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lunes, 16 de enero de 2017

A KLARKASH-TON, SEÑOR DE AVEROIGNE




El 11 de enero de 1937, apenas dos meses antes de su muerte, en una carta enviada a E. Hoffman Price, Lovecraft escribió el que es considerado su último poema, y que luego aparecería publicado en la revista The Phantagraph en mayo de 1937 y en Weird Tales en abril de 1938. Titulado To Klarkash-Ton, Lord of Averoigne (en castellano, A Klarkash-Ton, Señor de Averoigne), se trata de un poema dedicado a su colega Clark Ashton Smith, al que convirtió en un personaje ficticio, Klarkash-Ton, un alto sacerdote de la antigua Atlántida al que presenta como señor de Averoigne, la región de la Francia medieval inventada por Smith en algunos de sus relatos, como La bestia de Averoigne (1933) e inspirada en la región de Auvernia (Auvergne). El poema apareció publicado por primera vez en español en el volumen La noche del océano y otros escritos inéditos (EDAF, Madrid, 1991), y podéis leerlo bajo estas líneas.



TO KLARKASH-TON, LORD OF AVEROIGNE
A time-black tower against dim banks of cloud;
Around its base the pathless pressing wood.
Shadow and silence, moss and mould, pressing wood
Grey, age fell'd slabs that once as cromlechs stood,
No fall of foot, no song of bird awakes
The lethal aisles of sempiternal night
Tho' oft with stir of wings the dense air shakes
As in the towre there glows a pallid light.
For here, apart, dwells one whose hands have wrought
Strange eidola that chill the world with fear;
Whose graven runes in tones of dread have taught
What things beyond the star-gulfs lurk and leer.
Dark Lord of Averiogne – whose windows stare
On pits of dream no other gaze could bear!

 A KLARKASH-TON, SEÑOR DE AVEROIGNE 
Una negra torre descolla entre tenues bancos de nubes
Alrededor un inmaculado, opresivo bosque.
Sombra y silencio, moho y putrefacción, una mortaja
Gris sobre antiguas lápidas hace tiempo desmoronadas;
Ningún pie ha hollado, ningún trino ha despertado
La mortal soledad de esta noche eterna,
Pero a veces se agita el aire con tembloroso bullir
Cuando en la torre brilla un mortecino destello.

Aquí, en soledad, mora aquel cuyas manos han trazado
Extrañas obras que estremecen al mundo;
En espantosos, indescifrables jeroglíficos ha revelado
Lo que acecha más allá de los abismos estelares.
Oscuro Señor de Averoigne tus ventanas se abren
A ensoñaciones que ningún otro puede acoger.

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