lunes, 18 de julio de 2011

LOS MISTERIOS DEL GUSANO



En su antología El umbral de la noche (1978) el escritor estadounidense Stephen King incluyó el relato Los misterios del gusano, un homenaje a uno de sus maestros, Lovecraft.No sólo el título alude al creador de los Mitos de Cthulhu (el célebre libro ficticio De Vermis Mysteriis, de Ludvig Prinn), sino todo el argumento gira en torno a su obra.Escrito en forma de diarios y cartas muy similar a Drácula de Bram Stoker, conocemos la historia solo a través de los escritos dejados por los personajes. El relato narra la historia de un hombre del siglo XIX que se muda a una casa heredada a Portland,Maine,solo para darse cuenta de que la gente teme a dicha mansión y de que cosas horribles rondan alrededor y dentro de ella. Poco a poco descubre que esas "cosas" fueron provocadas por sus propios antepasados que habitaron en la misma vivienda y deberá terminar con ellas.Como se puede comprobar, un relato muy al estilo de Lovecraft.




LOS MISTERIOS DEL GUSANO

STEPHEN KING



2 de octubre de 1850

Querido Bones:

Fue estupendo entrar en el frío vestíbulo de Chapelwaite, poblado de corrientes de aire, con todos los huesos doloridos a causa del viaje en ese abominable carruaje, ansioso por desahogar inmediatamente mi vejiga distendida... Y ver sobre la obscena mesita de madera de guindo vecina a la puerta una carta en la que aparecían escritas mis señas con tus inimitables garabatos. Te aseguro que me dediqué a descifrarla apenas me hube ocupado de las necesidades de mi cuerpo (en un frío y decorado cuarto de baño de la planta baja donde veía cómo el aliento se remontaba delante de mis ojos).

Me alegra la noticia de que te has recuperado de las miasmas que te habían atacado hace tanto tiempo los pulmones, aunque te aseguro que comprendo el dilema moral que te ha creado el tratamiento. ¡Un abolicionista enfermo, que se cura en el clima soleado del territorio esclavista de Florida! Pese a ello, bones, este amigo que también ha marchado por el valle de las sombras, te pide que te cuides y que no vuelvas a Massachussets hasta que el organismo te lo autorice. Tu inteligencia sutil y tu pluma incisiva no nos servirán si te reduces a arcilla, y si el Sur es el lugar ideal para tu curación, ¿no te parece que hay en ello un elemento de justicia poética?

Sí, la casa es tan bella como me habían dicho los albaceas de mi primo, pero bastante más siniestra. Se levanta sobre un colosal promontorio situado unos trece kilómetros al norte de Pórtland. Detrás de ella se extiende un parque de alrededor de hectárea y media, donde la Naturaleza ha vuelto a imponerse con increíble ferocidad: enebros, malezas, arbustos y muchas variedades de enredaderas que trepan, exuberantes, por los pintorescos muros de piedra que separan la propiedad del territorio municipal. Unas espantosas imitaciones de estatuas griegas espían ciegamente entre el follaje, desde lo alto de varias lomas, y en la mayoría de los casos parecen a punto de abalanzarse sobre el caminante. Los gustos de mi primo Stephen parecían recorrer toda la gama que va desde lo inaceptable hasta lo francamente horroroso. Hay una extraña glorieta casi sepultada en zumaques escarlatas y un grotesco reloj de sol en medio de lo que antaño debió de ser un jardín. Éste constituye el último toque lunático.

Pero el paisaje que se divisa desde la sala compensa con creces todo lo demás. Se domina un vertiginoso panorama de las rocas que se levantan al pie de chapelwaite Head, y también del Atlántico. Un inmenso ventanal combado se abre sobre este espectáculo y junto a él descansa un enorme escritorio inflado como un escuerzo. Será un buen lugar para dar comienzo a esa novela de la que te he hablado durante tanto tiempo (sin duda hasta hartarte).

Hoy tenemos un día gris, con lluvia intermitente. Cuando miro hacia fuera, todo parece un estudio en color pizarra: las rocas, viejas y desgastadas como el Tiempo mismo; el cielo; y, por supuesto, el mar, que se estrella contra las fauces graníticas de abajo con un ruido que más que ruido es como una vibración. Mientras escribo, las olas repercuten bajo mis pies. La sensación no es totalmente desagradable.

Sé que desapruebas mis hábitos de hombre solitario, querido Bones, pero te aseguro que me siento bien y dichoso. Calvin me acompaña, tan práctico, silencioso y confiable como siempre, y estoy seguro de que a mitad de semana, entre ambos habremos puesto las cosas en orden y habremos concertado un acuerdo para que nos envíen desde el pueblo todo lo que necesitamos. Además, habremos contratado una legión de criadas que se encargarán de quitar el polvo de esta casa.

Es hora de poner punto final. Todavía tengo que ver muchas cosas, tengo que explorar muchas habitaciones, y sin duda estos delicados ojos deberán posarse aún sobre un millar de muebles execrables. Nuevamente te agradezco el toque familiar que me trajo tu carta, y tu permanente afecto.

Cariños a tu esposa de quien os quiere a ambos.

Charles

6 de octubre de 1850



Querido Bones:

¡Qué lugar tan extraño es éste!

Continúa maravillándome, lo mismo que la reacción de los habitantes de la aldea vecina ante mi presencia en la casa. Dicha aldea es un lugar insólito, que ostenta el pintoresco nombre de Preacher’s Corners, o sea, esquinas de los predicadores. Fue allí donde Calvin se aseguró el envío de las provisiones semanales. También hizo otra diligencia, que consistió en comprar una cantidad de leña que creo nos bastará para todo el invierno. Pero Cal volvió con un talante lúgubre, cuando le pregunté qué le sucedía respondió hoscamente:

—¡Piensan que usted está loco, señor Boone!

Me reí y dije que quizás habían oído hablar del acceso de fiebre encefálica que había sufrido después de la muerte de mi Sarah... Claro que entonces divagaba como un demente, como tú bien puedes atestiguarlo.

Pero Cal replicó que lo único que sabían acerca de mi persona era lo que había contado mi primo Stephen, quien había utilizado los mismos servicios que yo acabo de contratar.

—Lo que dijeron, señor, es que en Chapelwaite sólo puede vivir un lunático o alguien que se arriesga a enloquecer.

Esto me dejó perplejo, como te imaginarás, y le pregunté quién le había dado esa asombrosa información. Me contestó que le habían puesto en contacto con un huraño y bastante embrutecido plantador llamado Thompson, que posee cien hectáreas pobladas de pinos, abedules y abetos, y que los corta con la ayuda de sus cinco hijos para venderlos a los aserraderos de Pórtland y a las familias de la comarca.

Cuando Cal, que desconocía su raro prejuicio, le informó a dónde debía transportar la lepa, Thompson le miró boquiabierto y dijo que enviaría a sus hijos con la madera, en pleno día, y por el camino que bordea el mar.

Calvin, que aparentemente confundió mi desconcierto con aflicción, se apresuró a aclarar que el hombre apestaba a whisky barato y que luego se había explayado en una serie de desvaríos acerca de una aldea abandonada y las relaciones de mi primo Stephen... ¡con los gusanos! Calvin cerró el trato con uno de los hijos de Thompson que, según parece, se mostró bastante insolente y tampoco estaba demasiado sobrio ni olía bien. Creo que en la misma aldea de Preacher’s Corners se produjeron algunas reacciones análogas, por ejemplo en el almacén donde Cal habló con el propietario, aunque allí el tono fue más confidencial.

Nada de esto me ha inquietado mucho. Ya sabemos que a los rústicos les encanta enriquecer sus vidas con los aires del escándalo y el mito, y supongo que el pobre Stephen y su rama de la familia fueron un blanco adecuado. Como le dije a cal, un hombre que encontró la muerte al caer prácticamente desde el porche de su casa es un excelente candidato para inspirar habladurías.

La casa no cesa de despertar mi asombro. ¡Veintitrés habitaciones, Bones! Los paneles de madera que recubren las plantas superiores y la galería de cuadros están un poco mohosos pero conservan su grosor. Mientras me hallaba en el dormitorio de mi difunto primo, arriba, oí las ratas que correteaban detrás de esos paneles, y deben de ser muy grandes, a juzgar por el ruido que hacen..., casi como si se tratara de pisadas de seres humanos. No me gustaría toparme con una de ellas en la oscuridad. Ni, a decir verdad, en plena luz. De todas formas, no he visto cuevas ni excrementos. Es curioso.

A lo largo de la galería superior se alinean unos feos retratos cuyos marcos deben de valer una fortuna. Algunos de esos rostros tienen un aire de semejanza con Stephen, tal como yo lo recuerdo. Creo haber identificado a mi tío Henry Boone y a su esposa Judith, pero los otros no despiertan en mí ninguna evocación. Supongo que uno de ellos puede ser el de mi famoso abuelo, Robert. Pero la rama de la familia de la que forma parte Stephen me resulta prácticamente desconocida, cosa que lamento de todo corazón. Estos retratos, a pesar de su escasa calidad, reflejan el mismo buen humor que chispeaba en las cartas que Stephen nos escribía a Sarah y a mí, la misma irradiación de refinada inteligencia. ¡Qué estúpidas son las razones por las cuales riñen las familias! Un escritorio desvalijado, unas injurias intercambiadas entre hermanos que han muerto tres generaciones atrás y se produce un distanciamiento injustificado entre descendientes inocentes. No puede dejar de alegrarme de que tú y John Petty consiguierais comunicaros con Stephen cuando todo parecía indicar que yo seguiría a mi Sarah al otro mundo..., al mismo tiempo que me apena que el azar nos haya privado de un encuentro personal. ¡Cómo me habría gustado oírle defender las estatuas y los muebles ancestrales!

Pero no me dejes denigrar exageradamente esta casa. Es cierto que el gusto de Stephen no coincide con el mío, mas debajo de sus agregados superpuestos hay auténticas obras maestras (algunas de ellas cubiertas por fundas en las habitaciones superiores). Hay camas, mesas, y pesadas tallas oscuras en teca y caoba, y muchos de los dormitorios y antecámaras, el estudio de arriba y una salita, tienen un austero encanto. Los pisos son de sólido pino y lucen con un resplandor íntimo y secreto. Aquí encuentro dignidad, dignidad y el peso de los años. Aún no puedo decir que me gusta, pero sí me inspira respeto. Y estoy ansioso por ver cómo el lugar se transforma a medida que pasamos por los cambios de este clima septentrional.

¡Qué prisa, Señor! Escribe pronto, Bones. Háblame de tus progresos y cuéntame qué noticias tienes de Petty y los demás. Y por favor no cometas el error de inculcar tus ideas en forma demasiado compulsiva a tus nuevas amistades sureñas... Entiendo que allí no todos se conforman con responder sólo con la boca, como lo hace nuestro locuaz amigo, el señor Clhoun.

Afectuosamente,

Charles

16 de octubre de 1850



Querido Richard:

Hola, ¿cómo estás? He pensado muchas veces en ti desde que me instalé aquí, en Chapelwaite, y no perdía la esperanza de recibir noticias tuyas... ¡pero ahora Bones me comunica por tu carta que olvidé dejar mis señas en el club! Puedes estar seguro de que de todas maneras te habría escrito, porque a veces me parece que mis auténticos y leales amigos son lo único seguro y absolutamente normal que me queda en el mundo. ¡Y, ay Dios, cómo nos hemos dispersado! Tú estás en Boston, y escribes consecuentemente en The Liberator (al que, te advierto, también le he enviado mi dirección). Hanson está en Inglaterra, en una de sus condenadas correrías, y el pobre viejo Bones está en la mismísima guarida del león curando sus pulmones.

Aquí todo marcha bien, dentro de los límites de lo previsible, y no dudes que te suministraré una reseña completa cuando no esté tan apremiado por lo que ocurre a mi alrededor. En verdad creo que algunos hechos que se han sucedido en Chapelwaite y en la comarca circundante estimularían tu sensibilidad jurídica.

Pero entretanto debo pedirte un favor, si es que puedes dedicarme un poco de tiempo. ¿Recuerdas al historiador que me presentaste en la cena que organizó Clary para recaudar fondos para la causa? Creo que se llama Bigelow. Sea como fuere, comentó que su hobby consistía en reunir leyendas históricas sobre la región donde estoy viviendo. El favor que te pido, pues, es el siguiente: ¿Puedes ponerte en contacto con él y preguntarle qué datos, testimonios folklóricos o rumores generales ha recogido, si es que ha recogido alguno, acerca de una pequeña aldea abandonada cuyo nombre es JERUSALEM’S LOT, próxima al pueblo denominado Preacher’s Corners, sobre el Royal River? Este río es tributario del Androscoggin, y vierte sus aguas en él aproximadamente dieciocho kilómetros antes de su desembocadura en las cercanías de Chapelwaite. Me complacería mucho recibir esta información que, sobre todo, podría tener bastante importancia.

Al releer esta carta siento que he sido un poco parco contigo, Dick, y lo lamento sinceramente. Pero puedes estar seguro de que pronto seré más explícito, y hasta que llegue ese momento os envío mis saludos más cordiales a tu esposa, a tus dos maravillosos hijos y, por supuesto, a ti.

Afectuosamente,

Charles

16 de octubre de 1850



Querido Bones:

Debo contarte una historia que nos parece un poco extraña (e incluso inquietante) a Cal y a mí... Veremos qué opinas tú. ¡En el peor de los casos, te servirá para distraerte mientras lidias con los mosquitos!

Dos días después de que te hube enviado mi última carta, llegó aquí un grupo de cuatro jovencitas de Corners, supervisadas por una dama madura, de aspecto intimidatoriamente idóneo: la señora Cloris. Venían a poner la casa en orden y a eliminar el polvo que me hacía estornudar constantemente. Todas parecían un poco nerviosas mientras realizaban sus faenas. Incluso, una damisela arisca lanzó un gritito cuando entré en la salita de arriba mientras ella limpiaba.

Le pedí una explicación a la señora Cloris (que quitaba el polvo del vestíbulo con una implacable tenacidad que te habría asombrado, con el cabello protegido por un pañuelo desteñido) y ella se volvió hacia mí con aire resuelto.

—No les gusta la casa, señor, y a mí tampoco, porque siempre ha sido un lugar siniestro.

Cuando oí tan inesperado aserto se me desencajó la mandíbula, y la mujer prosiguió con un tono más amable:

—No quiero decir que Stephen Boone no fuese una excelente persona, porque lo era. Mientras vivió aquí le limpiaba la casa todos los jueves, así como antes había estado al servicio de su padre, el señor Randolph Boone, hasta que él y su esposa fallecieron en 1816. El señor Stephen era un hombre bueno y afable, como parece serlo usted, señor (y le ruego que disculpe mi tono tan directo, pero no sé hablar de otro modo), mas la casa es siniestra y siempre lo ha sido, y ningún Boone ha sido dichoso en ella desde que su abuelo Robert y el hermano de éste, Philip, riñeron en 1789 [al decir esto hizo una pausa casi culpable] por un robo.

¡Qué memoria tiene la gente, Bones!

La señora Cloris continuó:

—La casa fue construida en una atmósfera de desdicha, ha sido habitada en una atmósfera de desdicha [no sé si sabes o no, Bones, que mi tío Randolph estuvo implicado en un accidente, en la escalera del sótano, que le costó la vida a su hija Marcella, y después él se suicidó en un acceso de remordimiento. Stephen me contó el episodio en una de sus cartas, en la triste circunstancia del cumpleaños de su difunta hermana], y en ella se han producido desapariciones y accidente.

He trabajado aquí, señor Boone, y no soy ciega ni sorda. He oído ruidos espantosos en las paredes, señor, ruidos espantosos: golpes y crujidos y una vez un extraño aullido que era mitad risa. Aquello me congeló la sangre. Éste es un lugar sórdido, señor.

Al decir esto calló, quizá tenía miedo de haberse excedido.

En cuanto a mí, no sabía si sentirme ofendido o divertido, curioso o sencillamente indiferente. Temo que la socarronería se impuso sobre mis otros sentimientos.

—¿Y qué sospecha, señora Cloris? ¿Que los fantasmas hacen rechinar las cadenas?

Pero ella se limitó a dirigirme una mirada enigmática.

—Es posible que haya fantasmas. Pero no en las paredes. No son fantasmas los que aúllan y sollozan como condenados y chocan y tropiezan en la oscuridad. Son...

—Vamos, señora Cloris –la azucé—. Si ha llegado hasta este punto, ¿por qué no completa lo que empezó?

En su rostro asomó la expresión más rara de terror, resentimiento y, lo juraría, respeto religioso.

—Algunos no mueren –susurró—. Algunos viven en las sombras crepusculares, entre los dos mundos, para servirlo... ¡a Él!

Y eso fue todo. Seguí acosándola con mis preguntas durante unos minutos, pero ella se empecinó aún más y se resistió a agregar una palabra. Por fin desistí, temiendo que recogiera sus trastos y abandonara la casa.

Éste fue el fin de un incidente, pero a la noche siguiente se suscitó otro. Calvin había encendido la chimenea, en la planta baja, y yo estaba sentado en la sala, aletargado sobre un ejemplar de The Intelligencer y oyendo el ruido que producían las trombas de lluvia al azotar el amplio ventanal. Me sentía tan a gusto como sólo puedes sentirte en una noche como ésa, cuando fuera reina la inclemencia y dentro todo es tibieza y comodidad. Pero Cal apareció un momento después en la puerta, excitado y un poco nervioso.

—¿Está despierto, señor? –preguntó.

—Apenas –respondí—. ¿Qué sucede?

—Arriba he descubierto algo que creo que usted debería ver –explicó, con el mismo aire de excitación reprimida.

Me puse en pie y le seguí. Mientras subíamos por la ancha escalera, Calvin dijo:

—Estaba leyendo un libro en el estudio de arriba, un lugar bastante extravagante, cuando oí un ruido en la pared.

—Ratas –comenté—. ¿Eso es todo?

Se detuvo en el rellano y me miró solemnemente. La lámpara que tenía en la mano proyectaba sombras estrafalarias y acechantes sobre las cortinas oscuras y sobre fragmentos de retratos que ahora parecían hacer muecas en lugar de sonreír. Fuera, el viento aumentó de intensidad hasta trocarse en un breve alarido y después amainó renuentemente.

—No son ratas –dictamió Cal—. De detrás de los anaqueles brotaba una especie de ruido torpe y sordo, seguido por un gorgoteo. Horrible, señor. Y algo arañaba la pared, como si tratara de salir..., ¡de echarse sobre mí!

Te imaginarás mi sorpresa. Bones. Calvin no es propenso a las fantasías histéricas. Empecé a pensar que aquí hay un misterio, al fin y al cabo..., y quizás un misterio realmente pasmoso.

—¿Qué ocurrió, después? –le pregunté.

Habíamos reanudado la marcha por el pasillo, y vi que la luz del estudio se derramaba sobre el piso de la galería. Lo miré con cierto sobresalto: la noche ya no me parecía tan confortable.

—Los arañazos cesaron. Al cabo de un momento se repitieron los ruidos sordos, deslizantes, esta vez alejándose de mí. Hicieron un alto, ¡y juro que escuché una risa extraña, casi inaudible! Me acerqué a la biblioteca y empecé a tirar, pensando que quizás había un tabique, o una puerta secreta.

—¿Encontraste alguna?

Cal se detuvo en el umbral del estudio.

—No... ¡Pero hallé esto!

Entramos y vi un agujero negro y cuadrangular en el anaquel de la izquierda. Allí los libros no eran tales sino imitaciones, y lo que Cal había descubierto era un pequeño escondite. Alumbré su interior con la lámpara y no vi más que una espesa capa de polvo, que debía de haberse acumulado durante década.

—Sólo contenía esto –dijo Cal parsimoniosamente, y me entregó un folio amarillento.

Era un mapa, dibujado con trazos aracnoideos de tinta negra, el mapa de un pueblo o una aldea. Había quizá siete edificios, y uno, nítidamente marcado con un campanario, ostentaba esta leyenda al pie: El Gusano Que Corrompe.



En el ángulo superior izquierdo, una flecha señalaba hacia lo que debería haber sido el noroeste de la aldehuela. Debajo de ella estaba escrito: Chapelwaite.



—En el pueblo, señor –dijo Calvin—, alguien mencionó con aire bastante supersticioso una aldea abandonada que se llama Jerusalem’s Lot. Es un lugar que todo el mundo elude.

—¿Y esto? –pregunté, mostrando la extraña leyenda que figuraba al pie del campanario.

—Lo ignoro.

Por mi mente cruzó el recuerdo de la señora Cloris, inflexible pero asustada.

—El Gusano... –murmuré.

—¿Sabe algo, señor Boone?

—Quizá... Sería divertido salir mañana hacia esta aldea, ¿no te parece, Cal?

Hizo un ademán afirmativo, con los ojos brillantes. Después pasamos casi una hora buscando una abertura en la pared, detrás del compartimiento que había descubierto Cal, pero fue en vano. Tampoco se repitieron los ruidos de los que había hablado Cal.

Esa noche nos acostamos sin más incidentes.

A la mañana siguiente Calvin y yo iniciamos nuestra expedición por el bosque. La lluvia de la noche había cesado, pero el cielo estaba oscuro y encapotado. Vi que Cal me miraba dubitativamente, y me apresuré a asegurarle que si me cansaba, o si la caminata se prolongaba demasiado, no vacilaría en desistir. Llevábamos con nosotros los víveres adecuados para un picnic, una excelente brújula <> y, por supuesto, el singular y antiguo mapa de Jerúsalem’s Lot.

Era un día raro y melancólico. Mientras avanzábamos hacia el Sur y el Este por el espeso y tenebroso bosque de pinos no oímos el gorjeo de ningún pájaro ni observamos el movimiento de ningún animal. El único ruido era el de nuestras pisadas y el rítmico romper de las olas contra los acantilados. El olor del mar, de una intensidad casi sobrenatural, nos acompañó constantemente.

