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lunes, 1 de octubre de 2012

EN LA CASA DEL GUSANO-GEORGE R.R. MARTIN



El escritor estadounidense George R.R. Martin (n.1948), con una sólida y consolidada carrera a sus espaldas,ganador de un premio Nébula y tres Hugo, empezó a ser mundialmente conocido gracias a su saga de fantasía Canción de hielo y fuego, de la que hasta el momento ha publicado cinco volúmenes.Entre otras novelas, escribió Muerte de la luz (1977), todo un referente en la ciencia-ficción, además de guiones para series de televisión y numerosos relatos.Entre estos últimos,Martin también publicó cuentos de terror, algunos agrupados en la colección Canciones que cantan los muertos(Songs the Dead Men Sing, 1983),publicado en español por Martínez Roca en 1986.En esta antología encontramos el relato En la casa del gusano(In the house of the Worm),en el que se introduce-libremente y sin mencionarlo- de forma muy natural algo tan difícil de situar en la ciencia ficción como los mitos de Cthulhu de Lovecraft, ese terror antiguo y primigenio que surgía del pasado para golpear con extrema crueldad nuestro presente. Destacable resulta el opresivo ambiente que se crea cuando los protagonistas penetran en unos oscuros túneles donde el peligro se siente a cada paso y que transmiten algo más que claustrofobia, por no hablar de lo bien que está tratada la pobredumbre intrínseca a un pueblo que ha olvidado su pasado y ha caído en la más absoluta barbarie.No es un cuento que se puede encuadrar en los Mitos,pero resulta muy curioso y digno de leerse.




A lo largo de siglos que se pierden en la memoria, la Casa del Gusano había estado sumida en la ruina, y así debía ser, ya que ruina no es sino uno de los nombres del mismísimo Gusano Blanco. Por lo tanto los yaga-la-hai, los hijos-del-gusano, se limitaban a sonreír y pasar de largo, aunque los tapices se descompusieran sobre los muros de sus madrigueras interminables y sus números ralearan todos los años, aunque la carne fuera cada vez más escasa, y hasta la piedra alrededor de ellos se fuera convirtiendo en polvo. En las altas madrigueras con ranuras al exterior, inundadas en la roja penumbra de la moribunda vastedad de las brasas, arriba, llegaban, se iban y vivían sus vidas. Ellos cuidaban sus antorchas y oficiaban sus mascaradas y repetían el signo del gusano toda vez que pasaban cerca de las oscuras madrigueras sin ventanas, donde se decía que los grouns balbuceaban y permanecían a la espera (porque se afirmaba que los túneles y salas de la Casa del Gusano eran infinitos, y descendían hacia las profundidades de la tierra tanto como el negro cielo asciende a las alturas, y los yaga-la-hai ocupaban sólo algunas de sus muchas cámaras antiguas.)

A los hijos-del-gusano se les enseñaba que el Gusano Blanco viene por todo al final, pero se arrastra muy lentamente y en la prolongada ruina hay magníficos banquetes y los brillantes colores malsanos de la podredumbre. Ese conocimiento era impuesto por el Hombre-gusano de turno y sus caballeros de bronce, tal como sus ancestros lo habían impuesto por incontables generaciones. Así perduraba la Casa del Gusano, aunque en las profundidades reptaran los grouns, y el sol se consumiera en las alturas.

Cada cuatro años, los más brillantes, más inteligentes y mejor nacidos de los yaga-la-hai se reunían en la Cámara de Obsidiana para ver el sol y regalarse bajo sus rayos moribundos. La cámara era el único lugar para tan brillante mascarada. Quedaba en lo alto de la Casa del Gusano, de modo que todos los túneles que conducían a ella se inclinaban hacia arriba, y el piso, el techo y tres de las paredes eran láminas de obsidiana fundida, fría y brillante como un espejo y negra como la muerte. Durante los cuatro-años-menos-un día que transcurrían entre las Mascaradas del Sol, los hijos-del-gusano de baja cuna, llamados guarda-antorchas, trabajaban en la cámara sin descanso, lustrando y frotando, para que cuando los caballeros de bronce vinieran a encender las antorchas sus reflejos arrancaran destellos del cristal negro que los rodeaba. Luego los convidados se reunirían, mil de ellos en elegantes trajes y máscaras fantásticas, y la obsidiana doblaría y distorsionaría sus rostros radiantes y sus gráciles formas, hasta que fueran un remolino multicolor de demonios danzando en una inmensa botella negra.

Y eso era sólo parte de la Cámara de Obsidiana. Había más; estaba la ventana. Ocupaba toda la cuarta pared, detrás del pozo de arena donde el Hombre-gusano se revolcaba; la ventana era clara como el cristal, pero más fuerte que cualquier vidrio conocido. En ningún otro lugar de la Casa del Gusano había una ventana de su tamaño. El vidrio, si es que era vidrio, daba a una planicie muerta y desolada donde no soplaba ningún viento; todo era oscuridad allí, todo vacío, aunque se divisaban montículos de piedras cerca del a veces perceptible horizonte, que podían o no ser ruinas. Era difícil de decir; la luz era muy mala.

El sol llenaba la mitad del cielo; de un extremo al otro del horizonte formaba un arco que se prolongaba hacia lo alto hasta tocar el cénit. Por encima de él estaba el cielo negro interminable, interrumpido por un puñado de estrellas. El mismo sol era de un negro más suave, del color de la ceniza, excepto en los pocos sitios donde aún vivía. Los ríos lo cruzaban, como cintas retorcidas de un rojo incandescente, venas de fuego a través de su rostro cansado. Los hijos-del-gusano los habían estudiado una vez, en las épocas lejanas en que jugaban con telescopios, y cada uno de los canales ardientes había tenido una vez un nombre, aunque la mayoría habían sido olvidados. Donde los ríos se encontraban y unían, se podían ver a veces lagos ardientes de color naranja, y había otros lugares donde resplandores de rojo y amarillo palpitaban por debajo de la oscura costra de ceniza. Lo mejor eran los mares, dos océanos inmensos de un rojo furioso que en cada mascarada eran más oscuros y pequeños; uno, sobre el borde superior, continuaba al otro lado nunca visto, y otro ardía cerca del centro, a veces delineando las probables ruinas del horizonte.

Desde el mediodía, cuando la Mascarada del Sol comenzaba (todas las horas eran arbitrarias para los hijos-del-gusano, porque la luz era la misma, día y noche), hasta medianoche, todos los agasajantes estarían enmascarados, hasta el Hombre-gusano, y largas cortinas de pesado terciopelo rojo cubrirían la gran ventana, para esconder el sol. Silenciosos guarda-antorchas traerían el festín en bandejas de hierro negro, y lo depositarían sobre la mesa larga: suculentos hongos en salsa de crema, bejines sutilmente condimentados, menudas babosas envueltas en panceta, fragante vino verde alborotado de lombrices especieras, orugas fritas, cerdos asados de la despensa real del Hombre-gusano, pan de hongos caliente, y otras mil exquisiteces. Y, como centro de mesa, si tenían suerte, un rollizo niño groun de seis miembros (¡o dos!), justo al borde de la pubertad, cuidadosamente adobado y servido entero, su carne blanca y jugosa. Los invitados comerían hasta no poder más, bromearían y reirían tras sus velos, luego danzarían a la luz de las antorchas por horas enteras, mientras fantasmas de obsidiana imitaban sus movimientos en las paredes y en el piso. Cuando llegara finalmente la medianoche, comenzarían a quitarse las máscaras. Y cuando todos hubieran descubierto sus rostros, los caballeros de bronce llevarían al Hombre-gusano reinante a la cuarta pared, para que tirara del cordón de la cortina (si es que aún tenía manos, si no, lo harían los caballeros) y descubriera el sol.

Ese año el Hombre-gusano era el Vermentor Segundo, el decimocuarto de su linaje que reinaba sobre los yaga-la-hai desde la Alta Madriguera en la Casa del Gusano. Ya había reinado durante doce años, y muy pronto su período tocaría fin, porque los sacerdotes-cirujanos habían hecho su trabajo sagrado todo ese tiempo, y no había nada más que purificar salvo la cabeza demasiado humana que descansaba encima del sinuoso torso serpenteante. Pronto sería uno con el Gusano Blanco. Pero su hijo estaba listo.

El caballero de bronce Groff, inmenso y rígido en su armadura, llevó a Vermentor a la ventana y actuó como sus manos. El terciopelo se deslizó con suavidad, y el viejo sol se reveló mientras el Hombre-gusano entonaba las antiguas palabras de adoración y los hijos-del-gusano se reunían en torno para mirar.

Annelyn, rodeado por sus amigos y acólitos, era uno de los que estaban más cerca del vidrio, como correspondía. Annelyn siempre estaba al frente. Era un joven esbelto y glorioso, alto y agraciado. Todos los yaga-la-hai de alta cuna tenían suave piel de cabritilla, pero la de Annelyn era la más suave de todas. Muchos de sus compañeros tenían cabellos rubios o rubio-rojizos, pero los de Annelyn eran del oro más brillante; coronaban su cabeza de rizos delicadamente esculpidos. Muchos niños-gusanos tenían ojos azules, pero ninguno tan azules y profundos como los de Annelyn.

Fue el primero en hablar luego de correrse las cortinas. «Las partes negras aumentan», observó a los que lo rodeaban, en una voz clara y ligera. «Pronto nuestras cortinas no serán necesarias. Ahora el sol se enmascara a sí mismo.» Rió.

—Se muere —dijo Vermyllar, un joven enjuto de mejillas hundidas y pelo pajizo que siempre estaba preocupándose—. Mi abuelo me contó una vez que había una época en que las planicies negras eran de un rojo ahumado y los mares y ríos de fuego blanco, imposibles de mirar. —El abuelo de Vermyllar había sido el segundo hijo del Hombre-gusano, y sabía por eso un montón de cosas que transmitió a su nieto.

—Tal vez fue así —dijo Annelyn—, pero no en su época, apostaría, ni siquiera en la de su abuelo. —Annelyn no tenía lazos de sangre con el linaje del Hombre-gusano, ni fuentes de conocimiento secretas, pero estaba siempre muy seguro de sus opiniones, y sus amigos Vermyllar, el gordo Riess y la hermosa Caralee, pensaban que era el más sabio e inteligente de los hombres. Una vez había matado un groun.

—¿No te preocupa que el sol se muera? —le preguntó Caralee, agitando sin esfuerzo los rizos dorados al volverse. Se la podría tomar por hermana melliza de Annelyn; tal vez por eso él la quería así—. ¿Que las madrigueras se enfríen?

Annelyn se rió nuevamente, y Riess con él (Riess siempre se reía con Annelyn, aunque éste sospechaba que el gordo Riess raras veces entendía el chiste).

—El sol se estaba muriendo mucho antes de que yo viniera a la Casa del Gusano, y seguirá muñéndose mucho después de que me vaya —dijo, alejándose de la ventana. Estaba espléndido esa noche, en su traje de seda azul pálido y gris de araña con el sello de theta aplicado sobre el pecho.

—En cuanto al frío —continuó Annelyn, guiando a sus tres compañeros nuevamente a la mesa del festín—, no creo que el viejo sol tenga nada que ver con el calor, de una u otra forma.

—Sí que tiene —dijo Vermyllar, que había venido de jirones pardos como un cultivador de hongos. Él y Caralee marchaban junto a Annelyn a zancadas a través de la obsidiana, sus imágenes se apresuraban a sus pies. Riess resoplaba detrás de ellos, luchando por mantener el paso en su armadura de imitación de caballero de bronce.

—¿Te dijo eso tu abuelo? —preguntó Annelyn.

Riess se rió.

—No —dijo Vermyllar, frunciendo el ceño—. ¿Pero notas, Annelyn, que el sol parece una brasa caliente robada de una caja de fuego?

—Tal vez —dijo Annelyn. Se detuvo junto a la ponchera para llenar dos copas de cristal tallado con el rico vino verde, pescando hasta encontrar dos gusanos retorcidos en un nudo. Los vertió en el vaso de Caralee, y ella sonrió ante la proposición cuando él le tendió la bebida. Él sorbió la segunda copa, con un solo gusano, mientras se dirigía a Vermyllar.

—Si el sol no es sino una inmensa brasa —prosiguió Annelyn— entonces no hay de qué preocuparse, ya que tenemos cantidades de brasas más pequeñas a mano, y los guarda-antorchas siempre pueden traer más de la oscuridad.

Riess emitió una risita. Había dejado sobre la mesa su yelmo de caballero y picoteaba de una bandeja de arañas sazonadas.

—Eso puede ser cierto —dijo Vermyllar—. Pero entonces admites que el sol es un carbón, que contribuye a caldear las madrigueras.

—No —dijo Annelyn—. Era una mera conjetura. En realidad creo que es algo así como un adorno, puesto en el cielo por el Gusano Blanco para darnos luz y ocasión para las mascaradas.

Repentina, alarmantemente, se oyó una carcajada áspera y grave. La sonrisa de Annelyn se tomó de pronto en un ceño fruncido cuando se dio cuenta de que quien se reía no lo hacía de su agudeza, sino de él. Se irguió con dignidad y se volvió, molesto.

Cuando vio quién reía, sin embargo, se limitó a levantar su copa (y una fina ceja rubia) en un saludo burlón.

El Proveedor de Carne (así lo llamaban, si es que tenía un nombre más legítimo, no lo usaba) cesó de reír: hubo un silencio. Era un hombre bajo, ancho, una cabeza menor que Annelyn y más feo que cualquiera de los yaga-la-hai, con su lacio pelo blanco, piel con motas pardas y rosadas, y una enorme nariz chata. Su imagen naranja y carmesí, que la luz de las antorchas grababa en la obsidiana, era más alta y donosa que lo que el mismo Proveedor había sido jamás.

Se había presentado en la Mascarada del Sol solo y mal vestido, horriblemente fuera de lugar, admitido solamente a causa del niño groun que había traído. En lugar de las galas de mascarada, llevaba su traje familiar de cuero lechoso, hecho de pieles de grouns, con una semicapa descolorida de pelo de groun trenzado. Su jactancia era conocida por doquier en la Casa del Gusano: se vestía con las pieles y cabelleras de los grouns que había matado. Él era el Proveedor de Carne, el que iba solo a las madrigueras profundas que no tenían ventanas.

Caralee lo miró con suma curiosidad.

—¿Por qué te reías? —preguntó.

—Porque tu amigo es gracioso —dijo el Proveedor. Su voz era demasiado grave, demasiado áspera. Annelyn se sintió algo absurdo, al ser insultado por un hombre moteado que gruñía igual que los guarda-antorchas. Y ahora un grupo de curiosos comenzaba a juntarse alrededor de ellos; lo raro siempre interesaba a los yaga-la-hai, y el Proveedor era de lo más raro. Además, todo el mundo se había cansado de mirar el sol.

—Siempre me gusta encontrar gente que aprecia el ingenio —dijo Annelyn, en un estudiado intento de convertir el velado insulto del Proveedor en un cumplido.

—Yo aprecio el ingenio —dijo el Proveedor—. Me gustaría encontrar alguno. Esta mascarada es necia.

No tenía ninguna sutileza, decidió Annelyn.

—Sólo en comparación —dijo—. ¿Tal vez usted esté acostumbrado a deleitarse en las chanzas con los grouns?

Riess dejó escapar una risita, y el Proveedor le sonrió con furia.

—Los grouns tienen más ingenio que su estúpido amigo, y más conocimientos que usted.

Hubo risas ahogadas alrededor. Annelyn no podía saber si por lo absurdo de las palabras del Proveedor o por el insulto.

—¿Usted conoce secretos de los grouns, entonces? —dijo con ligereza.

—Los tienen, sí. Y yo los conozco, sí. Y más.

—Los grouns son animales —intercaló Vermyllar.

—Como lo es usted —dijo el Proveedor.

Vermyllar se sonrojó.

—Yo visto harapos esta noche, pero sólo por la mascarada. Mi abuelo era hijo del Hombre-gusano.

—Mejor su abuelo que usted —dijo el Proveedor.

Esta vez Caralee se rió. Annelyn la miró, horrorizado de que ella pudiera encontrar graciosa semejante ordinariez.

—¿Se burla usted del honor? —dijo—. ¿Del gran conocimiento? ¿De las responsabilidades?

