo- al despertar. De las otras actividades más tortuosas de la mente nocturna sé menos. Pero lo que sí sé es que esa noche me retiré dándole vueltas a la cabeza sobre dónde me había tropezado con las extrañas palabras de mi tío Leander, con la más enérgica y lúcida razón, y que me dormí por último sin haber encontrado respuesta a esta cuestión. Sin embargo, cuando me desperté en la oscuridad, unas horas más tarde, supe inmediatamente que había leído esos extraños nombres propios en el libro de H. P. Lovecraft que teníamos en la Miskatonic, y sólo en segundo lugar me di cuenta de que alguien golpeaba a mi puerta, y que llamaba con voz apagada:

-Soy Frolin. ¿Estás despierto? Quiero pasar.
Me levanté, me puse la bata y encendí mi vela eléctrica. A todo esto, Frolin había entrado en la habitación; su cuerpo delgado temblaba ligeramente, quizá de frío, pues la brisa de la noche de setiembre que entraba por mi ventana no era ya veraniega.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
Se acercó a mí, con una luz extraña en los ojos, y puso una mano sobre mi brazo.
-¿No oyes ? -preguntó-. Dios mío, quizá sea mi cabeza...
-¡No, espera! -exclamé.
De alguna parte del exterior, venía al parecer una música espectralmente hermosa: «Son flautas» , pensé.
-Es la radio del abuelo -dije-. ¿La suele escuchar a estas horas?
La expresión de su cara acalló mis palabras.
-La única radio de la casa la tengo yo. Está en mi habitación y no está tocando. Incluso te diré que tiene las pilas gastadas. Además, ¿has oído alguna vez esa clase de música por la radio?
Escuché con renovado interés. La música parecía extrañamente apagada, y no obstante, se oía bien. Observé, por otra parte, que no tenía una dirección definida: mientras al principio parecía provenir del exterior, ahora daba la sensación de que brotaba de debajo de la casa. Era como una rara melodía de flautas y caramillos.
-Es una orquesta de flautas -dije.
-O son las siringas de Pan -dijo Frolin.
-Esos instrumentos ya no se usan -objeté distraídamente.
-En la radio -puntualizó Frolin.
Le miré sorprendido; él me devolvió la mirada con seriedad. Se me ocurrió que su poco natural gravedad tenía una razón de ser, ya deseara él o no expresar con palabras esa razón. Le cogí del brazo.
-Frolin, ¿qué ocurre? Te noto alarmado.
Tragó saliva.
-Tony, esa música no viene de ninguna parte de la casa. Viene de fuera.
-Pero ¿quién iba a estar fuera? -pregunté.
-Nadie, ningún ser humano.
Por fin habíamos llegado. Casi con alivio, afronté esta posibilidad que había temido admitir ante mí mismo y que debía afrontar. Nadie..., ningún ser humano.
-Entonces, ¿ quién? -pregunté.
-Creo que el abuelo lo sabe -dijo-. Ven conmigo, Tony. Deja la luz; podemos hallar el camino a oscuras.
En el vestíbulo, me detuvo una vez más su mano tensa, sujetándome del brazo.
-¿Has notado eso? -susurró, siseante-. ¿Has notado eso también ?
-El olor -dije-. Es un olor vago, impreciso, a agua, a peces y a ranas y a habitantes de lugares acuáticos.
-¿Y ahora? -dijo él.
Súbitamente, el olor a humedad había desaparecido y en su lugar penetraba rápidamente un frío, derramándose en el vestíbulo como algo vivo la indefinible fragancia de la nieve, la apagada humedad del aire cargado de nieve.
-¿Comprendes por qué estaba yo preocupado ? -preguntó Frolin.

Sin darme tiempo a contestar, abrió la marcha escaleras abajo hasta la puerta del despacho del abuelo, por debajo de la cual brillaba aún una delgada raya de luz amarilla. Me daba cuenta, a cada escalón que descendíamos, de que la música aumentaba de volumen, aunque no se hacía más comprensible, y ahora, ante la puerta del despacho, se hizo evidente que provenía de dentro, y que la extraña variedad de olores venía igualmente de dentro. La oscuridad parecía palpitar de amenaza, cargada de un terror inminente y presagioso que nos envolvía como en una concha, hasta el punto de que Frolin temblaba a mi lado. Alcé impulsivamente la mano y llamé. No hubo respuesta en el interior, ¡pero en el instante en que sonó el golpe en la puerta, la música se detuvo, y los extraños olores se desvanecieron en el aire!

-¡No debías haber hecho eso! -susurró Frolin-. Si él...
Empujé la puerta. Cedió a mi presión y se abrió.

No sé qué esperaba ver allí en el despacho, pero desde luego no lo que vi. El aspecto de la habitación no había cambiado un ápice, quitando el hecho de que el abuelo se había acostado y la lámpara seguía ardiendo. Permanecí inmóvil unos instantes sin atreverme a creer el testimonio de mis ojos, estupefacto ante la prosaica escena que presenciaba. ¿De dónde había surgido la música que yo había oído? ¿Y los olores y fragancias del aire? La confusión se apoderó de mis pensamientos y estaba a punto de retirarme, turbado ante la expresión de descanso de mi abuelo, cuando habló él:

-Pasa, pasa -dijo, sin abrir los ojos-. Así que has oído la música también, ¿no? Había empezado a preguntarme por qué no la oía nadie más. Es mongólica, me parece. Hace tres noches era claramente india, del Norte otra vez, de Canadá y de Alaska. Creo que hay lugares donde Ithaqua es adorado todavía. Sí, sí..., y hace una semana, oí las últimas notas tocadas en el Tíbet, en la prohibida Lhassa de hace años, de hace décadas.
-¿Quién la tocaba? -exclamé-. ¿De dónde viene?
Abrió los ojos y se nos quedó mirando.
-Salía de aquí, creo -dijo, colocando la palma de la mano sobre el manuscrito que tenía delante, las hojas escritas por mi tío-bisabuelo-. Y la tocaban los amigos de Leander. Es la música de las esferas, muchacho... ¿Das crédito a tus sentidos?
-La he oído. Y Frolin también.
-¿Y qué pensará Hough? -murmuró el abuelo. Suspiró-: Casi lo tengo, creo. Sólo falta determinar con cuál de ellos se comunicaba Leander.
-¿Con cuál? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y la sonrisa le volvió brevemente a los labios.
-Al principio creía que era Cthulhu; Leander era marinero, al fin y al cabo. Pero ahora me pregunto si no serían criaturas del aire: Lloigor, quizá, o Ithaqua, al que creo que algunos indios llaman el Wendigo. Hay una leyenda que dice que Ithaqua se lleva a sus víctimas consigo a los espacios lejanos que hay por encima de la Tierra..., pero se me está olvidando todo otra vez, mi mente divaga.
Sus ojos se abrieron, y vi que nos miraban con una expresión singularmente lejana.
-Es tarde -dijo-. Necesito dormir.
-¿De qué estaba hablando, en nombre de Dios? -preguntó Frolin, ya en el vestíbulo.
-Vamos -dije.

Pero una vez en mi habitación, con Frolin aguardando a escuchar expectante lo que yo tuviera que decir, no supe cómo empezar. ¿Cómo hablar del saber preternatural que encerraban los textos prohibidos de la Miskatonic University, el espantoso Libro de Eibon, los oscuros Manuscritos Pnakóticos, el terrible Texto de R'lyeh, y el más tenebroso de todos, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred? ¿Cómo contarle todas las cosas que se agolparon en mi mente al escuchar las extrañas palabras de mi abuelo, los recuerdos que emergían de lo más profundo...? ¿Cómo hablarle de los Primordiales, seres antiquísimos de increíble perversidad, dioses viejos que en un tiempo poblaron la Tierra y todo el universo que ahora conocemos, y quizá mucho más, y de los dioses arquetípicos del bien, y de las fuerzas del antiguo mal, ahora sometidas, y sin embargo, irrumpiendo eternamente, manifestándose en cortos períodos, de manera horrible, en el mundo de los hombres? Y si antes mi memoria no había sido lo bastante clara, o los había rechazado con la fuerza de mis prejuicios inherentes, ahora evocaba sus nombres terribles: Cthulhu, guía poderoso de las fuerzas de las aguas de la Tierra; Yog-Sothoth y Tsathoggua, moradores de las profundidades terrestres; Lloigor, Hastur e Ithaqua, el Ser-Nieve y EI-Que-Camina-en-el-Viento, que son elementos aéreos todos ellos. Era de estos seres de quienes mi abuelo había hablado; y la conclusión que había sacado resultaba demasiado clara para que pudiese pasarse por alto, o aun interpretarse de otro modo: que mi tío-bisabuelo había vivido en la apartada y ahora deshabitada ciudad de Innsmouth, que había tenido trato con al menos uno de estos seres. Y había otro corolario al que él no había llegado, pero que se desprendía de algo que había dicho por la tarde: que en algún lugar de la casa había un umbral que un hombre no debía atreverse a trasponer, y que había un peligro acechando al otro lado de ese umbral que no era sino la vía de retroceso en el tiempo, el camino de espantosa comunicación con los dioses primordiales que tío Leander había tenido.

Y sin embargo, no había captado toda la importancia de las palabras de mi abuelo. Aunque había dicho mucho, aún había mucho más por decir, y más tarde no pude culparme de no haber comprendido plenamente que las actividades de mi abuelo se orientaban hacia el descubrimiento de ese umbral secreto del que tío Leander hablaba tan crípticamente en sus cartas... ¡y a cruzarlo! En la confusión mental en que ahora me encontraba, preocupado con la antigua mitología de Cthulhu, Ithaqua y los dioses arquetípicos, no seguí los evidentes indicios que conducían a tan lógica conclusión, posiblemente porque temía instintivamente llegar demasiado lejos. Me volví a Frolin y se lo expliqué lo más claramente que pude. El escuchó atentamente, haciendo de cuando en cuando alguna pregunta concreta, palideciendo ligeramente ante determinados detalles que no podía yo dejar de mencionar, y no se mostró tan escéptico como yo había pensado. Esto era en sí prueba del hecho de que aún había más cosas por descubrir sobre las actividades del abuelo e incidentes de la casa, aunque yo no me di cuenta inmediatamente. Sin embargo, iba a tardar poco en averiguar algo más sobre la razón fundamental de que Frolin hubiese aceptado en seguida mi explicación, necesariamente breve.

A mitad de una pregunta, dejó de hablar de repente, y asomó a sus ojos una expresión que indicaba que su atención se había desviado de mí, de la habitación, a algo más allá; se quedó en la actitud del que escucha, e impulsado por su gesto, me esforcé yo también por averiguar qué era lo que oía.

«Es sólo la voz del viento en los árboles, que se ha elevado ahora un poco -pensé-. Va a haber tormenta.»
-¿Oyes ? -preguntó él en un susurro estremecido.
-No -respondí quedamente-. Sólo el viento.
-Sí, sí... el viento. Te lo escribí, recuerda. Escucha.
-Vamos, Frolin, ten serenidad. Sólo es el viento.

Me dirigió una mirada compasiva y, dirigiéndose a la ventana, me hizo señas de que le siguiera. Me acerqué y me puse a su lado. Sin decir palabra, señaló hacia la oscuridad que envolvía la casa. Tardé un momento en acostumbrar mis ojos a la noche, pero después pude ver la línea de árboles recortada fuertemente contra el cielo limpio y estrellado. Y entonces, instantáneamente, comprendí. Aunque el viento rugía y tronaba alrededor de la casa, nada turbaba la quietud de los árboles que tenía ante mis ojos: ¡ni una hoja, ni una copa, ni una ramita se mecía lo que es el espesor de un cabello!

-¡Dios mío! -exclamé, y retrocedí, alejándome del cristal como para borrar la visión de mis ojos.
-¿Comprendes ahora? -preguntó él, retirándose de la ventana también-. Yo ya lo he oído otras veces.

Se quedó inmóvil, como aguardando, y yo también esperé; a la sazón, el ruido del viento había alcanzado una intensidad sobrecogedora, de suerte que parecía como si la vieja casa fuera a ser arrancada de la ladera y lanzada valle abajo. En efecto, hubo un leve temblor en el mismo momento en que lo estaba pensando: una extraña vibración, como si la casa se estremeciera, y los cuadros de las paredes se movieran ligeramente, de manera casi furtiva, casi imperceptible, y sin embargo, inequívocamente visible. Miré a Frolin, pero su semblante no se había alterado; siguió allí, escuchando, de modo que comprendí que aún no habíamos llegado al final de esta singular manifestación. El ruido del viento era ahora un terrible, demoníaco aullido, acompañado de notas de música que por un momento se hicieron distintas, aunque tan perfectamente mezcladas con la voz del viento que al principio no se distinguían. La música era semejante a la de antes, como de flautas, y de cuando en cuando, de instrumentos de cuerda, pero ahora mucho más violenta, resonando con aterrador desenfreno, con un carácter de abominable maldad. Al mismo tiempo, ocurrieron otras dos manifestaciones. La primera fue el ruido como de caminar de alguien, de un gran ser cuyos pasos parecieron penetrar en la habitación desde el corazón mismo del viento; ciertamente, no se produjeron dentro de la casa, aunque había en ellos el inequívoco crescendo que denotaba su gradual aproximación. El segundo fue un repentino cambio de temperatura.

La noche, fuera, era calurosa para el mes de setiembre en el nórdico estado de Wisconsin, y la casa, también, se había mantenido razonablemente confortable. Ahora, de pronto, coincidiendo con los pasos que se acercaban, la temperatura comenzó a descender rápidamente, de modo que en poco tiempo el aire de la habitación se enfrió, y tanto Frolin como yo tuvimos que ponernos más ropa para no resfriarnos. Sin embargo, esto no parecía ser la culminación de las manifestaciones que tan claramente esperaba Frolin: seguía de pie, sin decir nada, aunque sus ojos, encontrándose con los míos de tiempo en tiempo, eran lo bastante elocuentes como para expresar su pensamiento. No sé el tiempo que permanecimos allí, escuchando los aterradores sonidos, antes de producirse el final. Pero, súbitamente, Frolin me cogió del brazo, y con un ronco susurro, exclamó:

-¡Ahí! ¡Ahí están! ¡Escucha!
El ritmo de la espectral música había cambiado repentinamente y decrecía desde el violento frenesí anterior ; ahora se transformó en una melodía de una dulzura casi insoportable, con cierto matiz melancólico, y resultaba tan agradable como perversa había sido la anterior; sin embargo, la nota de terror no había desaparecido completamente. Al mismo tiempo, se hizo evidente un sonido de voces que se elevaron progresivamente en una especie de cántico, desde algún lugar de detrás de la casa..., como del despacho.