No habíamos recorrido más de tres kilómetros cuando encontramos un camino cubierto de vegetación, de esos que según creo reciben la denominación de <>. Seguía más o menos el mismo rumbo que nosotros y nos internamos por él, acelerando el paso. Hablábamos poco. La jornada, estática y ominosa, pesaba sobre nuestro espíritu.

Aproximadamente a las once oímos el ruido de un torrente. Los vestigios del camino torcieron de repente hacia la izquierda, y del otro lado del arroyuelo turbulento, gris, surgió, como una aparición, Jerusalem’s Lot.

El arroyo tenía quizá dos metros y medio de ancho y era atravesado por un puente para peatones cubierto de musgo. Del otro lado, Bones, se levantaba la aldehuela más perfecta que puedas imaginar, lógicamente deslucida por la intemperie, pero asombrosamente conservada. Varias casas, construidas en el estilo austero pero imponente por el que los puritanos conquistaron justa fama, se apiñaban junto al escarpado barranco. Más allá, flanqueando una calle poblada de malezas, se levantaban tres o cuatro edificios que quizá correspondían a las primitivas tiendas, y más lejos aún, se alzaba hacia el cielo gris el campanario marcado en el mapa, indescriptiblemente tétrico con su pintura descascarada y su cruz herrumbrada, ladeada.

—Jerusalem’s Lot. El destino de Jerusalén –comentó Cal en voz baja—. Han elegido bien el nombre.

Nos encaminamos hacia la aldea y empezamos a explorarla... ¡Y aquí es donde mi relato se torna un poco extravagante, Bones, de modo que prepárate!

Cuando marchamos entre los edificios la atmósfera nos pareció pesada. O cargada, si te parece mejor. Las construcciones estaban decrépitas, con los postigos desquiciados y los techos vencidos bajo el peso de las copiosas nevadas que habían tenido que soportar. Las ventanas polvorientas remedaban muecas maliciosas. Las sombras de las esquinas irregulares y los ángulos combados parecían agazaparse en charcas siniestras.

Primeramente visitamos una antigua taberna descalabrada, porque por algún motivo no nos pareció correcto invadir una de las casas donde la gente se había refugiado en busca de intimidad. Un viejo cartel emborronado por los elementos y atravesado sobre la puerta astillada, anunciaba que ésa había sido la BOAR’S HEAD INN AND TAVERN. La puerta chirrió con gran estridencia sobre la única bisagra que le quedaba, y entramos en el recinto sombrío. El olor de descomposición y moho estaba volatilizado y era casi insoportable. Y debajo de él parecía flotar otro aún más concentrado, un hedor viscoso y pestilente, una fetidez que era producto de los siglos y de su corrupción. Era un tufo semejante al que podría desprenderse de ataúdes putrefactos o tumbas profanadas. Me llevé el pañuelo a la nariz y Cal hizo otro tanto. Inspeccionamos el local.

—Válgame Dios, señor... –musitó Cal.

—No ha sido tocado jamás –dije, completando su frase.

Y en verdad no lo había sido. Las mesas y las sillas estaban apostadas como centinelas espectrales, polvorientas, combadas por los cambios de temperatura que han hecho célebre el clima de Nueva Inglaterra, pero por lo demás en perfectas condiciones..., como si hubieran esperado durante décadas silenciosas y reiteradas que quienes se habían ido hacía mucho tiempo volvieran a entrar, pidiendo a gritos una jarra de cerveza o un vaso de aguardiente, para luego tomar los naipes y encender una pipa de arcilla. Junto al reglamento de la taberna había un espejito, intacto. ¿Entiendes lo que quiero decir, Bones? Los niños son famosos por sus exploraciones y sus actos de vandalismo. No hay una sola casa <> que tenga las ventanas intactas, aunque corra el rumor de que está ocupada por seres macabros y feroces. No hay un solo cementerio tenebroso donde los jóvenes bromistas no hayan derribado por lo menos una lápida. Ciertamente debía de haber una veintena de gamberros de Preacher’s Corners, que estaba a menos de tres kilómetros de Jerusalem’s Lot. Y sin embargo el espejo del tabernero (que debía de haber costado bastante) seguía intacto..., lo mismo que otros elementos frágiles que exhumamos durante nuestros huroneos. Los únicos deterioros que se observaban en Jerusalem’s Lot habían sido causados por la Naturaleza impersonal. La connotación era obvia; Jerusalem’s Lot ahuyentaba a la gente. ¿Pero por qué? Tengo una hipótesis, pero antes de atreverme siquiera a insinuarla, debo llegar a la inquietante conclusión de nuestra visita.

Subimos a los aposentos y encontramos las camas tendidas, con las jofainas de peltre pulcramente depositadas junto a ellas. La cocina también estaba indemne, únicamente alterada por el polvo de los años y por ese horrible y ubicuo hedor de putrefacción. La taberna habría sido un paraíso para cualquier anticuario: el artefacto fabulosamente estrafalario de la cocina habría alcanzado, por sí solo, un precio exorbitante en una subasta de Boston.

—¿Qué opinas, Cal? –pregunté, cuando volvimos a salir a la incierta luz del día.

—Creo que éste es un mal asunto, señor Boone –respondió con su tono melancólico—, y pienso que tendremos que ver más para saber más.

Prestamos poca atención a los otros locales: había una fonda con mohosos artículos de cuero colgados de ganchos herrumbrados, una mercería, un almacén donde todavía se apilaban las tablas de roble y pino, una herrería.

Mientras nos dirigíamos hacia la iglesia situada en el centro de la aldea, entramos en dos casas. Ambas, de perfecto estilo puritano, estaban llenas de objetos por los que un coleccionista hubiera dado su brazo, y además ambas estaban abandonadas e impregnadas de la misma pestilencia putrefacta.

Allí nada parecía vivir o moverse, excepto nosotros dos. No vimos insectos ni pájaros. Ni siquiera una telaraña tejida en el ángulo de una ventana. Sólo polvo.

Por fin llegamos a la iglesia. Se alzaba sobre nosotros, hosca, hostil, fría. Sus ventanales estaban ennegrecidos por las sombras interiores, y hacía mucho tiempo que habían perdido todo vestigio de divinidad o santidad. De ello estoy seguro. Subimos por la escalinata y apoyé la mano sobre el gran tirador de hierro. Calvin y yo intercambiamos una mirada decidida, lúgubre. Abrí la puerta. ¿Cuánto tiempo hacía que no la tocaban? Me atrevería a afirmar que yo era el primero que lo hacía en cincuenta años, o quizá más. Los goznes endurecidos por la herrumbre chirriaron cuando la abrí. El olor de podredumbre y descomposición que nos ahogó era casi palpable. Cal cuto arcadas y volvió involuntariamente la cabeza para respirar aire fresco.

—Señor –dijo—, ¿está seguro de que...?

—Me siento bien –respondí con tono tranquilo.

Pero mi serenidad era fingida, Bones. No estaba tranquilo, como no lo estoy ahora. Creo, igual que Moisés, que Joroboam, que Increase Mather, y que nuestro propio Hanson (cuando está de humor filosófico) que hay lugares espiritualmente aviesos, edificios donde la leche del cosmos se ha puesto agria y rancia. Esta iglesia es uno de esos lugares. Podría jurarlo.

Entramos en un largo vestíbulo equipado con un perchero polvoriento y con anaqueles llenos de libros de oraciones. No había ventanas. De trecho en trecho había lámparas de aceite empotradas en nichos. Un recinto vulgar, pensé, hasta que oí la exclamación ahogada de Calvin y vi lo que él había visto.

Era una obscenidad.

Me resisto a describir ese cuadro primorosamente enmarcado, y sólo diré que estaba pintado en el estilo opulento de Rubens, que se trataba de una grotesca parodia de la Madona y el niño, y que unas criaturas extrañas, parcialmente envueltas en sombras, retozaban y se arrastraban por el fondo.

—Dios mío –susurré.

—Aquí no está Dios –contestó Calvin, y sus palabras parecieron quedar flotando en el aire.

Abrí la puerta que conducía a la iglesia propiamente dicha, y el olor se convirtió en una miasma casi asfixiante.

Bajo la media luz reverberante de la tarde, los bancos se extendían, fantasmales, hasta el altar. Sobre ellos se elevaba un alto púlpito de roble y un retablo penumbroso en el que refulgía el oro.

Calvin, ese devoto protestante, se persignó con un débil sollozo, y yo le imité. Porque el elemento de oro era una gran cruz, bellamente..., pero que colgaba invertida, simbolizando la Misa de Satán.

—Debemos sonservar la calma –me oí decir—. Debemos conservar la calma, Calvin. Debemos conservar la calma.

Sin embargo, una sobra había aleteado sobre mi corazón, y estaba más asustado que nunca lo había estado antes en mi vida. He marchado bajo el palio de la muerte y pensaba que no había ningún otro más negro. Pero lo hay. Sí que lo hay.

Avanzamos por la nave, oyendo el eco de las pisadas sobre nuestras cabezas y alrededor de nosotros. Las huellas de nuestro calzado quedaban marcadas sobre el polvo. Y en el altar encontramos otros tenebrosos objects d’art. Pero no quiero volver a pensar en ellos.

Empecé a subir al púlpito

—¡No, señor Boone! –exclamó súbitamente Cal—. Tengo miedo...

Mas ya había llegado. Un libro inmenso descansaba abierto sobre el atril. Estaba escrito en latín y en un jeroglífico rúnico que mi ojo inexperto catalogó como druídico o precéltico. Te adjunto una tarjeta con varios de estos símbolos, dibujados de memoria.

Cerré el libro y leí las palabras estampadas sobre el cuero: De Vermis Mysteriis. Mis conocimientos de latín casi se han desvanecido pero me bastan para traducir: Los misterios del gusano.



Cuando toqué el volumen, la iglesia maldita y las facciones de Calvin, blancas y levantadas hacia mí, parecieron fluctuar ante mis ojos. Tuve la impresión de oír voces apagadas, que entonaban un cántico impregnado de miedo y al mismo tiempo abyecto y ansioso... Y debajo de este sonido otro, que llenaba las entrañas de la Tierra. Una alucinación, sin duda..., pero en ese mismo momento la iglesia se pobló con un ruido muy concreto, que sólo puedo describir como una colosal y macabra convulsión bajo mis pies. El púlpito tembló bajo mis dedos; la cruz profanada se estremeció en la pared.

Cal y yo salimos juntos, dejando la iglesia librada a su propia oscuridad, y ninguno de los dos se atrevió a mirar atrás después de haber cruzado los toscos maderos que unían las dos márgenes del arroyo. No diré que echamos a correr, mancillando los mil novecientos años que el hombre ha pasado tratando de superar su condición de salvaje intimidado y supersticioso, pero mentiría si dijera que caminábamos plácidamente.

Ésta es mi historia. No ensombrezcas tu recuperación pensando que ha vuelto a atacarme la fiebre. Cal ha sido testigo de todo lo que narro en estas páginas, incluyendo el pavoroso ruido.



Pongo fin a esta carta, agregando sólo que anhelo verte (seguro de que si te viera gran parte de mi perplejidad se disiparía inmediatamente) y que sigo siendo tu amigo y admirador,

Charles

17 de octubre de 1850



De mi mayor consideración:

En la última edición de vuestro catálogo de artículos para el hogar (o sea, el que corresponde al verano de 1850), figura una sustancia llamada Veneno para Ratas. Deseo comprar una lata de un kilogramo de este producto al precio estipulado de treinta céntimos. Adjunto franqueo de retorno. Enviar a: Calvin McCann, Chapelwaite, Preacher’s Corners, Cumberland County, Maine.

Agradezco vuestra atención, y os saludo muy atentamente,

Calvin McCann

19 de octubre de 1850





Querido Bones:

Novedades inquietantes.

Los ruidos de la casa de han intensificado, y estoy cada vez más convencido de que las ratas no son las únicas que se mueven dentro de nuestras paredes. Calvin y yo practicamos otra búsqueda infructuosa de recovecos o pasadizos ocultos. No encontramos ninguno. ¡qué mal encajaríamos en una de las novelas de la señora Radcliffe! Cal alega, sin embargo, que buena parte de los ruidos proceden del sótano, y esa parte de la casa es la que pensamos explorar mañana. No me tranquiliza el saber que allí es donde encontró su trágico final la hermana del primo Stephen.

Entre paréntesis, su retrato cuelga de la galería de arriba. Marcella Boone era una joven de triste belleza, si el artista supo captar sus rasgos con fidelidad, y sé que nunca se casó. A veces pienso que la señora Cloris tenía razón, que ésta es una casa siniestra. Ciertamente, no ha traído más que desventuras a sus anteriores ocupantes.

Pero debo agregar algo más acerca de la formidable señora Cloris, porque hoy estuve hablando otra vez con ella. Puesto que la considero la persona más sensata de Corners de cuantas he conocido hasta ahora, la busqué esta tarde, después de una desagradable entrevista que describiré a continuación.

Esta mañana deberían haber traído la leña, y cuando llegó y pasó el mediodía sin que apareciese la madera, resolví encaminarme hacia el pueblo en mi paseo cotidiano. Mi propósito era visitar a Thompson, el hombre con quien Cal había cerrado el trato.

Éste ha sido un hermoso día, impregnado por la incisiva frescura del otoño radiante, y cuando llegué a la propiedad de los Thompson (Cal, que se quedó en casa para seguir hurgando en la biblioteca del primo Stephen, me había descrito el itinerario preciso) me sentía de mejor humor que en todos los días pasados, y estaba predispuesto para disculpar la tardanza del proveedor.

Me encontré ante una multitud de malezas enmarañadas y construcciones destartaladas que necesitaban una mano de pintura. A la izquierda del establo, una puerca descomunal, lista para la matanza de noviembre, gruñía y se revolcaba en una pocilga lodosa, y en el patio lleno de basura que separaba la casa de las dependencias anexas, una mujer que usaba un astroso vestido de algodón alimentaba a las gallinas con el maíz acumulado en el hueco de su delantal. Cuando la saludé, volvió hacia mí un rostro pálido y desvaído.

Fue asombroso ver cómo su expresión absolutamente estólida se transformaba en otra de frenético terror. Sólo se me ocurre pensar que me confundió con Stephen, porque hizo el ademán típico para ahuyentar el mal de ojo y lanzó un alarido. Los granos de maíz se desparramaron a sus pies y las gallinas se alejaron aleteando y cacareando.

Antes de que yo pudiera articular una palabra, un hombre gigantesco y encorvado, cuya única vestimenta eran unos calzoncillos largos, salió tambaleándose de la casa con un rifle para cazar ardillas en una mano y un porrón en la otra. Al ver sus ojos inyectados en sangre y su porte inseguro, llegué a la conclusión de que era el leñador Thompson en persona.

—¡Un Boone! –bramó—. ¡Maldito sea! –Dejó caer el porrón y él también hizo la señal.

—He venido –dije, con la mayor ecuanimidad posible, dadas las circunstancias—, porque no recibí la madera. Según lo convenido con mi acompañante...

—¡Maldito sea también su acompañante, es lo que digo! –Y por primera vez me di cuanta de que pese a su actitud fanfarrona tenía un miedo atroz. Empecé a preguntarme seriamente si su ofuscación no lo induciría a dispararme con el rigle.

—Como testimonio de cortesía... –empecé a decir cautelosamente.

—¡Maldita sea su cortesía!

—Muy bien, pues –manifesté, con la mayor dignidad posible—. Me despido hasta que recupere el control de sus actos.

Di media vuelta y eché a caminar hacia la aldea.

—¡No vuelva! –chilló a mis espaldas—. ¡Quédese allí con su maldición! ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!

Me arrojó una piedra que me golpeó en el hombro, porque no quise darle la satisfacción de agacharme.

De modo que fui en busca de la señora Cloris, resuelto a elucidar por lo menos el misterio de la hostilidad de Thompson. Es viuda (y olvida tus condenados instintos de casamentero, Boones; me lleva quince años y yo no volveré a ver los cuarenta) y vive sola en una encantadora casita a orillas del mar. La encontré tendiendo su colada, y pareció sinceramente complacida al verme. Esto me produjo un gran alivio: es muy irritante que te traten como un paria sin ninguna justificación.

—Señor Boone –dijo, con una mínima reverencia—, si ha venido a pedirme que le lave la ropa, debo comunicarle que no hago ese trabajo después de setiembre. El reumatismo me hace sufrir tanto que a duras penas puedo lavar la mía.

—Ojalá fuera ése el motivo de mi visita. He venido a pedirle ayuda, señora Cloris. Quiero que me cuente todo lo que sabe acerca de Chapelwaite y Jerusalem’s Lot y que me explique por qué la gente del lugar me mira con tanta desconfianza y miedo.

—¡Jerusalem’s Lot! De modo que también sabe eso.



—Sí –contesté—. Visité el pueblo con mi acompañante hace una semana.

—¡Válgame Dios! –Se puso pálida como la leche, y trastabilló. Extendí la mano para sostenerla. Sus ojos giraron espantosamente en las órbitas y por un momento me sentí seguro de que se iba a desmayar.

—Señora Cloris, discúlpeme si he dicho algo que...

—Entre –me interrumpió—. Tiene que saberlo. ¡Jesús, han vuelto los malos tiempos!

No quiso pronunciar una palabra más hasta que terminó de preparar un té cargado en su cocina luminosa. Cuando la taza estuvo frente a mí, se quedó mirando el océano un rato, con expresión pensativa. Inevitablemente sus ojos y los míos se dirigieron hacia el promontorio de Chapelwaite Head, donde la casa se alza sobre el mar. El amplio ventanal refulgía como un diamante al reflejar los rayos del sol poniente. El espectáculo era hermoso pero producía una enigmática inquietud. Se volvió de pronto hacia mí y exclamó vehementemente:

—¡Debe irse en seguida de Chapelwaite, señor Boone!

Quedé perplejo.

—Desde que se instaló allí flota un hálito siniestro en el aire. Durante la última semana, a partir del momento en que pisó aquel lugar maldito, se han sucedido los presagios y portentos. Un velo sobre la faz de la luna; bandadas de chotacabras que anidan en los cementerios; un parto anómalo. ¡Debe irse!

Cuando recuperé el uso de la palabra, hablé con la mayor afabilidad posible:

—Señora Cloris, todo esto son fantasías. Usted debe saberlo.

—¿Es una fantasía que Bárbar Brown haya dado a luz un niño sin ojos? ¿O que Clifton Brocken haya encontrado un huella lisa, aplastada, de un metro y medio de ancho, más allá de Chapelwaite, donde todo se había marchitado y blanqueado? Y usted, dice que ha visitado Jesusalem’s Lot, ¿puede afirmar sinceramente que no hay algo que sigue viviendo allí?

No atiné a contestar. Lo que había visto en esa iglesia inicua reapareció ante mis ojos.

La mujer juntó sus manos nudosas, en un esfuerzo por calmarse.

—Sólo me he enterado de estas cosas porque se las oí contar a mi madre, y, antes, a la madre de ella. ¿Usted conoce la historia de su familia en lo que concierne a Chapelwaite?

—Vagamente –respondí—. La casa ha sido la morada del linaje de Philip Boone sesde la décaa de 1780. su hermano Robert, mi abuelo, se instaló en Massachussets después de una reyerta por papeles robados. Sé poco acerca del linaje de Philip, excepto que lo cubrió una sombra infausta, transmitida de generación en generación: Marcella murió en un accidente trágico y Stephen se mató en una caída. Stephen quiso que Chapelwaite se convirtiera en mi hogar, y en el de los míos, y que así se enmendara la división de la familia.

—Nunca se enmendará –musitó ella—. ¿Sabe algo acerca del altercado originario?

—A Robert Boone le sorprendieron en el momento en que registraba el escritorio de su hermano.

—Philip Boone estaba loco –afirmó la señora Cloris—. Se dedicaba a un tráfico impío. Robert Boone intentó despojarle de una Biblia profana escrita en lenguas antiguas: latín, druídico, y otras. Un libro infernal.

—De Vermis Mysteriis.



Respingó como si la hubieran golpeado.

—¿Lo conoce?

—Lo he visto... lo he tocado. –Nuevamente me pareció que estaba a punto de desmayarse. Se llevó una mano a la boca como si quisiera ahogar un grito—. Sí, en Jerusalem’s Lot. Sobre el púlpito de una iglesia corrompida y profanada.

—De modo que está aún allí, aún allí. –Se meció en su silla—. Confiaba en que Dios, con Su sabiduría, lo habría arrojado al foso del infierno.

—¿Qué relación tuvo Philip Boone con Jerusalem’s Lot?

—Una relación de sangre –dijo la señora Cloris con tono lúgubre—. Llevaba la Marca de la Bestia, aunque lucía las vestiduras del Cordero. Y el 31 de octubre de 1789, Philip Boone desapareció..., junto con toda la población de esa condenada aldea.

No agregó mucho más. En verdad, no parecía saber mucho más. Sólo atinó a reiterar sus súplicas de que me fuera, argumentando algo sobre <> y murmurando acerca de <>. A medida que se acercaba el crepúsculo pareció más agitada, y no menos, para aplacarla le prometí que prestaría atención a sus deseos.

Marché de regreso a la casa entre sombras cada vez más largas y tétricas. Mi buen humor se había disipado por completo y la cabeza me daba vueltas, poblada de dudas que aún me atormentan. Cal me recibió con la noticia de que los ruidos de las paredes se habían intensificado..., como yo mismo puedo atestiguarlo en este momento. Procuro convencerme de que solo oigo ratas, pero enseguida veo el rostro aterrorizado y grave de la señora Cloris.

La luna se ha levantado sobre el mar, tumefacta, redonda, roja como la sangre, y salpica el océano con un reflejo repulsivo. Mi pensamiento vuelve hacia aquella iglesia y

(aquí hay un renglón tachado)

Pero tú no verás eso, Bones. Es demasiado demencial. Creo que es hora de que me vaya a dormir. No me olvido de ti.

Saludos,

Charles



(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin MacCann.)