—Yo tengo más responsabilidades —dijo el Proveedor con voz serena—. Como tienen los otros que tratan de ir abajo y volver con carne de groun. El Hombre-gusano sólo tiene mohosas obligaciones rituales que nadie comprende. En cuanto a su gran conocimiento, también de eso yo tengo más. Los yaga-la-hai no saben nada sobre sí mismos o sobre la Casa del Gusano, excepto verdades a medias y mentiras distorsionadas. ¿Y el honor?

Hizo un gesto hacia la ventana. Groff, en su intrincada armadura forjada oscurecida por el óxido, permanecía de pie, rígido, con el Hombre gusano en sus brazos. Otro de los caballeros de bronce estaba cerrándola cortina; el baile continuaba.

—¿Sí? —exhortó Annelyn, sin expresión.

—El honor es sólo un sufrimiento terrible —dijo el Proveedor, y como para enfatizar su afirmación el Hombre-gusano levantó de repente la cabeza y su blanco cuerpo comenzó a sacudirse locamente en los brazos de Groff—. Bajo el cuchillo una y otra vez, despertando cada vez con menos de hombre. Y eso termina en deformidad y muerte. ¿Honor?

Ahora la multitud que los rodeaba parecía escandalizada, a excepción de un puñado que ya había escuchado al proveedor anteriormente y conocía sus divertidas irreverencias.

—El Hombre-gusano está purificado —dijo Riess. (Por mucho que se esforzara, en el fondo era torpe y ortodoxo, y todos ellos lo sabían)—. ¡Está siendo uno con el Gusano Blanco!

Annelyn lo hizo callar; él mismo se sentía inclinado al cinismo y al escándalo.

—Tal vez usted tenga algo que proponer con respecto al honor —le dijo al Proveedor—. Los librepensadores como yo a veces hemos cuestionado la costumbre, pero...

El Proveedor comenzó a reírse otra vez de él, echando atrás la cabeza en estrepitosas carcajadas. Annelyn se puso violeta y vació su copa de un trago —gusano incluido— luchando por mantenerse calmado.

—¡Librepensador! —logró finalmente articular el Proveedor cuando su risa se hubo calmado—. Dudo mucho de que hayas tenido alguna vez un solo pensamiento libre. Tú no eres nada, menos que el Hombre-gusano.

Se abrió paso dejando atrás a Annelyn y comenzó a llenar su propia copa de vino.

—Yo he matado un groun —dijo Annelyn, rápidamente, sin pensar, arrepintiéndose al momento de sus palabras.

El Proveedor se limitó a mirarlo, y sonrió, y entonces todos comenzaron a reírse. No era necesario ningún comentario; todos los hijos-del-gusano sabían que el Proveedor había matado probablemente cien grouns, no uno. Hasta Caralee se unió a la carcajada general, aunque Vermyllar y Riess guardaron un piadoso silencio. Alto como era, Annelyn sintió de repente como si el Proveedor lo sobrepasara. Deslizando hacia abajo la mirada, vio su propia cara que miraba hacia arriba, ridícula y descompuesta, desde la fría obsidiana.

El Proveedor estudió a Caralee con aprobación.

—Quédate conmigo esta noche —dijo de repente, tan rudo como cualquier guarda-antorchas.

Annelyn levantó la vista, escandalizado. El Proveedor no tenía vergüenza. Caralee vestía de azul y gris de araña, lo mismo que él; evidentemente estaban juntos. ¡Y él le había dado la copa de los gusanos apareados!

Ella miró a Annelyn por un instante, y luego pareció despedirlo con una sacudida de sus brillantes rulos, al girar hacia el Proveedor.

—Sí —dijo, con una extraña excitación en la voz.

Entonces se fueron juntos por el vasto espejo negro del piso de baile para girar y retorcerse y deslizarse juntos en las intrincadas y antiguas figuras de los yaga-la-hai.

—Nos ha humillado —dijo Annelyn, furioso, a Riess y Vermyllar mientras observaba la torpe parodia que el Proveedor hacía de los gráciles movimientos de Caralee.

—Deberíamos ir a ver al Hombre-gusano —sugirió Vermyllar.

Riess no dijo nada, pero su cara redonda estaba desencajada de excitación mientras se estiraba para agarrar otra araña sazonada.

—No —dijo Annelyn.

Más allá del mar ondulante de bailarines, en sus espléndidos colores, Groff había vuelto al Hombre-gusano a su pozo de arena. Achaparrados guarda-antorchas se movían por los contornos de la cámara, apagando dos llamas de cada tres. Pronto la oscuridad nubló la obsidiana, y los brillantes reflejos se desvanecieron hasta convertirse en vetas rojas sobre el cristal. En los rincones en penumbra, unas pocas parejas intrépidas habían comenzado ya a desenmascarar-los-cuerpos; otros seguirían pronto su ejemplo. Annelyn había pensado desenmascarar a Caralee. Ahora estaba solo.

—¿Por qué no? —estaba arguyendo Vermyllar—. Tú lo oíste. Me llamó animal, y yo soy el nieto de un hombre que podía haber sido Hombre-gusano.

Annelyn le hizo señas de que se tranquilizara.

—Tendrás tu venganza —le dijo—. Pero a mi manera, mi manera.

Sus profundos ojos azules atravesaron la cámara. El Proveedor conducía a Caralee hacia un rincón.

—A mi manera —repitió. Y después—: Vengan.

Y los condujo fuera de la habitación.



Se encontraron a la mañana siguiente, temprano, en medio del polvo y los descoloridos tapices del semi-abandonado Subtúnel, que comunicaba casi todas las madrigueras principales de los yaga-la-hai antes de perderse en su largo descenso hacia el infinito. Annelyn fue el primero en llegar. Iba vestido por completo de negro brillante, con una capucha del mismo color para ocultar su pelo lustroso. Su única concesión a la vanidad era una theta dorada bordada en el pecho. Un cinturón de soga negra sostenía el puñal y el estoque.

Pronto se materializó Riess, en una ajustada camisa de malla y cuero y pesada capa de gris araña. Él y Annelyn se sentaron sobre una piedra en el piso frente a una negra abertura que exhalaba hacia ellos un aire caliente y húmedo a través de la rejilla mohosa. La luz provenía de espaciadas antorchas sujetas a la pared por manos de bronce, y de las ventanas —angostas rendijas en el cielorraso, veinte pies por encima de sus cabezas— que filtraban un resplandor rojizo y débil. Las ventanas estaban a diez pies una de otra a lo largo del Subtúnel, hasta que éste comenzaba a hundirse. Una vez, cuando niño, Annelyn había hecho una alta pila de cachivaches en medio de una madriguera y había trepado para mirar afuera, pero no se veía nada. El espesor del vidrio, como el de la piedra de las paredes, era mayor que la altura de un hombre. Era un milagro que pudiera pasar algo de luz.

Vermyllar se retrasaba. Annelyn se cruzó de piernas, mirando los tapices colgantes cuyas imágenes se habían convertido en un moteado de grises. Riess estaba muy excitado. Hablaba de las imaginativas torturas que podrían infligirle al Proveedor.

—Cuando lo agarremos, tenemos que colgarlo cabeza abajo atándole sogas a los tobillos —sugería el robusto joven—. Entonces podemos comprarles a los cirujanos clérigos un bote de gusanos de sangre y ponérselos por todo el cuerpo para que se lo beban hasta secarlo.

Annelyn lo dejó parlotear, y finalmente apareció Vermyllar, vestido de negro y gris y llevando una antorcha y una larga daga. Los otros dos salieron a su encuentro.

—Yo no debería haber venido —dijo Vermyllar. Su cara estaba muy tensa, aunque él pareció relajarse un poco en presencia de sus amigos—. Yo soy el bisnieto del mismísimo Hombre-gusano —siguió, enfundando la daga mientras Riess tomaba la antorcha— y no debería escucharte, Annelyn. Nos van a comer los grouns.

—Al Proveedor no se lo comen los grouns, y él es uno solo, mientras nosotros somos tres juntos —dijo Annelyn.

Inició la marcha por el Subtúnel, hacia el gris infinito donde ninguna banda de luz roja desnudaba ya la piedra, y los otros lo siguieron.

—¿Estás seguro que viene por este camino? —preguntó Vermyllar.

Pasaron otra de las negras aberturas cuadradas, y sus capas se agitaron y flamearon en el hálito cálido. Vermyllar señaló la abertura con un gesto.

—Tal vez él baja por una de éstas hasta donde viven los grouns.

—Son muy escarpadas y muy calientes —le dijo Annelyn— y se caería o se quemaría si fuera por ahí. Además, mucha gente lo ha visto ir y venir por el Subtúnel. Yo les estuve preguntando a los guarda-antorchas.

Pasaron junto a la última ventana; adelante, el Subtúnel comenzaba a descender y el techo era ininterrumpido. Vermyllar se detuvo en la última zona iluminada.

—Grouns —dijo—. Annelyn, hay grouns allí abajo. Lejos de las ventanas.

Se humedeció los labios.

—Yo he matado un groun —le recordó Annelyn—. Además, ya hemos hablado de esto. Tenemos nuestra antorcha, y cada uno de nosotros lleva fósforos. Hay antorchas viejas a lo largo del túnel, o sea que muchas se pueden encender. Por otra parte, los grouns nunca vienen tan arriba. Nadie ha visto un groun en el Subtúnel por años.

—Todos los meses desaparece gente —insistió Vermyllar—. Cultivadores de hongos. Cazadores de grouns. Chicos.

Annelyn comenzaba a impacientarse.

—Los cazadores de grouns van muy abajo y entonces los atrapan. Los otros, bueno, ¿quién sabe? ¿Tienes miedo de la oscuridad?

Dio un taconazo con impaciencia.

—No —dijo Vermyllar, y se adelantó para alcanzarlos. Pero su mano descansaba en el mango de la daga.

Annelyn no prosiguió de inmediato. Se acercó a la pared que se curvaba, y estirándose, sacó una antorcha de una mano de bronce. La encendió con la llama de la que llevaba Riess, y la luz se hizo más intensa.

—Toma —dijo, dándosela a Vermyllar—. Ven.

Y así iniciaron el camino por la larga y oscura madriguera que se curvaba y hundía, casi imperceptiblemente: pasaron por tapices que colgaban en hilachas y otros que eran espesas madejas de hongos enredados; recorrieron una serie interminable de manos que aferraban antorchas (una vacía de cada dos, y sólo una encendida de cada cincuenta); pasaron por incontables bocas de túneles tapiadas y por algunas cuyos ladrillos se habían roto o convertido en polvo; atravesaron el cálido hálito invisible de los aeroductos, uno tras otro. Caminaban en silencio, sabiendo que sus voces podían repercutir, esperando que el polvo del piso silenciara los ruidos de sus pisadas. Caminaron hasta perder de vista la última ventana, durante una hora más. Y finalmente llegaron al punto en que terminaba el Subtúnel. Frente a ellos había dos entradas cuadradas cuyas puertas de metal se habían desintegrado hacía tiempo en escamas de óxido. Riess metió la antorcha por una y sólo vio unos cables pesados, que se retorcían en una maraña para hundirse en la intestina oscuridad de un pozo que caía más y más abajo. Azorado, se retiró dando un respingo y casi perdió la antorcha.

—Cuidado —advirtió Annelyn.

—¿Qué es? —dijo Riess.

—Puede ser una trampa —sugirió Vermyllar. Metió a su vez la antorcha en la segunda entrada, y vieron una escalera de piedra que descendía rápidamente—. ¿Veis? Había dos puertas aquí, en un tiempo. Un enemigo o un groun podía elegir el equivocado, y caer por ese pozo hacia su muerte. Probablemente era un pozo de aire al que le pusieron una puerta.

Annelyn se acercó a Riess.

—No —dijo, asomándose al pozo—. Hay cuerdas. Y este pozo es frío.

Sacudió la cabeza, y su capucha se deslizó, revelando los rizos rubios que brillaban suavemente a la rutilante luz de las antorchas.

—No importa —dijo—. Esperaremos aquí. Más abajo encontraríamos grouns. Además, no sé a dónde conduce esta escalera. O sea que es mejor esperar, y dejar que el Proveedor nos guíe.

—¿Qué? —Vermyllar se sobresaltó—. ¿No lo vamos a agarrar aquí?

Annelyn sonrió.

—¡Ja! Eso sería la venganza de un niño. No, lo vamos a seguir hasta las profundidades del mundo de los grouns. Vamos a enterarnos de todos sus secretos, de todo el conocimiento de que alardea. Vamos a ver por qué él regresa una y otra vez, siempre con carne, mientras otros cazadores de grouns desaparecen. Entonces lo mataremos.

—No dijiste eso —objetó Riess, boquiabierto.

—Ya nos hemos alejado demasiado de las ventanas —dijo Vermyllar, adelantándose.

Annelyn rió jovialmente.

—Niño —le dijo a Riess—. Yo llegué hasta aquí cuando tenía la mitad de tus años. Aquí es donde maté a mi groun —señaló la escalera—. Salió de allí, arrastrándose sobre cuatro de sus patas, sin que mi fuego lo atemorizara para nada, y yo me enfrenté a él solamente con mi antorcha.

Vermyllar y Riess estaban mirando el oscuro portal de la escalera.

—¡Oh! —dijo Riess.

—¿De veras? —dijo otra voz, desde atrás. Vermyllar dejó la antorcha y desenfundó la daga. Los tres giraron en redondo.

Al borde de la luz, un hombre gigantesco de barba roja y vestido de negro los estaba mirando, con un hacha de bronce al hombro. Sin su armadura, Annelyn no lo reconocía para nada, pero súbitamente se hizo la luz.

—Groff —dijo.

El caballero de bronce asintió.

—Los he seguido por todo el Subtúnel. Son muy ruidosos.

Ellos no dijeron nada. Vermyllar recogió su antorcha del piso.

—¿Así que piensan matar al Proveedor? —dijo Groff.

—Sí —dijo Annelyn—. No interfieras, Groff. Yo sé que el Proveedor trae mucha carne de groun para los yaga-la-hai, pero nosotros también lo vamos a hacer cuando aprendamos sus secretos. El Hombre-gusano no tiene ningún motivo para ponerse de su lado.

Su boca tenía una expresión porfiada.

Una risa gorgoteó en lo profundo de la garganta de Groff, quien levantó la pesada hacha.

—No te preocupes, pequeño hijo-del-gusano. Tendrás tu carroña. Yo también fui enviado para matar al Proveedor.

—¿Qué? —dijo Riess.

—¿Lo ordenó el Hombre-gusano? —preguntó Vermyllar, ansioso.

—El Hombre-gusano no piensa en nada que no sea su próxima unidad con el Gusano Blanco —dijo Groff. Sonrió—. Y en dolor, tal vez. Quizá piensa en eso. No, sus consejeros lo ordenaron. Hay muchos misterios alrededor del Proveedor. No es en realidad de los yaga-la-hai, piensan los consejeros, y no es tranquilo. Es feo y perturba, y miente. Más aún, desde que nos percatamos del Proveedor por primera vez, hace dos años, cada vez han vuelto menos cazadores de grouns de abajo, sólo él.

»Bueno, yo he cazado grouns, en un tiempo. Puede que no haya llegado tan abajo como el Proveedor, que dice que ha descendido hasta donde los caballeros de bronce pelearon contra los grouns hace un millón de años. Yo no he estado tan lejos, pero he andado por los caminos de los grouns y las madrigueras oscuras no me espantan. —Miró a Annelyn—. ¿Realmente encontraste un groun aquí?

Annelyn sintió la firme mirada de los ojos de Groff, por debajo de sus espesas cejas rojas.

—Sí —dijo, tal vez demasiado rápido, temiendo que Groff supiera de alguna manera la verdad. El groun había estado tirado al final de las escaleras, balbuceando su parloteo de muerte, cuando Annelyn lo había encontrado. El niño había observado, aterrorizado, mientras los seis larguiruchos miembros de la criatura temblaron caprichosamente y los húmedos y hundidos pozos de carne que los grouns tenían en vez de ojos vagaban de un lado para otro, sin ningún motivo. Cuando la carcasa se quedó inmóvil, Annelyn la chamuscó con su antorcha, y luego la arrastró hasta las madrigueras de los yaga-la-hai.

Groff sacudió la cabeza.

—Raramente pasan de la pared de los grouns —dijo el caballero de bronce—. Durante los últimos años en que cacé, raramente venían para nada. El Proveedor debe ir realmente muy abajo. —Sonrió—. Pero nosotros también.

—¿Nosotros? —insinuó Vermyllar.

Groff asintió.