-¡Gran Dios del cielo! -grité, aterrado a Frolin-. ¿Qué ocurre ahora?
-Es por el abuelo -dijo-. Tanto si lo sabe él como si no, ese ser viene y canta para él -sacudió la cabeza y cerró los ojos un instante, antes de añadir amargamente en voz baja e intensa-: ¡Si hubiese quemado esos malditos papeles de Leander, como debía haber hecho...!
-Casi podrían entenderse las palabras -dije, escuchando atentamente.

Se oían palabras, pero no palabras que yo hubiese oído nunca; eran una especie de berridos horribles y primitivos, como si alguna criatura bestial, dotada de media lengua, aullase sílabas de insensato horror. Echamos a correr y abrimos la puerta; inmediatamente, los sonidos parecieron más claros, de forma que lo que yo había tomado por muchas voces era sólo una, capaz, no obstante, de producir la ilusión de multiplicidad. Las palabras -o quizá sería mejor que dijese sonidos, sonidos bestiales- se elevaban desde abajo como un aullido sobrecogedor:

-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua! Ithaqua cf'ayak vulgthumm. ¡Ia! ¡Uhg! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Shub-Niggurath! ¡Ithaqua naflfhtagn!
Increíblemente, la voz del viento se elevaba y rugía cada vez más terriblemente, hasta el punto que pensé que la casa iba a salir despedida al vacío en cualquier momento, y Frolin y yo de sus habitaciones, y que nos iba a succionar el aliento de nuestros cuerpos desamparados. En la confusión de espanto y asombro que se apoderó de mí, pensé en ese instante en mi abuelo, que estaba abajo en el despacho, y, haciendo una seña a Frolin, eché a correr hacia la escalera, decidido, a pesar de mi horrible miedo, a ponerme entre el anciano y lo que le amenazase, fuera lo que fuese. Corrí a su puerta y me abalancé contra ella, y una vez más, como antes, cesaron todas las manifestaciones: como el chasquido de un interruptor, cayó el silencio, que momentáneamente se hizo aún más terrible.

Se abrió la puerta, y nuevamente me encontré ante mi abuelo. Estaba sentado todavía como lo habíamos dejado antes, aunque ahora tenía los ojos abiertos, la cabeza un poco erguida y la mirada fija en el enorme cuadro de la pared este.

-¡En nombre de Dios! -grité-. ¿Qué es eso?
-Espero averiguarlo muy pronto -contestó con gran dignidad y gravedad.
Su absoluta carencia de temor sosegó algo mi propia alarma, y entré un poco más en la habitación, seguido de Frolin. Me incliné sobre su cama, procurando que fijara su atención en mí, pero siguió mirando el cuadro con singular intensidad.
-¿Qué estás haciendo ? -pregunté-. Sea lo que fuere, encierra peligro.
-Un explorador como tu abuelo difícilmente estaría satisfecho si no fuera así, muchacho -replicó con tono agrio y práctico.
Yo sabía que era verdad.
-Prefiero morir con las botas puestas a hacerlo aquí en la cama -prosiguió-. En cuanto a lo que has oído, no sé cuánto has oído tú..., pero es algo por el momento inexplicable. Pero quisiera llamar tu atención hacia la extraña acción del viento.
-No había viento -dije-. Me he asomado.
-Sí, sí -dijo con cierta impaciencia-. Muy cierto. Y sin embargo, ahí estaba el ruido del viento, y todas esas voces del viento... tal como las he oído en Mongolia, en las grandes regiones nevadas, en la lejana y secreta meseta de Leng, donde el pueblo Tcho-Tcho adora a extraños dioses antiguos... -De pronto se volvió hacia mí, y sus ojos me parecieron enfebrecidos-. ¿Te he hablado del culto a Ithaqua, al que algunos indios de Manitoba superior llaman a veces El-Que-Camina-en-el-Viento, y otros, efectivamente, el Wendigo, y sobre sus creencias de que El-Que-Camina-en-el-Viento ejecuta sacrificios humanos y se lleva a sus víctimas a parajes apartados de la Tierra, abandonándolas finalmente muertas? ¡Oh!, hay historias, muchacho, y leyendas muy extrañas... y algo más -se inclinó hacia mí ahora con fiera intensidad-: Yo mismo he visto cosas..., cosas encontradas en un cuerpo caído del aire..., cosas que no es posible que existan en Manitoba, cosas que pertenecían a Leng, a las islas del Pacífico -y me despidió con un movimiento de brazo, y una expresión de disgusto cruzó por su rostro-. No me crees. Piensas que desvarío. ¡Vete, regresa a tu sueño mezquino, y espera tu final a lo largo de la eterna miseria de monotonía, día tras día!
-¡No! Cuéntamelo ahora.
-Hablaré contigo por la mañana -dijo él cansadamente, echándose hacia atrás.

Me tuve que contentar con eso: era duro como el diamante, y no había forma de ablandarle. Le di las buenas noches de nuevo, y me retiré al vestíbulo con Frolin, que movía la cabeza lenta, negativamente.

-Cada vez está peor -susurró-. Cada vez el viento sopla con más fuerza, el frío es más intenso, las voces y la música más claras... ¡y el ruido de esos pasos más terrible!
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras; tras un momento de vacilación, le seguí.
Por la mañana, mi abuelo mostraba su habitual aspecto saludable. En el momento de entrar yo en el comedor, estaba hablando a Hough, evidentemente en respuesta a una petición, pues el viejo criado se mantenía respetuosamente inclinado mientras oía decir a mi abuelo que él y la señora Hough podían efectivamente tomarse una semana de vacaciones a partir de este momento, si la salud de la señora Hough requería ir a Wausau a visitar a un especialista. Frolin me miró a los ojos con crispada sonrisa; su rostro había perdido algo de color, lo que le daba un aspecto pálido y trasnochado, aunque comía con bastante apetito. Su sonrisa, y la breve mirada significativa de sus ojos hacia Hough cuando se retiraba, manifestaron a las claras que esta necesidad que les había sobrevenido a Hough y a su esposa era un modo de combatir las manifestaciones que tanto me habían perturbado en mi primera noche en la casa.

-Bueno, muchacho -dijo el abuelo alegremente-, ya casi se te ha ido el aspecto macilento que tenías anoche. Confieso que estaba preocupado por ti. Supongo que tampoco te sentirás tan escéptico como antes.

Rió entre dientes, como si acabara de decir un chiste. Por desgracia, yo no pude considerarlo así. Me senté y empecé a comer un poco, mirándole de cuando en cuando, esperando a que empezara la explicación de los extraños sucesos de la noche anterior. Como en seguida me di cuenta de que no tenía intención de explicarme nada, me vi obligado a pedírselo expresamente, cosa que hice con toda la dignidad posible.

-Siento mucho que no hayas podido descansar -dijo-. El hecho es que ese umbral del que habla Leander debe de encontrarse en algún lugar del despacho; anoche sentí la absoluta certeza de que era así, antes de que irrumpieras en mi habitación por segunda vez. Además, parece incuestionable que al menos un miembro de la familia tuvo relaciones con alguno de aquellos seres... Leander, naturalmente.
Frolin se inclinó hacia delante.
-¿Crees en ellos?
Nuestro abuelo sonrió agriamente.
-Debería resultar evidente que, cualesquiera que sean mis poderes, el alboroto que oísteis anoche difícilmente pudo ser provocado por mí.
-Sí, por supuesto -concedió Frolin-. Pero algún otro agente...
-No, no; queda por determinar solamente cuál. El olor a agua es signo de la progenie de Cthulhu, pero los vientos podrían deberse a Lloigor, o a Ithaqua, o a Hastur. Pero las estrellas no están en la posición favorable para que sea Hastur -prosiguió-. Así que debemos quedarnos con los otros dos. Son ellos, o uno de ellos, los que están justamente al otro lado del umbral. Quiero saber qué hay más allá de ese umbral, si puedo descubrirlo.

Parecía increíble que mi abuelo hablase con tanta indiferencia sobre estos seres antiguos; su aire prosaico era en sí mismo tan alarmante como los acontecimientos de la noche. La temporal sensación de seguridad que había sentido yo al verle desayunar desapareció; empecé a tener conciencia nuevamente de ese creciente temor que había experimentado cuando me aproximaba a la casa, la pasada tarde, y lamentaba haber forzado mi interrogatorio. Si mi abuelo sabía algo, no lo manifestó. Siguió hablando con el tono del profesor que realiza una investigación científica para beneficio del auditorio que tiene delante. No cabía duda, dijo, que existía una relación entre los sucesos de Innsmouth y el contacto exterior no humano de Leander Alwyn. ¿Abandonó Leander la ciudad de Innsmouth originalmente por el culto a Cthulhu que existía allí, porque él también se vio aquejado de esa singular transformación facial que afectó a tantos habitantes de la maldita Innsmouth, confiriéndoles aquella extraña fisonomía de batracio que horrorizó a los investigadores federales que fueron a inspeccionar el caso? Quizá fuera eso. En todo caso, al dejar atrás el culto de Cthulhu, se abrió camino hacia las regiones inexploradas de Wisconsin y estableció contacto de algún modo con alguno de los otros seres más antiguos, Lloigor o Ithaqua; todos ellos, hay que decir, fuerzas elementales del mal. Al parecer, Leander Alwyn era un hombre perverso.

-Si hay alguna verdad en todo esto -exclamé-, entonces habría que hacer caso de la advertencia de Leander. ¡Abandona ese descabellado empeño en descubrir el umbral del que hablas!
Mi abuelo me miró un instante con calculada indulgencia; pero era evidente que no se sentía aludido por mi explosión.
-Ahora que me he embarcado en esta exploración, pienso seguirla. Al fin y al cabo, Leander murió de muerte natural.
-Pero, según tu propia teoría, había tenido relaciones con esos... seres -dije-. Tú no tienes ninguna. Te atreves a salir -a los espacios desconocidos, por así decir, sin tener en cuenta los horrores que puedes encontrar.
-Cuando estuve en Mongolia me tropecé con horrores también. Jamás en la vida pensé que saldría con vida de Leng. -Calló, meditabundo, y luego se levantó lentamente-. No; me propongo descubrir el umbral de Leander. Y esta noche, oigáis lo que oigáis, no tratéis de interrumpirme. Sería una lástima que, después de tanto tiempo, me volviese a retrasar vuestra impetuosidad.
-Y cuando hayas descubierto el umbral -exclamé-, ¿qué?
-No estoy seguro de que quiera cruzarlo.
-Puede que no dependa de ti el elegir.
Me miró un instante en silencio, sonrió amablemente, y abandonó la habitación.

III.
Aun ahora que ha pasado tanto tiempo, me resulta difícil narrar los acontecimientos de aquella noche catastrófica, por lo vívidamente que me vuelven a la memoria, a pesar del prosaico ambiente de la Miskatonic University, donde tantos y tan tremendos secretos se ocultan en textos antiguos y poco conocidos. Y sin embargo, para comprender los difundidos acontecimientos que ocurrieron después, es preciso conocer los sucesos de aquella noche. Frolin y yo pasamos la mayor parte del día revisando los libros y papeles de mi abuelo, con intención de comprobar ciertas leyendas a las que se había referido en sus conversaciones, no sólo conmigo, sino con Frolin antes de mi llegada. A lo largo de toda su obra aparecían infinidad de alusiones crípticas, pero no encontramos más que un relato relacionado con nuestra investigación: una historia algo oscura, declaradamente de origen legendario, concerniente a la desaparición de dos habitantes de Nelson, Manitoba, y un oficial de la Policía Montada de la Royal Northwest, y la reaparición de los tres como llovidos del cielo, helados y muertos o moribundos, balbuciendo palabras sobre Ithaqua, El-Que-Camina-en-el-Viento, y sobre muchos lugares de la faz de la Tierra, y portando consigo extraños objetos, propios de lejanas regiones, que jamás se había sabido que poseyeran en vida. La historia era increíble, y sin embargo, estaba claramente relacionada con la mitología consignada en The Outsider and Others y las que se relataban en los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R'lyeh y el terrible Necronomicón.

Aparte de esto, no encontramos nada que se relacionase de manera palpable con nuestro problema, así que nos resignamos a esperar a que llegase la noche. En la comida y la cena, preparadas por Frolin en ausencia de Hough, mi abuelo se comportó con la normalidad de costumbre, sin aludir para nada a su extraña aventura, comentando solamente que ahora tenía la prueba concreta de que había sido Leander quien había pintado ese poco atractivo paisaje de la pared este del despacho, y que esperaba que pronto -dado que estaba llegando al final de su tarea de descifrar la larga y vaga carta de Leander- descubriría la clave esencial de ese umbral del que hablaba, y al que se refería ahora cada vez más. Cuando se levantó de la mesa, nos advirtió de nuevo solemnemente que no le interrumpiésemos por la noche, so pena de causarle el mayor disgusto, y acto seguido se metió en aquel despacho, del que no volvió a salir ya nunca.

-¿Crees que vas a poder dormir? -me preguntó Frolin cuando nos quedamos solos.
Negué con la cabeza.
-Imposible. Permaneceré en vela.
-Creo que no le gustaría que nos quedásemos abajo -dijo Frolin, frunciendo levemente el ceño.
-Me iré entonces a mi habitación -dije-. ¿Y tú?
-Me quedaré contigo, si no te importa. El se propone llegar al final, y no hay nada que podamos hacer hasta que nos necesite. Puede llamar...

Yo tenía la desagradable convicción de que si mi abuelo nos llamaba, sería demasiado tarde, pero me abstuve de expresar mis temores en voz alta. Los sucesos de esa noche empezaron como en la anterior: con los acordes de aquella música espectralmente hermosa, como de flautas, que brotaba de la oscuridad que envolvía la casa. Después, al cabo de un rato, comenzó el viento, y el frío, y la voz ululante. Y entonces, precedido por un aura de maldad tan grande que casi nos asfixiaba en la habitación, sucedió algo más, algo indeciblemente espantoso. Frolin y yo estábamos a oscuras; yo no me había molestado en encender mi vela eléctrica, dado que ninguna luz podría revelarnos el origen de todas estas manifestaciones. Fui a la ventana y, cuando el viento empezó a levantarse, miré una vez más hacia la línea de árboles, pensando que, con toda certeza, se agitarían con la enorme embestida del viento; pero una vez más, no vi nada, ni un leve movimiento en esa quietud. Ni una nube tampoco en el cielo; las estrellas brillaban vivamente, las constelaciones del verano descendían hacia el borde occidental de la Tierra indicando el otoño en el firmamento. El ruido del viento se había elevado invariablemente, de forma que ahora adquirió la furia de un ventarrón; y no obstante, ni un movimiento turbaba la línea de árboles más oscuros que la negrura del cielo.