20 de octubre de 1850

Esta mañana me tomé la libertad de forzar la cerradura que impide abrir el libro. Lo hice antes de que el señor Boone se levantara. Es inútil. Está todo él escrito en clave. Una clave sencilla, me parece. Quizá me resultará tan fácil descifrarla como forzar la cerradura. Estoy seguro de que se trata de un Diario. La escritura tiene un asombroso parecido con la del señor Boone. ¿A quién puede pertenecer este volumen, arrumbado en el rincón más oscuro de la biblioteca y con sus páginas herméticamente cerradas? Parece antiguo, ¿pero quién podría afirmarlo con certeza? El papel ha estado bastante bien protegido de la influencia corruptora del aire. Más tarde me ocuparé de él, si tengo tiempo. El señor Boone está empeñado en explorar el sótano. Temo que estos fenómenos macabros sean nefastos para su salud aún inestable. Debo tratar de persuadirle...

Pero aquí viene...

20 de octubre de 1850

Bones:

Todavía (sic) no puedo escribirte yo, yo, yo

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

20 de octubre de 1850

Tal como temía su salud se ha quebrantado...

¡Dios mío, Padre Nuestro que estás en el Cielo!

No soporto ese recuerdo. Sin embargo está implantado, grabado en mi cerebro como un ferrotipo. ¡El horror del sótano!

Ahora estoy solo. Son las ocho y media. La casa está silenciosa pero...

Lo encontré desvanecido sobre su escritorio. Aún duerme. Sin embargo, durante esos breves momentos, ¡con cuanta gallardía se comportó mientras yo estaba paralizado y descalabrado!

Su piel está cérea, fría. Gracias a Dios no ha vuelto a tener fiebre. No me atrevo a moverlo ni a dejarlo ir a la aldea. Y si fuera yo, ¿quién volvería conmigo para ayudarle? ¿Quién vendría a esta casa maldita?

¡Oh, el sótano! ¡Los monstruos del sótano que han invadido nuestras paredes!

22 de octubre de 1850



Querido Bones:

Me he recuperado, aunque todavía estoy débil, después de pasar treinta y seis horas sin conocimiento. Me he recuperado... ¡Qué broma tan amarga y macabra! Nunca volveré a recuperarme. Jamás. Me he enfrentado con una locura y un horror indescriptibles. Y el fin aún no está a la vista.

Si fuera por Cal, creo que terminaría con mi vida ahora mismo. Cal es una isla de cordura en este mar de demencia.

Lo sabrás todo.

Nos habíamos equipado con velas para la exploración del sótano, y sus llamas proyectaban un fuerte resplandor que era harto suficiente..., ¡diabólicamente suficiente! Calvin intentó disuadirme con el argumento de mi reciente enfermedad, y dijo que lo más que encontraríamos, probablemente, serían unas grandes ratas a las que luego habría que envenenar.

Sin embargo, me empeciné. Calvin lanzó un suspiro y dijo:

—Hágase entonces su voluntad, señor Boone.

Al sótano se entra por un escotillón implantado en el piso de la cocina (que Cal jura haber tapiado sólidamente) que sólo conseguimos levantar después de muchos forcejeos y tirones.

De la oscuridad brotó un olor fétido, asfixiante, no muy distinto del que saturaba la aldea abandonada allende el Royal River. La vela que yo sostenía arrojaba su fulgor sobre una escalera empinada que conducía a las tinieblas. La escalera estaba en pésimas condiciones de conservación –faltaba incluso un escalón íntegro, sustituido por un boquete negro— y en seguida comprendí cómo la desventurada Marcella había encontrado allí la muerte.

—¡Tenga cuidado, señor Boone! –exclamó Cal.

Le contesté que eso era lo que más tendría, y bajamos.

El piso era de tierra, y las paredes de sólido granito apenas estaban húmedas. Eso no parecía en absoluto un refugio de ratas, porque no se veía ninguno de los materiales que éstas utilizan para construir sus nidos, tales como cajas viejas, muebles abandonados, pilas de papel y cosas por el estilo. Levantamos las velas, ganando así un pequeño círculo de luz, pero pese a ello nuestro radio visual seguía siendo muy reducido. El piso tenía un declive gradual que parecía pasar debajo de la sala y el comedor principal, o sea que se extendía hacia el Oeste. Ése fue el rumbo que tomamos. Todo estaba sumido en un silencio absoluto. La pestilencia del aire era cada vez más intensa y la oscuridad circundante parecía comprimirse como una envoltura de lana, como si estuviera celosa de la luz que la desbancaba momentáneamente después de tantos años de hegemonía indiscutida.

En el extremo final, los muros de granito eran remplazados por una madera pulida que parecía totalmente negra y desprovista de propiedades reflectoras. Allí terminaba el sótano, aislando lo que parecía ser un compartimiento separado del recinto principal. Estaba sesgado de manera tal que era imposible inspeccionarlo sin contornear el recodo.

Eso fue lo que hicimos Calvin y yo.

Fue como si un corroído espectro del pasado siniestro de la mansión se hubiera alzado delante de nosotros. En ese compartimiento había una silla solitaria y, sobre ésta, sujeto a una de las gruesas vigas del techo, colgaba un podrido lazo de cáñamo.

—Entonces fue aquí donde se ahorcó –murmuró Cal—. ¡Dios mío!

—Sí..., con el cadáver de su hija postrado al pie de la escalera, detrás de él.

Cal empezó a hablar. Pero sus ojos se desviaron hacia un punto situado a mis espaldas. Entonces sus palabras se trocaron en un alarido.

¿Cómo narrar, Bones, el cuadro que contemplaron nuestros ojos? ¿Cómo describir a los abominables inquilinos que tenemos entre nuestras paredes?

El muro más lejano giró sobre sí mismo, y desde aquellas tinieblas nos sonrió un rostro..., un rostro de ojos tan negros como el mismo Estigia. En su boca desmesuradamente abierta se formó una mueca desdentada, atormentada. Una mano amarilla, descompuesta, se estiró hacia nosotros. Emitió un sonido repulsivo, como un maullido, y avanzó un paso, tambaleándose. La luz de mi vela cayó sobre él...

¡Y vi la laceración amoratada de la cuerda en su cuello!

Algo más se movió, detrás de él, algo con lo que soñaré hasta el día en que se extingan todos los sueños: una chica de facciones pálidas, agusanadas, y sonrisa cadavérica; una chica cuya cabeza se ladeaba en un ángulo lunático.

Nos deseaban, lo sé. Y sé que si no hubiera arrojado la vela directamente contra lo que se alzaba en la abertura, y si no le hubiera lanzado inmediatamente después la silla que descansaba debajo del nudo corredizo, nos habrían arrastrado a la oscuridad y se habrían apoderado de nosotros.

Después de eso, todo se condensa en oscuridad confusa. Mi mente ha corrido la cortina. Me desperté, como he dicho, en compañía de Cal.

Si pudiera partir, huiría de esta casa de horror con el camisón flameando sobre mis tobillos. Pero no puedo. Me he convertido en el instrumento de un drama más profundo, más tenebroso. No me preguntes cómo lo sé. Lo sé, y eso es todo. La señora Cloris tenía razón cuando habló de los que vigilan y los que montan guardia. Temo haber despertado una Fuerza que pasó medio siglo aletargada en la siniestra aldea de Jerusalem’s Lot, una Fuerza que ha asesinado a mis antepasados y los ha subyugado diabólicamente, convirtiéndolos en nosferatu: muertos vivientes. Y alimento temores aún peores que éstos, Bones, pero sólo tengo vislumbres. Si supiera..., ¡si por lo menos lo supiera todo!

Charles

Posdata – Y por supuesto esto lo escribo sólo para mí. Estamos aislados de Preacher’s Corners. No me atrevo a llevar allí mi corrupción, y Calvin no quiere dejarme solo. Quizá, si Dios es misericordioso, esta carta te llegará de alguna manera.

C.





(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

23 de octubre de 1850

Hoy está más vigoroso. Hablamos brevemente sobre las apariciones del sótano. Convinimos que no eran alucinaciones ni entes de origen ectoplásmico, sino reales. ¿Pero el señor Boone sospecha, como yo, que se han ido? Quizá. Los ruidos se han acallado. Sin embargo, todo sigue siendo ominoso, y pesa sobre nosotros un palio oscuro. Parece como si estuviéramos esperando en el engañoso Ojo de la Tempestad...

En una alcoba de la planta alta he hallado una pila de papeles, guardados en el último cajón de un viejo escritorio con tapa de corredera. Algunas cartas y facturas pagadas de Robert Boone. Sin embargo, el documento más interesante consiste en unas pocas anotaciones al dorso de un anuncio de sombreros de copa para caballeros. Arriba está escrito:

Benditos sean los mansos.

Abajo, el siguiente texto aparentemente absurdo:

b k n d i h o e s m a h l s s a a f s g s

e e m d o t r s r e s n a o d m d n r o h

Creo que ésta es la clave del libro cerrado y cifrado que encontré en la biblioteca. La clave de arriba, muy simple, es la que se empleó en la Guerra de la Independencia. Cuando se eliminan las <> que componen la segunda parte de la escritura, queda lo siguiente:



b n i o s a l s a s s

e d t s e n o m n o

Leyendo De arriba abajo, en lugar de hacerlo transversalmente, se obtiene la cita originaria de las Bienaventuranzas.

Antes de atreverme a mostrárselo al señor Boone, debo verificar el contenido del libro...

24 de octubre de 1850

Querido Bones:

Ha ocurrido algo prodigioso. Cal, que siempre mantiene un silencio hermético hasta que está seguro de sí mismo (¡singular y admirable rasgo humano!) ha encontrado el Diario de mi abuelo Robert. El documento estaba escrito en una clave que el mismo Cal ha descifrado. Él afirma modestamente que el hallazgo fue casual, pero pienso que en realidad fue producto de su perseverancia y afán.

Sea como fuere, ¡qué tétrica es la luz que arroja sobre nuestros misterios!

La primera anotación corresponde al 1º de junio de 1789, y la última, al 27 de octubre de 1789: cuatro días antes de la desaparición cataclísmica de la que habló la señora cloris. Narra la historia de una obsesión creciente, o mejor dicho, de una locura, y da una imagen repulsiva de la relación que existía entre el tío abuelo Philip, la aldea de Jerusalem’s Lot, y el libro que descansa en la iglesia profanada.

Según Robert Boone, la aldea misma es anterior a Chapelwaite (construida en 1782) y a Preacher’s Corners (conocida en aquella época por el nombre de Preacher’s Rest y fundada en 1741). Fue erigida por una secta que se escindió de la fe puritana en 1710 y cuyo jefe era un adusto fanático religioso llamado James Boon. ¡Qué sobresalto me produjo su nombre! Me parece difícil poner en duda que este Boon perteneció a mi estirpe. La señora Cloris no se equivocó al enunciar su convicción supersticiosa de que en este asunto tiene una importancia crucial el linaje de sangre, y recuerdo despavorido la respuesta sobre la relación que existió entre Philip y Jerusalem’s Lot. <>, dijo, y mucho me temo que sea así.

La aldea se convirtió en una comunidad estable construida alrededor de la iglesia donde Boon predicaba..., o recibía a sus feligreses. Mi abuelo insinúa que también tenía comercio carnal con muchas damas de la localidad, a las que aseguraba que ésa era la ley y la voluntad de Dios. En razón de ello la aldea se transformó en una anomalía que sólo pudo existir en aquellos tiempos de aislamiento y extravagancia en que era posible creer simultáneamente en las brujas y en la Inmaculada Concepción: una aldea religiosa de ayuntamientos consanguíneos, bastante degenerada, controlada por un predicador medio loco cuyos evangelios gemelos eran la Biblia y el siniestro Demon Dwellings de De Gouge; una comunidad donde se celebraban regularmente los ritos del exorcismo, y donde proliferaban el incesto la locura y los defectos físicos que acompañan tan a menudo a este pecado. Sospecho (y creo que Robert Boone debió de pensar lo mismo) que uno de los hijos bastardos de Boon huyó de Jerusalem’s Lot (o fue sacado de allí) para buscar fortuna en el Sur... Y así fundó nuestro actual linaje. Sé, porque mi propia familia lo ha confesado, que nuestro clan se originó en aquella región de Massachussets que posteriormente se transformó en este Estado soberano de Maine. Mi bisabuelo, Kenneth Boone, se enriqueció gracias al entonces floreciente tráfico de pieles. Fue su fortuna, acrecentada por el tiempo y las buenas inversiones, la que levantó esta mansión ancestral mucho después de que él muriera en 1763. sus hijos, Philip y Robert, edificaron Chapelwaite. La sangre llama a la sangre, como dijo la señora Cloris. ¿Acaso Kenneth, hijo de James Boon, huyó de la locura de su padre y de la aldea de éste, sólo para que después sus hijos, totalmente ajenos a lo sucedido, construyeran la mansión de los Boone a menos de tres kilómetros del lugar donde Boon había iniciado su carrera? Y si fue así, ¿no hay motivos para pensar que nos ha guiado una Mano gigantesca e invisible?

Según el Diario de Robert, en 1789 James Boon era anciano... y así debió de ser. Si contaba veinticinco años cuando se fundó la aldea, en 1789 debía de tener ciento cuatro, una edad prodigiosa. Lo que sigue lo copio textualmente del Diario de Robert Boone:

4 de agosto de 1789

Hoy he visto por primera vez a este Hombre por el que mi Hermano siente una admiración tan malsana. Debo admitir que este Boon posee un extraño Magnetismo que me alteró inmensamente. Es un verdadero Anciano, de barba blanca, y viste una Sotana negra que por alguna razón me pareció obscena. Era más inquietante aún el Hecho de que estuviese rodeado de Mujeres, como un Sultán lo estaría por su Harén, y P. me asegura que todavía está activo, aunque por lo menos es Octagenario...

En cuanto a la Aldea propiamente dicha, yo sólo la había visitado una vez, anteriormente, y no volveré a ella. Sus Calles son silenciosas y están pobladas por el Miedo que el Anciano inspira desde su Púlpito. También temo que se hayan multiplicado los Acoplamientos incestuosos, porque hay demasiadas Caras parecidas. Tenía la impresión de que no importaba hacia donde mirara, me encontraba con el rostro del Anciano..., todos están muy pálidos; parecen Desvaídos, como si les hubieran succionado toda la Vitalidad, y vi Niños sin Ojos ni Narices, Mujeres que lloraban y farfullaban y señalaban el Cielo sin ningún Motivo, y que mezclaban citas de las Escrituras con discursos sobre Demonios..., P. me pidió que asistiera a los Servicios, pero la idea de ver a este siniestro Anciano me repugnó y di una Excusa...

Las anotaciones anteriores y posteriores a ésta describen el comportamiento de Philip, cada vez más fascinado por James Boon. El 1º de setiembre de 1789, Philip fue bautizado en el seno de la iglesia de Boon. Su hermano dice: <>

La primera mención del libro aparece el 23 de julio. El Diario de Robert sólo lo cita brevemente: <>

El 12 de agosto escribió esta anotación: <>

13 de agosto:

P. muestra una excitación anormal por la carta de Goodfellow; se niega a explicar por qué. Sólo dice que Boon está desmedidamente ansioso por conseguir el Ejemplar. No entiendo la Razón, pues el título sólo parece ser el de un inofensivo Tratado de jardinería...

Estoy preocupado por Philip. Cada día le encuentro más extraño. Ahora lamento que hayamos regresado a Chapelwaite. El Verano es caluroso, asfixiante, y está lleno de Presagios...

En el Diario de Robert sólo hay otras dos menciones del libro infame (aparentemente no comprendió su verdadera importancia, ni siquiera al final). De sus anotaciones del 4 de setiembre:

Le he pedido a Goodfellow que actúe como Agente de P. en la cuestión de la Compra, aunque mi prudencia clama contra esta Operación. ¿Qué Pretexto puedo emplear para resistirme? ¿Acaso no podría comprarlo con su propio Dinero, si yo me negara a ayudarlo? Y a cambio de ello le he arrancado a Philip la Promesa de abjurar de este infame Bautismo... Y sin embargo está tan Ofuscado, casi Afiebrado, que no confío en él. Respecto de esta cuestión estoy totalmente en Ayunas...

Por fin, el 16 de setiembre:

Hoy ha llegado el Libro, junto con una Nota de Goodfellow en la que dice que no quiere seguir interviniendo en mis Transacciones... P. se mostró anormalmente excitado y casi me arrancó el Libro de las Manos. Está escrito en Latín y con Caracteres Rúnicos que no sé descifrar. Parece casi caliente al Tacto y tuve la impresión de que vibraba en mis Manos, como si contuviera una inmensa Energía... Le recordé a P. su promesa de Abjurar y se limitó a lanzar una Risa desagradable, demencial, mientras blandía el Libro delante de mi Cara y gritaba una y otra vez: <<¡Lo tenemos! ¡Lo tenemos! ¡El Gusano! ¡El Secreto del Gusano!>>

Ahora se ha ido corriendo, supongo que al encuentro de su Benefactor loco, y no he vuelto a verle en el resto del Día...

No vuelve a hablar del libro, pero he hecho ciertas deducciones que parecen por lo menos plausibles. En primer término, tal y como ha dicho la señora Cloris, este libro fue el motivo de la ruptura entre Robert y Philip; en segundo término, es un compendio de hechizos impíos, posiblemente de origen druida (los conquistadores romanos de Gran Bretaña conservaron por escrito muchos de los ritos de sangre druidas, en nombre de la erudición, y muchos de estos recetarios infernales forman parte de la literatura prohibida del mundo); en tercer término, Boon y Philip se proponían utilizar el libro para sus propios fines. Quizá, por alguna vía tortuosa, tenían buenas intenciones, pero lo dudo. Lo que sí creo es que mucho antes se habían asociado con las potencias misteriosas que existen más allá de la urdimbre misma del Tiempo. Las últimas anotaciones del Diario de Robert Boone confirman ambiguamente estas especulaciones, y los deja hablar por sí mismos:

26 de octubre de 1789

Hoy reina una terrible Conmoción en Preacher’s Corners. Frawley, el Herrero, me ha cogido por el Brazo y me ha preguntado: <> Godoy Randall afirma que en el Cielo ha habido Presagios de un gran Desastre inminente. Ha nacido una vaca con dos Cabezas.

En cuanto a Mí, ignoro qué nos amenaza. Quizá la Demencia de mi Hermano. Su Cabello ha encanecido casi de un Día a otro, sus Ojos son grandes Círculos inyectados en Sangre de los cuales parece haberse desvanecido la atractiva luz de la Cordura. Sonríe y susurra y, por alguna Razón Particular, ha empezado a frecuentar nuestro Sótano cuando no está en Jerusalem’s Lot.

Las Chotacabras se congregan alrededor de la Casa y sobre la Hierba. Su Clamor conjunto desde la bruma se mezcla con el del Mar hasta modular un Chillido sobrenatural que quita el Sueño

27 de octubre de 1789

Esta Noche seguí a P. cuando partió rumbo a Jerusalem’s Lot, manteniéndome a una Distancia razonable para evitar que me descubriera. Las condenadas Chotacabras vuelan en bandada por el Bosque, llenándolo todo con una Melopea fatal, de ultratumba. No me atreví a cruzar el Puente. Toda la Aldea estaba a oscuras, exceptro la Iglesia, que se hallaba iluminada por un tétrico Resplandor rojo que parecía transformar las altas ventanas ojivales en los Ojos del Infierno. Las Voces fluctuaban entonando la Letanía del Diablo, riendo a ratos, sollozando luego. La Tierra misma pareció hincharse y gemir bajo mis pies, como si soportara un Peso atroz, y yo huí, asombrado y despavorido, oyendo cómo los Graznidos demoníacos y estridentes de las Chotacabras reverberaban dentro de mi Cabeza mientras corría por ese Bosque sombrío.

Todo apunta hacia un Clímaz aún imprevisto. No me atrevo a dormir porque me asustan los posibles Sueños, y tampoco a permanecer despierto porque no sé qué Terrores lunáticos me aguardan. La Noche está poblada de Ruidos sobrecogedores y temo...

Y sin embargo siento la necesidad de volver allí, de mirar, de ver. Tengo la impresión de que Philip en persona me llama, y el Anciano.

Los Pájaros.

Malditos malditos malditos.

Aquí termina el Diario de Robert Boone.

Observa, Bones, que cerca del final alega que el mismo Philip parecía llamarlo. Estas líneas, las palabras de la señora Cloris y los demás, pero sobre todo las espantosas figuras del sótano, muertas y sin embargo vivas, son las que me llevan a deducir una última conclusión. Nuestra estirpe sigue siendo infortunada, Bones. Sobre nosotros pesa una maldición que se resiste a dejarse sepurltar: vive en un avieso mundo de sombras, dentro de esta casa y aquella aldea. Y se aproxima nuevamente la culminación del ciclo. Soy el último de los Boone. Temo que haya algo que lo sabe, y que yo sea el nexo de una abyecta empresa que nadie que esté en sus cabales podría entender. Dentro de una semana se cumple el aniversario, en la Víspera de Todos los Santos.

¿Qué debo hacer? ¡Si por lo menos tú estuvieras aquí para aconsejarme, para ayudarme!

Necesito saberlo todo, debo volver a la aldea que todos rehuyen. ¡Que Dios me dé fuerzas para ello!

Charles.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

25 de octubre de 1850

El señor Boone ha dormido durante casi todo el día de hoy. Su rostro está pálido y mucho más demacrado. Temo que la repetición de la fiebre sea inevitable.

Mientras refrescaba su botellón de agua vi dos cartas dirigidas al señor Granzón de Florida, que no han sido despachadas. Se propone volver a Jerusalem’s Lot. Si se lo permitiera, eso le costaría la vida. ¿Me atreveré a escabullirme hasta Preacher’s Corners para alquilar un carruaje? Debo hacerlo, pero qué sucederá si se despierta? ¿Si al volver descubro que se ha ido?

Han reaparecido los ruidos en las paredes. ¡Gracias a Dios él aún duerme! Mi mente tiembla al pensar en lo que significa todo esto.



Más tarde



Le llevé la comida en una bandeja. Se propone levantarse dentro de un rato, y a pesar de sus evasivas qé qué es lo que planea. Sin embargo, ire a Preachers Corners. Conservo en mi equipaje varios de los polvos somníferos que le recetaron durante su enfermedad. Bebió uno de ellos con su té, sin saberlo. Duerme nuevamente.