—No me opongo a la ayuda, y la de Annelyn es una buena idea. Vamos a aprender los secretos del Proveedor antes de matarlo. —Blandió su hacha en un amplio gesto—. Abajo.

La entrada se perfiló negra como la noche y siniestra, y Annelyn comenzó a sentirse nervioso. Una cosa era impresionar a Riess y Vermyllar con su intrépido plan de descender al país de los grouns, pero sin duda ellos lo hubieran convencido a tiempo de desistir. Tal vez ellos tres hubieran tropezado con el Proveedor aquí, fuera de la luz, es cierto, pero sólo por un trecho, y Annelyn había estado allí antes. Pero bajar realmente...

Fue Vermyllar el que protestó.

—No —dijo— yo no voy a ir más abajo. —Miró a Annelyn—. Mata tú al Proveedor, o lo puede matar Groff, o Riess si puede, pero va a estar tan muerto conmigo como sin mí. Yo me vuelvo.

—Abajo —dijo Groff con severidad—. No voy a aceptar deserciones.

Vermyllar se mantuvo firme.

—Mi abuelo es hijo del Hombre-gusano —dijo—. Yo hago lo que quiero.

A Annelyn y Riess les hizo el signo del gusano, y luego emprendió, antorcha en mano, el camino de regreso.

Groff no intentó detenerlo.

—Abajo —repitió, después que la luz de Vermyllar desapareció tras una curva de la pared. Ellos se apresuraron a obedecerle.

Abajo. La peor de las direcciones posibles. Abajo. Donde viven los grouns. Abajo. Lejos de la luz. Sin embargo fueron, y Annelyn recordó que aún en los mejores momentos, él odiaba las escaleras. En eso había tenido suerte. Riess, que tenía la antorcha, tenía que ir primero.

Al pie de la escalera había un angosto rellano con dos puertas empotradas, otra entrada que se precipitaba al pozo silencioso y frío, y otra escalera. Abajo. Había otra escalera después de esa. Abajo. Y otra después de aquella.

Finalmente emergieron.

—Apaga la antorcha —dijo Groff.

Riess obedeció.

Permanecieron juntos en el extremo de un esmirriado puente de metal que atravesaba una cámara cavernosa cien veces mayor que la Cámara de Obsidiana. Arriba, muy arriba, se extendía un vasto techo de paneles de vidrio (cada uno de ellos del tamaño del que estaba atrás de la tina del Hombre gusano, pensó Annelyn) sostenidos por marcos de metal negro. El sol se vislumbraba sobre éste, con sus océanos de fuego y sus llanuras de ceniza, así que no necesitaban la antorcha.

Había otros puentes, vio Annelyn cinco; delgados hilos que se balanceaban desde una negra pared a la otra, por encima de una pileta de líquido estancado que se movía y hacía ruidos justo bajo sus pies. Y había un sexto, o había habido, pero ahora estaba destrozado, y su tramo de cinta colgaba, retorcido, en la móvil oscuridad debajo de ellos. Se desprendía un olor fuerte, espeso y vagamente dulzón.

—¿Dónde estamos? —susurró Riess.

—En la Cámara de la Última Luz —dijo Groff bruscamente—. O por lo menos así se llama en el saber de los caballeros de bronce. Pero los cazadores de grouns la llaman el Muro Groun. Éste es el último y más profundo lugar a donde puede asomarse el viejo sol. El Gusano Blanco la creó para que los grouns no pudieran llegar a las madrigueras de sus hijos, dicen algunos.

Annelyn caminó hasta el parapeto del puente.

—Interesante —dijo casualmente—. ¿No hay ninguna otra vía de acceso para los grouns, entonces?

—Ya no —le dijo Groff—. En un tiempo la hubo, pero los caballeros de bronce las sellaron con ladrillos y sangre. O así se dice. —Apuntó con su hacha las sombras en el lado opuesto del puente—. A través.

El tramo era angosto, apenas si podían caminar dos hombres juntos. Annelyn se adelantó dubitativamente, tanteando por la baranda para sostenerse. Le quedó en la mano, un pequeño trozo de tubo metálico, carcomido por el óxido. Lo miró, retrocedió, luego lo descartó y lo arrojó al líquido.

—La humedad —dijo Groff, despreocupadamente—. El mismo puente tiene agujeros de óxido, de modo que tengan cuidado al pisar—. Su voz era severa e inflexible.

Así Annelyn se encontró de nuevo en cabeza, paso por paso cuidadoso, lanzado sobre el negro chapoteo dentro del abismo de pálida luz roja. El puente crujía y se movía bajo sus pies, y más de una vez sintió que algo cedía al intentar pisar, y se veía forzado a retirar el pie rápidamente y pisar en algún otro lado. Riess venía detrás suyo, sosteniendo fuertemente la baranda inútil dondequiera que hubiere una baranda para sostener. Groff caminaba alegremente por los lugares que los otros habían probado.

A mitad de camino, el puente comenzó a balancearse, lentamente al principio, luego con mayor velocidad. Annelyn frunció el ceño, manoteó la baranda, y miró a Groff por sobre el hombro.

El caballero de bronce maldijo.

—Tres es demasiado —dijo—. ¡Apúrense!

No atreviéndose a correr, Annelyn comenzó a caminar tan ligero como podía, y al hacerlo el balanceo empeoró. Caminó más velozmente aún, y pudo oír a los otros detrás suyo. En un momento, se oyó un súbito crepitar y un chasquido, seguidos por un aullido de dolor. Entonces corrió, saltando los últimos dos pies hasta el semicírculo de piedra que anclaba el puente en el lado opuesto de la cámara. Sólo entonces, a salvo, se volvió. Riess había dado en una parte oxidada; su pierna derecha se había hundido a través del metal. Groff lo estaba ayudando a salir.

—Manténlo firme —gritó el caballero de bronce, y Annelyn regresó al precipicio de piedra y sostuvo el puente que se sacudía lo mejor que pudo.

Pronto Groff se le reunió, sosteniendo a un Riess cojo. El cuero que vestía le había ahorrado daños mayores, pero así y todo el metal mellado le había cortado la pierna, y en ella había algo de sangre.

Mientras Groff lo atendía, Annelyn miró alrededor. La plataforma de piedra sobre la que se encontraban estaba rodeada de formas oscuras, grandes cajas cuadradas dispuestas a lo largo del borde como una hilera de dientes deteriorados. Se acercó a una. Era de metal, con las cicatrices del óxido y el desuso, y tachonada por una docena de pequeñas ventanas de vidrio, tras las cuales no había nada más que polvo. Había agujeros en las cajas, también, y varias habían sido destrozadas. Annelyn no pudo encontrarles ningún sentido.

Riess se hallaba de nuevo de pie, y parecía abatido.

—Se me cayó la antorcha —dijo.

—Hay otras disponibles —dijo Groff—. No podríamos haber usado las nuestras, de todas maneras. El Proveedor vería la luz. No, debemos entrar a los senderos de los grouns en la oscuridad, y esperar allí hasta que veamos la luz de su antorcha. Entonces le seguiremos.

—¿Qué? —dijo Annelyn—. Pero Groff, eso es una locura. Va a haber grouns en la oscuridad, quizás.

—Quizás —replicó Groff—. No es probable, no tan cerca de la luz, del Muro Groun. Los cazadores de grouns, en mi época y aun antes, tenían que ir más abajo para encontrar alguna presa. Los senderos superiores están vacíos. Pero no iremos lejos.

Señaló la ancha puerta negra que los esperaba donde la plataforma se unía a la pared.

Annelyn sacó su estilete y se adelantó rápidamente, para no parecer un cobarde. Si algún groun acechaba en la oscuridad, lo encontraría preparado.

Pero no había nada. Débilmente, a la poca luz que aún se derramaba de la cámara, se recortaban tres madrigueras, cada una más oscura que la anterior.

—La de la izquierda conduce abajo —dijo Groff— a las partes más ricas de los caminos. La central está clausurada y abandonada. Esperaremos allí. Podemos vigilar el puente, escondidos en la oscuridad, y seguirla antorcha del Proveedor cuando pase.

Los condujo dentro, y ellos se sentaron sobre la piedra polvorienta a esperar. La puerta que daba a la Cámara de la Última Luz estaba frente a ellos, como una débil ventana roja: el resto estaba silencioso y negro. Groff se hallaba inmóvil, con su hacha atravesada en la falda y sentado sobre sus piernas cruzadas. Riess estaba inquieto. Annelyn se apoyó contra la pared, para que ningún groun pudiera trepar por detrás suyo, y se puso a jugar con su estilete.

No transcurrió mucho tiempo antes de que empezara a oír ruidos, suaves balbuceos y sonidos graves, como las desagradables voces de los grouns agrupándose para atacarlos. Pero en el túnel reinaba una oscuridad total, y cuanto más se esforzaba por escuchar, más borroso e indistinto se volvía el sonido. ¿Pasos? ¿O tan sólo la respiración de Groff? ¿O era tal vez el sonido del líquido inquieto, no lejos de allí? Annelyn aferró su hoja con más fuerza.

—Groff —advirtió, pero el otro lo hizo callar.

Estaba recordando historias de cómo los grouns podían ver en la oscuridad total, de cómo se acercaban tan silenciosamente en almohadillas de suaves pies blancos y enroscaban sus seis largos miembros alrededor de los yaga-la-hai perdidos cuando el otro sonido comenzó. Suavemente primero, luego más fuerte; ahora no podía equivocarse. Era flojo y disonante; se elevaba y bajaba, lleno de ahogos y sollozos. Groff lo oyó, también. Repentina, silenciosamente, se puso de pie. Annelyn se incorporó a su lado, luego Riess.

El puente se balanceaba lentamente en la roja ventana frente a ellos. Alguien se acercaba.

El ruido creció, y se hizo más humano. Una voz, una voz real, deformada por el miedo. Entonces Annelyn oyó palabras;...por favor... no a la oscuridad de nuevo... grouns... me van... puede hacer... Y luego, muy claramente: Mi abuelo era hijo del Hombre-gusano.

Lo vieron. Vermyllar se acercaba por el puente.

Detrás de él, sosteniendo un largo cuchillo visible a medias en la luz, estaba el Proveedor, achaparrado y feo en su traje de piel de groun.

—¡Quieto! —dijo el Proveedor, y Vermyllar tropezó con la seguridad de la piedra, mirando atemorizado la negra puerta que se abría ante él.

De pronto Annelyn sintió la mano de Groff sobre su pecho, empujando, empujando.

—Atrás —susurró el caballero suavemente, y esta vez Annelyn se sumergió con gusto entre las sombras. Algo andaba mal. Algo andaba muy, muy mal. Ni Vermyllar ni el Proveedor llevaban antorchas.

—Levántate —dijo el Proveedor—. Levántate y camina. Yo no voy a llevarte.

Vermyllar se levantó inseguro y lloriqueando.

—No —dijo—. Está oscuro. No puedo ver. No.

El Proveedor le pinchó con el cuchillo.

—Adentro y a la izquierda —dijo—. Siente si no puedes ver, animal. Siente.

Y Vermyllar se metió en el túnel, tanteando la pared, sollozando, pareciendo mirar derechamente a Annelyn antes de girar a la izquierda. Pero el Proveedor ni miró hacia ellos al pasar, aguijoneando a Vermyllar hacia adelante con su hoja.

A Annelyn le pareció haber estado una hora entera en la oscuridad del túnel medio, pero sólo podían haber sido minutos. Finalmente el sonido de las protestas y lamentos de Vermyllar se redujo a un débil gemido por debajo de ellos. Entonces Groff habló.

—Ninguna antorcha —dijo, y hasta su voz severa parecía alterada—. Los ojos del hombre están poseídos por un groun.

—¿Volvemos? —dijo Riess.

—¿Volver? —Groff se dibujaba en la roja luz de la puerta—. No, no. Pero nosotros tenemos que ver. Una antorcha, tenemos que tener una antorcha. Los vamos a atrapar. Sabemos por dónde fue, y el bisnieto del Hombre-gusano estaba lamentándose mucho.

—¿Por qué quiere a Vermyllar? —dijo Annelyn, en un susurro. Sus agudezas lo habían abandonado.

—Puedo hacerme una idea —dijo Groff—. Pero ya veremos.

Dio las órdenes, y los tres comenzaron a deambular por el pequeño tramo de madriguera, tanteando en busca de antorchas. Riess no encontró más que un aeroducto, pero las manos de Annelyn se cerraron finalmente sobre un familiar puño de bronce. Sostenía una antorcha.

Mientras Riess la encendía, Annelyn se volvió hacia Groff.

—Un puño, el trabajo de los yaga-la-hai, aquí, en los caminos de los grouns. ¿Cómo es eso, Groff?

—Éstos no fueron siempre caminos de grouns. Los hijos-del-gusano excavaron estas madrigueras, hace un millón de años. Los grouns los desplazaron hacia arriba en una gran guerra, o así se dice. Las madrigueras que han sido siempre de los grouns, son distintas. Ahora los grouns se recluyen abajo, y los yaga-la-hai arriba; unos y otros fueron creados fuertes y numerosos y tanto ellos como nosotros nos hemos ido descomponiendo, como todas las cosas grandes y pequeñas se descomponen a los ojos del Gusano Blanco. Por eso estos túneles y las Cámaras de la Última Luz y nuestro Subtúnel, que alguna vez han estado llenos, ahora están vacíos.

Riess, sosteniendo la antorcha, hizo el signo del gusano.

—Vengan —dijo Groff—. La madriguera sigue en línea recta por un largo trecho, siempre hacia abajo, pero al fin se ramifica, y no debemos perderlos.

Así que empezaron a caminar —Riess con la antorcha, Groff con su hacha y Annelyn aferrando su estilete—, con rapidez. La madriguera está absolutamente vacía: un espacio largo y ancho donde se sucedían aeroductos de bocas calientes y quebrados puños de bronce que aferraban el aire. Por dos veces pasaron junto a esqueletos, Annelyn no habría podido decir si eran de grouns o de hombres; el resto era una oscura nada. Finalmente, cuando llegaron a un punto en el que confluían muchos túneles y se ramificaban, pudieron oír nuevamente los sollozos de Vermyllar, y supieron qué camino tomar.

Siguieron por un largo rato, perdieron dos veces el sonido en la maraña de madrigueras intercomunicadas, pero cada vez volvieron rápidamente sobre sus pasos, apenas los sollozos empezaban a desvanecerse. Estos —advirtió Annelyn con un escalofrío— eran los caminos de los grouns, la cosa real, y él estaba en ellos, descendiendo hacia el infinito. Sus ojos azules se agrandaron y se aguzaron, y él empezó a observar todo a la luz vacilante de las antorchas: los negros cuadrados de los túneles que pasaban, los infinitos puños carcomidos, uno tras otro, las alfombras de polvo, espesas en algunos lugares y extrañamente ausentes en otros. También escuchaba ruidos, como cuando estaban aguardando al Proveedor; suaves balbuceos y pisadas más suaves aún, gruñidos, los remolinos de vientos increíblemente fríos en los túneles abandonados, y un retumbar apagado y distante, que no se parecía a nada de lo que él hubiera imaginado jamás. Ruidos reales, espectros, delirios de una mente afiebrada. Annelyn no lo sabía. Lo único que sabía era que los estaba oyendo, y entonces las vacías madrigueras parecían poblarse de una vida invisible y oscura.

No hablaban. Bajaron y doblaron hasta que Annelyn perdió la cuenta de las vueltas que habían dado. Descendieron por retorcidas escaleras de piedra, se descolgaron por escalas oxidadas en cavidades vacías y pobladas de ecos (siempre con el temor de que algún peldaño cediera), atravesaron amplias pendientes y vastas galerías que devoraban la luz de la antorcha y cámaras amuebladas en que todos los muebles estaban cubiertos de polvo y agusanada podredumbre. Una vez cruzaron una habitación de alto cielorraso, muy parecida a una granja de hongos, pero aquí los cursos de agua estaban secos y vacíos, y los largos y hundidos estanques de cultivo sólo contenían unos pocos hongos malolientes que emitían débiles resplandores de un verde maligno. Otra de las salas que encontraron estaba cubierta de tapices, pero no eran más que andrajos grises que se desgarraban al tocarlos.

Los ruidos los precedían. Siempre.

Groff habló sólo una vez, cuando estaban detenidos al final de un túnel empotrado y preparándose para descender a otra de las redondas y negras cavidades.

—No queda ningún groun —murmuró, más para sí mismo que para los otros—. Estos son los lugares que antes bullían de grouns, y ahora están vacíos —sacudió la cabeza, y tenía cara de preocupación—. El Proveedor va muy abajo.