Pero súbitamente -tan súbitamente que por un instante parpadeé en un esfuerzo por convencerme de que un sueño había nublado mi visión-. en una amplia zona del firmamento ¡desaparecieron las estrellas! Me puse de pie y pegué la cara contra el cristal. Era como si hubiese surgido una nube de repente en el cielo, a la altura casi del cenit; pero no era posible que surgiese ninguna nube a esa velocidad. A ambos lados, y por encima, brillaban aún las estrellas. Abrí la ventana y me asomé, tratando de seguir el oscuro perfil que se recortaba contra las estrellas. ¡Era el perfil de un animal inmenso, una horrible caricatura de hombre, la cual elevaba hasta el cielo lo que semejaba una cabeza, y allí, en el lugar donde podían situarse los ojos, resplandecían con un rojo encendido como dos estrellas de fuego! ¿O eran estrellas? En ese mismo instante, los ruidos de pasos que se aproximaban aumentaron hasta tal punto que la casa se estremecía y temblaba con sus vibraciones, la furia demoníaca del viento se elevó a unas proporciones indescriptibles, y el ulular alcanzó tal grado que resultaba enloquecedor.

-¡Frolin! -llamé roncamente.
Noté que se ponía a mi lado, y un instante después sentí que me apretaba frenéticamente el brazo. ¡Así pues, él también lo había visto, no era una alucinación, ni un sueño, ese ser gigantesco que se recortaba sobre las estrellas y se movía!
-¡Se mueve! -susurró Frolin-. ¡Oh, Dios, viene hacia aquí!

Se alejó despavorido de la ventana, y yo también. Pero un instante después, la sombra del cielo había desaparecido, y volvían a brillar las estrellas. El viento, no obstante, no había disminuido un ápice en intensidad; si era posible, se hacía más feroz y violento por momentos; la casa entera se estremecía y temblaba, mientras aquellas pisadas atronadoras sonaban y resonaban en el valle que se abría ante la casa. Y el frío se fue intensificando, de modo que el aliento nos salía en forma de un vapor blanco en el aire: era un frío como de los espacios exteriores. Por encima de la confusión de la mente, pensé en la leyenda que contaban los papeles de mi abuelo: la leyenda de Ithaqua, cuya característica consistía en el frío y la nieve de las lejanas regiones árticas. Estaba recordando esto, cuando un coro espantoso de aullidos, cántico triunfal de miles de bocas bestiales, me lo borró todo de la mente:

-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua, Ithaqua! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai! Ithaqua cf'ayak vulgtumm vugtlagln vulgtumm. ¡Ithaqua fhtagn! ¡Ugh! ¡Ia! ¡Ia! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai!

Al mismo tiempo, sobrevino un estallido atronador, e inmediatamente después, la voz de mi abuelo se elevó en un grito terrible, un grito que se convirtió en un alarido de mortal terror, de forma que los nombres que quiso pronunciar -el de Frolin y el mío- se perdieron, se ahogaron en su garganta bajo la fuerza del horror que se le había manifestado. Y tan repentinamente como se dejó de oír su voz, cesaron todos los demás fenómenos, dejando ese silencio espectral y prodigioso que nos envuelve como una nube de fatalidad. Frolin llegó a la puerta de la habitación antes que yo, aunque no me quedé atrás. Se cayó en mitad de la escalera, pero se incorporó a la luz de mi vela eléctrica, que había cogido yo al salir, y juntos arremetimos contra la puerta del despacho, llamando al anciano. No contestó ninguna voz, aunque la raya amarilla de la puerta probaba que aún ardía la luz de su lámpara. La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que fue necesario derribarla para poder entrar. No encontramos rastro alguno de mi abuelo. En la pared este, en cambio, se abría una gran cavidad, donde había estado la pintura, ahora tumbada en el suelo -una abertura rocosa que conducía a las profundidades de la tierra-, y por encima de todo cuanto había en la habitación se extendía la marca de Ithaqua: una fina capa de nieve, cuyos cristales brillaban como un millón de joyas diminutas bajo la luz amarilla de la lámpara de mi abuelo. Aparte del cuadro, sólo la cama estaba desordenada, ¡como si el abuelo hubiera sido arrebatado de ella por una fuerza prodigiosa!

Corrí apresuradamente adonde el anciano había guardado el manuscrito de tío Leander, pero no estaba; no había ni rastro de él. Frolin dio un grito repentino, y señaló el cuadro que tío Leander había pintado, y luego el boquete que se abría ante nosotros.

-Estaba ahí... el umbral -dijo.

Y vi lo mismo que él, como lo había visto el abuelo, pero demasiado tarde: ¡el cuadro de tío Leander no era más que la representación del lugar donde se había construido la casa para ocultar la cavernosa abertura de la ladera, el umbral secreto sobre el que advertía el manuscrito de Leander, el umbral por el que mi abuelo había desaparecido! Aunque no hay mucho que añadir, queda por revelar el más maldito de todos los hechos extraños. La policía del condado practicó una inspección completa de la caverna, auxiliada por algunos intrépidos aventureros de Harmon; descubrió que tenía varias aberturas, y comprobó que cualquiera que quisiese llegar hasta la casa a través de la caverna, habría tenido que entrar por una de las innumerables hendiduras descubiertas en los montes de los alrededores. La naturaleza de las actividades de tío Leander quedó revelada tras la desaparición del abuelo. Frolin y yo nos vimos en serias dificultades debido a las sospechas de la policía del condado, pero finalmente nos pusieron en libertad, al no aparecer el cuerpo de mi abuelo. Pero desde esa noche, comenzaron a esclarecerse ciertos hechos; hechos que, a la luz de las alusiones de mi abuelo, juntamente con las horribles leyendas contenidas en los libros raros que guardamos aparte aquí, en la biblioteca de la Miskatonic University, son condenables y condenablemente incontrovertibles.

El primero de ellos es la serie de gigantescas huellas de pies encontradas en la tierra en el lugar donde se alzó aquella noche la sombra que cubría las estrellas de los cielos, la increíble anchura y profundidad que tenían, como si hubiese caminado por allí un monstruo prehistórico, y los pasos de un kilómetro de extensión que se dirigían más allá de la casa y desaparecían en una grieta que conducía a la caverna secreta, dejando un rastro idéntico al descubierto en la nieve al norte de Manitoba donde aquellos desdichados viajeros, y el oficial enviado a buscarles, desaparecieron de la faz de la Tierra. El segundo es el descubrimiento del cuaderno de notas de mi abuelo, junto con una parte del manuscrito de tío Leander, encontradas ambas cosas en una capa de hielo, en el interior de los nevados bosques que hay más arriba de Saskatchewan, con todos los indicios de haber caído desde una gran altura. La última anotación estaba fechada el día de su desaparición, a finales de setiembre; el cuaderno no fue hallado hasta el mes de abril del siguiente año. Ni Frolin ni yo nos atrevimos a exponer la explicación de su extraña aparición que en seguida nos vino a la cabeza, y juntos quemamos aquella horrible carta y la imperfecta traducción que nuestro abuelo había hecho, traducción que en sí misma, tal como estaba escrita, con todas las advertencias contra el terror del otro lado del umbral, había servido para invocar del exterior a una criatura tan horrible que jamás ha intentado nadie describirla, ni aun esos escritores antiguos cuyos tenebrosos relatos se hallan difundidos por toda la faz de la Tierra.

Y por último, la prueba más concluyente, la más tremenda de todas: el descubrimiento, siete meses más tarde, del cadáver de mi abuelo en una pequeñísima isla del Pacífico, no lejos de Singapur, al sudeste, y el singular informe que dieron de su estado: perfectamente conservado, como en hielo; tan frío, que nadie pudo tocarlo con las manos desnudas hasta los cinco días de su descubrimiento; aparte de esto, estaba el hecho singular de que lo encontraron medio enterrado en arena, ¡como si "hubiese caído de un aeroplano"! Ni a Frolin ni a mí nos pudo caber la menor duda; ésta era la leyenda de Ithaqua: se llevaba a sus víctimas consigo hacia regiones apartadas de la Tierra en el tiempo y el espacio, antes de deshacerse de ellas. Y era innegable que mi abuelo había estado vivo durante parte de ese viaje, y si abrigábamos alguna duda sobre ello, las cosas encontradas en sus bolsillos, recuerdos recogidos de extraños y secretos lugares -y que nos enviaron a nosotros-, constituían el testimonio irrebatible y definitivo: la placa de oro, con una representación miniada de una lucha entre seres antiguos, la cual llevaba en su superficie inscripciones con trazos cabalísticos, placa que el doctor Backham de la Miskatonic University identificó como procedente de alguna región situada más allá de la memoria del hombre; el abominable libro escrito en birmano, que revelaba horripilantes leyendas de esa lejana y oculta meseta de Leng, tierra del terrible pueblo Tcho-Tcho; y finalmente, ¡la repulsiva y bestial miniatura, tallada en piedra, de una monstruosidad infernal caminando sobre los vientos, por encima de la Tierra!

jueves, 4 de agosto de 2011

LA HABITACIÓN CERRADA



La habitación cerrada (The shuttered room) es un relato de terror de H.P. Lovecraft, realizado en colaboración con August Derleth y publicado póstumamente en la colección de cuentos de terror de 1959: La habitación cerrada y otras piezas (The shuttered room and other pieces).
Este cuento nos invita a repasar dos de los grandes relatos de Lovecraft: La sombra sobre Innsmouth (The shadow over Innsmouth) y El horror de Dunwich (The Dunwich horror).


LA HABITACIÓN CERRADA

A la hora del crepúsculo, el salvaje y solitario campo cercano a la villa de Dunwich, en la parte central del norte de Massachusetts, parece más despojado y amenazador que durante el día. El crepúsculo tiñe los campos desolados y las colinas con raras tonalidades que hacen resaltar todos los elementos del paisaje. Desde los árboles antiguos, las paredes de piedra rodeadas de rosales y cercanas a la polvorienta carretera, los bajos pantanos con su profusión de luciérnagas y sus inevitables chotacabras que compiten con el croar de las ranas y el canto ronco de los sapos, hasta las sinuosas curvas que forma el Miskatonic en su curso superior al fluir entre las oscuras montañas hacia el mar y que parecen cerrarse en torno al visitante en un intento de agarrarle y no dejarle escapar, todo parece impregnado de una tensa vigilia sensiblemente hostil.

Camino de Dunwich, Abner Whateley sintió todo esto otra vez, como lo había sentido en una ocasión cuando era niño y había salido corriendo y pidiendo con gritos de terror a su madre que le llevase lejos de Dunwich y lejos del abuelo Luther Whateley. ¡Hacía tantos años! Había perdido la cuenta. Era curioso que aquel paisaje le siguiera afectando de aquel modo, pese a todos los años que habían transcurrido desde entonces -sus años en La Sorbona, en El Cairo, en Londres-, pese a todo lo que había aprendido y asimilado como experiencias desde aquel momento y que hacían parecer más remotas aún sus tempranas visitas al ceñudo y anciano abuelo Whateley en su vieja casa cercana al molino a orillas del Miskatonic. La campiña de su niñez salía ahora de la neblina del tiempo como si hubiese sido ayer cuando visitó por última vez a sus familiares.

Ya no quedaba nadie: mamá, el abuelo Whateley, la tía Sarah, a la que nunca había visto y sólo sabía que vivía en algún lugar de la vieja casa, el odioso primo Wilbur y su terrible hermano gemelo que pocos habían conocido antes de su espantosa muerte en la cima de Sentinel Hill. Pero, según pudo comprobar mientras atravesaba el puente cubierto, Dunwich no había cambiado. La calle principal se hallaba bajo el tenebroso pico de Round Mountain. Sus tejados, de estilo holandés, estaban tan podridos como siempre, sus casas desiertas, y sólo se mantenía en pie la vieja iglesia con el campanario roto. Pesaba sobre todo aquello un aura de destrucción.

Se desvió de la calle principal y tomó una carretera escarpada que ascendía por la ribera, hasta que llegó a un lugar en el que había una gran casa y un molino con una enorme rueda en la orilla del río. Era ahora propiedad suya. El testamento del abuelo Whateley estipulaba que se asentase en la propiedad y «diese los pasos necesarios para llegar a la disolución que yo mismo no pude realizar». Una curiosa condición, pensó Abner. Pero, por otro lado, todo cuanto concernía al abuelo Whateley había sido extraño, como si la decadencia de Dunwich le hubiese contagiado irremisiblemente. Nada resultaba más extraño que la llegada de Abner Whateley, abandonando una vida cosmopolita para cumplir con los deseos de su abuelo y hacerse cargo de una propiedad que casi no compensaba el esfuerzo que suponía llevarla adelante. Reflexionando tristemente, pensó que los parientes, que aún vivían cerca de, o en el propio Dunwich, podrían tomar a mal su regreso, teniendo en cuenta la extraña reclusión en que habían vivido la mayoría de los Whateley de la vecindad, particularmente desde los terribles acontecimientos que habían sacudido a la familia Whateley en Sentinel Hill.

La casa parecía estar como siempre. La parte que daba a la orilla del río estaba ocupada por el molino, que hacía ya mucho tiempo había dejado de funcionar, y cada vez aparecían más arrasados los campos que contorneaban Dunwich. Salvo una habitación sobre el molino -la de la tía Sarah-, la parte del edificio que lindaba con el Miskatonic había sido abandonada desde los tiempos de su juventud, desde la última vez en que Abner Whateley había visitado a su abuelo, que vivía solo, con excepción de la tía Sarah, a la que nadie veía nunca y que habitaba en su habitación cerrada, con la puerta atrancada. Nunca andaba por la casa porque se lo tenía terminantemente prohibido su padre, de cuya dominación sólo la muerte logró liberarla.

Una galería semiderruida en una de las esquinas de la casa rodeaba la parte habitada; en el entramado que soportaba el alero había grandes telarañas, a las que nadie, excepto el viento, molestaba a lo largo de los años. Y el polvo estaba en todas partes, dentro y fuera, según pudo comprobar Abner cuando descubrió la llave correcta entre todas las que le mandó el abogado. Encontró una lámpara y la encendió; el abuelo Whateley tenía proscrita la electricidad. Al amarillento resplandor de la luz, la vieja cocina que le era tan familiar, con su mobiliario del siglo XIX, le afligió con violencia. Su desolación, las sillas y mesas hechas a mano, el reloj de cien años en la repisa, la escoba gastada, todo eran tangibles recuerdos de su niñez obsesionada por el miedo que le producían sus visitas a la formidable casa y su aún más formidable ocupante, el viejo padre de su madre.