Me espanta dejarle con las Cosas que se deslizan detrás de nuestras paredes, pero me espanta aún más que permanezca otro día entre estos muros. Le he encerrado bajo llave.

¡Dios quiera que esté todavía aquí, a salvo y durmiendo, cuando yo vuelva con el carruaje!

Más tarde aún



¡Me apedrearon! ¡Me apedrearon como si fuera un perro salvaje y rabioso! ¡Monstruos depravados! ¡Éstos que se dicen hombres! Estamos prisioneros aquí...

los pájaros, las chotacabras, han empezado a congregarse.

26 de octubre de 1850

Querido Bones:

Está casi oscuro y acabo de despertarme, después de haber dormido casi veinticuatro horas seguidas. Aunque Cal no ha dicho nada, sospecho que echó en mi té unos polvos somníferos cuando descubrió mis intenciones. Es un buen y fiel amigo, que sólo desea lo mejor, de modo que no le reprenderé.

Sin embargo estoy resuelto. Mañana es el día. Estoy sereno, decidido, pero también me parece sentir el retorno de la fiebre. En ese caso, tendrá que ser mañana. Quizá sería aún mejor esta noche, pero ni siquiera los fuegos del mismo Infierno podrían inducirme a pisar esa aldea en la oscuridad.

Si no volviera a escribirte, que Dios de bendiga y te dé muchos años de vida, Bones

Charles.

Posdata – Los pájaros han empezado a graznar y se reanudaron los horribles deslizamientos. Cal cree que no los oigo, pero se equivoca.

C.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

27 de octubre de 1850

5 de la mañana

Se ha empecinado. Muy bien. Iré con él.



4 de noviembre de 1850

Querido Bones:

Débil pero lúcido. No estoy seguro de la fecha, pero mi calendario me asegura que debe ser la correcta, por el horario de la marea y la puesta del sol. Estoy sentado frente a mi escritorio, en el mismo lugar desde donde te escribí mi primera carta de Chapelwaite, y contemplo el mar oscuro del que se borran rápidamente los últimos vestigios de luz. Nunca volveré a verlo. Esta noche es mi noche. La cambiaré por las sombras que me aguardan, cualesquiera sean éstas.

¡Cómo rompe contra las rocas, este mar! Despide nubes de espuma hacia el cielo tenebroso, sacudiendo el suelo bajo mis pies. En el cristal de la ventana veo reflejada mi imagen, pálida como la de un vampiro. No como desde el 27 de octubre, y tampoco habría bebido si ese día Calvin no hubiera dejado un botellón de agua junto a mi lecho.

¡Oh, Cal! Le he perdido, Bones. Ha sucumbido en mi lugar, en lugar de esta ruina con brazos esqueléticos y rostro cadavérico que veo reflejarse en el cristal oscurecido. Y sin embargo es posible que él sea el más afortunado de los dos, porque no le atormentan sueños como losque me han atormentado a mí durante estos días: formas contorsionadas que acechan en los corredores de la pesadilla delirante. Mis manos tiemblan todavía, he manchado el papel con tinta.

Calvin salió a mi encuentro aquella mañana, precisamente cuando me disponía a escabullirme... Y yo que creía haber sido tan astuto. Le dije que había resuelto irme con él de aquí, y le pedí que fuera a alquilar un carruaje en Tandrell, situado a unos quince kilómetros donde éramos menos conocidos. Accedió a hacer la larga caminata y le vi partir por el sendero de la costa. Cuando le perdí de vista me equipé rápidamente con un abrigo y na bufanda (porque hacía mucho frío, y los prolegómenos del invierno inminente se manifestaban en la brisa cortante de la mañana). Lamenté por un momento no tener una pistola, y después me reí de mi propia idea. ¡Para qué sirve un arma en estas circunstancias?

Salí por la puerta de la despensa y me detuve un momento para echar una última mirada al mar y al cielo; para inhalar el aire fresco y acorazarme con él contra el hedor pútrido que, lo sabía muy bien, no tardaría en respirar; para disfrutar del espectáculo que brindaba una gaviota voraz al revolotear bajo las nubes.

Me volví... y allí estaba Calvin McCann.

—No irá solo –dijo, con una expresión implacable que no le había visto nunca.

—Pero, Calvin... –empecé a protestar.

—¡No, ni una palabra! Iremos juntos y haremos lo que sea necesario, o le arrastraré por la fuerza a la casa. Usted no se encuentra bien. No irá solo.

Es imposible describir las emociones encontradas que se apoderaron de mí: confusión, irritación, gratitud..., pero la más intensa de todas fue el afecto.

Pasamos en silencio delante de la glorieta y del reloj de sol, recorrimos el sendero cubierto de malezas y nos internamos en el bosque. Reinaba una paz absoluta: no se oía el gorjeo de un pájaro ni el chirrido de un grillo. El mundo parecía cubierto por un manto de silencio. Sólo flotaba el olor ubicuo de la sal y, desde lejos, llegaba el tenue aroma del humo de leña. El bosque era una inflamada sinfonía de colores, pero, a mi juicio, parecía predominar el escarlata.

El olor de la sal no tardó en dispersarse y lo sustituyó otro, más siniestro: el de la descomposición a la que ya he hecho referencia. Cuando llegamos al puente para peatones que unía las dos márgenes del Royal, pensé que Cal volvería a pedirme que desistiera, pero no lo hizo. Se detuvo, miró el torvo campanario que parecía burlarse de la bóveda celeste, y después me miró a mí. Seguimos adelante.

Nos encaminamos con paso rápido pero temeroso hacia la iglesia de James Boon. La puerta seguía entreabierta, tal como la habíamos dejado después de nuestra última salida, y la oscuridad interior parecía hacernos muecas. Mientras subíamos por la escalinata sentí que mi corazón se trocaba en bronce y mi mano tembló cuando entró en contacto con el picaporte y tiró de él. Dentro, el olor era más intenso y más mefítico que antes.

Entramos en el vestíbulo envuelto en penumbras y, sin detenernos, pasamos al recinto principal.

Estaba en ruinas.

Algo descomunal se había desenfrenado allí, produciendo una terrible destrucción. Los bancos estaban volcados y apilados como briznas de paja. La cruz nefasta descansaba contra la pared oriental, y un agujero mellado que se veía en el revoque, encima de ella, atestiguaba con cuánta violencia la habían arrojado. Las lámparas habían sido arrancadas de sus soportes, y la pestilencia del aceite de ballena se mezclaba con la fetidez que impregnaba la ciudad. Y a lo largo de la nave central se extendía un rastro de jugo negro, mezclado con fibras sanguinolentas, de modo que el conjunto remedaba una macabra alfombra nupcial. Nuestros ojos siguieron ese rastro hasta el púlpito, que era lo único que permanecía intacto dentro de nuestro radio visual. Desde lo alto de aquel, un cordero inmolado nos miraba con ojos vidriosos por encima del Libro blasfemo.

—Dios –susurró Calvin.

Nos acercamos, evitando pisar la franja viscosa. Nuestros pasos reverberaban en el recinto, que parecía transmutarlos en el estruendo de una risa gigantesca.

Subimos juntos al púlpito. El cordero no había sido descuartizado ni comido. Más bien, tuvimos la impresión de que lo habían estrujado hasta reventarle los vasos sanguíneos. La sangre formaba charcos espesos y malolientes sobre el mismo atril, y alrededor de su base..., ¡pero era transparente donde cubría el libro, y a través de ella se podían leer los jeroglíficos rúnicos, como si se tratara de un cristal coloreado!



—¿Es necesario que lo toquemos? –preguntó Cal, con tono resuelto.

—Sí, es mi deber.

—¿Qué hará?

—Lo que tendrían que haber hecho hace sesenta años. Lo destruiré.

Apartamos el cadáver del cordero de encima del libro y cayó al suelo con un abominable y fluctuante ruido sordo. Ahora las páginas manchadas de sangre parecieron cobrar vida con su propio fulgor escarlata.

Mis oídos empezaron a resonar y zumbar. Un cántico apagado parecía brotar de las mismas paredes. Al ver el rostro convulsionado de Cal comprendí que oía lo mismo que yo. El piso se estremeció debajo de nosotros, como si aquello que embrujaba esa iglesia se estuviera acercando para proteger lo suyo. La urdimbre del espacio y el tiempo lógicos pareció retorcerse y desgarrarse; la iglesia pareció llenarse de espectros e iluminarse con el resplandor infernal del eterno fuego frío. Creí ver a James Boon, repulsivo y deforme, retozando alrededor de lcuerpo supino de una mujer. Y a mi tío abuelo Philip detrás de él, transformado en un acólito enfundad oen una capucha negra, con un cuchillo y un cuenco en la mano.

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Las palabras tremolaron y se enroscaron sobre la página que tenía frente a mí, empapadasen la sangre del sacrificio, en aras de una criatura que se arrastra más allá de las estrellas...

Una congregación ciega, incestuosa, meciéndose al son de una alabanza absurda, demoníaca; rostros deformes en los que se leía una expectación anhelante, innombrable...

Y el latín fue remplazado por una lengua más antigua, que ya era arcaica cuando Egipto estaba en sus albores y las pirámides aún no habían sido construidas, que ya eran arcaicas cuando la Tierra aún flotaba en un firmamento informe y bullente de gas vacío.

—¡Gyyagin vardar Yogsoggoth! ¡Verminis! ¡Gyyagin! ¡Gyyagin! ¡Gyyagin!



El púlpito empezó a partirse y seccionarse, pujando hacia arriba...

Calvin lanzó un alarido y alzó un brazo para cubrirse el rostro. La bóveda osciló con un movimiento descomunal, tenebroso, semejante al de un barco zarandeado por la borrasca. Manoteé el libro y lo mantuve alejado de mí: parecía impregnado por el calor del Sol y pensé que me calcinaría, que me cegaría.

—¡Corra! –gritó Calvin—. ¡Corra!

Pero yo estaba paralizado y la emanación sobrenatural me llenó como si mi cuerpo fuera un cáliz antiguo que había esperado durante años..., ¡durante generaciones!

—¡Gyyagin vardar! –aullé—. ¡Siervo de Yogsoggoth, el Innombrable! ¡El Gusano de allende el Espacio! ¡Devorador de Estrellas! ¡Cegador del Tiempo! ¡Verminis! ¡Llega la Hora de Colmar, la Hora de Tributar! ¡Verminis! ¡Alyah! ¡Alyah! ¡Gyyagin!

Calvin me empujó y trastabillé. La iglesia giraba a mi alrededor y caí al suelo. Mi cabeza se estrelló contra el borde de un banco volcado, se llenó de un fuego rojo..., que sin embargo pareció despejarla.

Manoteé las cerillas de azufre que había traído conmigo. Un trueno subterráneo pobló el recinto. Cayó el revoque. La campana herrumbrada de la torre hizo repicar un ahogado carillón diabólico por vibración simpática.

Mi cerilla chisporroteó. La acerqué al libro en el mismo momento en que el púlpito se desintegraba en medio de un desquiciante estallido de madera. Debajo de él quedó al descubierto un inmenso boquete negro. Cal se tambaleó hasta el borde con las manos extendidas y con el rostro desfigurado por un clamor incoherente que resonará eternamente en mis oídos.

Entonces emergió una mole de carne gris y vibrante. La pestilencia se convirtió en una marea de pesadilla. Fue una erupción formidable de gelatina viscosa y supurante, una masa enorme y atroz me pareció alzarse desde las entrañas mismas de la tierra. Y sin embargo, con una súbita y espantosa lucidez que ningún ser humano puede haber experimentado, ¡me di cuenta de que eso no era más que un anillo, un segmento, de un gusano monstruoso que había vivido a ciegas durante años en la oscuridad encapsulada que reinaba debajo de la iglesia maldita!

El libro se inflamó en mis manos, y Eso pareció lanzar un alarido mudo sobre mi cabeza. Calvin recibió un golpe rasante y fue despedido al otro extremo de la iglesia como un muñeco con el cuello roto.

Se replego... Eso se replegó y dejó sólo un boquete descomunal y mellado, rodeado de baba negra, y un portentoso chillido ululante que pareció disiparse a través de distancias colosales y que al fin se acalló.

Bajé la vista. El libro había quedado reducido a cenizas. Comencé a reír y, después, a aullar como una bestia herida.

Perdí hasta el último vestigio de cordura y me senté en el suelo, sangrando por la sien, gritando y farfullando en esas sombras blasfemas, mientras Calvin, despatarrado en un rincón, me miraba con ojos vidriosos, despavoridos.

No sé cuánto tiempo pasé en ese estado. No podría determinarlo. Pero cuando recuperé mis facultades, las sombras habían trazado largos senderos alrededor de mí y me envolvía el crepúsculo. Un movimiento atrajo mi atención, un movimiento en el boquete abierto al pie del púlpito.

Una mano se deslizó a tientas sobre las tablas claveteadas del suelo.

Una carcajada demencial se me atascó en la garganta. Toda la histeria se fundió en un aturdimiento exangüe.

Una carroña se alzó de las tinieblas con escalofriante y vengativa lentitud y vi que me espiaba la mitad de una calavera. Los escarabajos se arrastraban sobre su frente descarnada. Una sotana podrida se adhería a los huecos sesgados de sus clavículas mohosas. Sólo los ojos estaban vivos: cavidades enrojecidas y vesánicas que me escudriñaban con algo más que demencia. En ellas brillaba la vida vacía de los páramos sin rumbo que se extienden más allá de los confines del Universo.

Venía a arrastrarme a la oscuridad.

Fue entonces cuando huí, chillando, dejando desamparado el cuerpo de mi viejo amigo en este antro de inquidad. Corrí hasta que el aire pareció estallar como magma en mis pulmones y mi cerebro. Corrí hasta llegar de nuevo a esta casa poseída y contaminada, y a mi habitación, donde me dejé caer y donde he permanecido postrado como un muerto hasta hoy. Corrí porque a pesar de mi enajenación había visto un aire de familia en los pingajos de esa figura muerta pero animada. Mas no se trataba de Philip ni de Robert, cuyas imágenes cuelgan en la galería de arriba. ¡ese rostro putrefacto era el de James Boon, Guardián del Gusano!



Él vive todavía en algun lugar de los tortuosos y oscuros recovecos que se enroscan debajo de Jerusalem’s Lot y Chapelwaite... y Eso todavía vive. Al quemar el libro se frustraron los planes de Eso, pero hay otros ejemplares.

Sin embargo yo soy el portal, y soy el último de los linajes de los Boone. Por el bien de toda la Humanidad debo morir..., cortando definitivamente la cadena.

Ahora me voy al mar, Bones. Mi viaje concluye, como mi relato. Que Dios te proteja y te conceda la paz.

Charles.

Este extraño cúmulo de papeles llegó por fin a manos del señor Everett Granzón, a quien habían sido dirigidos. Se supone que una recidiva de la infortunada fiebre encefálica que le había atacado originariamente después de la muerte de su esposa, en 1848, desencadenó la locura de Charles Boone y le indujo a asesinar a su acompañante y amigo de mucho años, el señor Calvin McCann.

Las anotaciones del Diario del señor McCann son un fascinante modelo de falsificación, y es indudable que Charles Boone los escribió él mismo para reforzar sus propios delirios paranoides.

Sin embargo, se ha comprobado que Charles Boone se equivocó respecto de dos cuestiones. En primer término, cuando <> (empleo el término en el sentido histórico, por supuesto) la aldea de Jerusalem’s Lot, el piso del púlpito, aunque carcomido, no mostraba huellas de una explosión o de grandes daños. Y si bien los antiguos bancos estaban volcados y había varias ventanas rotas, es lícito suponer que estos actos de vandalismo fueron perpetrados por gamberros de las poblaciones vecinas, a lo largo de los años. Los habitantes más viejos de Preacher’s Corners y Trandrell siguen repitiendo algunos rumores ociosos acerca de Jerusalem’s Lot (quizás, antaño, fue una de aquellas inofensivas leyendas tradicionales la que omnibuló la mente de Boone y la llevó por la senda fatal), pero esto no parece pertinente.

En segundo término, Charles Boone no era el último de su linaje. Su abuelo, Robert Boone, engendró por lo menos dos bastardos. Uno murió en la infancia. El segundo asumió el apellido Boone y se instaló en la ciudad de Central Falls, Rhode Island. Yo soy el último vástago de esta rama del tronco de los Boone, primo segundo de Charles Boone en tercera generación. He sido depositario de estos documentos durante diez años, y ahora los hago publicar aprovechando la circunstancia de que me he instalado en el hogar ancestral de los Boone, Chapelwaite. Espero que el lector se compadezca de la pobre alma descarriada de Charles Boone. Por lo que veo, sólo acertó en una cuestión: esta casa necesita urgentemente los servicios de un exterminador.

A juzgar por el ruido, en las paredes hay unas ratas enormes.

Firmado:

James Robert Boone

2 de octubre de 1971




JORNADAS DE HOMENAJE A LOVECRAFT



En el 70 aniversario de la muerte del escritor, en abril de 2007, la Universidad Carlos III de Madrid realizó unas jornadas como homenaje al autor de Providence, con el título de "El horror sobrenatural: mito y literatura desde el otro lado".En ellas participaron personalidades como Francisco Torres Oliver, Jesús Palacios, Juan Antonio Molina Foix, etc. Aquí os dejo el programa tal y como se publicó en su día.

JORNADAS DE HOMENAJE A H.P. LOVECRAFT
"El horror sobrenatural: mito y literatura desde el otro lado"
Abril 2007
En el 70 aniversario de la muerte del gran escritor H.P. Lovecraft, estas jornadas pretenden trazar un panorama del género del que es el mayor representante: el horror sobrenatural (supernatural horror). A la vez, propondrán un acercamiento a su forma de narrar, su vida y su obra.
Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) se ha convertido en un escritor enormemente popular después de su muerte, habiendo fundado una escuela literaria gracias a una de las creaciones más fascinantes de la literatura del siglo XX, los mitos de Cthulhu. Relatos como En las montañas de la locura, El horror de Dunwich o La sombra más allá del tiempo han ejercido una notable influencia en la cultura de masas de nuestros días: la literatura, el cine, el comic, etc.
El terror del más allá o "del otro lado" (from beyond) en la literatura y el cine fundado en mitos de nuevo cuño acerca de mundos lejanos y extraños deben mucho a este gran autor, cuya figura será un buen pretexto para profundizar en el tema del horror en el pensamiento y la creación artística y su papel en la cultura de nuestros días.

Coordinadores:
Fernando Broncano y David Hernández de la Fuente

PROGRAMA
Miércoles 25 abril
I. Los mitos de Lovecraft
10:30
Apertura y Presentación. Fernando Broncano / David Hernández de la Fuente
11:00
Juan Antonio Molina Foix (traductor, editor y ensayista): "Libros y personajes emblemáticos citados por Lovecraft"
12:00
Pausa
12:30
Francisco Torres Oliver (Premio Nacional de Traducción) "Raíces góticas en Lovecraft"
13:00
Mesa redonda
16:30
Lovecraft audiovisual (I): "Fabular imágenes. Filmes lovecraftianos" por Luis Revenga (director de cine, guionista y editor)
18:00
Lovecraft audiovisual (II):"Lovecraft
y el cine" por Jesús Palacios (escritor y crítico de cine)
19:30
Mesa redonda


Jueves 26 abril
II. Temas y símbolos del horror
10:00
Bárbara Bordalejo (directora del Institute for Textual Scholarship. Universidad de Birmingham):"La estética del horror: Edmund Burke, el horror tradicional y H. P. Lovecraft"
11:00
Pedro Serra (investigador de la Universidad de Salamanca): "Lo no-muerto, el poema y la meta-carne. Del materialismoabsoluto en Lovecraft et alii"
12:00
Pausa
12:30
Alberto Santos (editor): "Editar a H. P. Lovecraft"
13:30
Mesa redonda
14:00
Pausa
16:30
Pablo Acevedo (poeta e investigador de la Universidad Complutense): "Lovecraft en la modernidad"
17:30
Lecturas lovecraftianas (I): Performance. Iury Lech (escritor, músico y crítico literario)

Viernes 27 abril
III. La escuela del horror
09:00
Manuel Broncano (profesor titular de Literatura norteamericana en la Universidad de
León): "Lovecraft en la tradición oscurantista norteamericana"
10:00
Juan Carlos Chirinos (biógrafo y novelista): "Lovecraft y el cuento hispanoamericano"
11:00
Pausa
11:30
Lecturas lovecraftianas (II): Novela. Ernesto Pérez Zúñiga (poeta y novelista)
12:30
Lecturas lovecraftianas (III): Poesía. Luis Alberto de
Cuenca (poeta y profesor de investigación en el CSIC)
13:30
Mesa redonda y conclusión: Fernando Broncano / David Hernández de la Fuente

jueves, 14 de julio de 2011

CRADLE OF FILTH-CTHULHU DAWN



En su disco Midian (2000) la banda inglesa de metal Cradle of Filth compuso una canción titulada Cthulhu Dawn, en la que se invoca al conocido dios de los Mitos.Aquí os dejo el vídeo para que la disfrutéis.

lunes, 11 de julio de 2011

LA SOMBRA SOBRE INNSMOUTH EN EL TEATRO




En noviembre de 2010 la Compañía Clásica de Comedias (http://ccc-clasicadecomedias.blogspot.com)
anunció el estreno de la versión teatral del relato La sombra sobre Innsmouth, adaptando una versión anterior para la radio.Sin embargo, el estreno se retrasó hasta los días 18 y 19 febrero de este año, en el Centro de Cultura Contemporánea L´Escorxador de Elche, con gran éxito de público.Hay que destacar que se trataba de la primera vez que en España se ponía sobre el escenario un texto de Lovecraft.Los distintos intérpretes que dan vida a los personajes son Lidia Albarracín, Ángel Herrero, Joan Fabrellas y Antonio Chinchilla, la música y los efectos sonoros son de Carlos Maciá y la dirección corre a cargo de Antonio Chinchilla y Juan León.Esperamos que la obra continúe cosechando éxitos y podamos verla en muchos más escenarios.

viernes, 8 de julio de 2011

LOS MITOS DE CTHULHU DE RAFAEL LLOPIS




Aquí os dejo completa la interesante introducción realizada por el escritor y ensayista español Rafael Llopis (n.1933),-autor apenas conocido en España hasta la publicación, a su cargo, de la célebre antología Los mitos de Cthulhu (Ed. Alianza, Madrid, 1969) que recogía por primera vez narraciones de muchos de los autores del llamado Círculo de Lovecraft, como Robert E. Howard, Frank Belknap Long, Clark Ashton Smith, etc., así como de sus herederos literarios directos: Robert Bloch, August Derleth y Ramsey Campbell, entre otros-,a la citada obra, en la que realizaba una localización histórico-cultural de los Mitos, una breve reseña biográfica de Lovecraft y un génesis y desarrollo de la mitología.Un trabajo magnífico, sin duda, para aproximarnos a la obra y la vida de Lovecraft.