Ni Annelyn ni Riess respondieron. Encontraron los escalones y empezaron a descender. Abajo había más túneles.

Finalmente, pareció que habían perdido el camino. Al principio el ruido los precedía —los sollozos de Vermyllar no cedían—, pero de pronto el sonido se amortiguó. Groff murmuró algo, y los tres retrocedieron hasta la curva anterior y tomaron por otra madriguera. Pero sólo habían avanzado unos pocos pasos en la oscuridad cuando perdieron el sonido por completo. Volvieron a retroceder y tomaron un tercer camino; comprobaron que era silencioso y sin resquicios.

—Este era el camino correcto —insistió Groff cuando volvieron al punto de confluencia—, el que tomamos al principio, aun cuando el ruido haya disminuido —los condujo otra vez por allí, y de nuevo pudieron oír a Vermyllar, pero una vez más, después de haberlo seguido por un trecho, el sonido empezó a debilitarse.

Groff se volvió y dio unos pasos por el túnel.

—Vengan —dijo, y Riess se acercó apresuradamente con la antorcha. El caballero estaba junto a un aeroducto cuyo hálito caliente los envolvía. La llama de la antorcha danzaba. Annelyn vio que el conducto no tenía rejas. Groff se asomó.

—Una cuerda —susurró.

De pronto Annelyn se dio cuenta de que los sonidos provenían del pozo.

Groff se aseguró el hacha al cinturón, agarró la cuerda con sus enormes manos, y se zambulló en la oscuridad.

—Síganme —ordenó; luego desapareció en el pozo. Riess miró a Annelyn, con ojos espantados, interrogante.

—Seda de araña, sin duda —dijo Annelyn—. Va a resistir. Apaga la antorcha y sígueme.

Luego, también él tomó la cuerda.

El pozo era cálido, pero no tanto como Annelyn había imaginado; no quemaba. Era también más estrecho de lo que él había supuesto; cuando se cansaba, podía apoyar las rodillas contra una superficie, y la espalda contra la superficie opuesta, y descansar por un momento. La cuerda, con Groff agarrado debajo de él y Riess sobre su cabeza, tenía vida propia, pero era resistente y nueva y resultaba fácil sostenerse en ella.

Por fin, sus pies se movieron con libertad; habían llegado a otro nivel y dejado atrás otra reja. Groff lo agarró y lo ayudó a salir, y entre los dos ayudaron al forcejeante y sofocado Riess.

Estaban en un pequeño empalme, en el que tres túneles desembocaban en las enormes puertas metálicas de una gran cámara. Pero de una sola ojeada, Annelyn vio que la cuerda era la única vía de acceso; las tres madrigueras estaban tapiadas. Eso era fácil de ver; las puertas de la cámara estaban abiertas, y dejaban pasar la luz.

Desde las sombras cercanas al aeroducto, observaron el interior, Groff agazapado con el hacha en la mano, Annelyn desenfundando su estoque.

Era una amplia cámara, tal vez de las dimensiones de la Cámara de Obsidiana; pero allí terminaba toda semejanza. Adentro, el Proveedor había montado un trono; dos antorchas inclinadas ardían en el borde superior del respaldo. Su luz vacilante refulgía extrañamente con un colérico destello purpúreo que enviaban los enormes globos incrustados de hongos sobre las paredes. Vieron a Vermyllar, que sollozaba incoherentemente, maniatado a una cama con ruedas cerca del Proveedor. De vez en cuando su cuerpo se sacudía por los tirones irregulares contra las argollas que lo sujetaban, pero su raptor ignoraba esos esfuerzos.

El resto de la cámara, en la curiosa luz mezclada, no se parecía a nada que Annelyn hubiera visto antes. Las paredes eran de metal, carcomidas por el tiempo y el óxido, aunque aún brillaban en algunos lugares. Paneles de vidrio tachonaban los flancos altos y oscuros; un millón de ventanas diminutas —la mayoría de ellas rotas— titilaban con las llamas. A lo largo de las paredes laterales, burbujas transparentes y gordas se hinchaban obscenamente cerca del cielorraso. Algunas estaban cubiertas por un crecimiento jugoso y resplandeciente. Otras estaban secas y rotas, mientras otras parecían estar llenas de algún fluido vagamente móvil. Un abismo de sombra y caos se extendía entre una y otra pared. Había una docena de camas rodantes, iguales a la de Vermyllar, cuatro enormes pilares que se elevaban hasta el cielorraso entre una maraña de cuerdas y barras de metal, un pesado tanque como los que los yaga-la-hai usaban para criar gusanos comestibles, pilas de ropa (algunas frescas, otras cubiertas de moho) y armas y objetos extraños, cajas de metal con vacíos ojos de vidrio. En el centro estaba el trono del Proveedor, un alto sitial de piedra verdinegra. Una theta de un metal plateado increíblemente brillante estaba grabada en el respaldo, justo sobre su cabeza.

El Proveedor había cerrado los ojos, y estaba reclinado en su trono. Descansando tal vez, pensó Annelyn. Vermyllar estaba emitiendo ruidos todavía: lloriqueos, gemidos y sonidos ahogados, palabras sin sentido.

—Está loco —le susurró Annelyn a Groff. convencido de que el ruido que hacía Vermyllar taparía sus palabras—. O lo va a estar dentro de poco.

—Sí —dijo Riess, arrastrándose hasta donde estaban ellos—. ¿Cuándo vamos a salvarlo?

Groff giró la cabeza hacia Riess.

—No vamos a salvarlo —dijo el caballero de bronce, en una voz baja y sin inflexiones—. Él nos abandonó. No tiene derecho a mi protección. Es mejor para los yaga-la-hai observar y seguir, para ver qué hace el Proveedor con el biznieto del Hombre-Gusano —su tono no daba lugar a discusiones ni réplicas.

Annelyn se estremeció, y se alejó de Groff, quien otra vez observaba intensamente, sin ningún atisbo de movimiento. Intempestivamente, Annelyn se había dejado ir, se había permitido confiar en el hombre mayor, obedecerle, simplemente porque Groff era un caballero, porque Groff conocía los caminos de los grouns. Súbitamente recordó su orgullo y su propósito de venganza.

Riess se le acercó.

—Annelyn —le dijo, temblándole la voz—. ¿Qué podemos hacer?

—Vermyllar se lo buscó —susurró Annelyn—. Pero nosotros lo vamos a rescatar, si podemos.

Él no tenía idea de cómo, una cosa era que Groff se enfrentara al Proveedor con su gran hacha, pero si el caballero no quería ayudar...

Groff los miró por encima del hombro. Sonrió.

Annelyn advirtió con sobresalto que adentro, el Proveedor se había levantado. Se estaba desvistiéndole sacaba el blancuzco traje de piel de groun y la incolora capa de pelo de groun. Giró, mostrando su ancha espalda, un musculoso despliegue de carne moteada, mientras arrojaba su ropaje sobre un brazo del trono y revolvía una pila de ropa.

—Groff —dijo Annelyn con decisión—, debemos salvar a Vermyllar, aunque sea un inútil. Me divierte. Nosotros somos dos, verdad, y tú sólo uno, y necesitas nuestra ayuda —Riess, tras él, hacía débiles sonidos ahogados.

Groff volvió a mirarlos y suspiró;

—¿Alguno de ustedes conoce el camino de regreso? —fue todo lo que preguntó.

Annelyn se quedó en silencio. Él no conocía el camino de regreso, advirtió. En la oscuridad estarían perdidos.

—Riess —empezó a susurrar.

El Proveedor se había cambiado de ropa y otra vez se volvió hacia Vermyllar. En su mano tenía un cuchillo. Su aspecto era distinto. Usaba un traje de fina cabritilla, y de sus hombros caía una larga capa de cabellos rizados que destelleaban suavemente como lana de oro a la luz del fuego. Un murmullo salió del fondo de su garganta, una voz como la que tenían los grouns en todos los cuentos que Annelyn había oído en su vida.

Vermyllar recuperó la cordura de golpe.

—¡No! —gritó— ¡No! ¡Mi abuelo era hijo del Hombre-gusano!

El Proveedor le cortó la garganta, y se apartó con agilidad cuando la sangre empezó a salir a borbotones y el cuerpo comenzó a retorcerse.

Recogió un poco de sangre en una copa y se la bebió con evidente satisfacción. El resto de la sangre oscureció la cama y corrió por el piso, y un hilo fue avanzando hacia los hijos-del-gusano, como si supiera que se ocultaban en la sombra.

Cuando Vermyllar quedó inmóvil, el Proveedor le aflojó las argollas y cargó el cuerpo en uno de sus anchos hombros. Annelyn observaba, congelado por el impacto, y de pronto se acordó de cuántas veces el Proveedor se había paseado entre los yaga-la-hai, cargando un cadáver de groun exactamente de esa misma manera.

Groff echó una rápida ojeada a su alrededor en el mismo momento en que el Proveedor iniciaba su marcha hacia ellos. Ninguna de las madrigueras ofrecía la más mínima posibilidad de esconderse.

—Bajen por la soga —susurró el caballero, apremiante.

—¿Bajar? —preguntó Riess.

—No —dijo Groff—. Demasiado tarde. Nos encontraría aun bajando y cortaría la cuerda —se encogió de hombros y sopesó el hacha—. No importa. Ya sabemos todo lo que necesitábamos. Él no es de los yaga-la-hai, tal como los allegados al Hombre-gusano sospechaban. Este Proveedor lleva carne tanto a los hombres como a los grouns.

Annelyn permaneció junto a Groff, estoque en mano, balanceándose nerviosamente sobre sus pies. Riess, tembloroso, desenfundó el cuchillo. El Proveedor apareció en la puerta, con el cadáver de Vermyllar colgando sobre su hombro. Los tres hijos-del-gusano estaban envueltos en la sombra, en la parte más oscura del empalme, mientras que el Proveedor acababa de salir de una cámara bien iluminada. No era ninguna ventaja. Miró directamente hacia ellos.

—Bueno —dijo, y se encogió de hombros, dejando que el cuerpo de Vermyllar se deslizara y cayera al suelo con un golpe sordo. La hoja de su propia arma, larga y ya limpia de la sangre de Vermyllar, se materializó en su mano—. Bueno —dijo nuevamente—. Así que ahora los yaga-la-hai llegan hasta aquí.

—Algunos —dijo Groff, levantando despreocupadamente su hacha. Annelyn se sintió extrañamente despejado y seguro de sí; la sed de sangre lo inundó. Tendría su venganza, y Vermyllar también. El Proveedor nunca iba a poder con Groff. Era tan achaparrado y feo. Mientras que el caballero de bronce era casi un gigante, invulnerable aun sin su armadura. Además, estaba él, y también Riess, aunque Riess casi ni contaba.

—¿Qué es lo que quieren? —dijo el Proveedor, en la áspera voz aguda que Annelyn recordaba tan bien de la mascarada.

—Silenciar tu lengua de guarda-antorcha —le espetó Annelyn, antes de que Groff pudiera contestar. El Proveedor lo miró por primera vez, y rió entre dientes.

—¿A quiénes les estás llevando carne ahora? —preguntó Groff.

El Proveedor se rió nuevamente.

—A los grouns, por supuesto.

—¿Eres un hombre? ¿O una nueva clase de groun?

—Las dos cosas. Ninguna. He andado mucho tiempo solo por túneles oscuros. Nací guarda-antorchas, sí. Pero de una clase especial. Como los grouns, veo en la oscuridad total. Como los yaga-la-hai, puedo ver y vivir a la luz. Los dos tipos de carne son agradables. —Mostró una hilera de dientes amarillentos—. Soy flexible.

—Una pregunta más, antes de que te mate —dijo Groff—. El Hombre-gusano va a saber por qué.

El Proveedor empezó a reír; su grueso cuerpo se sacudió y la capa de anillos dorados bailó sobre sus hombros.

—¡El Hombre-gusano! Tú quieres saber, Groff, y no tu estúpido señor. ¿Por qué? Porque entre los yaga-la-hai soy algo menos que un hombre. Porque entre los grouns soy algo menos que un groun. Yo soy el primero del Tercer Pueblo. Los yaga-la-hai están declinando, igual que los grouns, pero yo me meto entre ambos y planto mi semilla —miró a Annelyn— en aquellas como Caralee, y en las mujeres groun. Pronto habrá otros como yo. Ese es el porqué. Y para saber. Yo sé más que su Hombre-gusano, o que ustedes, más que el Gran Gusano. Ustedes viven mentiras, pero yo he visto y oído a todos los que viven en la Casa del Gusano, y no creo en nada de eso. El Gusano Blanco es una mentira, ¿sabían eso ustedes? Y el Hombre-gusano. Yo creo que hasta sé de dónde salió todo. Un cuento simpático. ¿Se lo cuento?

—El Hombre-gusano es la carne viviente del Gusano Blanco —dijo Riess con una voz chillona, casi histérica—. Los sacerdotes lo forman a esa imagen, purificándolo, haciéndolo más apto para el mando.

—Y menos apto para la vida —dijo el Proveedor—, hasta que el dolor lo vuelva loco o la cirugía termine con él. ¿Y tú, Groff? ¿Tú crees eso? ¿O tú, librepensador? Miren. Me acuerdo de ustedes.

Annelyn se exaltó y blandió su estoque. Groff era una fiera estatua barbada encarnada en bronce.

—Así es en el saber de los caballeros de bronce —dijo— y nosotros recordamos cosas que el Hombre-gusano ha olvidado.

—Me sorprende que el Hombre-gusano recuerde algo —dijo el Proveedor—. Pero yo he hablado con los caballeros, también, y he aprendido su saber 'secreto', y escuchado historias de una vieja guerra. Los grouns se acuerdan mejor. Ellos tienen leyendas de la llegada de los yaga-la-hai que cambiaron todas las madrigueras altas. Los grouns son el Primer Pueblo, ¿saben? A los hijos-del-gusano ellos los llaman el Segundo Pueblo. Yo era un enigma para ellos al principio, con mis cuatro miembros y mis ojos que ven, ni Primero ni Segundo. Pero yo les llevé carne y aprendí su lengua, y así les hablé del Tercer Pueblo. Ustedes se copian los secretos de los grouns, y en verdad, ellos son tan decadentes como ustedes, pero sin embargo saben cosas. Ellos recuerdan a los Señores-del-cambio, sus grandes enemigos y los mejores amigos de los yaga-la-hai, que usaban la theta como sello, y que en tiempos remotos hicieron las arañas y los gusanos y otras mil cosas. Aquí, donde vivo yo, era donde modelaban y daban forma a los elementos de la vida, para que los yaga-la-hai pudieran vivir. Aquí crearon gusanos de la sangre que aún afligen a los grouns, el hambre-de-luz que los lleva a subir hasta su muerte cuando lo adquieren, y los enormes gusanos devoradores blancos que se multiplican y hacen más terribles cada día. Ustedes, todos ustedes, han olvidado estas cosas, pero los Señores-del-cambio eran dioses más grandiosos que lo que su Gusano Blanco puede ser jamás. Los grouns retroceden ante la theta. Y con razón. Los yaga-la-hai no se acuerdan de esta habitación y los grouns se habían olvidado dónde estaba, pero yo la encontré, y lentamente voy aprendiendo sus secretos. Aquí supe sobre su Hombre-gusano. Después de que los grouns hubieron traído oscuridad a las madrigueras y matado a la mayoría de los Señores-del-cambio, quedó uno. Pero éste había perdido todas las runas, y estaba desesperado. Aun así, era el soberano. Los yaga-la-hai lo seguían. Y él recordaba cómo los gusanos, mil clases de gusanos, habían sido las mejores armas del hombre contra los grouns, y sabía que los grouns prosperaban aquí abajo más que los hombres. Entonces el último de los Señores adiestró a los sacerdotes-cirujanos en unas pocas habilidades y se hizo convertir en un gran gusano. Luego murió. ¿Ven? Él quería moldear el Tercer Pueblo. Él era un Señor-del-cambio, pero uno inferior, un animal. Desde entonces, todos los líderes de los yaga-la-hai son moldeados como gusanos. Pero no existe ningún Tercer Pueblo. Hasta ahora. Cuando aprenda más secretos de los Maestros-del-cambio, formaré el Tercer Pueblo, y no van a ser como el Hombre-gusano.

—Tú no vas a formar nada —dijo Groff. Se adelantó, y la luz de la antorcha recorrió de arriba a abajo la esmerilada hoja de su hacha.