La luz de la lámpara dejaba entrever algo más. En la mesa de la cocina había un sobre dirigido a él, con una letra tan desgarbada que sólo podía ser de un hombre muy viejo o poco firme: su abuelo. Sin preocuparse de traer el resto de las cosas del coche, Abner se sentó a la mesa, sopló el polvo de la silla y un trozo de la mesa para permitirle poner los codos, y abrió el sobre. Una escritura encrespada apareció ante él. Las palabras eran tan severas como recordaba que había sido su abuelo. Comenzaba bruscamente, sin una palabra de afecto, ni tan siquiera un saludo estereotipado.

«Nieto:
»Cuando leas esto, hará ya meses que me habré muerto. Quizá más, a no ser que te encuentren antes de lo que preveo. Te he dejado una cantidad de dinero -todo lo que tengo a la hora de mi muerte- que actualmente está en el banco de Arkham a tu nombre. No hago esto sólo porque seas mi único nieto, sino porque entre todos los Whateley -somos un clan numeroso, hijo- tú has recorrido mundo y has recopilado conocimientos suficientes como para permitirte mirar las cosas con mente inquisidora, sin la superstición de la ignorancia ni la superstición de la ciencia. Tú entenderás lo que quiero decir. Es mi deseo que por lo menos la parte de esta casa que da al molino sea destruida. Que se deshaga tabla a tabla. Si encuentras algo vivo en ella, te ordeno solemnemente que lo mates. No importa su pequeñez. No importa su forma. A lo mejor te parece humana, pero puede engañarte y poner en peligro tu vida y sabe Dios la de cuántos otros.

Prométeme que lo harás. Si parece que suena a locura, por favor recuerda que algo peor que la locura ha caído sobre los Whateley. Yo me he librado. No ha ocurrido lo mismo con todo lo que me ha pertenecido. Aquellos que se niegan a creer en lo que no saben y niegan su existencia son locos aún más testarudos que aquellos de nuestra sangre que han sido culpables de terribles prácticas y blasfemias contra Dios, y cosas peores.
»Tu abuelo,
Luther S. Whateley »

¡Típico del abuelo!, pensó Abner. Recordó, traído a su recuerdo con esta enigmática y severa comunicación, que una vez en que su madre mencionó a su hermana Sarah, tapándose en seguida la boca con los dedos, él había corrido hacia su abuelo a preguntarle:

-Abuelo, ¿dónde está la tía Sarah?
El viejo hombre le había mirado con ojos del tamaño de una basílica y contestó:
-Muchacho, aquí no se habla de Sarah.

La tía Sarah había ofendido al abuelo en alguna forma espantosa -espantosa al menos para ese fanático de la disciplina-, pues desde ese día, en el recuerdo de Abner Whateley, su tía había sido simplemente el nombre de una mujer, hermana mayor de su madre, encerrada en una gran habitación sobre el molino, invisible tras esas paredes, con las contraventanas firmemente clavadas. Se les había prohibido a Abner y a su madre pasar ante la puerta de la habitación cerrada. Pese a ello, en una ocasión Abner se había encaramado a la puerta y había pegado la oreja contra ella para escuchar los ruidos de respiración y los quejidos que provenían del interior, como si fuesen de una persona voluminosa. Había decidido que la tía Sarah debía de ser tan grande como una de esas gordas de circo. Había que ver lo que devoraba, a juzgar por los platos de comida. Principalmente comía carne, que debía prepararse ella misma, pues generalmente estaba cruda. Se la llevaba a la habitación dos veces al día el viejo Luther Whateley, pues no había criados en la casa. Y no los había habido desde que la madre de Abner se había casado, tras el regreso de la tía Sarah, que volvió muy extraña y aturdida de visitar a un pariente en Innsmouth.

Dobló la carta y la metió de nuevo en el sobre. Pensaría en el contenido otro día. Necesitaba ante todo encontrar un sitio para dormir. Salió fuera, sacó las dos maletas que había dejado en el coche y las trajo a la cocina. Entonces cogió la lámpara y entró en el interior de la casa. Pasó sin detenerse por el anticuado salón, que se mantenía cerrado salvo cuando venían visitas, y nadie más que los Whateley visitaban a los Whateley en Dunwich. Se dirigió a la habitación de su abuelo; era lógico que ocupase la habitación de su abuelo, ya que él era ahora, y no Luther Whateley, el dueño.

La gran cama doble estaba cubierta de ejemplares descoloridos del Arkham Advertiser, cuidadosamente colocados para proteger la delicada tela de la colcha, que había sido bordada con un trabajoso diseño, indudablemente una herencia de los Whateley. Colocó la lámpara en el suelo y retiró los periódicos. Cuando abrió la cama vio que estaba fresca y limpia, lista para ser ocupada; algún primo de su abuelo, conocedor de su próxima llegada, se habría ocupado de esto después de las exequias. Cogió sus maletas y las llevó a la habitación, que estaba en una esquina de la casa, en el punto más alejado del pueblo: aunque apartadas de la orilla, sus ventanas daban al río. Abrió la que tenía una tela metálica en la parte inferior y se sentó en el borde de la cama, pensando en las circunstancias que le habían traído a Dunwich después de tantos años.

Se sentía agotado. El denso tráfico de Boston le había cansado. El contraste entre la región de Boston y el desolado territorio de Dunwich le deprimía y le resultaba incómodo. Además, le invadía una impalpable inquietud. De no haber necesitado la herencia para continuar sus investigaciones en el extranjero acerca de la antiguas civilizaciones del Pacífico Sur, no habría venido aquí. Pero los lazos familiares existían, por mucho que los negase. El viejo Luther Whateley siempre había sido severo y dictatorial, pero era el padre de su madre, y el nieto debía lealtad a su sangre. Round Mountain se elevaba fuera, cercano a la habitación; sentía su presencia como la había sentido cuando era niño y dormía arriba. Los árboles, durante mucho tiempo sin podar, se apelotonaban contra la casa; y de uno de ellos, a esta hora de profundo crepúsculo, caía en el tranquilo aire de verano el sonido de las notas de un búho. Se reclinó por un momento, adormecido por el extraño y agradable canto del búho. Un millar de pensamientos se acumularon en su mente, innumerables recuerdos. Se vio otra vez de pequeño, siempre algo asustado de divertirse a solas en estos vedados alrededores, siempre contento al llegar y más contento aún al marcharse.

Pero no podía permanecer así, aunque le resultase cómodo: había tanto que hacer antes de irse que no podía permitirse ni un mínimo descanso, si no quería comenzar con mal pie su nebulosa tarea. Se levantó de la cama, cogió otra vez la lámpara y empezó a hacer una ronda por la casa. Fue al comedor, que estaba entre la habitación y la cocina. El comedor tenía un mobiliario duro, incómodo, artesanal. De ahí se dirigió al salón. El mundo que se ofrecía al abrir la puerta, por los detalles del mobiliario y la decoración, era más cercano al siglo XVIII que al XIX, y, desde luego, muy alejado del XX. La ausencia de polvo era debida a lo bien que ensamblaban las puertas que separaban esta habitación del resto de la casa. Subió por las escaleras al piso de arriba y recorrió habitación tras habitación. Todas estaban polvorientas, con las cortinas descoloridas, y el aspecto general era de no haber sido ocupadas durante muchos años, incluso antes de que muriese el viejo Luther Whateley. Entonces llegó al pasillo que conducía a la habitación cerrada, el escondrijo o prisión de la tía Sarah, ya no podría saber qué había sido, e, impulsivamente, bajó y se paró delante de la puerta prohibida. Ningún sonido de respiración, ningún quejido le saludaba ahora, nada en absoluto mientras permanecía enfrente de ella, recordando, aún fascinado por el hechizo de la prohibición de su abuelo.

Pero no había razón alguna para continuar respetándola. Sacó el llavero y pacientemente probó una llave tras otra en la cerradura, hasta encontrar la que correspondía a ella. Saltó el pestillo y empujó. La puerta se abrió con un chirrido. Alzó la lámpara. Había esperado encontrar el dormitorio de una mujer, pero la habitación cerrada ofrecía un aspecto sorprendente: había ropa de cama tirada por todas partes, almohadas en el suelo, restos de comida seca en una gran bandeja escondida detrás de un escritorio. Un extraño olor íctico dominaba el cuarto, y le abofeteó con tal dosis de humedad que casi no pudo reprimir una mueca de asco. La habitación estaba destrozada; además, tenía el aspecto de haber estado en ese desorden salvaje durante mucho, mucho tiempo. Abner depositó la lámpara en el escritorio separado de la pared, cruzó hacia la ventana que daba al molino y la abrió. Forcejeó para abrir las contraventanas hasta que recordó que habían sido clavadas. Entonces se apartó, alzó un pie y dio una patada a las contraventanas para que una bocanada de aire fresco penetrara en la habitación.

Dio la vuelta y del mismo modo hizo saltar las contraventanas de la pared contigua. Hasta que se separó para ver lo que había hecho no se dio cuenta de que había roto la pequeña esquina de la ventana que se abría sobre la rueda del molino. Un primer sentimiento de pesar se borró al recordar que su abuelo insistía en que el molino, al igual que la habitación, se destruyese. ¡Qué importaba una ventana rota! Volvió para recoger la lámpara. Al hacerlo, dio un empujón al escritorio para colocarlo junto a la pared. En ese momento, a sus pies, escuchó un crujido. Miró hacia allí. Una rana de patas muy largas o quizá un sapo -no podía distinguir- se escabulló debajo del escritorio. Estuvo tentado de echar fuera al animal, pero pensó que su presencia no importaba demasiado. Si había sido capaz de sobrevivir en este cuarto, cerrado durante tanto tiempo, alimentándose de cucarachas y otros insectos, merecía que lo dejasen tranquilo.

Salió, cerró la puerta de nuevo y regresó al dormitorio principal. Pensó que, aunque fuera de modo superficial, por lo menos había dado un primer paso. Había examinado el terreno, por así decirlo. Y tras su pequeña ronda estaba el doble de cansado que antes. Aunque no era tarde, decidió irse a la cama y empezar temprano por la mañana. Había que ocuparse aún del viejo molino; quizá algo de su maquinaria, si quedaba alguna, podía venderse, y lo rueda era ahora una pieza rara: pocas ruedas de molino habían sobrevivido a su época. Permaneció durante unos instantes en la galería. Acusó con cierta sorpresa los sonidos de los grillos y saltamontes, y el más sobrecogedor coro de chotacabras y ranas, que surgían de todas partes para asaltarle con una ensordecedora insistencia de tal proporción como para mitigar incluso el sonido procedente de Dunwich. Estuvo allí hasta que ya no pudo tolerar las voces de la noche por más tiempo; entonces volvió a entrar, cerró la puerta, y se dirigió al dormitorio. Se desvistió y se metió en la cama. Al cabo de una hora no había logrado dormirse, enervado por el coro de sonidos naturales generados fuera de la casa y dentro de él mismo, y por una creciente confusión acerca de lo que había dicho su abuelo sobre la «disolución» que él no había sido capaz de realizar... Pero por fin entró en un sueño intranquilo.

II.
Se despertó al amanecer. Había descansado poco. Toda la noche había soñado con lugares extraños y seres que le llenaban de belleza y admiración y terrores. Nadaba en las profundidades del océano y en el Miskatonic entre los peces, los anfibios, y unos seres con aspecto de hombres y de batracios. Monstruosas entidades yacían durmiendo en una misteriosa ciudad de piedra en el fondo del mar, todo ello acompañado de música terriblemente extraña: flautas mezcladas a inquietantes sonidos ululares de gargantas muy distintas de las gargantas humanas. El abuelo Whateley, de pie ante él, le miraba con gesto de acusación, derramando su cólera por haber osado entrar en la habitación de la tía Sarah.

Estaba preocupado, pero le distrajo la necesidad de ir a Dunwich a buscar las provisiones que había olvidado traer con tantas prisas. La mañana estaba clara y soleada; las avefrías y los tordos cantaban, y las perlas de rocío sobre las hojas y la hierba reflejaban la luz como miles de joyas por el camino de curvas que conducía a la calle principal del pueblo. A medida que se aproximaba se animaba más; silbaba alegremente, y esperaba cumplir cuanto antes sus compromisos, y después huiría de este desolado agujero con su humanidad decadente. Bajo la luz del sol, la calle principal de Dunwich no era más acogedora que lo había sido bajo el crepúsculo del día anterior. El pueblo se escondía entre el Miskatonic y la abrupta falda del Monte Redondo. Era un oscuro y extraño nido de habitantes que no parecía haber entrado en el año 1900, como si el tiempo hubiese tropezado con un muro en el último recodo del siglo pasado. Su alegre silbido se desvaneció y murió. Desvió su mirada de los edificios ruinosos. Evitó las miradas sin expresión de los paseantes y fue directamente a la vieja iglesia convertida en tienda, que sabía encontraría fachosa y mal cuidada, igual que el resto del pueblo.

Un dependiente de cara delgada le observó acercarse por la nave lateral. Oteaba en sus facciones algo conocido. Abner se dirigió a él y le pidió bacon, café, huevos y leche. El dependiente le escudriñó. El permaneció quieto.

-Usted debe ser un Whateley -dijo por fin-. No creo que me conozca. Soy su primo Tobías. ¿Cuál de ellos es usted?
-Soy Abner, el nieto de Luther -dijo de mala gana.
La cara de Tobías Whateley se heló.
-El hijo de Libby. Sí, Libby, la que se casó con Jeremiah. ¿Pero es que habéis vuelto otra vez a casa de Luther? ¿No iréis a empezar cosas raras otra vez?
-No hay nadie más que yo -dijo Abner secamente-. ¿A qué cosas sé refiere?
-Si tú no lo sabes, no soy yo quien tiene que decírtelo.

Y Tobías Whateley no volvió a decir nada. Dio a Abner lo que éste necesitaba, cogió el dinero de mal humor y, mal encarado, le siguió con la mirada cuando salía de la tienda. Abner estaba desagradablemente afectado. El brillo de la mañana se había atenuado para él, aunque el sol brillaba desde el mismo cielo despejado. Se apresuro a salir de la calle principal y de la tienda, y corrió por el camino hacia la casa que no hacía mucho tiempo había dejado. Le molestó aún más descubrir, delante de la casa, un antiguo carromato tirado por un viejo caballo de labor. A su lado, estaba un niño de pie. Dentro se sentaba un viejo de barbas blancas que, al ver acercarse a Abner, pidió ayuda al niño para descender trabajosamente al suelo y permanecer de pie esperando a Abner. Mientras Abner se acercaba, el niño tomó la palabra sin sonreír.