De los Primero Engendrados, escripto está que esperan sienpre al unbral de la Entrada, é la dicha Entrada se encuentra en todas partes é en todos tienpos, ca Ellos non conosçen el tienpo nyn lugar, sino esisten en todo tienpo é en todo lugar, a la ves é sin paresçer, é los ay dEllos que tomar pueden diferentes Fformas é Maneras, é revestir una Fforma dada é un rostro sabydo; é las Entradas dEllos están en cualquiera parte, mas la primera es aquella cuya fize avrir, a Saber: Irem, Çibdat de los munchos Pylares, Çibdat so el Desyerto, mas sy ome alguno dixere la Palavra prohibida avrirá allí mesmo una Entrada é podrá aguardar a Los Que Atravesaren la dicha Entrada, que asy podrán ser: Doles é el Mi-Go, é el pueblo Cho-Cho, é los Profundos de la Mar, é los Gugos é las descarnadas Animalias de la noche, é los Chogotes é los Vormis, é los Santacos que fazen custodia de la Kadat del Desyerto de los Yelos é la Meseta de Leng. Que todos por igual son Fijos de los Dioses Primeros. Pues aconstesçió que, la grande Rraça de Yit non aviendo conzierto con los Primigenios, nin éstos con aquella, nin ambos con los Dioses Primeros, é separados todos, dexaron a los Primigenios el señorío del Universo Mundo, ca tornando de Yit la dicha grande Rraça, tomó la Su Morada en un tienpo de la Tierra por venir é todavía non conoscido de los que agora caminan por sobre della. E aquí mesmo aguardan Ellos fasta que tornen otra vegada los bientos e las Vozes que ante los llebaron é Lo Que Caminó sobre los Bientos del Mundo é de los espazios vaçios que están entre las estrellas por siempre.

Abdul Alhazred [Necronomicon]. Según la traducción castellana (León, ¿1300?), hallada por F. Torres Oliver en el Archivo Histórico de Simancas.


LOS MITOS DE CTHULHU


LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-CULTURAL DE LOS MITOS



Aunque muy relacionados con la science-fiction, con la literatura onírica y con la fantasía pura, en rigor los Mitos de Cthulhu deben adscribirse a la tradición del cuento de miedo anglosajón.
A principios de siglo, el cuento de miedo sufrió una importante mutación. Hasta entonces su protagonista predilecto había sido el muerto. La creencia en el retorno de los muertos, abolida fundamentalmente –junto con muchas otras creencias– por el racionalismo del siglo XVIII, vuelve –negación de la negación– en el Romanticismo. Pero ya no vuelve como la pura creencia que era antes, sino como estética. Esta desincronización entre el creer y el sentir queda perfectamente expresada en la célebre frase de madame du Deffand, quien, habiéndosele preguntado en pleno siglo XVIII si creía en los fantasmas, contestó que no, pero que les tenía miedo. En el Romanticismo, ya no se cree en los muertos, pero éstos aún dan miedo.
En efecto, sabemos que la razón es mucho más plástica, ligera, cambiante y ágil que el sentimiento y que éste está mucho más sujeto a la inercia de la memoria. Razón y memoria son términos dialécticamente antitéticos, pues la memoria es el residuo físico de lo que algún día fue razón y la razón no es sino el más elevado rendimiento de una estructura espacial que, en definitiva, sólo es memoria. En la memoria han quedado fijados esquemas emocionales y de comportamiento que, por haber demostrado su utilidad ppara el inidviduo o para la especie, se han automatizado, abandonando, pues, el terreno de la razón. Y por eso, cuando la razón descubre nuevos horizontes y aniquila viejos mitos, los sentimientos ligados a estos –más aún, determinantes de éstos– perviven. Ni aún negados por la razón se resignan a morir. Tienen entonces que abandonar sus pretensiones de verdad y expresarse –todo sentimiento se expresa siempre de una u otra forma– en un plano estético donde reconocen de antemano su falta de objetividad. Y así, el sentimiento, negado como creencia por la razón, niega a su vez a la razón. Pero al negarla no se produce un paso atrás hacia la creencia, sino que, muy al contrario, se consolida el paso adelante recién dado por la razón. Expresadas en forma de arte, las excreencias pierden su fuerza sugestiva y su ímpetu embriagador. Ya como arte –es decir, como eco emocional de una creencia que ya no lo es– se van agotando, se van apagando hasta desaparecer o sufrir una nueva mutación.
Pues bien, como digo, el primer protagonista de cuentos de miedo fue cronológicamente el pobre muerto. Fue el falso muerto de Ana Radcliffe, el hombre que debería haber muerto de Polidori, el muerto recauchutado de Mary Shelley o la muerta adorada y odiada de Edgar Poe. Y muchos más. Algunos de estos muertos eran corporales y putrescentes; otros eran inmateriales como un soplo, como un aroma, como una vaga trusteza. Durante el siglo XIX, los escritores fantásticos inventaron toda clase de muertos. En la Inglaterra victoriana, el racionalismo pegó otro empujón y los muertos tuvieron que armarse de filosofías místicas, de swedenborgianismo, de mesmerismo y de martinismo, para poder seguir asustando. El cuento de miedo se apuntaló así en filosofías periclitadas que le dieron cierto barniz de verosimilitud. Decía Coleridge que, para gozar de un cuento de miedo, se necesitaba suspender voluntariamente la incredulidad. Pero ésta era cada vez más fuerte y menos suspendible, por lo que el autor tenía que recurrir a toda clase de argucias pseudorracionales para coger desprevenido al lector. Y darle su pequeño escalofrío, que es de lo que se trataba.
Pero llegó un momento en que el neo-muerto sofisticado y apuntalado de los victorianos produjo tan poco miedo al lector como el burdo paleo-muerto –cadenas, aullido y tente tieso– de los románticos. Y entonces el cuento de miedo sufrió una importante mutación.
Esta importante mutación se produjo a principios del siglo XX y su adelantado fue un escritor galés casi desconocido: Arthur Machen (pronúnciese Méichin, Májen, Mashán, Macken, McHen, o como se quiera, que cada cual lo hace a su modo). Pues bien, Machen sintió que era necesario revisar a fondo el cuento de miedo. Y empezó a eliminar de él una serie de elementos caducos: el castillo medieval, el muerto en todas sus infinitas variedades y subespecies, la noche... En una palabra, sepultó la tramoya romántica y se puso a escribir cuentos de miedo a base de luz, de campo, de verano, de cantos de insectos, de piedras y de montes.
Se sabe de Machen que pertenecía a una sociedad secreta llamada «Golden Dawn». Tal vez fue en ella donde encontró material numinoso novelable. Quizá él mismo no quería asustar, sino dar publicidad a aquellas doctrinas místicas. No lo sé. Pero de lo que no cabe duda es que sus relatos fueron aceptados como cuentos de miedo, es decir, como pura ficción fantástica que producía un deseable estremecimiento de terror. Y esta aceptación por parte del público apunta hacia la existencia –en éste– de una necesidad. Pero ¿por qué el público anglosajón de principios de siglo necesitaba asustarse con terrores nuevos, con terrores inéditos que, sin embargo, reactualizaban los terrores más ancestrales y recónditos del alma humana?
Mejor dicho, sabemos que la emoción del terror –como toda emoción– tenía ya su público y una larga tradición, y que, para seguirla manteniendo, la literatura fantástica tenía que modificarse a fondo. Pero ¿por qué se modificó entonces? ¿Por qué se modificó así?
Para comprenderlo es necesario situarse en su contexto histórico-cultural. Por el lado histórico, tenemos inquietudes revolucionarias, pánico, atentados. Por el lado cultural, tenemos una nueva crisis del racionalismo, expresión del fracaso de las ideas filosóficas y sociales del siglo XVIII. Ambos lados son caras de una misma moneda. El hombre se da cuenta entonces de que vive sobre un volcán apenas dormido. Marx enseña que las capas sociales burguesas flotan precariamente sobre un mar social embravecido que las ha de destruir. Freud hace ver que la razón no es más que la última capa evolutiva de la conciencia y que, bajo ella, palpitan terrores sin nombre. La crisis del racionalismo filosófico, social y cultural es, en el fondo, una ampliación del racionalismo, porque lo que muere es sólo una forma ya caduca de la razón. La conciencia humana no sólo crece hacia arriba, sino también hacia abajo. Y pronto descubre que bajo ella –por debajo de los salones burgueses y por debajo del Yo– hay un mundo inmenso y reprimido que –racionalmente– se ha de asimilar. El racionalismo, pues, engendró el interés por lo irracional.
El arte que es expresión de sensibilidad, reflejó estas crisis, estas luchas, estos partos dolorosos y esta gran ansiedad. Pintores, músicos, poetas y novelistas se apartaron de los cánones académicos porque los sentían ya muertos, y se volvieron hacia los submundos reprimidos –sociales o psicológicos– de los cuales hicieron mundos de ficción deseados u odiados, utópicos o escapistas, puramente fantásticos o sólidamente verosímiles. Los nuevos caminos de expresión. El artista rompió las tradiciones de su arte, las desintegró en infinidad de ismos y cada uno de éstos se convirtió en protesta y huida, en martillo y láudano. En esta revolución cultural, el nuevo cuento de miedo iniciado por Machen representa el momento de protesta y evasión, el dolor por la pérdida de una paz idealizada, el horror contradictorio hacia un pasado bárbaro y terrible que aún acecha en las profundidades y también la transposición del objeto de la angustia.
Para huir de la violencia real, el joven galés se refugió en un mundo arquetípico. Superpuesto al Londres mísero y tiznado, soñó un Londres espiritualmente transmutado. Frente al horror de la gran ciudad mecanizada, huyó a los misterios paganos de su Gales natal. En sus cuentos aparecieron de nuevo las hadas y las ninfas de la mitología clásica. Exhumó literariamente los restos de la dominación romana en Gales y en sus ruinas –ruinas clásicas, ya no medievales– hizo revivir cultos horrendos, sacrificios humanos, sátiros y faunos, magia arcaica y ciencia hoy perdida por el hombre. Para Machen, en el saber de los antiguos hierofantes se escondía una verdad hoy olvidada y por eso lo sobrenatural ya es en él mucho menos sobrenatural.
Por último, debo señalar que Machen creó también un objeto ficticio de terror, que encauzó el terror real de los hombres, sublimándolo. Al transponer la causa del terror, al sustituirla por una inventada, Machen conjuró los miedos objetivos a la muerte violenta, al futuro incierto, al terrible pasado, a la revolución y a la contrarrevolución y al maquinismo cada vez más inhumano. La gente sentía angustia y Machen le dio una angustia sublimada que era a la vez espuela y bálsamo. El lector angustiado sentía el acicate del miedo hecho arte y, agotándolo como tal arte, sentía ese alivio que, según nos enseña la reflexología, es una magnífica recompensa para fijar una conducta.
Desde los tiempos de Machen, los motivos de ansiedad han ido aumentando, sobre todo en el mundo anglosajón. La guerra del 14, la revolución rusa, las crisis económicas, el fascismo y el gangsterismo crecientes, la guerra mundial por fin, han representado nuevos estímulos ansiógenos para el americano de los años veinte y treinta. Y, en la literatura, el terror ha seguido proporcionando un motivo ficticio para el miedo real, desviando a éste de sus orígenes y sublimándolo hasta hacerlo soportable. Igual que Joyce y Faulkner bucearon en los submundos psicológicos y sociales, mientras la música dodecafónica y el jazz y el cubismo y el surrealismo buscaban nuevos caminos estéticos, la literatura popular abandonó sus cauces clásicos. Dashiell Hammett orientó la novela policíaca en un sentido nuevo de violencia y sadismo y también de crítica social. Impulsada por los nuevos descubrimientos científicos, por la cuarta dimensión y por la relatividad, la literatura de anticipación abandonó los modelos de Verne y de Wells y creó mundos improbables y probables, de sátira a veces, y otras, de pura evasión.
En la literatura fantástica, como es lógico, el pobre muerto –en el fondo tan inocente– resultó incapaz por sí solo de torcer el curso del terror real, de desarraigarlo de sus orígenes objetivos. No sólo ya nadie creía en él, sino que ni siquiera daba miedo como en tiempos de madame du Deffand. Y los escritores fantásticos siguieron el camino de Machen y exploraron nuevos horizontes.
Por debajo de los terrores más superficiales y banales, descubrieron nuevos mundos –viejísimos mundos– de caos y horror. Igual que la razón crecía también hacia las profundidades, los cuentos de miedo –sus más fieles seguidores– ahondaron su campo de acción. Más allá del simple muerto y del castillo medieval, retrocedieron a épocas primitivas, prehistóricas, prehumanas, a épocas de oscuridad primigenia, de caos, de vagas formas protoplasmáticas del despertar del mundo. La arcaica capa geológica vino a simbolizar un estrato primitivo de la mente. Los terrores más antiguos de la humanidad resucitaron, como arte nuevo, al quedar liberados por el avance en profundidad de la razón. La viejísima creencia se convirtió en novísimo arte. Los terrores primitivos vinieron a ser antídoto del último terror.
Y así, Bram Stoker –autor de Drácula– revivió en The Lair of The Worm, su última novela, un horrible ser prehistórico que había llegado a nuestros días por un extraño camino evolutivo. M. P. Shiel y W. H. Hodgson escribieron sobre terrores cósmicos. Lord Dunsany inventó mundos oníricos de pura evasión. Algernon Blackwood hizo protagonista de sus relatos al horror numinoso, a lo tremendum, a la fascinación de la naturaleza virgen. Pero, de todos ellos, el que mejor supo expresar la angustia de su tiempo –expresando simplemente la suya propia– fue Howard Phillips Lovecraft.
Lovecraft fue un adelantado y un hombre enfermo (o fue un adelantado por ser un hombre enfermo). Como enfermo, supo sintonizar con la angustia de sui mundo. Pero desde sus años treinta hasta ahora, el terror ha ido en aumento y hoy siente todo el mundo lo que entonces sólo percibía un hombre angustiado. Lovecraft es un adelantado porque, a través de su ansiedad, supo expresar, aún más que los miedos de su tiempo, los del mismo porvenir. Y, como tantas veces sucede, el escritor minoritario y desconocido se ha vuelto mayoritario y popular. Sus Mitos de Cthulhu se han constituido en última mitología del siglo XX, pero con la diferencia de que es ésta una religión para escépticos, de que está distanciada, de que su autor no quiere hacerla pasar por verdad. Y, sin embargo, resulta verdadera, auténtica y sincera porque posee la verdad del arte: los Mitos de Cthulhu traducen en palabras y conceptos el terror de hoy, ese terror sin nombre que sólo puede expresarse mediante imágenes de sueño o de locura apocalíptica.