—¡Oh! —dijo el Proveedor. Y repentinamente se estiró, tomó las dos grandes puertas que estaban a sus lados, y las cerró tras él de un golpe, esquivando la hoja sibilante del hacha de Groff en un solo movimiento fluido. Las puertas se unieron con un desgarrado estrépito metálico.

Oscuridad.

Y el Proveedor.

Riéndose.

Annelyn embistió alocadamente en la oscuridad con su estoque, apuntando al lugar donde el Proveedor había estado. Nada. Traspasó el aire.

—Riess —llamó, frenético—. La antorcha, —nuestra antorcha—. Oyó que el hacha de Groff se columpiaba nuevamente, y hubo un choque metálico, y un grito. Un fósforo llameó brevemente; Riess, con los ojos agrandados, lo sostenía en sus manos ahuecadas. Entonces, antes de que Annelyn pudiera siquiera orientarse, un cuchillo relampagueó en el reducido círculo de llama y la cara redonda de Riess se desintegró en un torrente de sangre y el fósforo que caía y otra vez la oscuridad, y risas. El Proveedor, el Proveedor. Annelyn quedó ciego e impotente, el estoque entre los dedos laxos. Riess muerto y Groff no sabía dónde y el Proveedor riéndose y él era el próximo, él Annelyn, y él no veía nada...

El aeroducto estaba detrás de él. Soltó el estoque, retrocedió, buscó a tientas la cuerda en el pozo. En la oscuridad, un sonido como de un carnicero cortando carne; con un ruido espeso y carnoso, y gruñidos. Annelyn encontró la cuerda y tomó impulso, empezó a escalar. Algo lo agarró del tobillo. Él extendió una mano para liberarse del apretón y de pronto la otra mano no pudo aguantarlo y se encontró cayendo, cayendo, con una mano aún en la cuerda y con la palma que ardía, cayendo, precipitándose a la oscuridad infinita. Se tiró hacia atrás y chocó contra una pared del pozo, se deslizó unos pocos pies al tiempo que sus rodillas se elevaban y él se encajaba penosamente y se aferró mejor a la cuerda. Entonces la tomó nuevamente, con ambas manos.

Un escalofrío lo recorrió. El Proveedor estaba encima de él ahora. Y recordó lo que había dicho Groff, sobre cortar la cuerda. El Proveedor cortaría la cuerda. Él iba a caer para siempre.

Pateó, y sus pies hallaron sólo metal. Tan velozmente como pudo empezó a descender, una mano tras la otra, hacia abajo en completa oscuridad, pateando a cada paso. Finalmente sus pies se columpiaron en libertad; un nuevo nivel, ¡y no había reja!

De un impulso salió del pozo y se tendió en el piso, jadeante. Él era un ciego ahora, pensó, y se estremeció. Entonces se acordó. Fósforos. Tenía fósforos. Tanto él, como Vermyllar y Riess, todos habían traído cantidades de fósforos. Pero Riess tenía la antorcha.

Annelyn escuchó atentamente. No salía ningún ruido del pozo. Se paró, con la mano aún temblándole, y tanteó hasta encontrar su caja de fósforos, su hermosa caja de fósforos labrada de fino metal y madera. Encendió un fósforo, y se inclinó dentro del aeroducto.

La cuerda no estaba.

Movió la mano de un lado a otro, sólo para cerciorarse. Pero la cuerda no estaba.

Cortada, sin duda, y caída en silencio. No tenía manera de saber hasta dónde había llegado... pero el Proveedor lo sabría. El Proveedor sabría exactamente dónde estaba Annelyn ahora mismo. Y estaría acercándose.

El fósforo le quemó los dedos. Sobresaltado, lo apagó, y lo arrojó humeante por el pozo. Luego se quedó pensando.

La cuerda estaba cortada. Lo que significaba, lo que significaba que no cabía duda; el Proveedor había ganado, Groff estaba muerto allá arriba. Sí. Significaba que no había manera de regresar. No, un momento. Sólo significaba que esa vía de regreso estaba cerrada, a menos que el Proveedor tirara otra soga, y Annelyn no podía adivinar cuándo o si eso iba a suceder. Pero tenía que haber otros caminos hacia arriba, caminos que no pasaran por el nivel del Proveedor ni por la Cámara de los Señores-del-cambio, como los había llamado el Proveedor. Tenía que tratar de hallar su camino. No se acordaba exactamente por dónde habían venido —Groff había tenido razón, sí— pero podía distinguir abajo y arriba, y podía ser que eso fuera suficiente. Tenía que arrancar, antes de que el Proveedor lo encontrara. Sí.

Primero, necesitaba una antorcha. Encendió otro fósforo, lo sostuvo en alto, y a su leve luz miró en torno. Un puño de bronce, sin antorcha y sin dedos, estaba justo sobre su cabeza a un lado del aeroducto. Poco más podía ver; el fósforo daba escasa luz. Luego se extinguió, y otra vez se hizo la oscuridad. Annelyn consideró. Sin duda encontraría otro puño a pocos pies de éste, y otro a pocos pies de aquél. Alguno de ellos podía tener una antorcha que él pudiera usar. Empezó a caminar, agarrando firmemente los fósforos con una mano y con la otra palmeando la pared invisible para asegurarse de que aún estaba allí. Cuando pensó que se había alejado lo suficiente, encendió otro fósforo. Y vio otro puño vacío.

Después de haber gastado cuatro fósforos, ensayó otro método. Se metió la caja de fósforos en el bolsillo y empezó a tantear cuidadosamente la pared, palpando en busca de los puños. Así encontró ocho, y un filoso muñón de metal que le cortó la mano y que probablemente había sido un noveno. Todos estaban vacíos, corroídos. Al final, desesperado, se tiró al suelo.

No iba a haber ninguna antorcha. Había llegado demasiado abajo. Allí abajo, aunque los yaga-la-hai habían ocupado alguna vez esas madrigueras, los grouns habían reinado durante siglos interminables. Ellos odiaban las antorchas. Era imposible. Arriba en el Subtúnel, sí, y también en las regiones limítrofes, en los llamados caminos grouns, sí. Pero no aquí.

Mas, sin una antorcha, sus fósforos eran prácticamente inútiles. Nunca lo sacarían de allí.

Tal vez él pudiera hacer una antorcha, pensó Annelyn. Trató de acordarse de qué estaban hechas. Los mangos eran generalmente de madera. Los curvos se sacaban de los árboles torcidos y amarillos de la fruta de sangre, luego de que las hojas y las bayas rojiblancas hubieran sido puestas en los tanques de cultivo para los gusanos comestibles. Y después estaban los derechos, blancos y más largos, los mangos se hacían atando juntas lonjas gruesas del tallo de un hongo gigante y sumergiéndolas en ¿qué?, en algo hasta que se endurecían. Y luego algo se enroscaba en el extremo. Un trapo, empapado en alguna cosa, o una bolsa grasosa de fungo seco, o algo. Eso era lo que ardía. Pero él no conocía los detalles. Además, sin antorcha, ¿cómo podría encontrar un árbol de frutas de sangre o un hongo gigante? Y ¿cómo podría encontrar el fungo apropiado, y secarlo, si es que era eso lo que había que hacer? No. Él no podía hacer una antorcha.

Annelyn estaba aterrorizado. Empezó a sentirse perturbado. ¿Por qué estaba aquí abajo, por qué, por qué? Podría estar arriba con los yaga-la-hai, de seda llameante y gris de araña, bromeando con Caralee o saboreando arañas sazonadas en una mascarada. Ahora, en lugar de saborear, era probable que fuera devorado. Por los grouns, si lo encontraban, o por el Proveedor. Recordó vividamente cómo el Proveedor había empinado la copa llena con la sangre vital de Vermyllar.

El pensamiento volvió a Annelyn a la realidad. El Proveedor lo estaría buscando. Debía ir a algún lado, aunque no pudiera ver dónde. Desesperado, extrajo con una mano el estoque mientras con la otra buscaba la pared tranquilizadora, y empezó a caminar.

La madriguera era infinitamente negra, y llena de terrores. La pared era lo único sensato, fría y firme junto a él, con sus puños y sus aeroductos donde debían estar. Había sonidos a su alrededor, crujidos y escapadas, y no sabía con seguridad si los imaginaba o no. Muchas veces, en su largo caminar hacia la nada, creyó oír al Proveedor que reía, que reía como lo había hecho en la Mascarada del Sol hacía tanto tiempo. Lo oía apagado y lejano, encima de él, debajo de él, detrás de él. Una vez lo oyó delante de él, y se detuvo, y contuvo el aliento y esperó una hora o tal vez una semana sin moverse ni una vez, pero no había nadie allí, para nada. Después de un tiempo Annelyn vio luces también, vagas formas incorpóreas y globos a la deriva y cosas agazapadas que brillaban y huían. ¿O sólo creía que las veía? Estaban siempre distantes, o al doblar una curva, resplandecían detrás de él y no estaban allí cuando se volvía para mirar. Divisó una docena de antorchas, lejos, delante de él, que ardían brillantes y crepitaban promisorias, pero cada una era arrebatada o extinguida antes de que él pudiera correr hacia ella. Encontraba sólo puños de bronce vacíos, cuando encontraba algo.

Caminaba muy ligero ahora, hasta corriendo, y sus pisadas retumbaban atronadoras, como si un ejército de los yaga-la-hai estuviera marchando a la batalla. Annelyn no recordaba cuándo había empezado a correr; sencillamente lo hacía, para mantenerse a la delantera de los sonidos, para alcanzar las luces frente a él, y parecía como si hubiera estado corriendo durante un buen rato.

Había estado corriendo, y corriendo, y corriendo durante lo que parecía que eran días cuando perdió la pared.

En un momento tenía la mano apoyada, rasando la piedra y los dientes oxidados de las rejas en los aeroductos. Luego la nada, y su mano que se agitaba en el aire, y él que daba un traspié y caía.

Estaba oscuro. No había ninguna luz. Reinaba el silencio. No había ningún sonido. Los ecos habían muerto. ¿Dónde estaba? ¿Por dónde iba? Había perdido su cuchillo.

Comenzó a arrastrarse, y finalmente encontró el cuchillo en donde había caído. Luego se paró, tanteando con los brazos frente a él, y caminó hacia donde debería estar la pared. Pero no estaba. Caminó más de lo que tendría que haber caminado. ¿Dónde estaba la pared? Si eso era sólo un empalme, algo tendría que haber allí.

Annelyn tuvo una idea.

—¡Socorro! —gritó, tan fuerte como pudo. Sonaron ecos, fuertes y luego más suaves, que rebotaban y se desvanecían. Tenía la garganta seca. No estaba en una madriguera. Había salido a alguna gran cámara. Empezó a contar los pasos. Había llegado a trescientos, y perdido la cuenta, cuando por fin dio con una pared.

La palpó con cuidado, explorándola con las manos. Era muy lisa; no de piedra, sino de alguna clase de metal. Unas partes estaban frías, otras ligeramente cálidas, y había uno o dos sitios —no más grandes que una uña— que parecían muy fríos al tacto, casi helados. Annelyn decidió arriesgar un fósforo. Su llama pasajera sólo le mostró una monótona expansión de metal liso, que se prolongaba hacia ambos lados. Nada más. Nada que indicara por qué algunas secciones estaban más calientes que otras.

El fósforo se extinguió. Annelyn guardó otra vez la caja, y empezó a seguir la extraña pared. Los diseños térmicos continuaron un tiempo, luego cesaron, luego reaparecieron, luego cesaron. Sus pisadas retumbaban. Y sus manos no encontraban ningún puño, ningún aeroducto.

Exhausto por último, esperando haberse alejado lo bastante del Proveedor, se echó a descansar. Durmió. Y despertó cuando algo lo tocaba.

El estilete estaba junto a él. Annelyn gritó y lo agarró y atacó todo en un instante, y sintió que la hoja cortaba algo. ¿Ropa? ¿Carne? No lo sabía. Estaba de pie ahora, blandiendo su estilete a diestra y siniestra. Luego, saltando en derredor y describiendo círculos, combatiendo la oscuridad vacía, empezó a revolver sus bolsillos en busca de un fósforo. Encontró uno, y lo encendió.

El groun chilló.

Annelyn lo vio brevemente a la luz antes de que retrocediera dentro del negro infinito que lo rodeaba. Era una cosa baja y agazapada, cubierta de piel blanca y pelo lacio e incoloro, vestida con harapos grises. Sus dos miembros posteriores y uno del par central lo sostenían, y extendía hacia Annelyn sus dos brazos y el otro miembro central. Sus brazos y piernas y los miembros medios, o como se llamaran, tenían una longitud de más de un pie, y eran muy delgados, y este groun particular sostenía algo en uno de ellos, una red o algo así. Annelyn creyó saber para qué. Los ojos eran lo peor, porque no eran ojos; eran fosas en la cara donde deberían estar los ojos, fosas blandas oscuras, húmedas que de alguna manera permitían a los grouns ver en completa oscuridad.

Annelyn quedó frente al groun por una milésima de segundo, luego saltó hacia adelante, cimbreando el estilete y arrojando el fósforo a la criatura. Pero el groun ya se había escapado, luego de proferir un corto alarido y de un momento de indecisión. Podía imaginárselo rodeándolo, aprestándose a arrojar esa red, viendo todo lo que él hacía aunque él no pudiera ver nada. Danzó insensatamente, tratando de enfrentar todas las direcciones al mismo tiempo, y encendió otro fósforo. Nada. Luego se quedó inmóvil, esperando oír al groun y apuñalarlo. Nada. Los grouns tenían pies grandes blandos, acolchados, recordó, y se movían con mucha suavidad.

Annelyn empezó a correr.

No tenía idea hacia dónde iba, pero tenía que ir. No podía luchar con el groun, no sin antorcha o alguna luz para ver, y lo iba a agarrar si se quedaba quieto, pero tal vez pudiera dejarlo atrás. Después de todo, lo había alcanzado con esa primera estocada.

Corrió a través de la oscuridad, con el puño aferrando el cuchillo, rogando al Gusano Blanco no tropezar con una pared, o con el Proveedor o con un groun. Corrió hasta que le faltó otra vez el aliento. Y entonces, súbitamente, desapareció el suelo bajo él.

Cayó, gritando. Entonces la oscuridad se hizo más y más profunda, y Annelyn no tuvo ni siquiera medio con que alumbrar su camino.

No tenía absolutamente nada.



Él y Vermyllar estaban juntos parados frente a las grandes puertas de hierro que daban a la Alta Madriguera del Hombre-gusano. Groff también estaba allí, quieto como la muerte en su armadura de bronce, parado en la guardia ancestral. Pero al otro lado de las puertas de la Cámara no había ningún caballero, sólo un gigantesco groun embalsamado. Era dos veces mayor que un groun normal, horrible y blanco, con sus dos miembros superiores petrificados en una pose amenazante, ávida.

—Una cosa horrible —dijo Vermyllar, estremeciéndose.

Annelyn le sonrió.

—¡Ah! —dijo alegremente—, ¡pero tan fácil de embellecer!

Vermyllar frunció el ceño.

—No, ¿de qué estás hablando, Annelyn? No se puede embellecer a un groun. Mi abuelo era hijo del Hombre-gusano, y yo sé. No hay manera.

—Tonterías —dijo Annelyn—. Es simple. Para hacer de un groun una suprema belleza, cúbraselo.

—¿Cubrirlo?

—Sí. Con salsa de hongos.

Y Vermyllar hizo una mueca, luego se dejó llevar a su pesar y resultó un buen momento. Excepto... excepto... que en ese momento el gran groun cobró vida y los persiguió por el túnel y se comió a Vermyllar, mientras Annelyn huía gritando.



Los grouns lo rodeaban, cerrando lentamente el círculo, sus largos y delgados brazos tentaban y ondulaban malignos al avanzar hacia él a pesar de la antorcha.

—No —decía Annelyn— no, no pueden acercarse más, no pueden, ustedes temen a la luz.

Pero los grouns, los ciegos grouns sin ojos, no prestaban atención a sus argumentos ni a su antorcha. Luego se acercaron más y más, agazapados y balanceándose, gimiendo rítmicamente. En el último momento, Annelyn recordó que tenía un odre con salsa de hongos en el cinturón, que seguramente los haría huir en desbandada aterrorizados, ya que todos sabían qué sentían los grouns por la salsa de hongos. Pero antes de que pudiera llegar a ella para arrojársela, las suaves y blancas manos lo tenían, y estaba siendo levantado y llevado hacia la oscuridad.