-El bisabuelo le hablará.
-Abner -dijo el anciano con voz temblorosa, mientras Abner se fijaba por primera vez en lo viejo que era.
-Este es el bisabuelo Zebulón Whateley -dijo el niño.
El hermano del abuelo Luther Whateley. El único Whateley que vivía de su generación.
-Venga, señor -dijo Abner ofreciendo su brazo al viejo.
Zebulón Whateley lo tomó.

Los tres anduvieron lentamente hacia la galería, donde el viejo se detuvo enfrente de los escalones. Volvió hacia Abner unos ojos negros rematados en tupidas cejas blancas, y movió la cabeza suavemente.

-Ahora, si me traes una silla, me sentaré.
-Trae una silla de la cocina, niño -dijo Abner.

El niño corrió hacia las escaleras y entró en la casa. Salió con la misma rapidez, trayendo una silla para el viejo. Le ayudó a sentarse y permaneció de pie a su lado, mientras Zebulón Whateley tomaba aliento. CIavó Ia mirada en Abner. Observaba con especial detenimiento su ropa, que, a diferencia de la suya, no estaba hecha a mano.

-¿Por qué has venido, Abner? -preguntó ahora con voz más firme.
Abner le contestó tan simple y directamente como pudo.
Zebulón Whateley movió la cabeza.
-No sabes más que los demás, y menos que algunos -dijo-. Lo que hacía Luther sólo Dios lo sabe, porque ahora Luther se ha ido. Pero lo que te puedo decir, Abner, y te lo juro por Dios, es que no sé por qué Luther se encerró, y a Sarah con él, desde aquella vez en que ella volvió de Innsmouth. Lo que si sé, y te lo puedo decir, es que fue algo terrible, terrible, y lo que ocurrió fue terrible. Ahora ya nadie puede echarle la culpa a Luther, ni a la pobre Sarah. Pero ten cuidado, ten cuidado, Abner.
-Estoy para cumplir la voluntad de mi abuelo -dijo Abner.

El viejo asintió. Pero sus ojos mostraban preocupación y estaba claro que confiaba poco en Abner.
-¿Cómo supo que estaba aquí, tío Zebulón? -preguntó Abner.
-Me llegó la noticia de que habías venido. Era mi deber hablar contigo. Pesa un maleficio sobre los Whateley. Algunos que ahora están bajo tierra han tenido que ver con el demonio, otros silbaban cosas terribles en el aire, y otros tenían que ver con cosas que no eran del todo humanas, ni del mar, pero vivían en el mar y nadaban -hasta muy lejos- en el mar. Y hubo quienes se encerraron en sí mismos y se convirtieron en seres extraños y aturdidos. Eso fue lo que ocurrió en Sentinel Hill aquella vez. Wilbur, el de Lavinny. Y ese otro de Sentinel Stone. Dios, tiemblo al pensar en ello.
-Bien, abuelo, no se excite -le reprendió el niño.
-No lo haré, no -dijo el viejo trémulamente-. Todo está muerto ahora. Está olvidado, por todos menos por mí y por aquellos que tomaron los signos que apuntaban hacia Dunwich, diciendo que era un lugar demasiado horrible para conocer...
Movió la cabeza y se quedó callado.
-Tío Zebulón -dijo Abner-. Nunca vi a mi tía Sarah.
-Claro que no, chico. Estaba encerrada en aquella época. Antes de que tú nacieses, creo que fue.
-¿Por qué?
-Sólo Luther lo sabía. Y Dios. Ahora Luther se ha ido, y parece que Dios no recuerda que Dunwich aún está aquí.
-¿Qué hacía la tía Sarah en Innsmouth?
-Visitaba a un pariente.
-¿Hay algún Whateley también allí?
-Whateley, no. Marsh. El viejo Obed Marsh, que era primo de papá. El y su mujer estaban en el comercio. En Ponapé, si sabes dónde está.
-Lo sé.
-¿Lo sabes? Yo no lo sabía. Dicen que Sarah había ido a visitar a alguno de los Marsh. Al nieto o al hijo de Obed. Nunca supe cuál. Nunca lo oí. No me importa. Allí pasó algo. Dicen que cuando vino estaba diferente. Inconstante. Desequilibrada. Le respondía de mala forma a su padre. Y luego, no mucho después, la encerró en esa habitación hasta que murió.
-¿Cuánto tiempo después?
-Tres, cuatro meses. Y Luther nunca dijo por qué. Nadie volvió a verla desde ese día hasta que fue sacada en el ataúd. Hace dos años, puede que tres. Un día por la noche, al año de haber vuelto de Innsmouth, ocurrieron cosas en esta casa. Peleas, gritos, chillidos. Casi todo el mundo en Dunwich lo oyó, pero nadie fue a ver lo que era, y al día siguiente Luther dijo que era sólo Sarah, víctima de un ataque de nervios. Pudiera ser. Pudiera ser algo más...
-¿Qué más, tío Zebulón?
-Obra del demonio -dijo el viejo inmediatamente-. Pero me olvido de que tú eres persona con estudios. No hay muchos Whateley que hayan recibido una educación. Lavinny leía libros, unos libros terribles que no eran buenos para ella. Y Sarah leyó algunos. Es mejor no tener ninguna instrucción que tener poca; no se puede andar por la vida sabiendo un poco, se anda mejor no sabiendo nada.
Abner sonrió.
-¡No te rías, muchacho!
-No me río, tío Zebulón. Estoy de acuerdo con usted.
-Entonces si te encuentras cara a cara con ello sabrás qué hacer. No te pararás a pensar. Simplemente lo harás.
-¿Con qué?
-Ojalá lo supiera, Abner, No lo sé, Dios sí lo sabe. Luther lo sabía. Pero Luther está muerto. Yo creo que Sarah también lo sabía. Y Sarah está muerta. Ahora nadie sabe qué era aquello tan terrible. Si yo rezase, rezaría para que no lo averigües tú. Pero si lo haces, no vayas más allá de lo que descubras, sólo haz lo que tienes que hacer. Tu abuelo tenía unas notas, búscalas. Puedes enterarte de qué clase de personas eran los Marsh. No eran como nosotros. Algo terrible les ocurrió. Y puede que también a Sarah...

Algo se interponía entre el viejo y Abner Whateley, algo no dicho, quizá desconocido; pero era algo que dio a Abner escalofríos, a pesar de sus esfuerzos conscientes para restar importancia a lo que sentía.

-Me enteraré de lo que pueda, tío Zebulón -prometió.
El viejo asintió e hizo una señal al niño. Le indicaba que deseaba levantarse, para volver al carro. El niño se apresuró.
-Si me necesitas, Abner, díselo a Tobías -dijo Zebulón Whateley-. Vendré si puedo.
-Gracias.
Abner y el niño ayudaron al viejo a subirse al carro. Zebulón Whateley levantó el brazo en señal de despedida. El niño azotó el caballo y el carro se puso en marcha.

Abner se quedó un instante mirando el vehículo que se alejaba. Estaba molesto y de mal humor. Molesto ante la sospecha de que algo terrible se escondía bajo las palabras de advertencia de Zebulón Whateley. De mal humor porque su abuelo, a pesar de todos sus deseos, le había dejado poco campo donde actuar. Pero esto pudo haber sido porque su abuelo creyese firmemente que Abner Whateley no se encontraría con nada peligroso al llegar a la vieja casa. No podía haber otra explicación. Pero Abner no estaba plenamente convencido. ¿Era algo tan horrible que Abner no tenía necesidad de saberlo, a menos que fuese imprescindible? ¿O había dejado Luther Whateley alguna clave en algún otro lugar de la casa? Lo dudaba. No era el estilo del abuelo, siempre tan brusco y directo. Entró en la casa con la compra, la guardó, y se sentó para establecer un plan de actuación. Lo primero que había que hacer era revisar el molino para ver si la maquinaria estaba en buen uso y podía ser aprovechada. Luego debía encontrar a alguien para que tirase el molino y la habitación que estaba encima. Luego tendría que alquilar o vender la casa y la propiedad adjunta. Un sentimiento de fatalidad le tenía convencido de que nadie querría instalarse en un lugar tan aislado del extremo de Massachusetts como era Dunwich.

Empezó de inmediato a cumplir con su obligación. Su revisión del molino, sin embargo, le descubrió que la maquinaria que había estado allí -a excepción de las piezas que estaban fijas a la rueda- había sido retirada y posiblemente vendida. Quizá parte de la venta era el legado que Luther Whateley había depositado en el banco de Arkham. Abner ya no tendría que tirar la maquinaria antes de demoler el molino. El polvo que había en el molino casi le sofocaba; había más de una pulgada en todas partes, y se levantaba en grandes nubes a su alrededor cuando caminaba a través de las habitaciones vacías y llenas de telarañas. El polvo envolvía sus pisadas, y estaba contento de dejar el molino para dar la vuelta y observar la rueda. Se abrió paso por el borde del listón que sujetaba el eje de la rueda, poco seguro, puesto que la madera podía ceder y dejarle caer al agua; pero la construcción era firme, la madera no cedió, y pronto estaba en la rueda. Parecía ser un espléndido ejemplar de mediados del siglo XIX. Sería una pena destruirla, y podía hallarse un lugar para ella, bien en un museo o en alguno de esos edificios que estaban siendo reconstruidos por gente rica, interesada en conservar la herencia americana.

Estaba dispuesto a marcharse de la rueda, cuando sus ojos se posaron en una serie de huellas húmedas en las paletas. Se inclinó para observarlas mejor. Aparte de comprobar que estaban parcialmente secas, se dio cuenta de que eran huellas dejadas por algún animal pequeño, probablemente batracio -una rana o sapo- que aparentemente había subido a las paletas en las horas tempranas de la salida del sol. Elevó sus ojos y siguió la línea de las huellas hasta las ventanas rotas de la habitación de arriba. Se paró un momento a pensar. Recordó el batracio que había visto en la habitación cerrada. ¿Se habría escapado por la ventana rota? O quizá alguno de su especie había acusado su presencia y había subido. Una cierta aprensión le sacudió, pero la eludió de su mente con irritación. A un hombre de su inteligencia no podía conmoverle la atmósfera de ignorancia, el misterio supersticioso que se desprendía del recuerdo de su abuelo. Pero a pesar de todo, dio la vuelta y subió a la habitación cerrada. Esperaba, al abrir la puerta, encontrar algún cambio significativo en la habitación. Algo diferente de como la recordaba de la noche anterior, pero aparte de la luz poco usual, no había alteración alguna. Cruzó hacia la ventana. Había huellas en el antepecho. Había dos pares de ellas. Una parecía dirigirse al exterior, y la otra al interior. Las que salían eran pequeñas, sólo medían una pulgada de ancho. Las que entraban eran el doble de tamaño. Abner se inclinó y las miró fijamente, con fascinación.
No era zoólogo, ni tampoco un ignorante en el tema. Las huellas eran algo que nunca antes había visto, ni siquiera en sueños. Excepto en el hecho de ser o parecer palmípedas, eran las huellas perfectas en miniatura de manos y pies humanos.

Aunque buscó precipitadamente al animal, no vio señal de él, y finalmente, un poco turbado, salió de la habitación, y cerró la puerta tras de sí. Se arrepentía de haberse dirigido allí en un primer momento, haberse sentido impulsado a abrir las contraventanas que durante tanto tiempo habían aislado la habitación del mundo exterior.

III.
No le sorprendió del todo encontrarse con que nadie en Dunwich estaba dispuesto a llevar a cabo la demolición del molino. Incluso carpinteros que no habían trabajado durante mucho tiempo y estaban deseando hacer alguna obra dieron una serie de excusas, que Abner interpretó como subterfugios para encubrir el miedo supersticioso hacia el lugar en donde trabajarían. Se vio en la necesidad de encaminarse a Aylesbury, pero aunque no tuvo dificultad en contratar a un equipo de fuertes jóvenes para efectuar la demolición del molino, se vio forzado a esperar a que terminasen sus contratos en vigor y regresó a Dunwich con la promesa de que irían en «una semana o diez días».

Entonces se puso a ver las cosas de Luther Whateley que aún había en la casa. Había montones de periódicos -especialmente el Arkham Advertiser y el Aylesbury Transcript- amarillentos por el tiempo y la humedad, y llenos de polvo, que apartó para quemar. Había libros que decidió mirar uno por uno para no deshacerse de algo valioso. Y había cartas que hubiese quemado de inmediato, de no haberle saltado a los ojos el nombre «Marsh». Las leyó.

«Luther, lo que le ocurrió al primo Obed es una cosa peculiar. No sé cómo decírtelo. No sé cómo haré para que me creas. No estoy seguro de tener todos los datos. Pienso si no será otra cosa que patrañas deliberadamente inventadas para ocultar algo de naturaleza escandalosa, pues sabes que los Marsh siempre han sido exagerados y tienen una acusada inclinación al engaño. Es gente de intenciones poco claras. Siempre lo han sido. Pero la historia, según la escuché del primo Alizah, es que cuando él era joven, Obed y algunos otros de Innsmouth, navegando con sus barcos mercantes a las Islas Polinesias, encontraron allí gentes extrañas, que se llamaban los 'Profundos' y que eran capaces de vivir tanto en la tierra como en el agua. Anfibios, serían. ¿Parece esto creíble? A mí no. Lo más asombroso es que Obed y algunos de los otros se casaron con mujeres de ésas y las trajeron a vivir con ellos. Ahora bien, ésa es la leyenda. He aquí los hechos. A partir de ese momento, los Marsh han prosperado mucho en el comercio. A la señora Marsh nunca se la ve, excepto en aquellas ocasiones en que va a determinados asuntos secretos de la Orden de Dagon Hall. 'Dagon', según dicen, es un dios del mar. Yo no sé nada de estas religiones paganas, ni deseo saber. Los niños de Marsh tienen un aspecto muy raro. No exagero, Luther, al decirte que tienen la boca enorme y las caras sin barbilla y los ojos grandísimos y de mirada fija, ¡te juro que a veces parecen ranas en vez de seres humanos! No tienen, por cuanto yo puedo distinguir, agallas. Dicen que los Profundos sí tienen agallas, y que pertenecen a Dagon o alguna otra deidad del mar cuyo nombre no puedo pronunciar, y menos aún transcribir. No importa. Es un galimatías tal que pueden haberlo inventado los Marsh para servir a sus propósitos. ¡Pero por Dios, Luther, a juzgar por los barcos que el capitán Marsh tiene en la India, que se mantienen a flote sin el más leve desperfecto ocasionado por tormentas o desuso -el bergantín Columbia, la barca Sumatra Queen, el Hetty, y algunos otros- parece como si hubiese hecho algún tipo de trato con el mismo Neptuno!