LOVECRAFT:HISTORIA Y LEYENDA



El principal creador de los Mitos de Cthulhu fue Lovecraft, suya vida contradictoria rompe cualquier esquema preconcebido. Con él, el azar –bajo la forma de un individuo casual, de una familia pequeño-burguesa y neurótica como tantas, de una educación altanera y malsana– salió al encuentro de la necesidad. Su obra de solitario atormentado cayó en el terreno abonado de su sociedad.
Howard Phillips Lovecraft nació en Providence (Rhode Island) el 20 de Agosto de 1890. Su padre, Winfield Scott Lovecraft, era un viajante de comercio pomposo que prácticamente nunca convivió con su hijo y que murió cuando éste tenía ocho años. Su madre, Sarah Susan Phillips –de la que él fue el vivo retrato–, era neurótica y posesiva y volcó todas sus muchas insatisfacciones en el pequeño Howard. Continuamente decía a éste que era muy feo, que no debía dar un paso lejos de sus faldas, que la gente era mala y tonta, que, como sus padres provenían de Inglaterra, él era de estirpe británica y, por tanto, ajeno al terrible país en que vivían. Recibió, pues, una educación aristocrática y ramplona, de gente bienvenida a menos, pero orgullosa de sus tradiciones. Como era de esperar, se crió medroso y superprotegido, siempre entre personas mayores, solitario, fantástico, reprimido. Apenas jugaba con otros niños y, cuando lo hacía, le gustaba representar escenas históricas o imaginarias. Los otros niños no le querían y él se refugiaba en los libros de la magnífica biblioteca de su abuelo materno. Desde muy pequeño sintió una morbosa aversión al mar (según Wandrei, a partir de una intoxicación por comer pescado en malas condiciones). Se alimentaba preferentemente de dulces y helados y desde niño sufrió terribles pesadillas, lo que no es de extrañar, ya que, como enseña la psicología, el horror cósmico deriva de ese horror al vacío que con tanta frecuencia resulta inducido secundariamente por una educación superprotectora.
Siempre fue ateo. Hablando de sí mismo en tercera persona, dice el propio Lovecraft: «A pesar de que su padre era anglicano y su madre anabaptista, a pesar de que desde muy pequeño estuvo acostumbrado a los cuentecillos de rigor en un hogar religioso y en la escuela dominical, nunca creyó en la abstracta y estéril mitología cristiana que imperaba en torno suyo. En cambio fue un devoto de los cuento de hadas y de las Mil y Una Noches, en los que tampoco creía, pero los cuales, pareciéndole tan ciertos como la Biblia, le resultaban mucho más divertidos». Su afán de maravillas indica, sin embargo, que, tal vez por el ambiente en que se educó, Lovecraft, aun radicalmente ateo, siempre sintió un profundo anhelo religioso que él mismo reprimió y sublimó. A los seis años descubrió las leyendas del paganismo clásico y se entusiasmó, llegando incluso, como juego –¡siniestro juego de niño solitario!–, a construir altares «a Pan y a Apolo, A Atenea y a Artemisa y al benévolo Saturno, que gobernaron el mundo en la Edad de Oro». A los trece años, influido por las novelas policíacas, fundó una tal «Agencia de detectives de Providence», que obtuvo un cierto éxito entre la chiquillería del vecindario. Pero pronto se cansó de este juego y volvió a su soledad, a leer cuentos fantásticos y terroríficos y también a escribirlos. Su primer relato –La bestia de la cueva, imitación e los cuentos terroríficos de la tradición «gótica»– fue escrito a los quince años de edad
En su adolescencia, racionalista y lógico cien por cien, se dedicó a imitar a los escritores del siglo XVIII. Sentía predilección por todo lo antiguo, pero en especial por este siglo. Lovecraft era un reaccionario terrible. Sentía un miedo visceral por todo lo nuevo, e incluso deploraba la independencia de su país (a la que denominaba «el cisma de 1776»). Él se consideraba británico cien por cien y adoraba todo lo que le recordase el pasado colonial de su patria. «Todos los ideales de la moderna América –basados en la velocidad, el lujo mecánico, los logros materiales y la ostentación económica– me parecen inefablemente pueriles y no merecen seria atención» –escribiría más adelante–. Pero, en vez de buscar un futuro mejor, su protesta se plasmaba en un intento de retorno a un pasado ya muerto.
Educado en un santo temor al género humano (exceptuando de éste a las «buenas familias» de origen anglosajón), creía que nadie es capaz de comprender ni amar a nadie y se sentía un extranjero en su patria. Para él, «el pensamiento humano... es quizá el espectáculo más divertido y más desalentador del globo terráqueo. Es divertido por sus contradicciones y por la pomposidad con que intenta analizar dogmáticamente un cosmos totalmente incógnito e incognoscible , en el cual la humanidad no constituye sino un átomo transitorio y despreciable; es desalentador porque, por su misma índole, nunca alcanzará ese grado ideal de unanimidad que permitiría liberar su tremenda energía en provecho de la raza humana». Unas líneas más abajo escribe: «El conflicto es la única realidad ineludible de la vida». Y él, incapacitado para la lucha, se encerró en el pesimismo de su soledad impotente, entre dos viejas tías solteronas, rodeado de muebles antiguos y empolvados. Hasta los treinta años no pasó una noche fuera de su casa. Filosóficamente, se consideraba «monista dogmático» y «materialista mecanicista» y era en realidad un escéptico radical, absoluto, autodestructor. Para él, el colmo del idealismo era pretender mejorar la situación del hombre.
Y así fue su vida, que luego se convirtió en leyenda: una visa de penuria económica, de represión y soledad, de amargura y pesimismo. Odiaba la luz del día. Pero en las noches revivía para leer, escribir, para pasear por las calles solitarias –sin enemigos ya– y, sobre todo, para soñar. Lovecraft vivía por y para sus sueños. En ellos, experimentaba «una extraña sensación de expectación y de aventura, relacionada con el paisaje, con la arquitectura y con ciertos efectos de las nubes en el cielo». Este goce estético fue el que, según Derleth, le impidió suicidarse.
A los veintitantos años, Lovecraft abandonó su estilo dieciochesco y adoptó el de su gran ídolo de entonces: lord Dunsany. Los Cuentos de un Soñador, El Libro de las Maravillas y Los Dioses de Pegana se convirtieron en sus libros de cabecera. Y en 1917, a los veintisiete años de edad, publicó u primer relato fantástico: Dagon, en la revista Weird Tales. A éste siguieron otros, la mayor parte de los cuales se publicó en la misma revista.
En 1921 sucedieron dos hechos que habrían de cambiar la vida del joven Howard. La pequeña fortuna familiar se había ido agotando y, por fin, cayó por debajo del mínimo vital. En el mismo año falleció su madre, que hasta entonces lo había tenido poco menos que secuestrado. Howard se sintió en el vacío, perdido en el mundo, solo ante la sociedad hostil. Pero reaccionó en forma positiva. Él sólo sabía hacer una cosa: escribir. Y decidió ganarse la vida como escritor de cuentos de miedo, como crítico, como corrector de estilo, como lo que fuese, con tal de que tuviera relación con la pluma. Y así, entre su flaca renta y sus magros ingresos profesionales, fue tirando con más duras que maduras.
El trabajo, sin embargo, abrió notablemente su panorama social. A la fuerza tuvo que relacionarse con la gente y, aunque sus cuentos pasaron inadvertidos por el gran público, hubo quienes se interesaron en ellos y escribieron al autor. Y este hombre hosco y solitario que decía aborrecer al mundo –cuando lo que le pasaba en realidad es que se sentía o se creía rechazado por él– se convirtió de pronto, en sus cartas, en un muchacho alegre y entusiasta, capaz de escribir largas epístolas a cualquier lector adolescente y desconocido.
Y entre sus corresponsales –escritores conocidos, noveles o aficionados– se fue creando el que más tarde se llamaría «Círculo de Lovecraft». Lovecraft exultaba. «Mis cartas –escribió a uno de sus amigos– constituyen una faceta más de mi gusto por lo antiguo. Como usted debe saber, el arte epistolar fue asiduamente cultivado en el siglo XVIII, que es mi siglo predilecto». Y, un poco más abajo, confiesa: «Este intercambio de ideas me ayuda considerablemente a superar mi estrechez de horizontes que siempre amenaza mi existencia de hombre solitario». Sus cartas eran realmente prodigiosas y en ellas hacía gala de una gran cultura, de inagotable fantasía e incluso de un magnífico humor. Bautizó a sus corresponsales y amigos con nombres exóticos y sonoros: Frank Belknap Long se convirtió en Belknapius, Donald Wandrei en Melmoth August Derleth en el Conde d’Erlette, Clark Ashton Smith en Klarkash-Ton, Robert Bloch en Bho-Blok, Virgil Finlay en Monstro Ligriv, Robert Howard en Bob-Dos-Pistolas. Él mismo firmaba sus cartas como «el sumo sacerdote Ech-Pi-El» (transcripción fonética inglesa de sus iniciales H. P. L.), como Abdul Alhazred o como Luveh-Kerapf. «sus fórmulas de despedida –dice Ricardo Gosseyn– son casi siempre como éstas: Suyo, por el signo de Gnar, Abdul Alhazred; Suyo, por el Pilar de Pnath; Suyo, por el Ritual Gris de Khif, Ech-Pi-El.» Los que sólo le conocían por carta le pintan como un hombre afable, bondadoso, cordial. Lo que llegaron a viajar para conocerle en persona corroboran esta impresión. «Era un hombre de los hombres más humanos y comprensivos que he conocido en mi vida» (Clifford M. Eddy, Jr.). «Poseía un encanto y un entusiasmo juveniles» (Alfred Galpin). «Jamás y de ninguna manera fue un hombre solitario y excéntrico. La lógica y la razón gobernaban todas sus actividades» (Donald Wandrei). Robert Bloch dice que, si bien es cierto que Lovecraft fomentó su propia leyenda, también lo es que viajó, que se escribió con mucha gente, que estaba siempre al corriente de la filosofía, de la política y la ciencia de su época. «El cuadro del hombre retraído y solitario que persigue sombras y pasea de noche en antiguos cementerios –dice Bloch– no es completo». Y añade: «La rareza de Howard Phillips Lovecraft –si es que hubo tal rareza– residió en que su torre de marfil estaba mejor construida y era más bella que la mayoría de ellas y en que invitaba al mundo entero a visitarla y a compartir sus riquezas».
He aquí, pues, a un Lovecraft radicalmente distinto del que debieron conocer los vecinos de su calle. ¡Curioso personaje! Pesimista y entusiasta, amargado, amable, bondadoso, misántropo, utópico y soñador, vulgar, gris, avaro, generoso, ocultista y racionalista a la vez, amigo fiel y comprensivo, racista, materialista, humanitario, realista y fantástico, simpático, abierto, solitario, ateo, degenerado, loco, prodigio de inteligencia, creador de mundos, fracasado y triunfador, aficionado a los helados como un niño y a los gatos como una solterona, ¿cómo era de verdad este hombre alto y desgarbado, feísimo, de enorme mandíbula, ojos de pez y voz chillona? Pues es seguro que era todo eso y más que se me olvida. El hombre es siempre una estructura dialéctica de elementos contradictorios y, según unos ambientes u otros, según la gente que le rodea o su situación social, son unos u otros elementos los que predominan y son percibidos. Entre sus amigos se sentía admirado y querido, se sentía seguro y volcaba en ellos todo su amor reprimido. Ante la sociedad pragmática y violenta de su país era un hombre aterrado y retraído que soñaba con vagas utopías pacifistas. En contacto con los inmigrantes pobres brotaba su orgullo aristocrático y los odiaba. Se cuenta que, en cierta ocasión, tres ciegos palparon un elefante. Uno palpó su trompa y dijo: «El elefante es como una gran serpiente». El otro palpó su flanco y dijo: «El elefante es como una roca». Un tercero palpó una pata y dijo: «El elefante es como un árbol». Lo mismo sucede con Lovecraft. Cada cual intenta reducirlo a la faceta que en él descubrió, que está determinada sobre todo por el ángulo desde el que se lo estudia. Pero Lovecraft, como todo ser humano, posee una riqueza que no puede reducirse a un esquema simplista.
La amistad postal y multilateral del Círculo de Lovecraft pronto se relejó en su obra literaria. Sus corresponsales empezaron a salir en sus cuentos: Derleth, como el conde d’Erlette, autor de un horrible libro titulado Cultes des Goules, y también como Danforth (En las montañas alucinantes) o Wilmarth (El que susurraba en las tinieblas); Ashton Smith, como autor de abominables esculturas y de poemas cósmicos (lo que era en realidad); Robert Bloch, como Robert Blake, ocultista víctima de sus propias magias... por su parte, sus amigos hicieron aparecer a Lovecraft –como Eich-Pi-El, como Luveh-Kerapf, como Ward Phillips o bajo cualquier otro nombre– en sus propios relatos. Frank Belknap Long y Donald Wandrei despertaron también su interés por la fantasía científica. Y sobre todo –cosa curiosa aunque lógica– esta apertura de horizontes hizo de él un escritor realista. «¡Cómo! –exclama Bloch– ¿Realismo en la obra de Lovecraft? ¡Pues claro que sí! ¿Quién como él ha descrito con tanta exactitud y tan convincentemente las zonas rurales de su Estado? ¿Quién sino él ha sabido pintar con suma claridad la decadencia de las gentes y de las costumbres de la región?» En esta segunda época, el propio Lovecraft se declara realista: «Estoy plenamente convencido de que, en esencia, toda mente creadora es fruto que crece del humus de su propia tierra natal y de que ningún material literario se adapta a aquélla tan perfectamente como el rico colorido y los antecedentes históricos de ésta. Ya habrán observado ustedes que en mis cuentos he puesto mucho de mi propia Nueva Inglaterra». Según Bloch, Lovecraft «poseía todos los atributos del escritor regionalista». Fue historiador, economista y sociólogo de Nueva Inglaterra. «Nueva Inglaterra, que antaño fue la tierra de Thoreau y Hawthorne –afirma Bloch– es hoy y será en lo sucesivo la tierra de H. P. Lovecraft». «Las viejas calles de Providence –escribe W. T. Scott– han sido visitadas durante generaciones por el mágico recuerdo de la intensa y oscura figura, a veces vacilante, de Edgar Allan Poe. Creo que ahora podemos ver al fin que otro caballero más delgado, ascético y alto se ha unido a él, se pasea con él y es más especialmente nuestro».
De esta su época de apertura datan los Mitos de Cthulhu. El primero de sus relatos perteneciente a este ciclo es La Ciudad sin Nombre (1921), que todavía conserva el estilo dunsaniano de su juventud. En El Ceremonial (1923) aún quedan algunos ecos dunsanianos, pero la acción transcurre ya en Nueva Inglaterra. Sus cuentos, aun los no pertenecientes a los Mitos, se sitúan ya indefectiblemente en su región natal, casi siempre en sus zonas rurales. A partir de La Llamada de Cthulhu (1926), los Mitos adquieren su forma adulta y definitiva, en colaboración con todo el Círculo de Lovecraft. Cada uno de sus amigos puso su granito de arena: el uno se inventó un nuevo dios; el otro, un nuevo libro de oscuro saber olvidado; el de más allá, una situación, un detalle, un ambiente. Los Mitos de Cthulhu son, pues, obra colectiva que cristalizó en torno a un hombre solitario.
También de esta época de apertura social data su amistad con Sonia Greene, diez años mayor que él. Lovecraft era entonces un asiduo colaborador de revistas de aficionados y ella trabajaba en la United Amateur Press Association. Alfred Galpin la pinta como «una especie de Juno dominante, de magníficos ojos y cabellos negros». Lovecraft, ante ella, debió sentirse de nuevo niño superprotegido y asustado. Sin duda vio en ella una imagen de su madre perdida, secretamente anhelada. Y, en 1924, se casó con ella, yéndose a vivir a Brooklin. Estos matrimonios edipianos suelen salir mal. No puedo por menos de evocar aquí la figura de Poe, tan paralela en muchísimos sentidos a la de Lovecraft. También Poe vivió siempre hechizado por el espectro de su madre muerta y también se casó con una imagen simbólica de ella. En el caso de Poe, se sabe que su matrimonio fue blanco. En el de Lovecraft, que sentía verdadero terror al sexo. Sea como fuere, Lovecraft y su mujer se separaron a los dos años de casados, divorciándose tres después de la separación. La ruptura del matrimonio fue debida, según él, a «dificultades económicas más crecientes divergencias en cuanto a aspiraciones y necesidades».
Tras la separación, Lovecraft regresó a Providence y se dedicó a escribir, a leer, a investigar la historia de Nueva Inglaterra. Hizo algunos pocos viajes y, sintiéndose definitivamente fracasado en el mundo, se hundió de nuevo en su antigua misantropía que, en realidad, nunca le había abandonado del todo.
Murió de cáncer intestinal e insuficiencia renal el 15 de marzo de 1937, en el Jane Brown Memorial Hospital de Providence. Tenía cuarenta y siete años. Después de su muerte, sus amigos y admiradores –sobre todo Donald Wandrei y August Derleth– se dedicaron a recopilar sus cuentos dispersos o inéditos y a publicarlos. En tono a la naciente leyenda de Lovecraft crearon una editorial –Arkham House– cuyo mismo nombre está tomado del de la imaginaria ciudad conde aquél situó varios de sus relatos. La editorial tuvo un éxito cada vez mayor, Lovecraft fue saliendo del olvido en que vivió y aparecieron infinidad de imitadores que –inevitablemente– representaron el principio de la decadencia literaria de los Mitos. Al popularizarse la obra de Lovecraft, empezó también a desarrollarse su leyenda de rondador de cementerios, de sabedor de secretos prohibidos, de practicante de cultos abominables, de creyente en sus propios Mitos de Cthulhu. Los americanos –dice Maurice Lévy– quisieron explicar los monstruos de Lovecraft, haciendo de éste un monstruo.
Creo yo, sin embargo, que si llamamos monstruoso a lo patológico, Lovecraft sí fue un monstruo (y aquí enfoco yo su figura polidimensional desde mi ángulo psicopatológico). Pero su monstruosidad apenas se reflejó en su vida externa. Exteriormente, fue un hombre vulgar tímido, afable, educado y desvaído, que ni siquiera fue huraño. Lejos de creer en magias y esoterismos, fue siempre un hombre lógico, materialista, racionalista, ateo. Su vida pública fue una vida más, una vida humilde de pequeño burgués fracasado. Sus amigos le querían porque él, ante ellos, se sentía liberado y manifestaba todo su apasionado entusiasmo reprimido. Las demás personas le debieron ignorar por completo. ¿Por qué le iban a odiar?
La tragedia de Lovecraft, su epopeya, su lucha, su drama, fueron interiores. Él se sentía solo, destrozado, en pugna con la sociedad. Para huir de ésta, él se quería británico, lo que para él significaba puro, inmaculado. Como todos los hombres angustiados, sentía horror por la suciedad, por la descomposición, por la mezcla. Dice Maurice Lévy que acaso sus monstruos –o algunos de ellos– procedan de una transmutación literaria del americanísimo concepto del melting pot, es decir, del crisol en que se funden razas distintas. Le horrorizaban los pobres porque estaban sucios y derrotados, porque eran brutales y zafios, porque incluso muchos de ellos no hablaban inglés. Amaba la Nueva Inglaterra colonial porque aún no había sido mancillada por «esa chusma de extranjeros miserables venidos de la Europa Continental» (Lovecraft). En una de sus cartas relata un viaje a los barrios bajos de Nueva York y dice que él caminaba por el centro de la calzada para no rozar esa «horda ítalo-semítico-mongoloide» que pululaba, leprosa, llena de llagas y podredumbre, en las aceras. No es difícil adivinar a estos mendigos costrosos tras los seres degenerados, los monstruos híbridos y las criaturas ajenas e inhumanas que pueblan sus relatos.
Teniendo en cuenta la personalidad de Lovecraft, no es de extrañar que, hacia el final de sus días, en los años treinta, simpatizara con los fascismos crecientes. Fue la suya, sin embargo (y acaso la de muchos), una simpatía de neurótico que necesitaba orden para vencer su propio desorden, de fracasado que anhelaba poder, de hombre torturado por su propia lógica inexorable, de niño enfermizo y delicado que teme al obrero hirsuto, y también de hombre espiritualmente malsano que necesitaba pureza. Para él, la pureza era la raza nórdica, más bella y más limpia a sus ojos, más familiar y más suya que los extranjeros morenos, bajitos y sucios, de hablas exóticas, que invadían su amada Nueva Inglaterra. Pero, por otra parte, Lovecraft odiaba la violencia y la dictadura y hubiera deseado ser lo que él denominaba «idealista»: creer en la perfectibilidad del hombre y de la sociedad. Condenemos el nazismo como fenómeno social, pero, antes de condenar al individuo llamado Lovecraft, comprendamos sus complejas motivaciones de hombre enfermo. En el origen de su pro-fascismo laten su odio neurótico al hombre y a la sociedad, su educación aristocrática, medrosa y miserable, su incapacidad ante la vida práctica y también su protesta social. Como tantos otros soñadores de su clase social, vio en el fascismo un nuevo orden luminoso, un alborear real de utopías gloriosas en las que apenas se atrevía a creer. Y, acaso por esto, sus simpatías políticas quedaron por completo sepultadas en su vida secreta, no apareciendo, sino bajo un grueso disfraz, en su obra literaria. Públicamente, tampoco adoptó jamás postura política alguna ni tuvo el menor contacto con ninguna de las muchas asociaciones pro-nazis que florecieron entonces en los Estados Unidos. Su pro-fascismo fue puramente imaginario, ideal, fantástico como sus cuentos. No cabe duda, por otra parte, de que a este hombre aristocrático y con anhelos de limpieza le habría molestado muchísimo que los «puros arios» hubieran tildado su obra de «arte burgués degenerado» como indudablemente habría sucedido; pero, como murió en 1937, no se puede adivinar cuál hubiera sido su postura definitiva ante el ulterior ascenso del nazismo, ante la guerra y ante las atrocidades descubiertas más tarde[1].
Otro rasgo característico de la vida secreta de Lovecraft –rasgo opuesto y complementario, dialécticamente vinculado a sus temores irracionales– fue su materialismo mecanicista, su lógica implacable. Esta lógica y este materialismo estrechos corresponden al mundo sensato y romo, ridículamente digno, en que se educó. Parafraseando a Letamendi –«el médico que sólo medicina sabe ni medicina sabe»– podría decirse que el racionalista que sólo es racionalista, no es ni siquiera racionalista. Lovecraft se aferró al racionalismo estrecho y rígido del siglo XVIII y, al hacerlo, no pudo asimilar, en una razón más amplia, las fantasías nacida de su situación vital. El yo consciente de Lovecraft estuvo siempre cuadriculado al milímetro y en él no cupo la vida cambiante y contradictoria. Uno de sus ensayos termina con estas palabras profundamente significativas: «¡Idealismo y materialismo, ilusión y verdad!» En ellas se refleja la contradicción lovecraftiana entre la razón y la sinrazón. Se declara materialista, en efecto, pero, aparte su sentido conceptual explícito, esa frase tiene un significado afectivo implícito de decepción y lástima: ¡Qué pena que las cosas sean así! ¡Qué pena que el mundo sea bajo y miserable! ¡Qué pena que no se pueda arreglar! (Y no olvidemos que, para él, el más delirante idealismo era creer en la perfectibilidad del hombre y la sociedad.) Y también: ¡Qué pena que los sueños sueños sean tan sólo!
En suma, por miedo a la vida infinitamente rica en contradicciones, Lovecraft se aferró a un materialismo estrecho y a una lógica caduca que engendraron, como es habitual, un irracionalismo compensador. En Lovecraft, sin embargo, este irracionalismo fue vencido, dominado y reprimido por la razón. Por eso, en rigor, no se puede calificar a Lovecraft de irracionalista, ya que éste es un término filosófico aplicable al que expresa, como pretendida verdad metafísica, lo que sólo es una racionalización de sentimientos. Pero Lovecraft nunca pretendió creer en su irracionalismo ni hacer creer a nadie en él. Sus sentimientos no se hicieron metafísica, sino arte. A su represión debemos su alucinante obra literaria. Lo reprimido siempre se manifiesta de una u otra forma. Como compensación de su seco mecanicismo dominante, Lovecraft tuvo sueños maravillosos y terribles que supo describir con arte. En sus relatos encontró expresión mítica la vida reprimida de sus sentimientos. En ellos supo sublimar las fantasías que rechazaba su intelecto formalista.
Él sentía con enorme intensidad el misterio numinoso del mundo, pero precisamente su racionalismo le impedía caer en la creencia. En sus relatos inventó, pues, una mitología fantástica que le permitió expresar sus emociones más complejas y extrañas en un plano estético donde no turbaban la visión del mundo que le exigía su razón, no por estrecha menos pura. De haber nacido hace milenios, acaso Lovecraft hubiera sido un profeta o un visionario. En el siglo XX y con su escepticismo radical, fue sólo –pero nada menos– que un creador de arte. Como Poe –otro hombre desgarrado por una lógica inflexible y los terrores fantásticos del alma– supo transmutar sus dolores en arte. Su obra contiene, pues, el germen de una religión. Pero este germen, en vez de orientarse hacia la creencia, creció en un plano puramente estético, de ficción sabida y aceptada. Los Mitos de Cthulhu constituyen una religión, con sus profetas y sus libros canónicos, con sus lugares sagrados, su hagiografía, su dogma, su culto y su ética. Pero en ella no creyó ni su propio creador.