Estaba atado a una mesa rodante, pesadas argollas de metal alrededor de sus muñecas y tobillos, y había dolor, dolor, horrible dolor. Levantó la cabeza, lentamente y con mucha dificultad, y vio que estaba en la Cámara de los Señores del Cambio. El Proveedor de Carne, flotando en la mortecina luz purpúrea, estaba arrodillado al pie de la mesa, royéndole el tobillo. La capa que usaba se parecía extrañamente a Vermyllar.



Las visiones se desvanecieron. Annelyn estaba a oscuras una vez más. Yacía en un piso rústico de rocas y polvo y tierra, y trozos de piedra afilados se le clavaban penosamente por todas partes. El tobillo le latía. Se incorporó, y lo tocó, y por fin se convenció de que estaba sólo torcido, no roto. Luego examinó el resto de su cuerpo. Los huesos parecían todos intactos, y sus fósforos estaban aún allí, gracias al Gusano. Pero faltaba su cuchillo, perdido en algún lado durante la carrera o la caída.

¿Dónde estaba?

Se paró, y sintió que su cabeza rozaba un cielorraso bajo. El tobillo le dolía, por lo que cargó su peso sobre el otro pie todo lo que pudo, y estiró una mano para apoyarse contra la pared. Era blanda y grumosa, se desintegraba al tocarla. Esta era una curiosa madriguera, una madriguera de tierra en lugar de piedra o metal. Y no uniforme, Annelyn tanteó frente a él, inseguro, dio un paso o dos, y halló que tanto el techo como el piso eran lastimosamente irregulares.

¿Dónde estaba!

De alguna forma había caído allí abajo, recordó. Había habido un agujero en el piso de la inmensa cámara, y él estaba huyendo del groun, y de repente estuvo allí. Tal vez los grouns lo habían encontrado y llevado a ese lugar, pero no parecía probable. Ellos lo hubieran matado. No, era más probable que el hoyo se inclinara en un cierto punto, y que él, inconsciente de un golpe, hubiera rodado por la pendiente. Algo de ese tipo había sucedido. De cualquier manera, no había ningún agujero sobre su cabeza. Sólo cielorraso seco y grumoso, y trocitos de roca que llovían sobre su cabeza al moverse.

Un nuevo temor lo inundó entonces: esta madriguera era blanda, tan blanda y seca. ¿Y si se le caía encima? Entonces sí que quedaría atrapado, sin salida, para siempre. Pero, ¿a dónde podía ir?

Una cosa estaba clara; no podía quedarse allí. El aire era más caliente y espeso de lo que hubiera querido, y no había notado ningún aeroducto en esas paredes polvorientas y secas. Y tenía hambre, también. ¿Cuánto tiempo había estado allí abajo? ¿Fue por la mañana cuando él, Riess y Vermyllar emprendieron la marcha por el Subtúnel? ¿O una semana atrás? ¿Cuándo había comido, o bebido por última vez? No estaba seguro.

Annelyn empezó a caminar, renqueando para ayudar a su tobillo dolorido, palpando el camino delante de él, agachándose todo el tiempo cuando el techo descendía. Dos veces se golpeó la cabeza con las puntas de piedra que sobresalían, a pesar de su cuidadoso avance. Los chichones en el cráneo lo distraían de su tobillo dolorido.

Al poco tiempo, el pasaje empezó a cambiar. Las paredes, antes secas, se volvieron ligeramente húmedas y luego mojadas. Pero seguían siendo blandas, Annelyn podía hundir el puño en ellas, y apretar la tierra fría entre sus dedos. Sus botas se hundían profundamente en el suelo a cada paso, y producían un sonido de chapoteo y de succión cuando las arrancaba. Pero el aire no era más puro; se hacía más espeso y pesado y Annelyn había empezado a considerar un cambio de dirección. Creyó oler algo.

Decidió encender un fósforo.

La llama ardió por un minuto, pero fue más que suficiente para Annelyn. Algo oscuro y feroz chilló a sus espaldas, y él se volvió a tiempo para verlo brevemente antes de que se disolviera en la oscuridad: una sombra sin ojos y cubierta de piel con muchas piernas. Había una tela de araña colgando en declive desde el techo hasta la pared justo detrás de él; la había roto al pasar con mano errante y torpe. La araña estaba ausente, tal vez devorada por algún otro habitante de la madriguera. Las paredes a ambos lados estaban picoteadas por lo que parecían como agujeros de gusanos de todos los tamaños. Levantó un pie, y vio que la bota estaba cubierta por una docena de pequeñas babosas grises, que trataban afanosamente de masticar el cuero duro. Antes de que el fósforo se apagara, Annelyn se había desprendido de la mayor parte de ellas. Se adherían y hacían un chasquido blando cuando él las arrancaba y las estrujaba con los dedos. Después se las comió. El gusto era amargo, nada parecido al sabor sutil de las gordas babosas que los yaga-la-hai servían en sus mascaradas, y Annelyn reflexionó con acritud que podía muy bien envenenarse. Pero estaba hambriento, y los jugos humedecían su garganta polvorienta.

El fósforo se consumió, y Annelyn decidió seguir adelante. Allí, al menos, había encontrado vida; detrás de él todo era sequedad y muerte. Siempre podía volverse si el aire empeoraba demasiado.

Y empeoró, así como también el olor, que pronto colmó la madriguera de un dulzor empalagoso y que tuvo a Annelyn al borde de la náusea. El dulzor de la podredumbre; al frente, algo estaba muerto en el túnel.

Se tambaleó, ciego, frunciendo la nariz y tratando de respirar por la boca. Rogaba al Gusano Blanco poder dejar atrás lo que había muerto.

Entonces lo pisó.

En un momento estaba caminando por el suelo húmedo y pegajoso; en el siguiente, sintió que algo correoso se resquebrajaba bajo su bota y se encontró metido hasta el tobillo en masa y líquido viscoso. El hedor lo asaltó con renovada virulencia, fresco y horriblemente fuerte. Annelyn sintió que las babosas que había comido antes le subían a la garganta y retrocedió tambaleante, liberando su pie.

Cuando terminó de vomitar, se apoyó contra la pared de la madriguera, tapándose la nariz, jadeante, y con la mano libre buscó un fósforo y lo encendió. Luego se inclinó para ver lo que era. Su mano era insegura; apenas podía ver algo más que la llama del fósforo al principio. Se acercó más.

El mismo Gusano Blanco yacía pudriéndose en la madriguera.

Annelyn se retrajo, aterrorizado, y el fósforo se extinguió. Pero encendió otro y recuperó el ánimo. Antes de terminar, había usado por lo menos diez fósforos; cada uno servía para iluminar una sola parte del largo cadáver.

El gusano —no era el Gusano Blanco después de todo, decidió Annelyn finalmente, aunque era por cierto más grande que cualquier otra cosa que él hubiera encontrado jamás— estaba en avanzada descomposición, más allá del punto de madurez, de lo cual Annelyn estaba profundamente agradecido. Hasta el fantasma de su putrefacción era ya bastante malo. Aún encogido en la muerte, llenaba tres cuartos de la madriguera, de modo que Annelyn tenía que apretarse contra la pared para pasar. Mil gusanos más pequeños y otras cosas que se retorcían habían hecho un festín con su inmenso cadáver, y aún quedaban unos pocos; Annelyn los podía ver hormiguear en el interior, a través de la piel lechosa y traslúcida del gran gusano.

La piel era parte del terror. Casi toda la carne del monstruo se había descompuesto en fluidos nocivos o había sido consumida por los carroñeros, pero la piel estaba intacta. Era como un cuero grueso, rajada y quebradiza ahora, pero todavía formidable. Nada fácil de atravesar para un enemigo. Eso era parte del terror, sí.

La boca era otra parte. Annelyn la vio brevemente a la luz del fósforo, y gastó un segundo fósforo para estar seguro. Tenía dientes. Anillos de dientes, cinco anillos concéntricos, cada uno menor que el anterior, en una boca circular lo suficientemente amplia como para tragarse la cabeza y los hombros de una persona. Los anillos interiores eran de hueso, hueso común, y era ya bastante malo, pero en el anillo más externo, el mayor, los dientes eran negro azulados, brillantes como... como... ¿metal?

Esa era la segunda parte del terror.

La parte final era su tamaño. Annelyn lo midió, fósforo a fósforo, paso a paso, luchando por sobreponerse, luchando por no ahogarse. El gusano medía por lo menos veinte pies de largo.

No gastó ningún otro fósforo cuando el cadáver estuvo detrás de él. Se precipitó hacia adelante tan rápido como pudo, atravesó la oscuridad a tropezones, ruidosamente, hasta que el olor fue sólo un desagradable recuerdo y él pudo respirar otra vez. En algún momento de su arremetida, Annelyn se dio cuenta por qué esa madriguera era tan extraña. Un agujero de gusano. Emitió una risita demente. Debía ser un agujero de gusano.

Cuando la oscuridad fue una vez más una oscuridad limpia, aflojó la marcha. No había más remedio que continuar hacia adelante.

Se estaba acordando de algo extraño que el Proveedor había dicho cuando parloteaba sobre los Señores-del-cambio. Algo sobre «enormes gusanos devoradores blancos, que se multiplican y se hacen más terribles cada día.» No había tenido ningún sentido especial entonces. Ahora, ahora lo tenía. El Proveedor había estado hablando de los Señores-del-cambio, de las cosas que trajeron al mundo para afligir a los grouns. La cosa que yacía a sus espaldas era realmente una calamidad. Por primera vez en su vida, Annelyn sintió pena por los grouns.

La madriguera doblaba. Palpó frente a él y siguió el giro. Entonces Annelyn vio una luz.

Parpadeó, pero la luz no desaparecía; era una cosa pequeña, un resplandor purpúreo tan oscuro que casi se mezclaba con la oscuridad, pero sus ojos estaban muy aguzados para captar el más mínimo rastro de luz. Sin apurarse, comenzó a caminar hacia ella, no atreviéndose a abrigar esperanzas.

La luz no se apagaba. Crecía a medida que él se acercaba, agrandándose constantemente aunque apenas se hacía más brillante. Su resplandor era tan pálido que no le permitía ver nada, nada que no fuera la luz misma.

Después de un tiempo vio que era redondo. El final de la madriguera. El agujero de gusano salía a algún lugar.

Cuando había alcanzado el tamaño de un hombre y seguía allí, Annelyn se animó y empezó a vibrar. Corrió los últimos pies que le quedaban, hacia el resplandeciente círculo violeta de la libertad, el portal mágico que le restauraría la visión. Apoyó las dos manos en las paredes de la madriguera y miró a través de él, y abajo.

Entonces se quedó inmóvil, por cierto.

A sus pies había una enorme cámara, más grande que la Cámara de los Señores. Su agujero desembocaba muy arriba del piso, un boquete redondo en una dura pared de piedra. De un vistazo pudo ver otros cien agujeros de gusanos, y cosas que se movían en algunos, y pudo imaginar otros cien. El techo, las paredes, el piso, todo estaba cubierto de fungo espeso, como el que había en la sala del trono del Proveedor. Púrpura, púrpura, espeso como una neblina y ominoso: la habitación estaba bañada en el vago resplandor del omnipresente cultivo.

Annelyn apenas si lo advirtió.

Había un gran tanque, también, lleno de algún líquido, y globos en el cielorraso que goteaban alguna otra sustancia, y aeroductos donde cordones de fungo se balanceaban en la brisa caliente, pero Annelyn les prestó poca atención. Estaba observando los gusanos.

Gusanos devoradores. Gigantes, de cuarenta pies de largo, otros más pequeños como el cadáver que él había encontrado, otros muertos, y un millón de crías que se contorsionaban. La cámara era un nido de gusanos devoradores, un tanque de cría y guardería para los monstruos. Pero no una prisión. No para criaturas que podían masticar la piedra, no para esas pesadillas de carne traslúcida y dientes de hierro. Annelyn hizo el signo del gusano, luego se dio cuenta de lo que había hecho y rió para sí. Era hombre muerto.

La desesperación lo invadió mientras formas tenebrosas se deslizaban por la húmeda fluorescencia púrpura debajo de él.

Pero después se puso a pensar. Ninguna de las cosas parecía estar acercándose. Había pasado inadvertido, al menos por ahora, y eso avivó la minúscula llama de su esperanza. Iba a usar cada momento que pudiera quedarle. Esforzó la vista para estudiar la cámara en forma de cuenco.

Débilmente, al otro lado de la habitación, vio líneas que corrían longitudinalmente por las paredes, que se marcaban por debajo del fungo, cruzaban el cielorraso, emergían de los globos. Cañerías, pensó, cañerías de agua. Los yaga-la-hai conocían las cañerías de agua, pero ese conocimiento le era inútil.

Otras formas, que la distancia y el cultivo hacían vagas y toscas, yacían inmóviles en el piso. Los gusanos pasaban sobre ellas, entre ellas. Annelyn creyó ver metal, cubierto de púrpura, pero en seguida lo perdió. No importaba, no le haría ningún bien.

Sobre la curva de la pared de la derecha, pudo distinguir un destello debajo de la costra de fungo. Lo siguió con los ojos. Había contornos. ¿Más cañerías? No. Era un dibujo. Lo vio con claridad. Era una theta, rodeada de agujeros de gusanos.

Annelyn se tocó la theta de oro que tenía bordada en el pecho. Tal vez era por eso que los gusanos devoradores no lo habían atacado. ¿Qué era lo que había dicho el Proveedor? Que los Señores-del-cambio habían creado los grandes gusanos y otros horrores, que los Señores-del-cambio usaban la theta, que eran los supremos protectores de los yaga-la-hai y los peores enemigos de los grouns... ¿Podría ser que los monstruos comieran sólo grouns? ¿Que lo tomaran a él por un Señor-del-cambio, y lo dejaran tranquilo por eso?

Annelyn no podía creerlo. No era posible que unas pocas hebras de hilo dorado pudieran justificar esas cosas. Annelyn miró nuevamente la pared de la derecha, y luego alejó el asunto de su mente.

Siguió con el examen de la lóbrega cámara. Y, una por una, encontró las salidas.

Había tres, una en cada pared. Una cuarta, tal vez, estuviera debajo de él, pero el ángulo hacía que fuera imposible verla. Las puertas de cada una eran dobles, y parecían metálicas. La de la derecha era la más cercana; estaba justo debajo de la theta. Pudo distinguir sus detalles, muy vagamente. Vio barras, gruesas barras de metal que atravesaban la puerta, la bloqueaban. Cerrojos.

Atrancados por el óxido, pensó. ¿Por cuánto tiempo? Imposibles de mover. Aun así, ¿qué otra posibilidad cabía? Todos los otros caminos eran agujeros de gusanos; aun aquellos que parecían vacíos serían de un negro grounico a sólo unos pies de esa cámara. Se arriesgaría a tropezar con un gusano devorador en la oscuridad. Cualquier cosa era mejor que eso.

Pero si se quedaba allí, moriría de hambre, o los gusanos advertirían en algún momento su presencia.

Tenía que ir para atrás o para adelante.

Sabía lo que había atrás. El agujero del gusano muerto era lo bastante seguro, pero más allá de él estaban sólo la vasta cámara y los grouns, la infinita oscuridad vacía. Nunca podría encontrar el túnel que lo había llevado hasta allí. Nunca podría volver.

Annelyn suspiró. Había estado tanto tiempo en la oscuridad. Estaba cansado, y consciente de un cambio que era como un peso sobre sus hombros. Se había olvidado del Proveedor y de la cuestión de la venganza. Estaba sentenciado, no importa lo que hiciera. Los grouns, los Señores, el Tercer Pueblo ¿qué importancia tenían?

Una vez, en una semiolvidada mascarada, se había llamado a sí mismo librepensador. Pero ahora las antiguas palabras de adoración volvían a él, la cantinela burlonamente oscura que el Hombre-gusano entonara tantas veces, cansadamente. Siempre le había parecido curiosa, en parte sin sentido. Pero ahora las frases parecían hablarle, bailaban danzas macabras en su cabeza, y le venían efervescentes a los labios. Con voz desesperanzada, empezó a pronunciarlas, muy quedamente, tal como Riess (el viejo gordo muerto Riess) podía haber hecho en su lugar.