»Luego están todas las cosas que ocurren en la costa donde viven los Marsh. Nadan de noche. Nadan muy lejos, hasta el Arrecife del Diablo que, como sabes, esta a milla y media del puerto de aquí, de Innsmouth. La gente se aleja de los Marsh, excepto los Martin y algunos otros que estuvieron también comerciando en el este de la India. Ahora que Obed ha muerto -y supongo que la señora Marsh también, puesto que no se la ve por ninguna parte- los hijos y nietos del capitán continúan comportándose extrañamente.»

La carta continuaba con una relación de precios. Las cifras eran ridículamente bajas comparadas con las actuales, siglo y medio después, pues Luther Whateley sería un hombre joven, soltero, en la época en que esta carta fue escrita por Ariah, primo del que Abner nunca había oído hablar. Lo que tenía que decir de los Marsh no era nada, o era todo, quizá, si Abner hubiera tenido la clave. Creía, con gran irritación, que sólo tenía en sus manos algunas partes inconexas. Pero si Luther Whateley se creyó estas patrañas, ¿habría permitido, años después, que su hija visitase a los Marsh? Abner lo dudaba. Miró algunas otras cartas -facturas, recibos, relatos triviales de viajes hechos a Boston, Newburyport, Kingsport, tarjetas-, y llegó por fin a otra carta del primo Ariah, escrita, si la comparación de las fechas servía de evidencia, inmediatamente después de la que Abner acababa de leer. Había diez días de diferencia, y Luther pudo haber tenido tiempo para contestar a la primera. Abner la abrió ansiosamente

La primera parte trataba de asuntos familiares concernientes al matrimonio de otra prima, evidentemente una hermana de Ariah; la segunda especulaba acerca del comercio futuro al este de la India, con un párrafo sobre un nuevo libro de Whitman, evidentemente Walt; pero la tercera parte era sin duda una respuesta a algo que el abuelo Whateley había preguntado acerca de la rama de la familia Marsh.

«Bien, Luther, puede que tengas razón en cuanto a que es un prejuicio racista el causante de los sentimientos contra los Marsh. Conozco cómo piensan aquí las gentes acerca de otras razas. Es una desgracia, pero quizá radica en la falta de educación la base de esos prejuicios. Aunque no estoy convencido de que todo se deba a un prejuicio de raza. No sé qué clase de raza podría dar a los Marsh, descendientes de Obed, ese extraño aspecto. La gente del este de la India que he visto y recuerdo de mis primeros días en el comercio tiene facciones similares a las nuestras, y sólo es diferente el color de su piel, algo cobriza, diría yo. Una vez vi a un nativo de aspecto similar, pero evidentemente no era un indígena, pues le eludían los trabajadores que rondaban los barcos en el puerto donde le vi. He olvidado ya dónde fue, pero creo que era en Ponapé. A decir verdad, los Marsh se mantenían siempre muy unidos entre ellos y con esas familias que formaban su mismo clan. Más o menos controlaban el pueblo. Puede ser significativo -quizá se trató de un accidente- que un hombre conocido que habló contra ellos apareciese ahogado poco después. Soy el primero en admitir que coincidencias más apabullantes que éstas ocurren a menudo, pero puedes estar seguro de que la gente que sentía hostilidad hacia los Marsh se aprovechó de lo ocurrido.

»Como sé que tu mente analítica rechaza fríamente las habladurías, no quiero contarte más.»

Después de eso, ninguna otra alusión. Lo que Ariah escribió en las cartas siguientes trataba exclusiva y escrupulosamente de asuntos familiares de lo más trivial. Luther Whateley evidentemente había despreciado los rumores; ya de joven debió de haber sido una persona de férrea autodisciplina. Aparte de esa última carta, Abner no volvió a encontrar más que una sola referencia a algún hecho misterioso en Innsmouth. Era un recorte de periódico. Los términos poco concretos en los que se expresaba el reportero ponían de manifiesto que el propio autor del artículo no supo en realidad qué había ocurrido: se refería a la presencia de agentes del gobierno federal en los alrededores de Innsmouth, en el año 1928, a su intento de destruir el Arrecife del Diablo y la voladura de grandes zonas del puerto, y a la detención de varios miembros de las familias Marsh, Martin y algunos otros. Sea como sea, aquel artículo y los hechos a los que se refería eran bastante posteriores -en decenas de años- a las cartas de Ariah.

Abner se echó al bolsillo las cartas que trataban de los Marsh y quemó el resto de los papeles en una hoguera que hizo en la orilla del río. Vigiló un rato para que las pavesas no prendiesen la hierba de alrededor, que estaba muy seca. Agradeció el olor a humo, porque del río venía un olor a muerte producido por los restos de peces que habían servido de festín a algún animal, una nutria, pensó. Mientras permanecía al lado del fuego, sus ojos vagaron por el viejo edificio Whateley, y vio, con tristeza, que había llegado el momento de derruir el molino, que los marcos de las ventanas que había roto en la habitación de la tía Sarah se habían caído y trozos de la ventana estaban esparcidos por las aspas de la rueda. Cuando el fuego estaba lo suficientemente extinguido como para poder dejarlo, el día tocaba a su fin. Tomó una frugal comida, y sin querer leer una línea más aquel día; decidió no intentar hallar las 'notas' de su abuelo a las que se había referido el tío Zebulón Whateley. Salió a contemplar el crepúsculo y la noche a la galería, desde donde se oían de nuevo in crescendo los coros de ranas y chotacabras.

Se retiró pronto, extrañamente cansado. El sueño, sin embargo, no le venía. Por un lado, la noche de verano era calurosa; casi no había brisa. Por otro lado, sobre el croar de las ranas y de la demoníaca insistencia de los chotacabras, los sonidos del interior de la casa invadían su consciencia. Crujidos y gemidos de una casa de madera acomodándose en la noche; un peculiar sonido, como si algo se arrastrase, un medio saltar y un medio arrastrarse, que Abner achacó a las ratas, las cuales probablemente abundarían en la zona del molino. Los sonidos eran amortiguados y parecían llegarle desde muy lejos; y en una ocasión oyó un romper de madera y de cristal que, Abner pensó, probablemente venía de la ventana que daba al molino. La casa se estaba cayendo virtualmente a pedazos a su alrededor; era como si él mismo sirviese de agente catalítico para llegar a la disolución final de la estructura. Esto le divirtió, puesto que, sin quererlo, estaba dando cumplimiento a lo que pedía su abuelo. Y así, confundido, se dejó vencer por el sueño.

Se despertó pronto esa mañana con el timbre del teléfono, cuya instalación había previsto durante su estancia en Dunwich. Ya había descolgado el receptor del viejo aparato colocado en la pared, cuando se dio cuenta de que se trataba de un cruce y no de una llamada para él. Sin embargo, la voz de mujer que estalló sobre él le dejó dolorido el oído con los gritos insistentes y se quedó helado con el auricular en la mano.

«Le diré, señorita Corey, oí cosas ayer por la noche. La tierra estaba hablando otra vez, y cerca de medianoche escuché ese grito. Nunca pensé que una vaca gritase de esa forma. Igual que un conejo, sólo que más fuerte. Era la vaca de Lutey Sawyer, la encontraron esta mañana, más de la mitad se la habían comido los animales…»
«Señora Bishop, no querrá usted decir… ¿Ha vuelto?»
«No lo sé. Por Dios espero que no. Pero es igual que la última vez.»
«¿Sólo atrapó esa vaca?»
«Sólo esa. No he oído de ninguna otra. Pero así fue como empezó la última vez, señora Corey.»

Silenciosamente, Abner colgó el auricular. Sonrió con una mueca irónica ante estas desbordadas supersticiones de los vecinos de Dunwich. Nunca había sospechado a qué profundidades de ignorancia y superstición podían llegar los habitantes de lugares tan retirados como Dunwich, y esta manifestación era tan sólo una pequeña muestra. Tenía poco tiempo, sin embargo, para entretenerse con el asunto. Debía ir al pueblo por leche fresca, y salió a la mañana de sol y nubes con una sensación de desahogo que le provocaba la pequeña escapada de la casa. Tobías Whateley estaba más serio y hosco que nunca cuando Abner entró en la tienda. Abner sintió no sólo resentimiento, sino también un miedo tangible. Se quedó sorprendido. A todos los comentarios de Abner, Tobías respondía con monosílabos. Con objeto de hilvanar una conversación, empezó a contarle a Tobías lo que había escuchado en la línea telefónica.

-Lo sé -dijo Tobías, bruscamente y mirando por primera vez a la cara de Abner con expresión aterrorizada.

Abner se sumió en el silencio. Al terror se mezclaba la animosidad en los ojos de Tobías. Abner leyó claramente cuáles eran sus sentimientos al verle bajar la mirada y tomar el dinero que le ofrecía.

-¿Has visto a Zebulón? -preguntó en voz baja.
-Estuvo en casa -dijo Abner.
-¿Hablaste con él?
-Sí, hablamos.

Era como si Tobías confiase en que ambos hubiesen tratado de ciertas cuestiones. A la vez, su actitud sugería que estaba aturdido por acontecimientos recientes. También parecía indicar que Zebulón no le había dicho lo que Tobías había esperado que el viejo le dijese, o que Abner había descuidado algunos de los consejos del tío. Abner empezó a sentirse totalmente perplejo; además de la conversación telefónica de las vecinas supersticiosas y de las misteriosas alusiones que el tío Zebulón había dejado entrever, la actitud de su primo Tobías le desconcertaba aún más. Tobías no parecía más inclinado que Zebulón a traducir en palabras lo que ocultaba tras sus ásperas facciones. Uno y otro actuaban como si Abner supiese de qué iba la cosa. Se marchó desconcertado y se encaminó hacia la casa Whateley. Decidió no parar más hasta acabar con su tarea para poder alejarse cuanto antes de esa aldea perdida y de sus extraños y supersticiosos vecinos, incluidos sus mismos familiares. Con este fin, apenas había acabado su desayuno reanudó su tarea y siguió inventariando las cosas de su abuelo. Había comido poco, pues la desagradable visita a la tienda le había quitado el apetito que había sentido antes de salir. Tardó bastante en encontrar el documento que buscaba: un viejo libro mayor en el que, con su letra quebradiza, Luther Whateley había hecho algunas anotaciones.

IV.
Después de haber comido algo, Abner permaneció sentado y, a la luz de la lámpara, abrió el libro sobre la mesa de la cocina. Las primeras hojas habían sido arrancadas, pero examinando los fragmentos de las hojas que aún estaban pegados a los hilos que cosían las páginas, Abner llegó a la conclusión de que estas hojas no habían contenido más que simples números. Pensó que su abuelo había querido aprovechar un viejo libro de contabilidad a medio rellenar, y había quitado las hojas utilizadas para apuntes más prosaicos que sus actuales anotaciones. Desde el principio las notas eran misteriosas. Carecían de fecha y no llevaban más que el día de la semana.

«Este sábado, Ariah ha contestado a mi pregunta. S. fue vista algunas veces en compañía de Ralsa Marsh, el bisnieto de Obed. Nadaban juntos de noche.»

Esa primera anotación se refería claramente a la estancia de la tía Sarah en Innsmouth, y definía el tipo de preguntas que el abuelo había podido hacer a Ariah acerca de ella. Algo había inducido a Luther a llevar a cabo esa investigación, y por lo que sabía del carácter de su abuelo, Abner llegó a la conclusión de que la había iniciado después de la vuelta de Sarah a Dunwich. La anotación siguiente consistía en un trozo de carta mecanografiada recibida por Luther Whateley, y que éste había pegado a continuación. ¿Por qué?

«Ralsa Marsh es probablemente el más repelente de la familia. Su aspecto alcanza casi la degeneración. Sé, porque tú mismo lo dijiste, que Libby es la más encantadora de tus hijas. De todos modos, no podemos comprender cómo Sarah pudo dar con alguien tan repulsivo como Ralsa... Un ser en el que todas esas características recesivas que se han dado en la familia Marsh, desde Obed y su matrimonio con la mujer polinesia (los Marsh han negado que la esposa de Obed fuese polinesia; pero él comerciaba por allí en aquella época, y no me creo esas historias de una isla que no aparece en el mapa y donde sostienen que habría encontrado a esa mujer) parecen haber alcanzado su máximo desarrollo. Por lo que ahora deduzco -después de todo han transcurrido más de dos meses, cerca de cuatro, me parece, desde su regreso a Dunwich- estuvieron constantemente juntos. Me sorprende que Ariah no te lo haya contado. A ninguno de nosotros se nos había encargado ni dado permiso para impedir que Sarah se viese con Ralsa. Además son primos, y es a los Marsh, no a nosotros, a quienes ella estaba visitando.»

Abner pensó que esta carta había sido escrita por una mujer, otra prima, que parecía reprochar a Luther, en un tono dolido, el haber enviado a Sarah a casa de los Marsh en lugar de mandarla a la suya. Era obvio que Luther, sin embargo, le había hecho ciertas preguntas sobre Ralsa. La tercera anotación estaba de nuevo escrita por Luther, y resumía una carta de Ariah.

«Sábado. Según Ariah, los Profundos son una secta o un grupo semi-religioso. Son subhumanos. Se dice que viven en el agua y adoran a Dagon y a otro dios llamado Cthulhu. Tienen agallas. Se parecen más a las ranas o a los sapos que a los peces, pero sus ojos son ícticos. Asegura que la esposa de Obed era una de ellos. Afirma que todos los hijos de Obed llevaban las mismas características. ¿Los Marsh tendrían agallas? Si no, ¿cómo lograrían nadar milla y media, hasta el Arrecife del Diablo, y volver? Los Marsh comen poco. Pueden estar sin comer y sin beber durante mucho tiempo, disminuyen o aumentan de tamaño rápidamente.» (A esto Luther había añadido cuatro desdeñosos signos de exclamación.) Zadok Allen jura haber visto a Sarah nadar hacia el Arrecife del Diablo. Los Marsh la llevaban. Todos desnudos. Jura haber visto que los Marsh tienen la piel dura y cuarteada ¡algunos con escamas, como peces! ¡Jura haberlos visto bucear y comerse peces crudos! Los devoraban como bestias.»