GÉNESIS Y ESTRUCTURA DE LOS MITOS



El elemento fundamental de los Mitos, su materia prima –tanto desde un punto de vista genético como estructural– es la angustia cósmica del ateo Lovecraft y su expresión simbólica onírica. Es evidente –dice George W. Wetzel– que «detrás de la formación de los Mitos de Cthulhu había una profunda motivación psicológica. (...) Al descubrir que la religión era un absurdo, quedó en él un vacío que intentó llenar con un mundo místico imaginario». Este ansia religiosa frustrada, determinada por las circunstancias de su vida real, prolongada durante toda ella y manifestada en pesadillas especialmente vívidas, actúa como proyecto totalizador en torno al cual se van a ir estructurando elementos diversos y hasta contradictorios para dar origen a los Mitos. Cada uno de dichos elementos no se superpone mecánicamente a los anteriores, sino que se integra con ellos en un conjunto cada vez más amplio. Por otra parte, cada elemento de la estructura de los Mitos es, a su vez, otra estructura que había tenido su propia génesis anterior.
Desde niño sufrió Lovecraft pesadillas terribles, pesadillas numinosas en que el terror adoptaba vagas formas arquetípicas, que él siempre quiso sublimar en obras de arte. Los primeros intentos de Lovecraft adolescente por dar forma estética a sus sueños se encuadran en la tradición del cuento de miedo anglosajón. Imitó los cuentos «góticos» prerrománticos, pero en seguida se sintió atraído por Edgar Poe, cuya influencia es, a mi juicio, la primera que sufrió Lovecraft.
Es muy interesante recalcar que Lovecraft, desde sus comienzos, se situó en la línea del cuento de miedo, más aun, del cuento de miedo americano. La novela gótica inglesa –Ana Radcliffe, M. G. Lewis– había cambiado de estilo arquitectónico al trasplantarse a los Estados Unidos. En América no había castillos góticos ni ruinas medievales. Las únicas ruinas eran las de su pasado colonial. Y los cuentos de miedo americanos –Brockden Brown, Hawthorne, Poe– tomaron por escenario esos caserones llenos de columnas, de escalinatas, de tejadillos y de porches que habían quedado en el país como memoria física de la dominación inglesa. «Mis terrores no son de Alemania –decía Poe– sino del alma». Y Harry Levin, refiriéndose a Poe, escribió: «El castillo en ruinas no era sino el palacio encantado de su propia mente, que aparece así terriblemente desintegrada en La Caida de la Casa Usher». Lo mismo sucede con Lovecraft. Su amor por el siglo XVIII colonial sólo sirvió para poner de manifiesto que aquella época había muerto irrevocablemente. El palacete, símbolo de los tiempos coloniales, estaba en ruinas. No importaba. Lovecraft –como cualquier romántico– amó antes las ruinas del pasado querido que las construcciones nuevas de un presente odiado; pero, al amarlas, amó la muerte. También en él la casa en ruinas era símbolo de su desolación interior. De ahí que su primera influencia –nunca desechada posteriormente– fuera la de Poe, tanto la del Poe macabro de Valdemar como la del Poe lírico y misterioso de Silencio.
Por otra parte, ya hemos visto cómo el niño Lovecraft se había sentido atraído por el paganismo clásico. Pues bien, Lovecraft adolescente fue un lector infatigable de religiones comparadas o sin comparar y llegó a conocer a fondo los mitos y los ritos de los salvajes y los cultos terribles de Egipto, de Babilonia y de la América precolombina. Su mismo amor por el siglo XVIII también le había llevado a leer los poemas cosmogónicos y numinosos de William Blake y todas estas lecturas abrieron ante él un inmenso mundo de fábula espantosa, de verdadero terror cósmico, que armonizaba perfectamente con el de sus eternas pesadillas. Lovecraft, fascinado por el vértigo de las profundidades, abandonó el macabro terror gótico y se dejó caer en el abismo de los sueños. Y así, en el joven Lovecraft, el Poe de Silencio o de Sombra prevaleció sobre el Poe macabro e, integrándolo, se continuó, muy naturalmente, con la pura fantasía de lord Dunsany. En efecto, es indudable que entre el Poe de Silencio y los Cuentos de un Soñador de Dunsany existe un común denominador: el estilo bíblico, los nombres sonoros y exóticos, el irrealismo onírico, el fondo numinoso de religión arcaica. Sin embargo, en Dunsany no suele haber ecos terroríficos, como en Poe. Al contrario, en él se advierte cierto impulso triunfalista y épico de sagas nórdicas y mitos célticos. Era, no obstante, muy fácil integrar el terror en la estructura del mundo dunsaniano y Lovecraft lo hizo con toda naturalidad.
La fase dunsaniana de Lovecraft –a la que pertenecen sus primeros cuentos publicados– corresponde a su punto culminante de irrealismo y evasión, a la época en que vivía encerrado con su madre y sus dos tías y aún no había pasado una noche fuera de su casa. Su ansia de misterio numinoso, estimulada por las mitologías leídas y por las pesadillas soñadas, encontró un medio de expresión adecuado en el estilo dunsaniano, propio del libro maravilloso y sagrado, en los nombres de dioses olvidados, en la descripción de templos sepultados y de civilizaciones perdidas, en las cúpulas resplandecientes y en las inmensas torres de los cuentos de Dunsany. El camino para llegar a este mundo místico y fantástico era también dunsaniano y el único que podía seguir un joven tímido y solitario: los sueños. Además, Lovecraft era un soñador. Según él mismo refiere, sus pesadillas eran terribles y grandiosas, sorprendentemente vívidas y conexas. Con estos materiales, creó un vasto mundo onírico que no fue sólo épico y legendario, sino terrorífico también, porque en los sueños de Lovecraft el terror era elemento imprescindible.
Este escalón dunsaniano –que no es exclusivamente dunsaniano porque en él estaban también integrados Poe, Blake y muchos elementos tomados de religiones orientales o primitivas– es un escalón muy importante es la génesis de la estructura de los Mitos. El propio Lovecraft decía que sus Mitos se inspiraban principalmente en la obra de Dunsany. Sin embargo, es ésta, a mi juicio, una verdad a medias. Aún admitiendo que haya estado presidida fundamentalmente por la figura de Dunsany, su llamada fase dunsaniana es en sí una estructura –relativamente acabada, eso sí– que sólo corresponde a determinada situación de su vida. Pero, al ir modificándose ésta. Dicha estructura fue integrando en sí nuevos elementos que la modificaron a su vez, hasta producir en ella por fin una mutación cualitativa. El dunsanismo persistió en ella, pero ya como un elemento más, subordinado a la estructura de la nueva totalidad y, por tanto, trasmutado.
Naturalmente, Lovecraft continuó soñando y sus relatos siguieron conteniendo una base onírica. Sin embargo, cuando, fallecida su madre, Lovecraft se abrió un poco al mundo y empezó a trabajar y a mantener correspondencia, comenzaron a entrar en su vida nuevos elementos, nuevos horizontes, nuevas lecturas. El estilo maravilloso y poético de Dunsany empezó a revelarse insuficiente. Para expresar ante el mundo sus sueños, Lovecraft necesitaba instrumentos más mundanos. La vía puramente onírica de Dunsany no le bastaba ya. Para dar a sus sueños una estructura más verosímil, Lovecraft necesitaba el apoyo de la razón, de la ciencia, de la realidad, de las nuevas tendencias de la literatura fantástica. Lo que he llamado estructura dunsaniana fue asimilando estos elementos nuevos o renovados hasta que, colmada su medida de evolución cuantitativa, se produjo el salto dialéctico a su fase madura, a la de los Mitos de Cthulhu[2].
Los primeros elementos que adoptó fueron los que le proporcionaba la nueva tendencia del cuento de miedo iniciada por Machen. Es muy posible que Lovecraft conociese ya de antes este estilo de cuentos, pero es significativo que fuese entonces cuando lo adoptase para sí. En efecto, desde Dunsany como punto de partida, los cuentos de miedo de la nueva escuela representaban un paso de gigante hacia el realismo y hacia la asimilación de las nuevas conquistas de la ciencia y de la filosofía.
El mundo onírico-dunsaniano se fue enriqueciendo. De Machen integró en él los cultos de la antigüedad clásica, los afanes arqueológicos, la desintegración de la figura humana en un magma amorfo, los símbolos resplandecientes y tetradimensionales, las doctrinas esotéricas de ciertas sociedades secretas, el materialismo de explicar lo sobrenatural mediante secretos científicos hoy olvidados. De él tomó también tres detalles concretos: el arcaico e imaginario lenguaje aklo, los misteriosos Dôls (seres jamás descritos que aparecen en lo Mitos con el nombre de Dholes o Doles) y el Gran Dios Nodens, señor de los abismos. De Algernon Blackwood tomó la existencia de seres primordiales que han sobrevivido hasta nuestros días y la fascinación por la naturaleza virgen personificada en vagas divinidades incorpóreas, elementales y terribles, aterradoras por su misma grandiosidad. Uno de esos dioses naturales y prehumanos, el Wendigo, ingresó más tarde en los Mitos por la pluma de Derleth y con el nombre de Ithaqua, El Que Camina En El Viento. En homenaje a Blackwood, Lovecraft utiliza, como lema de La llamada de Cthulhu, esta frase de aquel autor: «Es concebible que tales potencias o seres hayan sobrevivido desde una época infinitamente remota en que la conciencia se manifestaba quizá a través de cuerpos y formas que ya hace tiempo se retiraron ante la marea de la ascendiente humanidad, formas de las que sólo la poesía y la leyenda han conservado un fugaz recuerdo bajo el nombre de dioses, monstruos, seres míticos de toda clase y especie.» Júzguese, por esta frase, lo mucho que a Blackwood debe Lovecraft.
Esta idea, sin embargo, no era sólo de Blackwood. También se encontraba en The Lair of the White Worm, última novela de Bram Stoker, y en el fabuloso Moon Pool de Abraham Merritt, que también influyeron en la obra de Lovecraft. En la novela Merritt sale cierto Morador del Estanque que parece tomado de un cuento de Lovecraft. Se trata de un ser ultraterreno y andrógino que brota, cuando hay luna llena, de ciertas arcaicas ruinas polinesias y se manifiesta, entre cánticos lejanos y campanas cristalinas, como un conglomerado de luces resplandecientes. Su presencia produce éxtasis y terror. Un personaje que se salva de ser arrastrado por el Morador a su mundo incógnito, dice que, ante su presencia, sintió «como si el alma helada del Mal y el alma radiante del Bien hubiesen penetrado juntas en mí».
De The House on the Borderland, de Hodgson, tomó la existencia de larvas espirituales en dimensiones paralelas y de puertas místicas que permiten su acceso, y, sobre todo, el horror cósmico, el frío infinito de los espacios interestelares. En su Nube Purpúrea, M. P. Shiel habla de «una acumulación de columnas basálticas, semejantes a un destrozado templo antediluviano». De él tomó Lovecraft cierto paisajes, ciertas formas grandiosas de la naturaleza que parecen sugerir una mano prehumana y la desolación de los desiertos polares. Del Gordom Pym de Poe –releído o repensado o resentido– tomó este mismo sentimiento de horror cósmico y hasta un detalle muy concreto: el misterioso grito «¡Tekeli–li !» que resuena en el aire quieto, en la infinita soledad blanca de la Antártida de Poe. El pacífico dios Hastur –dios de los pastores en Ambrose Bierce, que también fue utilizado por Chambers– se convirtió en una deidad terrorífica en Lovecraft. La mítica ciudad de Carcosa –que Chambers también había tomado de Bierce– se convirtió en uno de los centros místicos de la nueva religión lovecraftiana.
The King in Yellow, de R. W. Chambers, produjo una gran impression en Lovecraft. Se trata –según este último– de «una serie de relatos breves vagamente relacionados entre sí en torno a cierto libro monstruoso y prohibido, cuya lectura origina terror, locura y tragedia». En ese libro maldito –que precisamente se llama The King in Yellow– no es difícil ver un antepasado directo del lovecraftiano Necronomicon. En los cuentos de Chambers también se habla de Carcosa, de Hastur, del lago de Hali y de las Híadas.
Sería interminable la lista de los elementos que se fueron integrando en los Mitos. A partir de la creación del Círculo de Lovecraft, sus amigos empezaron a aportar ideas nuevas, a sugerir lecturas de libros, a añadir dioses al panteón lovecraftiano y volúmenes a su mística biblioteca imaginaria. Frank Belknap Long concibió sus atroces Perros de Tíndalos. Clark Ashton Smith inventó al dios Ubbo-Sathla, fuente de toda vida terrena, que luego Derleth convirtió en Padre de los Primigenios. Derleth y Schorer inventaron los Dioses Arquetípicos, rivales de los Primordiales. El Libro de Eibon es invención de Clark Ashton Smith; la Cábala de Saboth, el Daemonolorum y De Vermis Mysteriis, de Bloch, los Cantos de Dhol y las Invocaciones a Dagon, de Derleth. Este último intentó con ahínco sistematizar los Mitos, que, para él, son «una distorsión de antiguas leyendas cristianas reducidas a sus elementos más simples: una relación de la lucha cósmica entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal» (lo cual acaso sea cierto en los relatos de Derleth, pero no en los de Lovecraft).
Wandrei y Belknap Long aportaron elementos de science-fiction que serpia prolijo enumerar e instaron a Lovecraft para que leyera este tipo de literatura. Se podría hablar extensamente de la fantasía científica –la teoría de la relatividad, los viajes en el tiempo, la llegada de seres extraterrestres en la prehistoria de la humanidad–, de las esculturas fantásticas de Clark Ashton Smith –que a Lovecraft le parecían cinceladas por manos no humanas– y del Libro de los Malditos de Charles Fort –tan caro a la revista Planeta–, del cual tomó Lovecraft la técnica de explicar fenómenos diversos, pero simultáneos, de todo el mundo por una sola causa común: el monstruo del Loch Ness, la serpiente de mar, el yeti son sólo eslabones aislados de una cadena que aún está por reconstruir, trasuntos muy humanizados ya de las atroces entidades primigenias.
A partir de la muerte de su madre, Lovecraft empezó a viajar. A. E. Rothovius nos cuenta la impresión que en aquél produjo la contemplación de ciertos megalitos prehistóricos existentes en Nueva Inglaterra. El propio Lovecraft relata el horror que le produjeron los míseros inmigrantes «ítalo-semítico-mongoloides» de Nueva York. También entonces leyó libros de ocultismo y religiones esotéricas, que abrieron ante él mundos fantásticos de figuras mágicas, de frases cabalísticas y de gestos dotados de poder. Su afición por los viejos volúmenes de nombres místicos, por los pentáculos mágicos, por los dioses olvidados, se vio alentada por estas lecturas.
Todos estos elementos, diversos y algunos contradictorios, se integraron en el mundo dunsaniano de Lovecraft, reventándolo desde dentro. La totalidad rota tuvo que estructurarse en una forma nueva, en la que los mismos elementos de antes cambiaron de función. El mundo onírico, vagamente oriental, de su primera época se convirtió en la Nueva Inglaterra realista de los Mitos y de otros relatos de su madurez. El puro espíritu tuvo que apoyarse en la nueva física relativista para poderse manifestar. A este respecto, escribe Wetzel: «A través de su sobrenaturalismo mecanicista, Lovecraft transmutó los tres elementos fundamentales del cuento de miedo (fantasmas, demonios, magia) en algo casi enteramente nuevo»; los símbolos mágicos, en fórmulas geométricas no euclidianas hoy olvidadas por la ciencia; los diablos, en híbridos de razas no humanas ni terrenas; los fantasmas, en confusas manifestaciones, nunca antropomórficas, permitidas en virtud de ciertas leyes cósmicas desconocidas. En suma, la estructura que he llamado dunsaniana, caracterizada por el onirismo, se transmutó en otra estructura, la de los Mitos, que se caracteriza, al contrario, por su realismo formal. En ella, el elemento onírico subsiste, pero subordinado como un elemento más a la nueva totalidad. Así, un mismo tema: el desensum ad inferos, la entrada en un mundo puramente onírico (por ejemplo, en The dream-quest of unknown Kadath) se racionaliza (por ejemplo, en En la Noche de los Tiempos) por medio de viajes en el tiempo, de técnicas adelantadísimas y de otros elementos tomados de la fantasía científica.
También es curioso señalar que, al adoptar su nuevo estilo realista, Lovecraft retornó al Poe macabro de su adolescencia. El Poe de Valdemar y Berenice, negado en el ámbito cultural por el nuevo cuento de Machen. Y, en la evolución individual de Lovecraft, por su fase dunsaniana, retorna dialécticamente y se integra de modo definitivo en los Mitos de Cthulhu. Era lógico que sucediera así, pues, al dirigir su atención al espacio geográfico en que vivía, Lovecraft tuvo que sentir un renovado interés por su historia y sus tradiciones. Y, aun amada, esta historia muerta exhalaba un inequívoco hedor de corrupción que horrorizaba a Lovecraft. ¡Terrible contradicción, romántica contradicción entre la huida al pasado y el horror de ese mismo pasado, entre la fascinación y la repulsión de la muerte! La necrofilia de Lovecraft –como la de Poe– es, a la vez, necrofobia, porque en verdad nunca se puede amar la muerte. Y por eso, al volver Lovecraft al pasado de su tierra, al sentir la contradicción entre la vida que siempre va hacia delante y su deseo de un pasado que ya es muerte, entraron de nuevo en la literatura la casa en ruinas y el muerto putrefacto de la tradición gótica.
Ahora bien, al leer este relación de influencias asimiladas por los Mitos, el lector se preguntará, asombrado, dónde radica la originalidad de la obra lovecraftiana. Pues bien, su originalidad no radica en ninguno de sus elementos aislados, sino en su totalidad, en su estructura, en su Gestalt, que es algo más que la suma de los elementos que la integran. Esta forma está en función del contenido que, como dije desde un principio, queda constituido por la angustia cósmica de Lovecraft y por su manifestación onírica simbólica. Para expresarla a lo largo de las vicisitudes de su existencia, Lovecraft tuvo que ir utilizando –y descartando– elementos tomados de ámbitos diversos. Los Mitos constituyen la última de tales estructuras, pero no sabemos si habría sido definitiva en caso de que Lovecraft hubiera seguido con vida varios años más.
Por otra parte, los Mitos de Cthulhu, una vez estructurados, han pasado a convertirse en nuevos elementos constitutivos de otras estructuras más modernas. Como todo ciclo mitológico –real o fingido–, el de Cthulhu se ha hecho, ha alcanzado su apogeo y ahora se halla en plena decadencia, a pesar de su tardío éxito popular y a pesar también de la inyección de savia juvenil que representa J. Ramsey Campbell. No sé cuánto durará su agonía, pero creo que, cuando termine de morir, su cadáver irá a fertilizar toda la literatura fantástica, en especial el terreno de la science-fiction. Su influencia en ésta es ya evidente hoy, así como la obra de Tolkien y en la llamada fantasía heroica o relatos de «espada y brujería» (que arranca, no sólo de las sagas nórdicas, de Beowul y del falso Ossian, sino de Dunsany, del primer Lovecraft, de Eddison, del propio Tolkien, de E. R. Borroughs y de Robert Howard), en las lucubraciones más o menos paracientíficas de Pauwels y Bergier, en ciertas fantasías humorísticas del catalán Juan Perucho y hasta en algunos relatos crípticos de Borges. Acaso los propios Mitos se transmuten para sobrevivir y den origen a un nuevo tipo de relato. No lo sé. Pero, por lo pronto, como dice precisamente Jacques Bergier, «Lovecraft inventó un género nuevo: el cuento materialista de terror». Después de él, el cuento de miedo no volverá a ser nunca el mismo. Yo personalmente opino que el río del cuento de miedo, antaño caudaloso y hoy desangrado después de muchas bifurcaciones, irá a parar por fin, como mero afluente, a la corriente de la fantasía científica. Ya hoy estamos lejos del cientificismo de Verne o de Wells. Para Bradbury, para el último Kuttner, para Matheson, Harlan Ellison o Sloane, la ciencia es –como para Lovecraft– el vehículo que permite admitir lo fantástico. La explicación meramente sobrenatural cada vez convence menos, aún en un plano estético. Nuestra civilización se aleja de lo sobrenatural. Para conseguir el «ligero estremecimiento» que, según Walter Scott, permite «gozar de la agradable sensación del terror», se necesita infundir nuevos y renovados visos de verosimilitud al relato fantástico. No se trata, naturalmente, de hacerlo pasar por verdad científica objetiva, pero sí de darle un tinte de verdad que lo haga aceptable en un nivel estético, impidiendo el excesivo escándalo de la razón. La ciencia nos da cada vez más sorpresas y el misterio –núcleo de toda literatura fantástica– ya hoy empieza a no radicar en lo sobrenatural sino en lo natural, no en el pasado sino en el futuro (incluido lo que sobre el pasado se averigüe en el futuro). En este sentido, los Mitos de Cthulhu –el «cuento materialista de horror» que dice Bergier– señala una transición entre el cuento de miedo de antaño y la fantasía científica del porvenir.
Pero volvamos al contenido, a ese contenido definitivo (o, por lo menos, último) de los Mitos ya se hallaba como potencia en las ansias místicas del feo niño Lovecraft y que se fue haciendo a través de los azares de la forma.
«Todos mis relatos, por muy distintos que sean entre sí –dice Lovecraft–, se basan en la idea central de que antaño nuestro mundo fue poblado por otras razas que, por practicar la magia negra, perdieron sus conquistas y fueron expulsados, pero viven aún en el Exterior, dispuestas en todo momento a volver a apoderarse de la Tierra»
Este es el eje principal de los Mitos. En él distinguimos en seguida dos factores contradictorios (como es de rigor en toda verdadera estructura): el racionalismo materialista y el anhelo religioso. Del maridaje de estos opuestos nace el elemento fundamental del contenido de los Mitos: el horror arquetípico.
El materialismo de Lovecraft fue precisamente el que le llevó a encarnar sus horrores arquetípicos, no en puros dioses, tampoco en figuras meramente oníricas, sino en seres materiales –si bien de una materia distinta y ajena a nuestro cánones–, que habían venido a la Tierra mucho antes de que apareciese el hombre y que, por supuesto, luego han sido a menudo adorados como dioses y manifestando una gran facilidad para inmiscuirse en los sueños de los hombres. Pero estos seres, por muy materiales y racionalizados que nos los quiera representar, son indudablemente símbolos arquetípicos, «supervivencias latentes en el inconsciente colectivo: el recuerdo inconsciente de arcaicas fases filogenéticas» (Alfonso Sastre). En este sentido, los Primordiales son personificaciones de los arquetipos más aterradores y primitivos, de los monstruos más antiguos de nuestro abismo interior. Estos monstruos, nunca domesticados,. Se manifiestan de nuevo con todo su poder cuando, en el sueño, descendemos a las profundidades del alma donde habitan. Y Lovecraft descendió a menudo en sus pesadillas.
Anteriores a la especie humana y aletargados por la hegemonía del hombre, los Primitivos –enormes masas amorfas– esperan y sueñan con volver a dominar la tierra. El Gran Dios Cthulhu, el más maligno e importante de ellos, yace en el fondo del mar. Desde un punto de vista simbólico, todo esto es rigurosamente cierto. En el fondo del mar –que es cuna de la vida y símbolo de nuestro propio inconsciente prehumano– o en las entrañas de la tierra, en estratos geológicos arcaicos que simbolizan arcaicos niveles de la mente, yacen nuestros terrores y deseos más ancestrales, los que heredamos de nuestros antepasados no humanos, junto con nuestra estructura cerebral y como memoria de un mundo entonces percibido a través de su mente irracional. Antes de ser hombres, hubo en nuestra vida una época de terrores sin nombre y de caos sin forma. Entonces ciertamente eran los Primordiales señores del mundo. Al alborear lo específicamente humano –la razón, el verbo– esa zona de nuestra psique quedó rebasada, hundida en lo subconsciente, y se convirtió en un estrato funcional inferior. Pero ahí sigue, amando, odiando y temiendo con impulsos infinitos aún no domeñados por la palabra, envuelto en el aura numinosa de los terrores primitivos. Para esta zona de nuestra alma, que no conoce el verbo, lo racional es un carcelero despiadado, y lo odia. Sueña así con recuperar su pasado hegemonía e invadir el mundo humano consciente.
En este horror arquetípico se manifiesta plenamente la básica contradicción lovecraftiana entre su racionalismo mecanicista y ese anhelo de sueños numinosos que en él estaba íntimamente ligado a su imagen fabulosa del pasado. Porque el horror arquetípico de Lovecraft deriva también, y sin ninguna duda, del juego dialéctico entre la fascinación que en él ejercía todo lo arcaico y su horror racionalista a la regresión. Para su razón hiperlógica, el caos del abismo representaba un peligro mortal, tanto más amenazador cuanto más rígida era aquélla. Pero, a la vez, Lovecraft amaba el pasado legendario, los mitos arcaicos, los grandes sueños numinosos, es decir, lo irracional. Otra vez hay que repetir su lamento: «¡Idealismo y materialismo, ilusión y verdad!» Lo irracional chocaba con la racional y, de ese choque y de la represión subsiguiente, el deseo se volvía horror. Lo numinoso, reprimido por un Yo rígido y atemorizado, se tornaba negativo, esto es, diabólico. Por eso en Lovecraft, los arquetipos –a pesar de desearlos secretamente– tienen ese cariz terrorífico y brutal, siempre amenazador, de primitivas fuerzas del Mal.
De este contradicción fundamental nacieron –repito– los Mitos de Cthulhu. Lovecraft, para expresar su horror en forma literaria, recurrió a sus sueños (que ya eran ilustración e imagen, escenificación de ese mismo horror). Y, al recurrir a ellos, utilizó símbolos que perviven en nuestro subconsciente y supo despertar –como dice Wetzel– «ese terror ancestral que yace en todos nosotros como denominador común». A este respecto, la angustia de Lovecraft –el terror a la disolución del Yo, islita perdida en un mar embravecido psicológico y social– pertenece de lleno a nuestro siglo XX buceador de honduras, portador de luz a las profundidades. Para Lovecraft –que, como he dicho, fue un terrible pesimista– no hay modo de defenderse de los Primordiales salvo, si acaso, por el azar. Los benévolos Dioses Arquetípicos, enemigos de los Primordiales a los que mantienen reprimidos mediante signos místicos, son en realidad creación de Derleth. Sólo al final de sus días e influido por éste, aceptó Lovecraft en sus últimos cuentos la posibilidad de defenderse del Mal, aunque sin especificar los métodos.
Junto a estos horrores arquetípicos y colectivos, aparecen como contenido de los Mitos y estructurados en forma simbólica, otros sentimientos dominantes de Lovecraft.
En primer lugar, hay que citar su aislamiento espiritual, su hondo sentimiento de ser distinto a los demás. El protagonista de sus relatos –aquel personaje con el que se identifica el autor– es, cuando no un monstruo declarado (El extraño, En la Noche de los Tiempos), la única persona normal de un mundo enfermo (La Sombra Sobre Innsmouth, El Ceremonial). En ambos casos se pone de manifiesto su distanciamiento del mundo que le rodeaba, su sentimiento hostil. Este sentimiento se expresa de modo especialmente intenso y patético en El Extraño (no perteneciente al ciclo de los Mitos). A mi juicio, este relato es una autobiografía, simbólica pero exactísima, de su autor solitario, necesitado de calor humano, que busca anhelante a sus semejantes para descubrir que él es un ser de otra época, una carroña viva y, aun en muchos en los que el acento morboso recae sobre la sociedad, el protagonista acaba por descubrir que él mismo es mucho más monstruoso aún.
Íntimamente ligado a este sentimiento está su horror racista. «Soy sencillamente incapaz –escribía Lovecraft– de contemplar seres anormales sin sentir náuseas físicas». Cuando el prójimo, ya de por sí ajeno y potencialmente hostil, era además bajito, aceitunado, de ojos oblicuos, habla extranjera y sucio por añadidura –es decir, mucho más ajeno y hostil–, Lovecraft sentía hacia el un horror sin límites y evitaba hasta su mero contacto físico. La sensación que le producían estos extrenjeros –como señala Maurice Lévy– se expresa en los Mitos por medio de monstruos híbridos que amenazan con proliferar excesivamente. Sin embargo, Lovecraft nunca fue un escritor ideológico. Tuvo siempre la misma rarísima delicadeza de no meter política en sus cuentos. En éstos, su pro-fascismo no aparece en forma explícita, excepto en su En la noche de los Tiempos donde parece declararse partidario de «un socialismo de cierto matiz fascista». Y es que, en sus cuentos, Lovecraft expresó las vivencias que había por debajo de sus simpatías políticas y no éstas últimas. Sus cuentos están hechos con racismo hondo, visceral, vital, con su angustia, su temor, su soledad. Como sus relatos, sus opiniones políticas emanaban de estas vivencias primarias, eran racionalizaciones de ellas. Pero, al expresarlas como arte y no como doctrina, supo evitar la amenaza –especialmente grave en él– de caer en el irracionalismo. Sus vivencias se expresaron en símbolos estéticos perfectamente integrados en el contexto de los Mitos.
Por otra parte, tan sincero fue Lovecraft al expresarse, y tan ajeno a todo partidismo, que los auténticos anglosajones, entre los cuales refugió su vida, aparecen en su obra apenas menos monstruosos que los propios monstruos. En efecto, los habitantes de las zonas rurales de Nueva Inglaterra se nos presentan, en sus cruces consanguíneos, poseídos de supersticiones sin cuento, dominados por un absurdo orgullo misoneísta y encerrados en un círculo pequeño y sofocante. Tampoco es difícil ver en ellos a los familiares y a los viejos amigos de la familia del propio Lovecraft, a esos puritanos pequeñoburgueses que llevaban una vida recluida entre muebles antiguos, tradiciones empolvadas y orgullo inmotivado de familia añeja. Lovecraft, pues, rechazaba con horror lo extraño, pero señalaba la decadencia de lo propio. Era –repito– un hombre enfermo y torturado, educado en el terror al prójimo, pero que sentía como cárcel el ambiente enrarecido de los suyos. Para él –cuenta Wetzel– el Puritanismo representaba el apogeo del Mal. En este sentido, se le puede considerar como un escritor realista a lo Balzac, que, siendo partidario de cierto grupo social y perteneciendo a él, supo en su amargura, y acaso sin pretenderlo, pintar su descomposición real.
Su horror al mar también se integra perfectamente con los demás elementos de sus cuentos. Cthulhu, máximo símbolo de su horror, yace en el fondo del mar. Los seres híbridos de sus relatos a menudo son cruces de hombres y bestias marinas. Los barrios portuarios, el olor a pescado corrompido son, en sus relatos, signo inequívoco de la presencia del Mal.
Esta es, pues, en líneas generales, la estructura de los Mitos, en la que, contradictoriamente, se integran oscurantismo y racionalismo, materialismo y magias arcaicas, ciencia y mística. La sociedad de los años treinta y, sobre todo, la de hoy, estaba necesitada de arte torturado. Se lo proporcionó un hombre casual: Lovecraft. Pero, desde el punto de vista de éste, necesidad y azar se convierten en sus opuestos. Él necesitaba expresarse. El que hubiese o no un público dispuesto a aceptar su obra era para él casual.