Ese Gusano Blanco tiene muchos nombres —dijo, sin moverse— y los hijos de los hombres los han abominado a todos en los siglos que nos preceden. Pero nosotros somos los hijos-del-gusano, y no los abominamos. Él no puede ser combatido. Él es el poder final del universo, y el hombre sabio acepta su advenimiento, para bailar y deleitarse en el tiempo que quede.

»Alabad entonces al Gusano Blanco, cuyo nombre es Yaggalla. Y no os aflijáis, aunque nuestras luces ardan mortecinas y mueran.

»Alabad entonces al Gusano Blanco, cuyo nombre es Ruina. Y no os aflijáis aunque nuestra energía se debilite y fracase.

»Alabad entonces al Gusano Blanco, cuyo nombre es Muerte. Y no os aflijáis, aunque el círculo de la vida se estreche y todas las cosas perezcan.

»Alabad entonces al Gusano Blanco, cuyo nombre es Entropía. Y no os aflijáis, aunque el sol se extinga.

»Un final llega. Deleitaos. No hay esperanzas. Bebed. Los tiempos del esfuerzo han terminado. Bailad. Y alabad, alabad, en honor del Gusano Blanco.»

Silencio; Annelyn contempló las largas, pálidas larvas que se movían abajo. Qué estupidez prolongar las cosas. Los tiempos del esfuerzo habían terminado. Seguiría adelante.

Trató de agarrarse del fungo que enmarcaba su agujero, pero no era tan fuerte como para eso, y se le quedó en la mano. Así que no le quedaba más que saltar, y esperar que sus piernas no se quebraran y astillaran, esperar que la invitadora alfombra de abajo resultara tan confortable como parecía. Annelyn dio la vuelta y bajó; miró más allá de sus pies, y cuando el piso pareció estar suficientemente libre de esas contorsiones vivas, se dejó caer.

Y aterrizó de un golpe, aunque trató de flexionar las piernas debajo de él. El cultivo era espeso, capas sobre capas, le llegaba a la cintura; suavizó su caída, pero también hizo que sus pies patinaran, y él perdió el equilibrio y cayó en una maraña de hebras purpúreas. Cuando se levantó, nervioso pero inerme, resplandecientes partículas de fungo se adherían a sus ropas, negras como la madriguera.

Abruptamente su inmunidad cesó. Un gusano del tamaño de su pierna se deslizaba hacia él, con la boca ondulando rítmicamente. Annelyn extrajo una pierna y le dio un pisotón al atacante, tan brutalmente como pudo. Su tobillo dañado le recordó enérgicamente que no debería hacer esas cosas. Pero el gusano atravesó a la fuerza el viviente colchón púrpura y fue aplastado contra el piso. Su piel no parecía tan gruesa ni tan fuerte como la de sus primos más grandes.

Otros gusanos se estaban moviendo por debajo del fungo, larvas pálidas que Annelyn apenas veía. Uno de los gigantes había reparado en él ahora; se movía en su dirección, sobre el cuerpo dormido de otro. Annelyn dio un rápido vistazo alrededor; los gusanos venían en todas las direcciones.

Pero la pared estaba a sólo unos pocos pies. Y la cuarta puerta, la que él había rogado que estuviera allí, estaba cerrada y cubierta de cultivo como las otras, pero no tenía que caminar sobre cien gusanos para llegar a ella.

Se abrió paso hasta la puerta, y sintió una punzada de dolor en el momento en que se desplomó contra el metal. Un pequeño gusano le estaba horadando el muslo. Annelyn se lo arrancó, lo dio vueltas sobre su cabeza y lo arrojó retorciéndose a través de la cámara, para reventarse contra el costado del enorme tanque. Se volvió hacia la salida, y empezó a arrancar fungo como un enloquecido. Había tres cerrojos. Con la palma de la mano martilleó hacia arriba el cerrojo superior, una, dos, tres veces, y la pesada barra de metal se movió por fin una pulgada. Otro golpe, y el óxido que la soldaba a sus soportes cedió; se soltó y se le quedó en la mano.

Se volvió, sosteniendo la barra a modo de garrote, y con ella asestó un duro golpe al gusano más próximo. El golpe sólo rompió parte de la piel; era un gusano de edad, tan grande como Annelyn. Supuró, y se volvió hacia un lado, chocando con uno algo más grande. No murió.

No podía combatirlos. Giró en el aire el garrote una vez más, y volvió a la puerta. El cerrojo del medio se soltó después de tres golpes secos. La barra inferior resultó una ilusión; se desintegró en escamas de óxido carcomido de fungo cuando Annelyn la tomó entre sus manos. Frenético, aporreó la pieza de metal entre los sostenes hasta que se partió, y la puerta estuvo libre.

Algo lo mordió. Gritó y tiró de las manivelas, y éstas se desprendieron, pero la puerta sólo se movió una fracción de pulgada. Entonces escarbó desesperadamente con los dedos, arrancándose una uña, encajando las manos en la delgada hendidura negra hasta que encontró punto de apoyo. Podía sentir los monstruos detrás suyo. Con todas sus fuerzas, tiró hacia atrás.

Los goznes chirriaron, el metal crujió, mientras el fungo trabajaba en su contra para mantener la puerta cerrada. ¡Pero se movió, se movió! Una pulgada, dos, luego seis de golpe. Fue suficiente para Annelyn. Se aplastó y contuvo la respiración y se escurrió a través de la rendija a la tranquila oscuridad del otro lado. Entonces se tiró en el piso, rodó una y otra vez y se revolcó con furia, hasta que el gusano que se le había adherido no fue más que una pasta viscosa que cubría sus ropas.

Cuando se paró, encendió un fósforo. No volvió a mirar el infierno púrpura más allá de la angosta abertura que había forzado.

Estaba en una cámara muy pequeña, de metal sólido, redonda, oscura. Ante él había otra puerta, también de metal, y redonda. En el centro había una rueda.

El fósforo se apagó. Todavía colgaba fungo de su vituperada vestimenta y de su fino pelo rubio, y había más desparramado por el piso, resplandeciendo débilmente. Annelyn tiró de la rueda. Nada. Trató de girarla, pero no se movía. Al lado había una barra de metal, en una hendidura. También rehusó moverse, hasta que la forzó para abajo con todo el peso de su cuerpo. Entonces pudo girar la rueda, aunque lentamente y con dificultad.

Annelyn estaba empapado en sudor, y sus manos humedecían el metal. Pero de repente observó que no estaba oxidado. Era oscuro, fuerte y frío, como algo recién salido de las forjas de los caballeros de bronce.

De pronto comenzó a oírse un silbido a su alrededor. Se detuvo, sobresaltado, y miró por encima del hombro, pero ninguno de los gusanos devoradores se había colado aún, así que volvió a la rueda. Cuando ésta no giró más, tiró, y la puerta se columpió suavemente hacia afuera sobre sus enormes goznes. El silbido se hizo más fuerte, y Annelyn fue golpeado por un tremendo chorro de aire húmedo, que se precipitaba desde atrás de él.

Cuando estuvo al otro lado, cerró la puerta tras él. De nuevo, la oscuridad como la noche; los pequeños fragmentos de fungo que colgaban de él se volvieron ojos de gusanos en la oscuridad. Pero era mejor eso que aventurarse otra vez en la cámara de los gusanos.

De nuevo sus fósforos. La caja sonó de forma desesperante cuando Annelyn la sacudió. Contó los fósforos restantes al tacto. Quedaban una docena, si es que quedaban; sus dedos perdían la pista constantemente, y podía haber contado el mismo fósforo dos veces. Escogió uno, agradecido por su breve luz.

Estaba a menos de un pie de un groun.

Annelyn retrocedió de un salto. No hubo ningún sonido. Se adelantó de nuevo, sosteniendo la llama ante él como un arma. El groun estaba todavía allí. Petrificado. Y había algo entre ellos. Lo tocó. Vidrio. Sintiéndose infinitamente más sereno, comenzó a mover el fósforo aquí y allá. Encendió otro, y siguió explorando. ¡Una pared llena de grouns!

Annelyn consideró por un momento romper el cristal y comerse uno de los grouns prisioneros, pero descartó la idea. Estaban evidentemente embalsamados; probablemente habían estado allí más años de los que él había vivido. Y más aún, eran grouns inusitados. Machos y hembras alternados, y cada uno de la larga hilera estaba parcialmente desollado, una sección de la piel levantada para revelar el interior. En cada groun, para colmo, una sección diferente. Había también estatuas de grouns y cráneos de grouns, y un esqueleto de seis miembros. El último groun era el más singular. Aunque incoloro, sus vestimentas eran tan refinadas y lujosas como cualquiera de las de los yaga-la-hai. En su cabeza había un casco de metal, como el que podría usar un caballero de bronce, de metal negro con un fino visor rojo que se curvaba frente a los ojos. Y sostenía algo, apuntándolo. Una especie de tubo, hecho del mismo metal negro del casco. Lo más extraño de todo era que tanto el casco como el tubo estaban blasonados con thetas plateadas.

Annelyn usó cuatro de sus fósforos para examinar la hilera de grouns, con la esperanza de encontrar algo que lo ayudara. Le quedaban tan pocos, pero era ridículo reservarlos ahora. No encontrando nada, cruzó la habitación, tanteando en busca de la otra pared. Tropezó con una mesa, la rodeó, y chocó con otra. Las dos estaban vacías. Al final palpó nuevamente vidrio.

Esta pared estaba llena de gusanos.

Como los grouns, estaban muertos, o embalsamados, o en una caja de vidrio, a Annelyn no le importaba cómo, siempre que no se movieran. Un gusano devorador de cuatro pies de largo dominaba la exhibición, pero había también docenas de otros tamaños. La mayoría eran desconocidos para él, aunque había comido gusanos toda su vida. Tenían una cosa en común: parecían peligrosos. Muchos de ellos tenían dientes, lo que a Annelyn le pareció muy alarmante. Unos pocos tenían lo que parecían aguijones en sus colas.

Exploró el resto de la cámara; era larga y angosta, protegida de metal, aparentemente intacta a través del tiempo, y rematada por una gran puerta con rueda a cada extremo. Había un montón de mesas esparcidas, y sillas de metal, pero nada de interés para Annelyn. Una vez tropezó con algo con forma de antorcha, pero el mango era de metal y la cabeza de vidrio, completamente inútil. Tal vez pudiera llenar la parte de vidrio con el fungo resplandeciente, pensó. Se puso el instrumento bajo el brazo. También encontró otras cosas, pilares abultados y formas de metal y vidrio, vagamente parecidas a las que había visto destrozadas al borde del puente en la Cámara de la Última Luz, y en la sala del trono del Proveedor. No pudo desentrañar su propósito.

Después, casi acabados sus fósforos, volvió a la pared de los grouns. Había algo que lo molestaba, que tiraba desde el fondo de su cerebro. Miró nuevamente al último groun de la fila, luego al tubo. Lo empuñaba casi como un arma, decidió Annelyn. Y ostentaba una theta. Podía serle útil. Tomó por el mango el-objeto-que-era-casi-una-antorcha, y la emprendió contra el grueso cristal en una serie de golpes feroces. El cristal se rajó más y más, pero sin romperse. Por fin, cuando el brazo había comenzado a dolerle, Annelyn pudo meter las manos y extrajo astillas de algo que parecía vidrio, que aún se mantenían adheridas. Agarró el tubo del groun, y comenzó a operar sus varias barras y manijas.

Pocos minutos más tarde, lo descartó disgustado. Inútil, fuera lo que fuese.

Algo lo preocupaba aún. Encendió otro fósforo y consideró el casco del groun. Había algo extraño allí...

De pronto lo vio claro. El casco, el visor rojizo. ¡Pero si un groun no tenía ojos! Annelyn agrandó el boquete que había hecho en la pared como de vidrio, y sacó el casco de la cabeza del groun muerto.

Este groun tenía ojos.

Acercó bien el fósforo. Ojos, sin duda; pequeños y negros, profundamente hundidos en húmedas cuencas, pero ojos, definitivamente. Aunque este groun era el único con ojos en toda la pared; el próximo hacia abajo, una pesada hembra, carecía de ellos, como el resto.

El fósforo se apagó. Annelyn se probó el casco.

La luz se hizo a su alrededor.

Gritó, saltó, sacudió la cabeza para todos lados. ¡Podía ver! ¡Podía ver toda la habitación, de un vistazo! ¡Sin fósforos, ni antorcha! ¡Podía ver!

Las paredes resplandecían, muy tenuemente, de un rojo ahumado. Los pilares de metal —eran ocho, ahora los veía— eran de un naranja brillante, aunque las otras formas de metal permanecían en sombra. Las puertas eran oscuras, pero una luz amarillenta se filtraba alrededor del borde de la que él había usado para entrar. Palpitaba. Hasta el aire parecía tener una tenue luminosidad, un suspendido resplandor que Annelyn encontró difícil de identificar. Los grouns muertos y los gusanos de la pared opuesta permanecían en hilera como grises estatuas de hollín, perfilándose en la iluminación que los rodeaba.

Los dedos de Annelyn buscaron la theta en la cresta de su casco. Evidentemente estaba usando una runa de los Señores-del-cambio.

Pero, ¿por qué había estado en un groun?

Consideró la cuestión por un instante, luego decidió que no importaba. Todo lo que importaba era el casco. Volvió a recoger su barra de metal, una fría varilla gris en la cámara incandescente y rojiza. El vidrio del extremo se había quebrado en fragmentos puntiagudos con sus esfuerzos por romper la vitrina. Le venía bien. Sería un arma excelente. Casi con desenvoltura, Annelyn se dirigió a la otra puerta.

La madriguera al otro lado era oscura, pero era una oscuridad que él podía abordar, la oscuridad que había abordado cada día de su vida en los túneles malamente iluminados de los yaga-la-hai; estaba hecha de sombras y formas vagas y polvo, no era la oscuridad total por la que había errado desde que huyó del Proveedor. Por supuesto, no era así en realidad —una vez, indeciso, se levantó el casco e instantáneamente volvió a estar ciego— pero poco le importaba, si es que podía ver. Y podía ver. Las frías paredes de piedra eran de un rojo pálido, el aire levemente brumoso y encendido, y los conductos que pasaban eran fauces bordeadas de naranja vomitando en las madrigueras cursos de humo rojizo, que se elevaba en rizos para luego disiparse.

Annelyn caminó por el túnel vacío, por una vez sin imaginar visiones ni oír ruidos. Varias veces encontró ramificaciones y todas ellas escogió su camino arbitrariamente. Encontró sombrías escaleras y las subió con entusiasmo, tan arriba como pudieran llevarlo. Dos veces rodeó con desasosiego las fosas del tamaño de un hombre, débilmente radiantes que reconocía como agujeros de gusanos; otra vez, tuvo una visión fugaz de un gusano devorador vivo —un río indolente de hielo oscuro como el humo— que cruzaba un empalme muy por delante de él. El propio cuerpo de Annelyn, visto a través del casco, resplandecía de un alegre naranja. Las partículas de fungo que aún pendían de su ropa destrozada eran como taruguitos de fuego amarillo.

Había estado caminando una hora cuando por primera vez encontró un groun vivo. Era menos brillante que él mismo, un espectro rojo intenso, fantasma radiante visto en una madriguera lateral con el rabillo del ojo. Pero Annelyn pronto observó que lo estaba siguiendo. Empezó a caminar junto a la pared, palpando el camino como si estuviera ciego, y el groun que lo rondaba se volvió más osado. Era grande, observó Annelyn, las ropas le colgaban aleteando como una segunda piel, una red en una mano, un cuchillo en la otra. Se preguntó por un momento si no sería el mismo groun que había encontrado antes.

Cuando llegó a una escalera, una espiral estrecha entre dos corredores que se abrían, Annelyn se detuvo, tanteando torpemente, y se volvió. El groun vino derecho hacia él, levantando el cuchillo, avanzando cauto y silencioso sobre sus pies blandos. Curiosamente, Annelyn descubrió que no tenía miedo. Le iba a destrozar la cabeza tan pronto como se pusiera a tiro.

Levantó su garrote con puntas de vidrio. El groun se acercó más. Ahora podía matarlo. Excepto, excepto que por alguna razón no quería hacerlo.

—Detente, groun —dijo, en cambio. No estaba muy seguro porqué.

El groun se quedó rígido, se retrajo. Dijo algo con un gemido grave y gutural. Annelyn no entendió nada.

—Te oigo —dijo— y te veo, groun. Llevo una runa de los Señores-del-cambio. —Señaló la theta bordada en oro sobre su pecho.