La siguiente anotación consistía de nuevo en un párrafo de una carta, sin lugar a dudas en respuesta a otra escrita por el abuelo Whateley.

«Preguntas quién es el responsable de estas historias ridículas que circulan sobre los Marsh. Pues bien, Luther, sería imposible designar a alguien en particular, ni tampoco a una docena de personas, y eso en varias generaciones. Estoy de acuerdo en que el viejo Zadok Allen habla demasiado, bebe, y puede inventar muchas historias. Pero él es sólo uno entre muchos. El hecho es que esta leyenda -o galimatías, como tú dices- se ha extendido de una generación a otra, a lo largo de tres de ellas. No tienes más que mirar a algunos de los descendientes del Capitán Obed para comprender cómo pudieron surgir tales cuentos. Se dice de algunos hijos de los Marsh que eran demasiado horribles para mirarles a la cara. ¿Habladurías de viejas? Quizá, pero una vez, como el doctor Rowley Marsh estaba demasiado viejo para poder atender a una de las mujeres de Marsh, llamaron al doctor Gilman, y Gilman ha sostenido siempre que lo que trajo al mundo entonces era un ser que podía serlo todo, menos humano. Nunca nadie llegó a ver a ese Marsh, aunque, después, hubo gentes que afirmaron haber visto cosas que se movían sobre dos piernas pero que no eran seres humanos.»

A continuación venía una breve, pero reveladora, referencia de dos palabras: «Sarah castigada».

Esto debió marcar la fecha en que Sarah Whateley fue encerrada en la habitación encima del molino. Seguían varias páginas en las que Luther no mencionaba para nada a su hija en sus anotaciones. Pese a que las notas no llevaban fecha alguna y se seguían una tras la otra, a juzgar por la diferencia en el color de la tinta, debían de haber sido escritas en épocas distintas.

«Muchas ranas. Parecen habitar en el molino. Parecen más numerosas que en los pantanos de la otra orilla del Miskatonic. Impiden dormir. ¿Aumenta también el número de chotacabras, o será mi imaginación?. Esta noche he llegado a contar treinta y siete ranas sobre los escalones del porche.»

Seguían más anotaciones de este mismo tipo. Abner las leyó todas, pero no encontró en ellas nada que le aclarara lo que el viejo había querido decir. Desde ese momento Luther Whateley parecía haber dedicado su libro a las ranas, a la niebla, a los peces, y a sus movimientos en el Miskatonic, cuando saltaban del agua, etcétera. Daban la impresión de ser datos sueltos, y no relacionados con el problema de Sarah. Venía otro silencio a continuación, y luego aparecía una nota, una sola nota, y además subrayada.

«¡Ariah tenía razón!»

¿Pero en qué había tenido razón? se preguntaba Abner. ¿Y cómo supo Luther Whateley que Ariah había tenido razón? No había nada que indicara que Luther y Ariah hubieran seguido escribiéndose, ni siquiera que Ariah lo hubiera hecho sin que el irascible Luther le preguntara nada. A continuación venía una sección compuesta de recortes de periódicos pegados. Parecían no tener la menor relación entre sí, pero permitieron a Abner estimar que había pasado poco más de un año desde la última hasta la siguiente anotación de Luther, una de las más sorprendentes que Abner encontró. De hecho, el tiempo transcurrido parecía ser de casi dos años.

«R. ha vuelto a salir.»

Si Luther y Sarah eran los únicos habitantes de la casa, ¿quién era «R.». ¿Podía ser que Ralsa Marsh hubiese venido de visita y que fuera a él a quien se refería Luther? Abner lo dudaba, pues nada demostraba que hubiera podido existir un especial afecto de Ralsa Marsh por su lejana prima; de haber existido tal sentimiento, indudablemente no habría esperado tanto para ir en busca de ella. La siguiente anotación parecía no tener nada que ver con la precedente.

«Dos tortugas, un perro, los restos de una marmota. Las dos vacas de Bishop, encontradas al final de la pradera, cerca de la orilla del Miskatonic.»
Un poco más adelante, Luther había apuntado otros datos similares.
«Después de un mes un total de 17 vacas y 6 ovejas. Horribles alteraciones; el tamaño está en proporción con la cantidad. Se ha presentado Z. Preocupado por lo que se rumorea por ahí.»
¿Podía Z. significar Zebulón? Abner pensaba que sí. Pero, por lo poco que Zebulón le había podido contar sobre la situación en la casa cuando la tía Sarah había sido encerrada, Abner dedujo que la visita del anciano había sido inútil. Zebulón -pensaba Abner, al recordar su conversación con él- sabía menos que él mismo después de haber leído las anotaciones de su abuelo. Pero sí conocía la existencia del libro, lo cual hizo suponer a Abner que Luther, al menos, había confiado a Zebulón que apuntaba ciertos datos.

Todas esas anotaciones parecían incompletas, misteriosas, como si, para entenderlas, se necesitara disponer de una clave, un conocimiento básico guardado por Luther Whateley. Y, sin embargo, un sentimiento de apremio empezó a manifestarse claramente en las notas siguientes del viejo.

«Ada Wilkerson ha muerto. Rastros de pelea. Profundo pesar en Dunwich. John Sawyer me amenazó con el puño, desde el otro lado de la calle, donde no le podía responder.»
«Lunes. Esta vez Howard Willie. Encontraron un zapato, ¡calzaba aún su pie!»
Las anotaciones llegaban ahora a su fin. Por desgracia muchas hojas habían sido arrancadas -algunas violentamente- pero no había ninguna aplicación que justificara esa violencia. No podía haberlo hecho nadie más que el propio Luther. Quizá, reflexionó Abner, Luther pensó que había hablado demasiado, e intentó destruir cualquier cosa que hubiera podido revelar a quien lo leyese posteriormente los verdaderos motivos del confinamiento de la tía Sarah. Si tal había sido su propósito, lo había logrado.
La siguiente anotación también hacía alusión al misterioso «R.».
«R. ha vuelto por fin.»
Luego: «Clavé las contraventanas de la habitación de Sarah.»
Y finalmente: «Una vez que haya perdido peso, habrá que mantenerle en una dieta rigurosa y un tamaño controlable.»

En cierto modo, esta era la anotación más enigmática de todas. ¿Era «él» también «R.»? Y si así era, ¿por qué había que mantenerle en una dieta rigurosa? ¿y qué quería decir Luther Whateley con lo de controlar su tamaño? Ni en el material que Abner había manejado hasta el momento, ni en estas anotaciones, ni en los fragmentos de relatos que quedaban en el libro, ni en las cartas previamente consultadas, por ninguna parte aparecía la respuesta a estas preguntas. Apartó el libro y refrenó el impulso de quemarlo. Estaba exasperado, y su irritación no hacía más que crecer a medida que aumentaba en él la necesidad de conocer con urgencia el secreto inmerso en este viejo edificio.

Era ya muy tarde. Hacía mucho tiempo que la noche había caído. El inevitable clamor de las ranas y de las chotacabras había empezado de nuevo y llenaba toda la casa. Abner apartó momentáneamente de su pensamiento las anotaciones en apariencia inconexas que había estado leyendo. Todas las supersticiones de su familia le vinieron a la mente. Recordó especialmente aquellas en las que las ranas, las chotacabras y los búhos presagiaban la muerte. Por asociación de ideas, las ranas trajeron la imagen de la grotesca caricatura de un miembro del clan Marsh de Innsmouth, según la describía una de las cartas que Luther Whateley había conservado durante años. Con asombro, Abner se dio cuenta de que un pensamiento tan casual le sumía en la perplejidad. El croar de las ranas y de los sapos se volvía cada vez más insistente. Pero, como los batracios siempre habían abundado en Dunwich, no había forma de saber cuánto tiempo llevaban croando en torno a la vieja casa de los Whateley. Abner no pensó ni un solo instante que su llegada tuviera algo que ver con aquello. Lo achacaba a la proximidad del Miskatonic. A su juicio, la vieja zona pantanosa que lindaba con Dunwich en la otra orilla del río explicaba la presencia de tantas ranas.

La exasperación y la preocupación que le causaban las ranas se desvanecieron. Estaba cansado. Se levantó y puso el libro de Luther Whateley dentro de una de sus maletas, con la intención de llevárselo cuando se marchase y no deshacerse de él hasta arrancarle alguna deducción. En alguna parte tenía que existir una clave. Si era cierto que habían ocurrido espeluznantes acontecimientos en aquella zona, tenía que existir algo más completo que las anotaciones lacónicas de Luther Whateley. No se conseguiría nada con preguntar a la gente de Dunwich; Abner sabía que mantendrían un silencio absoluto ante un forastero como él, a pesar de su parentesco con muchos de los vecinos. Entonces pensó en los montones de periódicos, aún colocados fuera para ser quemados, y a pesar de su cansancio, empezó a repasar los montones del Aylesbury Transcript. Allí, de cuando en cuando, encontraba algún apartado relacionado con Dunwich.

Tras una hora de intensa búsqueda, recortó tres artículos de escasa entidad, pero que no habían aparecido en las secciones habituales reservadas a Dunwich. Corroboraban algunas de las anotaciones de Luther Whateley. El primero se titulaba: Animal salvaje mata ganado cerca de Dunwich.

«Algunas vacas y ovejas han sido degolladas en fincas de las afueras de Dunwich por lo que parece ser un animal salvaje. Las huellas dejadas en el lugar del suceso permiten suponer que se trata de una bestia de gran tamaño, pero el Profesor Bethnall, del Departamento de Antropología de la Universidad de Miskatonic, señala que no se puede descartar la presencia de manadas de lobos en el territorio salvaje que rodea Dunwich. Hasta ahora, y desde que el hombre se ha instalado en la Costa Este, por allí no se ha sabido nunca de ninguna bestia del tamaño que sugieren las huellas encontradas. Las autoridades del territorio están investigando.»

Por mucho que buscó, Abner no pudo encontrar ningún artículo que completase o ampliase esta información. Sin embargo, se tropezó con la historia de Ada Wilkerson.

«Una viuda, Ada Wilkerson, de 57 años de edad, que vivía sola a orillas del Miskatonic, cerca de Dunwich, puede haber sido víctima de un crimen vesánico hace tres noches. Al ver que no acudía a la cita que tenía en Dunwich con una amiga, ésta se hizo acompañar hasta el domicilio de la viuda. No encontraron huellas suyas. Sin embargo, la puerta de la casa había sido forzada y los muebles destrozados, como si se hubiese desarrollado una pelea. Por lo visto un fuerte hedor inundaba toda la casa. Hasta el momento de escribir este artículo, no se han vuelto a tener noticias sobre la señora Wilkerson.»

Los dos párrafos siguientes comunicaban que las autoridades no habían encontrado ningún rastro, ni ninguna explicación a la desaparición de la señora Wilkerson. Se volvió a mencionar la «gran bestia», así como las declaraciones del Profesor Bethnall sobre la posible existencia de una manada de lobos, pero nada más, pues la investigación había concluido y establecido que la señora Wilkerson no tenía ni dinero, ni enemigos, y que no existía nadie con motivos para matarla. Finalmente aparecía el relato de la muerte de Howard Willie, con este titular. Espantoso crimen en Dunwich.

«En algún momento de la noche del día veintiuno, Howard Willie, de 37 años, nacido en Dunwich, fue brutalmente despedazado cuando se dirigía a su casa después de haber ido a pescar en el Miskatonic. El señor Willie fue atacado a una distancia de una milla y media del molino de Luther Whateley, mientras caminaba por un camino arbolado. En el suelo aparecieron huellas que permiten afirmar que hubo una salvaje pelea. El pobre hombre fue vencido. Sus agresores debieron haberle literalmente despedazado, pues los únicos restos que se encontraron de la víctima consistían en su pie derecho, aún con el zapato puesto. No cabe duda de que había sido arrancado salvajemente de su pierna. Nuestro corresponsal en Dunwich nos comunica que las gentes del lugar están muy inquietas y viven en un estado de terror y de cólera. Existen sospechas de que ciertas personas conocidas puedan tener parte de culpa, aunque niegan rotundamente que alguien de Dunwich haya podido matar a Willie o a la señora Wilkerson, que desapareció hace dos semanas y de la que no se ha vuelto a saber nada.»

El relato concluía con algunos datos referentes a la familia de Willie. Luego, en posteriores ediciones del Transcript, sólo se mencionaba la ausencia de información sobre los sucesos de Dunwich, donde las autoridades y los periodistas tropezaron con un férreo muro de silencio; los vecinos se negaron en redondo a hacer el menor comentario sobre los recientes sucesos. Sin embargo, por algunos datos de la investigación que se filtraron a la prensa, era insistente la versión de que las huellas encontradas se perdían todas en las aguas del Miskatonic. Con eso, se sugería que si el responsable de la matanza de Dunwich era la misteriosa bestia, tenía que haber venido del río y haber vuelto al río. Era cerca de medianoche cuando Abner acabó ese último artículo. Pese a la hora tardía, amontonó de nuevo los periódicos que no le interesaban, guardó los tres recortes que había leído, y el resto lo sacó a la orilla del río y le prendió fuego. Con la hoguera anterior, había quemado una considerable extensión de hierba y como no había aire, los riesgos de incendio eran nulos. Abner pensó entonces que no era preciso quedarse para vigilar el fuego. Mientras se alejaba oyó de repente, por encima del ulular de las chotacabras y el croar de las ranas, ahora en un desesperado crescendo, el ruido que hace la madera al desgarrarse y romperse. Pensó inmediatamente en la ventana de la habitación cerrada, y volvió sobre sus pasos.

A la tenue luz que el fuego proyectaba sobre la casa, Abner entreveía la ventana, y le pareció que era más ancha que antes. ¿Podía ser que el molino entero y parte de la casa se estuviesen derrumbando? Entonces, en un instante, pudo ver una sombra amorfa que desaparecía tras la rueda del molino, y unos segundos después oyó un chapoteo en el agua. El croar de las ranas había adquirido un volumen tan intenso que no pudo oír nada más. Dispuesto a olvidarse de la sombra, la achacó al reflejo que las llamas proyectaban sobre la rueda. En cuanto al ruido del agua, podía haber sido producido por un banco de peces saltando en el agua. De todas formas, pensó que no estaría de más echar otra ojeada a la habitación de la tía Sarah. Volvió a la cocina, cogió la lámpara, y subió las escaleras. Al abrir la puerta, el fuerte hedor que emanaba de la habitación cerrada le produjo casi un desmayo. El olor del Miskatonic, de los pantanos, la fetidez de ese resbaladizo material que queda depositado entre las piedras y los escombros hundidos cuando las aguas del Miskatonic bajan de nivel, la mareante y violenta pestilencia que impregna la guarida de ciertos animales: todo esto se condensaba en la habitación cerrada.