INTENTOS DE SISTEMATIZACIÓN DE LOS MITOS



Lovecraft nunca intentó sistematizar los Mitos. Él fue –digamos– el profeta de la nueva religión. Él permitió que hablase la voz numinosa de su caos subconsciente y sólo dejó establecido que, antes de que apareciera el hombre, la Tierra había tenido otros amos, cuyos nombres enumera. A esta idea central aluden –según Lovecraft– determinados libros «aborrecibles», ciertos grabados «abominables» y algunas esculturas «sacrílegas». También menciona varios lugares que resultan sagrados, bien porque en ellos exista alguna «puerta» que comunique con otras dimensiones, bien porque en ellos se oculten aún ciertos seres del Exterior, bien porque en ellos se mantenga determinada influencia cósmica. Asimismo, cita Lovecraft la existencia de cultos y de rituales «blasfemos» que prefiere no detallar.
Pero esto es todo. El sampablo de los Mitos, el sistematizador y exegeta de Lovecraft fue sobre todo Derleth. Ya vimos que él fue el creador de los benignos Dioses Arquetípicos y del Sello Sagrado de éstos: una piedra en forma de estrella de cinco puntas, que es el talismán más eficaz contra los Primordiales. Derleth intentó hacer de los Mitos una cosmogonía y una ética. Los ordenó y sistematizó y entresacó de ellos los elementos más aptos para sus fines.
Páginas atrás vimos cómo Derleth interpretaba los Mitos como una distorsión de elementos judeo-cristianos. Veamos ahora un esquema de los Mitos, trazado por el mismo autor: «Se trataba –dice– de la lucha , presente en todos los credos, de las fuerzas de la luz contra las de las tinieblas, o, al menos, eso parecía. ¿Qué más da llamarlos Dios y el Diablo que Dioses Arquetípicos y Primordiales o Bien y Mal? ¿Qué importancia tiene darles respectivamente por nombres el de Nodens, Señor del Gran Abismo –único Dios Arquetípico conocido– y los de los Primordiales?»
Pero Derleth, en definitiva, intentó sistematizar los Mitos desde dentro, es decir, desde sus propios relatos de ficción. Desde fuera, Lin Carter, erudito, teólogo y bibliógrafo de la relación lovecraftiana, describe así los Mitos: «Los trabajos de ese grupo de escritores que llamamos “la escuela de Lovecraftt” –H. P. Lovecraft, Clark Ashton Smith, August Derleth, Robert E. Howard, E. Hoffman, Frank Belknap Long, Henry Kuttner y Robert Bloch– tienen en común un cuerpo doctrinal que los vincula hasta casi hacer de ellos un género literario propio: el que llamamos “mitología de Cthulhu”. Dicho cuerpo doctrinal –al que contribuyeron todos los autores citados– es en parte una cronología de la Tierra desde su pasado más remoto hasta su último futuro; en parte, una historia de las numerosas razas de dioses, demonios, monstruos, hombres y entidades que la han poblado, que la pueblan o que la han de poblar; en parte, un panteón de dichos dioses y demonios, junto con una especie de teología descriptiva de sus nombres, títulos, atributos y servidores, y, en parte, una bibliografía de libros científicos, místicos, literarios e históricos».
El mismo Lin Carter resume los Mitos del modo siguiente: «Estudiando las divinidades y los demonios que aparecen en los Mitos de Cthulhu se induce que la tesis de Lovecraft, la fuente misma de los Mitos, es que, en épocas geológicas remotísimas, nuestro mundo fue habitado y gobernado por grupos de dioses diabólicos y de divinidades benévolas. Mucho antes de que apareciese el hombre en la Tierra, ésta era compartida por los Primigenios y la Gran Raza de Yit, quienes cayeron en discordia y se alzaron contra sus propios creadores, es decir, contra los misteriosos Dioses Arquetípicos, primeros pobladores de los espacios estelares. La Gran Raza, constituida por seres espirituales e inmateriales que parasitaban cuerpos ajenos, abandonó las zonas terráqueas por ella dominadas y huyó, a través del tiempo, hasta el siglo CC, en el que se apoderaron de los cuerpos de una raza de escarabajos que sucederá al hombre, en esa época remota, como forma de vida dominante del planeta. Los Primigenios, sin rival ya, quisieron dominar el mundo y, en combate con los Dioses Arquetípicos que moraban en Betelgeuse, les robaron ciertos talismanes y sellos y determinadas tablillas de piedra cubiertas de jeroglíficos, que ocultaron en un planeta cercano a la estrella Celaeno.
«Los Dioses Arquetípicos castigaron esta inoportuna e impropia rebelión. Aunque los Primigenios, bajo las órdenes de Azathoth, combatieron largamente, por último fueron vencidos y expulsados o apresados. Hastur el Inefable fue exiliado en el lago Hali, cerca de Carcosa, en la Híadas próximas a Aldebarán; el Gran Cthulhu fue mantenido en un letargo mágico, similar a la muerte, en la cósmica ciudad sumergida de R’lyeh, situada no lejos de Ponapé, en el Pacífico; Ithaqua, El Que Camina En El Viento, fue desterrado a los helados desiertos árticos, de los que un sello poderoso le impide escapar. Yog-Sothoth fue expulsado de nuestro continuo espacio-tiempo y fue lanzado al Caos con Azathoth, a quien, además, por haber sido el cabecilla de la rebelión, los Dioses Arquetípicos privaron de inteligencia y de voluntad. Tsathoggua fue aherrojado en una caverna situada bajo el Monte Voormithadreth, en Hiperbórea, junto con algunos dioses menores, como Abhoth y Atlach-Nacha. Cthugha fue exiliado la estrella Fomalhaut. Ghatanothoa, el Dios-Demonio, fue sellado en las criptas que se extienden bajo una arcaica fortaleza construida por los crustáceos de Yuggoth en la cima del monte Yadith-Gho, que domina la primitiva ciudad de Mu. Muchos dioses menores fueron obligados a refugiarse en el negro castillo de ónice que corona la ciudad de Kadath, situada en el Desierto de Hielo, en la zona en que el Mundo de los Sueños penetra en nuestra Tierra. De los Primigenios Mayores, sólo Nyarlathotep parece haber evitado tanto prisión como exilio.
«Pero, antes de ser derrotados en aquella la primera de las guerras, los Primigenios Mayores habían engendrado una multitud de sicarios infernales que desde entonces se esfuerzan por liberarlos de nuevo; sin embargo, ni siquiera los Profundos de R’lyeh, seres marítimos y anfibios, pueden levantar ni tocar el Signo Arquetípico, poderoso Sello de estos Dioses, que mantiene a Cthulhu dormido en la muerte. Y, aunque en la página 751 de la edición completa del Necronomicon figura el famoso Noveno Verso que, debidamente entonado, devolverá la libertad a Yog-Sothoth y dará origen a su retorno anunciado por los profetas, ninguno de sus adoradores humanos o inhumanos ha conseguido hasta la fecha liberarlo. En ocasiones, alguien ha conseguido levantar el Sello Arquetípico, pero siempre ha sido vuelto a colocar en su sitio, bien por intervención directa de los propios Dioses, bien de sus muchos servidores humanos. Sin embargo, Alhazred ha profetizado que, por fin, los Primigenios serán liberados y regresarán. Debemos suponer, pues, que, en algún futuro incierto, volverán a disputar una vez más el Universo a los Dioses Arquetípicos.
Derleth, sin embargo, refiere que entre los mismos Primigenios hay rencillas. Por ejemplo, Hastur es enemigo irreconciliable de Cthulhu y a veces actúa como salvador de los perseguidos por éste. Eso está en relación con la procedencia original de los Primigenios, algunos de los cuales son espíritus de los elementos y mantienen entre sí las oposiciones que entre éstos existen. Así, Cthulhu simboliza en cierto modo el agua; Cthugha, el fuego; Ithaqua y Hastur, el aire; Shub-Niggurath, la tierra. Otro exegeta, Fritz Leiber, muy inclinado hacia la vertiente de la fantasía científica de los Mitos, considera «equivocado ver en los Mitos de Cthulhu un trasunto sofisticado de la demonología cristiana o dividir sus númenes en las categorías, simétricas y maniqueas, del Bien y del Mal». Para él, lo más importante sería el contenido cosmogónico de los Mitos, los cuales, a su juicio, constituyen ante todo una historia primitiva de la Tierra. Como se ve, la cosa no está clara ni mucho menos y cada autor la interpreta un poco a su gusto.
Tampoco hay mucho orden en lo que se refiere a los dioses, diosecillos y semidioses de la mitología lovecraftiana. Incluso no está totalmente claro si los Primigenios y los Primordiales son los mismos o distintos. Por su parte, como ya he dicho, Lovecraft no especifica quiénes ni qué son, pero Derleth, en su afán sistematizador, señala que los Primordiales son «manifestación de los Primigenios en el plano terreno». Sea como fuere, Lévy divide el panteón lovecraftiano en tres grandes categorías: los monstruos de las Altas Tierras del Sueño, los monstruos del mundo vigil y los Primordiales. Corresponden a la primera categoría los Ángeles Descarnados de la Noche –gomosos, cornudos, sin cara, con alas de murciélago–, los Vampiros en su doble variedad –vampiros a secas, que son como perros, y Vampiros de Pies Rojos–, los Dholes –que mueren si son expuestos a la luz–, los enormes Gugs de boca vertical, los Shantaks –enormes, alados, de cuerpo escamoso y cabeza de caballo– y las entidades lunares con cuerpo de sapo, amorfas, gelatinosas y con tentáculos. Estos monstruos pertenecen, en su mayoría, a la época dunsaniana de Lovecraft (especialmente a su The dream-quest of unknown Kadath), pero casi todos han sobrevivido en los Mitos, si bien con un cariz más siniestro y menos onírico. Entre los monstruos de mundo vigil, Lévy señala los híbridos diversos, los Profundos, los Mi-Go, los Shoggoths, etc. Estos ya pertenecen a los Mitos, así como, naturalmente, los Primordiales.
Lin Carter, por su parte, clasifica los dioses lovecraftianos en dos categorías: los Primordiales («también llamados Primigenios, Malignos, Los-Que-Llegan y Arcaicos») y los Dioses de la Tierra. A la primera categoría pertenecen los antiguos dominadores de nuestro planeta, aunque Carter no hace grandes distinciones entre los Mayores –Cthulhu, Yog-Sothoth, Shub-Niggurath, Azathoth, Nyarlathotep, Lloigor, Hastur, Ubbo-Sathla, etc.– y los Menores –Dagon, Hydra, Nug, Gnoph-Keh, etc.–.. En su segunda categoría ncluye algunos diosecillos citados por Lovecraft en su fase dunsaniana y también, un poco por no saber dónde ponerlo sino, al propio Nodens. Para mayor confusión, Carter señala la posibilidad de que algunos de los Primordiales no sean sino avatares o emanaciones de otros. Byagoona, dios menor, por ejemplo, se caracteriza por no poseer rostro, lo que hace pensar que acaso no sea sino una transposición de Nyarlathotep, el Gran Dios Sin Cara.
Por mi parte, yo prefiero la clasificación de Lévy, pero –para hacerla extensiva a todos los Mitos de Cthulhu y no sólo a los relatos de Lovecraft– donde él dice Primordiales, yo diría sencillamente Dioses y los dividiría en dos grandes grupos: Arquetípicos y Primordiales (o Primigenios), subdividiendo estos últimos en mayores y menores. Sería muy largo de enumerar y describir aquí a todos ellos.
También sería largo enumerar todos los lugares sagrados, las invocaciones, y los rituales de los Mitos. Me remito a los textos que integran esta antología y a los que cito en la bibliografía final.
Y ya que hablo de textos, voy a referirme, para terminar, a los libros canónicos de la religión lovecraftiana. Estos libros –según Carter– «contribuyen a apoyar numerosos detalles de los Mitos, a los que da un aire de autenticidad y de erudición». Pero tampoco en tales libros se sistematizan los Mitos. Al parecer, en ellos se alude veladamente, bajo parábolas y símbolos y a menudo en forma fragmentaria, a oscuros arcanos que sólo los adeptos saben interpretar.
Algunos de dichos libros tienen existencia real, como el Tesaurus Chemicus de Bacon, la Turba Philosophorum, The Witch-Cult in Western Europe de Murria, De Masticatione Mortuorum in Tumulis de Raufft, el Libro de Dzyan, la Ars Magna et Ultima de Lulio, el Libro de Thoth, el Zohar, la Cryptomenysis Patefacta de Falconer o la Polygraphia de Trithemius. Estos libros se citan sobre todo por sus nombre rimbombantes y misteriosos, pero, naturalmente, tienen en realidad muy poco o nada que ver con los Mitos. De los demás, sin embargo, la mayoría es puramente inventada y trata directamente de los Mitos, aunque, como he dicho, de modo velado y, al parecer, en medio de otros temas diversos aunque igualmente esotéricos. Entre ellos, los principales son: el Libro de Eibon, el Texto R’lyeh, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, las Arcillas de Eltdown, el People of the Monolith de Justin Geoffrey, los Manuscritos Pnakóticos, los Siete Libros Crípticos de Hsan, los Unaussprechliten Kulten de Von Junzt y, sobre todo, el Necronomicon deAbdul Alhazred. Este último libro es mencionado con tal lujo de detalles bibliográficos y se citan tantos pasajes suyos en los Mitos que mucha gente ha llegado a creer en su existencia real. Derleth relate en un divertido artículo cómo, al principio, algunos lectores engañados empezaron a insertar anuncios, solicitándolo, en las revistas serias y respetables. Luego, ya como broma, ya como estafa, el Necronomicon comenzó a aparecer en la sección de ofertas de la prensa y por fin hasta en los catálogos de los libreros de viejo. Derleth cita el siguiente anuncio, aparecido en 1962 en el Antiquarian Bookman: «Abdul Alhazred. Necronomicon, España, 1647. Encuadernado en piel algo arañada descolorida, por lo demás buen estado. Numerosísimos grabaditos madera signos y símbolos místicos. Parece tratado (en latín) de Magia Ceremonial. Ex libris. Sello en guardas indica procede de Biblioteca Universidad Miskatonic. Mejor postor.» Asimismo, el libro ha sido a menudo solicitado en las bibliotecas públicas y, lo que es más grande, ¡incluso ha aparecido en los propios ficheros de éstas! En 1960 se descubrió, en el archivo de la Biblioteca General de la Universidad de California, la siguiente ficha, elaborada sin duda por un estudiante bromista:



BL 430

A 47

B

Alhazred, Abdul aprox. 738 D.C.

NECRONOMICON (Al Azif) de Abdul Alhazred. Traducido del griego por Olaus Wormius (Olao Worm) xiii, 760 págs., grabados madera, enc. Tablas, tam. fol. (62 cm.) (Toledo), 1647



Esta ficha, según Derleth, «es deliciosamente plausible, ya que la sección BL 430 de la Biblioteca está dedicada a las religiones primitivas y la letra B corresponde a un armario cerrado donde se guardan los libros que no pueden ser hojeados por cualquiera».
Por mi parte, puedo añadir que, en París, en la librería «La Mandragore», especializada en literatura fantástica, hay clavada en la pared una lista de libros raros muy solicitados. ¡En primer lugar figura el Necronomicon! Claro que también aquí se trata de una broma, obra en este caso de mi amigo François Béalu. Pero sería gracioso que estos Mitos de Cthulhu, que esta religión sabida falsa desde un principio, acabara por ser aceptada como cierta. No sería posible que los ocultistas –que, en general, y pese a su negativa, mantienen una postura predominantemente estética– empezaran a descubrir que hay en los Mitos más verdad de lo que parece. Tal vez algún ocultista engañado cite algún día en sus obras el Necronomicon. Acaso entonces sus discípulos y lectores crean al maestro y Cthulhu empiece a tener adoradores reales.
¡Si Lovecraft levantara la cabeza...! (Pero si Lovecraft levantara la cabeza, igual existía Cthulhu de verdad)