Indeciso, Abner permaneció un momento de pie en el umbral. Pensó que el olor de la habitación podía haber entrado por la ventana abierta. Levantó la lámpara, de modo que la luz alumbrase más la parte superior de la pared, encima de la rueda del molino. A pesar de la distancia, vio inmediatamente que no sólo había desaparecido la ventana, sino también el marco. ¡Aun desde la puerta se notaba que el marco había sido roto desde el interior! Se echó hacia atrás y cerró la puerta de un portazo. Bajó las escaleras corriendo, mientras en su cabeza su esquema de raciocinio empezaba a derrumbarse.

V.
Abajo, intentó tranquilizarse. Después de todo, lo que había visto no era más que un detalle añadido a la proliferante acumulación de datos que parecían inconexos y en que tropezaba, una y otra vez, desde que llegó a casa del abuelo. Ahora, sin embargo, estaba convencido de que todos esos datos estaban relacionados entre sí, por muy inverosímil que esto le hubiera parecido hasta entonces. Y ahora lo único que necesitaba averiguar era qué hecho, qué elemento, los unía entre sí.

Se sentía muy perturbado, especialmente por la convicción de que poseía todos los datos que necesitaba, y sólo su rigor científico le impedía formular una primera suposición, establecer la premisa de la que se derivaban los hechos que se presentaban irrefutables. Todos sus sentidos le demostraban que algo -alguna bestia- habitaba en esa habitación. Era inimaginable pensar que los olores del exterior se condensaran en la habitación de la tía Sarah, y en cambio no se apreciasen fuera de la cocina o desde la ventana de su propia habitación. La costumbre de racionalizar sus pensamientos estaba fuertemente enraizada en él. Cogió la última carta de Luther Whateley, la que le era dirigida, y otra vez, la volvió a leer. Eso era lo que su abuelo había querido decir con «tú has recorrido mundo y has recopilado conocimientos suficientes como para permitirte mirar las cosas con mente inquisidora, sin la superstición de la ignorancia ni la superstición de la ciencia». ¿Estaba este rompecabezas, con todas sus horribles consecuencias, más allá de la racionalización?

El timbre del teléfono interrumpió bruscamente la escalada de su confuso razonamiento. Guardó la carta en su bolsillo, corrió hacia el hall, y levantó el auricular. La voz de un hombre chilló en la línea, entre un caos de voces inquisitivas, como si todo el mundo hubiese descolgado el auricular simultáneamente, a la espera, como Abner Whateley de alguna comunicación sobre nuevas tragedias. Una de las voces -todas eran desconocidas para Abner- identificó a la persona que llamaba.

-¡Es Luke Lang!
-Reunid a un grupo de hombres y venid en seguida -gritó Luke con voz ronca-. Está merodeando fuera, en la puerta, en las ventanas, intenta abrir.
-Luke, ¿qué es? -preguntó una voz de mujer.
-¡Oh Dios! No pertenece a este mundo. Da saltos como si fuese demasiado grande para poder moverse normalmente; parece gelatinoso. Pero date prisa, date prisa antes de que sea demasiado tarde. Cogió a mi perro...
-Deja la línea para que podamos llamar pidiendo ayuda -interrumpió otro.
Pero Luke nunca escuchó esto.
-Está empujando la puerta, está derribando la puerta...
-Luke, Luke. ¡cuelga el aparato!
-Está intentando forzar la ventana ahora -la voz de Luke Lang se transformó en un grito de terror-. Ha roto el cristal. ¡Dios! ¡Dios! ¿Es que no vais a venir? ¡Oh, esa mano! ¡Ese terrible brazo! ¡Dios! ¡Esa cara...!

La voz de Luke dejó de oírse tras un horrible chillido. Se oyó el ruido del cristal que se rompía y el crujir de la madera que se desgarraba, y luego la casa de Luke Lang quedó en silencio, al igual que, por unos instantes, la línea. Entonces las voces irrumpieron de nuevo en un tono de pánico y de furia.

-¡Hay que pedir ayuda!
-Nos encontraremos en la casa de Bishop.
Y alguien dijo:
-¡Ha sido cosa de Abner Whateley!

Mareado por el duro golpe y medio paralizado por la evidencia, Abner luchó para retirar el auricular y desconectarse de la algarabía de dementes concentrados en la línea telefónica. Lo logró pero no sin un gran esfuerzo. Confundido, molesto, atemorizado, se quedó un instante apoyado en la pared. Sus pensamientos se arremolinaban en torno a un mismo eje: los vecinos de Dunwich le hacían responsable y le culpaban por lo que había ocurrido. Y esa convicción general -lo intuía- se basaba en algo más que en la proverbial desconfianza del hombre del campo frente a cualquier forastero. No quería pensar en lo que le había ocurrido a Luke Lang y a los otros. La voz de Luke, empavorecida, agonizante, aún resonaba en sus oídos. Se alejó de la pared. Casi tropezaba con las sillas de la cocina. Permaneció un instante al lado de la mesa, sin saber qué hacer, pero a medida que su mente se iba aclarando, pensaba que lo más urgente era escapar. Pero estaba aprisionado entre el deseo de huir, y la obligación con Luther Whateley, que no había cumplido aún.

Había venido, había repasado las cosas del viejo -todo excepto los libros- había hecho los preparativos necesarios para que derribasen la parte del edificio que daba al molino. En cuanto a la casa, podía venderla a través de alguna agencia. En resumidas cuentas, su presencia aquí ya no era necesaria. Sin pensarlo dos veces, corrió a su habitación y volvió a introducir en la maleta cuanto había sacado de ella, además del libro de Luther Whateley. La cerró y salió en dirección al coche. Pero una vez instalado al volante, recapacitó y pensó que no tenía por qué huir. El no había hecho nada. Y no veía por qué tenía que recaer sobre él la menor culpa. Volvió a la casa. Todo estaba quieto, salvo el incesante e incansable coro de las ranas y de las chotacabras. Se quedó parado, sin saber qué hacer; entonces se sentó a la mesa y sacó, una vez más, la última carta de Luther Whateley.

La leyó de nuevo, despacio. ¿Qué había querido decir el viejo cuando, en su referencia a la locura de los Whateley, había dicho «No ha ocurrido lo mismo con todo lo que me ha pertenecido», aunque él se había librado de la locura? La abuela Whateley había muerto mucho antes de nacer Abner; su tía Julia había fallecido muy joven; su madre había llevado una vida intachable. Quedaba su tía Sarah. ¿Cuál había sido su locura entonces? Luther Whateley no podía referirse a nadie más. Sólo quedaba Sarah. ¿Qué había hecho para que la encerraran hasta su muerte? ¿Y qué pretendía con aquella orden a Abner para que matara cualquier cosa en la parte del molino, cualquier cosa viva? No importa su pequeñez. No importa su forma... ¿Incluso algo tan pequeño e inofensivo como un pequeño sapo? ¿Una araña? ¿Una mosca? Luther Whateley escribía en forma de acertijos, cosa que resultaba bastante irritante para un hombre inteligente. ¿O tal vez pensaba su abuelo que Abner era un esclavo de la superstición científica? Hormigas, arañas, moscas, diversas clases de insectos, ciempiés, todos ellos plagaban la parte vieja del molino; e indudablemente, en sus paredes también había ratones. ¿Esperaba Luther Whateley que su nieto exterminase todos estos bichos?

Detrás de él, de repente, el cristal de la ventana se hizo añicos y cayó al suelo, junto con otro objeto. Abner se puso de pie y dio media vuelta. Fuera se oían unos pasos que se alejaban a ritmo de carrera. Vio una piedra en el suelo, entre los cristales rotos. Había un trozo de papel atado alrededor con una cuerda. Abner lo cogió, rompió la cuerda y desplegó el papel. Se presentó a sus ojos una tosca letra: «¡Lárgate antes de que te maten!» El papel provenía de la tienda, así como la cuerda que lo ataba a la piedra. Más que una amenaza era una bien intencionada advertencia. Y era claramente obra de Tobías Whateley, pensó Abner. La tiró con desprecio sobre la mesa. Su cabeza era un auténtico revoltijo de pensamientos, pero llegó a la conclusión de que no era necesario huir precipitadamente. Se quedaría, no sólo para saber si sus sospechas acerca de Luke Lang eran ciertas -como si la evidencia del teléfono diese lugar a dudas-, sino también en un intento desesperado para descubrir la solución del acertijo que Luther Whateley había dejado tras de sí.

Apagó la luz y, a oscuras, se dirigió a su habitación; se echó en la cama sin desnudarse. No podía dormir. Intentaba ordenar sus pensamientos, encontrar un sentido a este cúmulo de datos, aferrado a su convicción de que existía un dato básico, clave de todos los demás, y que tenía que encontrarlo porque lo tenía delante de sí -había sido incapaz hasta el momento de reconocerlo e interpretarlo. Llevaba menos de media hora tumbado, cuando oyó, más fuerte que el coro de las ranas y de las chotacabras, un chapoteo que provenía del Miskatonic. El ruido se acercaba, como si una gran ola barriese las orillas. Se sentó para escuchar mejor. Pero el ruido también cambió, y éste, desgraciadamente, sí podía identificarlo: alguien intentaba trepar por la rueda del molino. Se levantó y salió del cuarto.

De la habitación cerrada provenía el ruido de un cuerpo pesado que se arrastraba y caía. Luego se oyó un curioso y entrecortado quejido, parecido al de un niño llamando desde lejos, y finalmente se restableció la calma y el silencio. Incluso el croar de las ranas pareció desvanecerse y morir.

Volvió a la cocina y encendió la lámpara. Proyectando la luz amarillenta de la lámpara hacia delante, Abner se dirigió lentamente escalera arriba, en dirección a la habitación cerrada. Andaba suavemente, despacio, sin hacer ruido. Al llegar a la puerta, escuchó. Al principio no oyó nada, pero al poco rato un susurro llegó a sus oídos. ¡Algo en aquella habitación respiraba!

Luchando contra el miedo, Abner puso la llave en la puerta. Abrió y levantó la lámpara. El asombro y el terror le paralizaron. Allí, agazapado en medio de la cama deshecha y tanto tiempo abandonada, se sentaba un monstruo, una criatura de piel dura, que no era ni hombre ni rana, ahíta de comida, con unos hilos de sangre que caían aún de sus mandíbulas batracias y goteaban entre sus dedos palmípedos. Era una cosa monstruosa que tenía unos brazos largos y fuertes, que salían de su cuerpo bestial como las patas anteriores de una rana, y terminaban en algo que, de no ser por las membranas que unían los dedos entre sí, hubieran podido ser unas manos humanas.

La escena no duró más que unos breves instantes. Entonces, con un gruñido enfurecido -«Eh-ya-ya-ya-yaa-haah-ngh'aaa-h'yuh-h'yuh»-, el gigantesco monstruo se levantó y se abalanzó sobre Abner.

Su reacción fue instantánea, nacida de una terrible y explosiva revelación. Lanzó la lámpara llena de petróleo hacia el monstruo que se echaba sobre él. El fuego envolvió a la bestia. Se detuvo y empezó a tocarse desesperadamente el cuerpo ardiendo, sin percatarse de las llamas que surgían de la cama, detrás de ella, y en el suelo de la habitación. Al mismo tiempo, el timbre de su voz varió, y de profundo gruñido se transformó en un escalofriante gemido: «¡Mama-mama-ma-aa-ma-aa-ma-aah!»»

Abner cerró la puerta y salió corriendo.

Bajó las escaleras, tropezando, cruzó apresuradamente las habitaciones de abajo; con el corazón latiendo locamente, salió de la casa. Medio cegado por el miedo, se metió en el coche, dio al contacto, y se alejó de ese maldito lugar del que ya salía humo, mientras las llamas se extendían por la armazón de madera de la casa y empezaban a reflejar su rojizo color en el cielo. A través de Dunwich, por el puente cubierto, conducía como un poseso. Mantenía los ojos entrecerrados, como para borrar para siempre la escena que había presenciado, mientras las oscuras montañas parecían querer atraparlo y el coro de las ranas y de las chotacabras se burlaba de él. Pero nada podía borrar esta definitiva y fulgurante revelación que se había grabado en su mente. Ahora sabía que la clave la había tenido todo el tiempo, pese a que no lograra reconocerla, en sus propios recuerdos y en las anotaciones de Luther Whateley. A esa nueva luz, todas las piezas del rompecabezas se ensamblaban y todo cobraba su pleno sentido. La carne cruda que subían a la habitación y que Abner, de niño, creía que la tía Sarah preparaba en su cuarto, en realidad estaba destinada a ser comida cruda. La corta e incomprensible nota sobre «R.» que «por fin» había vuelto después de su escapada, implicaba que había regresado al único hogar que «R.» conocía. También entre las aparentemente inconexas anotaciones de su abuelo, la mención de las desapariciones de vacas, ovejas y otros animales aclaraba ampliamente esa otra referencia de Luther Whateley a «R.» ya que «el tamaño está en proporción con la cantidad de comida», y explicaba también lo que significaba otra nota que decía: «habrá que mantenerle en una dieta rigurosa y un tamaño controlable» -¡como la gente de Innsmouth!- «controlado» hasta casi extinguirse tras la muerte de Sarah. Entonces Luther pensó que, dejando a la criatura encerrada sin comida en la habitación, acabaría por matarla irremisiblemente. Sin embargo, ante la duda de que aquello fuera imposible ordenó a Abner que matara «cualquier cosa viva» que pudiera encontrar en el cuarto. La cosa que Abner había liberado sin darse cuenta al romper las ventanas y contraventanas, la había liberado para que buscase su propia comida y volviese a crecer endiabladamente, al principio con peces del Miskatonic, luego con pequeños animales, luego ganado, y finalmente con seres humanos. Esa cosa que era mitad batracio mitad ser humano, pero lo suficiente humana como para regresar al único hogar que conocía y llamar aterrorizada a su madre ante el terrible desenlace, la cosa que había nacido de la unión no bendita de Sarah Whateley y Ralsa Marsh, llena de sangre, el monstruo que merodearía para siempre en la mente de Abner Whateley. ¡Su primo Ralsa, obligado a permanecer en la vieja casa por el deseo férreo de su abuelo, en lugar de haber sido soltado hace tiempo al mar para que se uniese a los Profundos entre los súbditos de Dagon y del Gran Cthulhu!