El groun farfulló aterrorizado, soltó la red, y empezó a correr. Annelyn decidió con pesar que no debería haber llamado la atención sobre su theta. En un impulso, decidió seguir al groun; tal vez, en su temor, lo conduciría a una salida. Si no, siempre podría volver a encontrar la escalera. Lo persiguió por tres corredores, dobló dos veces, antes de perderlo de vista por completo. El groun había corrido muy ligero, mientras que Annelyn todavía notaba punzadas ocasionales en el tobillo, y se le hacía difícil mantener el ritmo. Aun así continuó después que el groun desapareciera, con la esperanza de encontrar de nuevo el rastro.

Entonces la criatura reapareció, corriendo hacía él. Lo vio, se detuvo, miró hacia atrás por encima del hombro. Luego, aparentemente resuelto, reanudó su precipitado galope cuadrúpedo, blandiendo el cuchillo en uno de sus miembros libres.

Annelyn esgrimió su garrote, pero el groun no disminuyó su carrera. Entonces le vino una inspiración. Buscó en su bolsillo, y encendió el último fósforo.

El groun chilló, y cuatro piernas rascaron desesperadamente el piso de la madriguera mientras patinaba. Pero no fue el único sorprendido. El mismo Annelyn, encandilado por el brillo agresivo que parecía traspasarle el cerebro, se sofocó, tambaleó y tiró el fósforo. Los dos se quedaron parpadeando.

Pero algo más se movía. Una fría sombra gris se desplazaba indolente hacia el groun, llenando el túnel como una pared de niebla. El frente ondulaba entrando y saliendo, entrando y saliendo, entrando y saliendo.

Annelyn sacudió la cabeza, y el gusano devorador se le apareció con claridad.

Sin pensarlo, saltó hacia adelante, blandiendo el garrote sobre la cabeza del groun. El golpe rebotó inofensivo en la correosa piel del gusano. Entonces Annelyn reculó, pateando al groun para que se apartara, y arrojó el poste con puntas de vidrio en la boca contráctil del atacante.

Después estuvo corriendo, con el groun a su lado, lanzándose por curvas cerradas hasta que estuvo seguro de que habían perdido al gusano. Volvieron sobre sus pasos anteriores, y la estrecha escalera surgió a su paso.

El groun se detuvo, y se puso frente a él. Annelyn tenía las manos vacías.

El groun levantó el cuchillo, luego torció la cabeza hacia un costado. Annelyn imitó el movimiento. Eso pareció satisfacer a la criatura. Enfundó la hoja, se agachó en el polvo espeso del piso, y empezó a bosquejar un mapa.

El dedo del groun dejaba una huella resplandeciente que se mantenía un rato, para luego desvanecerse rápidamente. Pero los símbolos que usaba no tenían ningún significado para Annelyn.

—No —dijo, sacudiendo la cabeza—. No puedo seguirte.

El groun levantó la vista. Luego se levantó, gesticuló, y empezó a subir la escalera, volviéndose para ver si Annelyn estaba detrás suyo. Estaba.

Subieron esa escalera y otra, caminaron por una serie de madrigueras anchas, treparon cavidades angostas por escalas carcomidas por el óxido. Luego vinieron más túneles, el groun mirando hacia atrás de vez en cuando. Annelyn lo seguía dócilmente. Estaba nervioso, pero se decía a sí mismo que el groun podía haberlo matado antes; si ésa hubiera sido su intención, seguramente lo habría hecho.

Otros grouns andaban por las madrigueras. Annelyn vio uno, una figura roja y esquelética con una larga espada y sin un miembro, y después dos juntos, con cuchillos, agazapados cerca de un empalme. Lo miraron con ominosas miradas sin ojos. Más tarde, pasaron multitudes enteras de grouns, algunos con largas vestiduras que arrastraban por el suelo y brillaban suavemente de muchos colores. Todos se mantenían apartados de él. También vio agujeros de gusanos, la mayor parte oscuros y fríos, otros circundados por un halo tenue que le estremeció.

Después de más subidas y vueltas que las que Annelyn hubiera querido recordar, salieron a una gran cámara. Una docena de grouns se sentaban ante escudillas humeantes en largas mesas de metal, atiborrándose de comida. Le observaron impasibles.

Annelyn captó el olor a comida —una pasta de fungo, comida de guarda-antorchas— y se sintió repentina, vorazmente hambriento. Pero nadie le ofreció una escudilla. Su guía habló con otro groun que estaba sentado cerca del centro de la mesa, un individuo groseramente gordo con una cabeza enorme y deforme. Finalmente, el enorme groun —debía pesar más que Groff, pensó Annelyn— apartó su escudilla de comida humeante, se levantó, y se dirigió a Annelyn. Movía la cabeza de arriba a abajo, de arriba a abajo, inspeccionando al intruso. Cuatro manos blandas comenzaron a palparlo por todos lados, y Annelyn rechinó los dientes y trató de no acobardarse. No fue tan malo como esperaba. Se encontró mirando al nuevo groun casi como a una persona, en lugar de una cosa.

El groun gordo torció la cabeza hacia un lado. Annelyn recordó e hizo lo mismo. El groun juntó las cuatro manos en un enorme puño, lo elevó, lo bajó. Annelyn, con sólo dos manos, hizo lo que pudo para imitar el gesto.

Entonces el groun alzó un dedo, y se golpeó el pecho con la otra mano. Annelyn empezaba a imitarlo, pero el groun lo contuvo. Esto era algo más que una prueba de visión. Annelyn estaba inmóvil.

El groun alzó dos dedos de la mano de un miembro superior, sus dos miembros medios se extendieron a ambos lados, y su cuerpo grande se sacudió. El brazo superior opuesto se levantó, y esa mano desplegó tres dedos. El groun miró de una mano a la otra y en sentido inverso, luego repitió el gesto. Miró a Annelyn, y se quedó quieto.

Annelyn miró de la mano superior derecha del groun —dos dedos— a la superior izquierda —tres—. Las palabras del Proveedor le volvieron a la mente. Levantó su propia mano, y extendió tres dedos.

El groun bajó todas las manos, y el inmenso cuerpo tembló suavemente. Se volvió hacia otro de su clase, y hablaron entre ellos en su jerga apesadumbrada y suave. Annelyn no pudo seguir su conversación, pero esperó haberse hecho entender.

Finalmente el líder se volvió y rodeó la mesa, se sentó, y retornó a su escudilla de fungo. El guía anterior de Annelyn lo tomó por el brazo, y le hizo señas de seguirlo. Salieron juntos de la cámara. El groun lo conducía hacia arriba una vez más.

Al ir caminando más y más, trepando una escala tras otra y descendiendo escaleras sólo para descender otras, errantes por largas madrigueras llenas de grouns que murmuraban y arrastraban los pies, Annelyn fue tomando conciencia de su agotamiento. Cualquiera que fuese la magia que lo había mantenido en forma hasta ahora, estaba disipándose rápidamente. Le dolía el tobillo, le dolía el muslo, le dolían las manos, estaba famélico y sediento y sucio, y necesitaba con urgencia descansar y dormir. Pero el groun no mostraba compasión alguna, y a Annelyn sólo le restaba esforzarse en mantener su paso rápido.

Más tarde, de todas las madrigueras por las que pasaron, sólo unas pocas imágenes permanecieron en su memoria.

Una vez, los dos caminaron por un pasaje angosto que era terrible, pavorosamente frío; la penumbra se hubiera podido cortar con un cuchillo, y Annelyn vio cañerías, intensamente negras y palpitantes, a lo largo del cielorraso bajo. Jirones de niebla color ébano se enroscaban en ellas, para luego caer al piso como lentos gallardetes; Annelyn y el groun caminaban por una bruma negra y helada que les llegaba a las rodillas. Bajo las cañerías, perversos ganchos de metal se curvaban hacia afuera. La mayoría estaban vacíos, pero dos sostenían los cadáveres de unos gusanos finos como una cuerda de una clase que Annelyn no había visto nunca. Un tercero sostenía al pobre gordo Riess, desnudo y muerto, una obscena talla de obsidiana, con un gancho en la parte de atrás del cuello que le hacía pender grotescamente. Annelyn comenzó a hacer el signo del gusano, se detuvo, y pasó como pudo. Si hubiera levantado dos dedos en lugar de tres, sospechó, ahora podría estar ocupando el gancho justo al lado de su amigo de otrora.

Otras dos cámaras lo impresionaron vividamente, porque estaban entre los mayores espacios abiertos que había visto jamás. La primera de éstas era tan caliente que el sudor le corría bajo los brazos, mientras que el fulgor anaranjado del aire le hacía arder los ojos. Era una habitación tan enorme que apenas si distinguía el lado opuesto. Había cañerías por todas partes, gruesas y delgadas, algunas extrañamente oscuras y otras brillantes, como gusanos de metal que recorrían el suelo, las paredes y los cielorrasos. Una maraña de puentes estrechos y cuerdas llenaba los vastos espacios superiores: allí arriba, Annelyn divisó a unos mil grouns, ágiles sobre sus seis piernas y suspendidos en el aire, correteando arriba y abajo y en torno de la maraña, girando ruedas y empujando barras, cuidando cinco inmensas formas de metal que estaban varios niveles por encima y ardían con una hiriente luz blanca. Su guía lo condujo por la cámara a nivel del piso, desviándose por los laberintos de cañerías, mientras los otros grouns se movían con soltura y no les prestaban ninguna atención.

La segunda cámara, tres niveles más arriba y largos minutos más tarde, era igual de enorme, pero desolada. No había ninguna luz allí, ninguna forma de metal, ninguna cuerda ni puente; el único groun que Annelyn vio allí fue un cazador armado, solitario; como un minúsculo insecto rojo allá en la distancia al otro lado, que los observó al pasar. El piso y las paredes eran de piedra, polvorienta y seca y melancólica, pero en algunos lugares estaban revestidos por paneles metálicos que brillaban débilmente con luces de matices muy distintos. Cuando Annelyn y su guía pasaron cerca de uno de éstos, vio que en el panel resplandecía una figura. Era una representación intrincada y laboriosa de grouns, armados de espadas, combatiendo con un gigante: sus ojos eran thetas y sus dedos gusanos. Sin embargo, tuvo que mirar intensamente y por largo rato para encontrarle sentido a la escena; como en los tapices de los yaga-la-hai, también aquí los colores eran débiles y apagados, y el óxido había hecho negros agujeros descascarillados en algunos de los paneles. Algo más advirtió Annelyn en la gran cámara abandonada: agujeros de gusanos. El piso estaba lleno.

Más tarde, siguieron derecho por largo tiempo. Annelyn vio entonces puños de bronce rotos en las paredes, y parte de su fatiga se disipó. Estaba más cerca de su casa. Los yaga-la-hai habían vivido alguna vez allí.

Abruptamente, el groun se detuvo. Annelyn también.

Estaban junto a un aeroducto. No tenía reja. Annelyn sonrió cansadamente, y se asomó al interior. Su mano rozó una cuerda.

El groun hizo un ademán amplio y extraño, se volvió y emprendió el regreso por donde había venido, moviéndose rápidamente sobre cuatro miembros. Pronto Annelyn estuvo solo. Se metió en el pozo cálido, aferró la cuerda, y empezó a subir. Esta vez podía ver a dónde iba. Las paredes de metal que lo rodeaban eran de un afable color rojizo, el aire levemente brumoso ascendía resueltamente más allá de él. Cuando estaba entre niveles podía mirar arriba y abajo, y ver los oscuros rectángulos de las salidas en ambas direcciones.

Se descolgó un nivel más arriba, y se sacó el casco, protegiéndolo bajo su brazo. Las grandes puertas de metal estaban abiertas. Annelyn permaneció en las sombras, y dejó que sus ojos se habituaran a la débil penumbra púrpura. Los globos incrustados de fungo aún brillaban en la Cámara de los Señores-del-cambio, pero las antorchas habían sido apagadas. Del Proveedor, no vio ni rastro. Esperó hasta estar seguro, y entró.

El primer objeto que tomó fue un arma. Su propio estoque estaba allí, encima de una pila de hojas oxidadas, y lo recuperó con satisfacción. Probó la gran hacha de Groff, que estaba apoyada contra el trono, pero la encontró demasiado pesada y torpe. En su lugar, deslizó la daga de Vermyllar en su cinturón, y la de Riess en una bota. Si tenía que derramar la sangre del Proveedor, parecía apropiado usar esos medios.

Luego deambuló por la cámara, seleccionando objetos, explorando, buscando algo para comer. Finalmente encontró una reserva de carne, lonjas saladas que colgaban. Cantidad de buena carne blanca de groun, y de alguna otra clase también. Pero Annelyn descubrió que no podía comer ninguna. Se quedó con un bol de arañas sazonadas y un plato de hongos.

Después de comer, descansó en una de las camas rodantes, demasiado cansado para dormir, y bastante asustado. En lugar de eso, se dedicó a inspeccionar el libro que había encontrado abierto al lado del trono. Las tapas eran de cuero grueso, con la theta y una hilera de símbolos impresos, pero las páginas interiores no habían resistido tan bien el largo paso del tiempo. Algunas faltaban por completo, otras estaban húmedas y cubiertas de moho, y los pocos fragmentos aún legibles no tenían ningún sentido para Annelyn. Los símbolos eran vagamente parecidos a la escritura de las ruinosas bibliotecas que mantenía el Hombre gusano; Annelyn había aprendido a leerlas un poco de Vermyllar, quien a su vez había aprendido el oscuro arte de su abuelo. No servía de ayuda. Podía descifrar una palabra aquí, acertar una en la página siguiente, y otra más, diez capítulos más adelante, pero nunca dos palabras juntas que tuvieran sentido. Hasta los dibujos eran laberintos insensatos de líneas, que no representaban nada que él conociera.

Annelyn dejó el libro a un lado. Del aeroducto venían ruidos. Se paró, tomó su casco y su estoque, y cruzó las puertas de la cámara para esperar.

El Proveedor emergió del pozo, vestido de blanca piel de groun con una capa incolora. Cuerdas de seda de araña sujetaban el cuerpo de un niño pequeño a su espalda. El niño era de los yaga-la-hai.

Annelyn se adelantó.

El Proveedor levantó la vista, sobresaltado. Había comenzado a desatar los nudos que sujetaban su presa. Ahora su mano se dirigía al cuchillo.

—Bueno —dijo—. Tú.

—Yo —dijo Annelyn. Su estoque estaba extendido, su casco protegido por la mano libre.

—Te busqué —dijo el Proveedor—. Después colgué otra cuerda.

—Me escapé —dijo Annelyn—. Sabía que me ibas a buscar.

—Sí —dijo el Proveedor, sonriendo. Su cuchillo apareció, un murmullo de metal sobre cuero—. Tenía miedo que estuvieras perdido. Esto es mejor. Los grouns pagan bien la carne. Tus amigos, a propósito, eran deliciosos. A excepción del caballero. Desgraciadamente, era bastante duro.

—Me pregunto cómo serás tú —dijo Annelyn.

El Proveedor se rió.

—Sospecho que tu carne sería asquerosa —siguió Annelyn—. Yo no voy a comerte. Es mejor que seas carroña para los gusanos devoradores.

—Bueno —dijo el Proveedor—. Más de tu gran ingenio. —Hizo una reverencia—. Esta carne que llevo me estorba. ¿Puedo soltarla?

—Seguro —dijo Annelyn.

—Déjame ponerla adentro, fuera del paso —dijo el Proveedor—. Así no tropezaremos con ella.

Annelyn asintió, y se volvió ligeramente, reprimiendo una sonrisa. Él sabía lo que intentaba hacer el Proveedor. El otro tomó el cuchillo y cortó los nudos que aseguraban el niño a su espalda, luego dejó el cuerpo en el lado opuesto de la puerta. Se volvió, enmarcado por la luz purpurina.

Riéndose, dijo:

—Los yaga-la-hai y los grouns, ustedes son parecidos. Animales.

Se extendió y cerró de un empujón las puertas anchas, y otra vez los oídos de Annelyn zumbaron con el estruendo que había oído una vez, hacía mucho.

—No —dijo Annelyn—. Parecidos, sí. Pero no animales.

Se puso el casco. La oscuridad espesa se evaporó como la bruma.

El Proveedor había brincado hábil y silenciosamente hacia un costado. Una amplia sonrisa le partía la cara, y él avanzaba a pasos furtivos, con el cuchillo listo para embestir y destripar.

Si Annelyn —como el difunto, infortunado Groff— hubiera intentado un ataque precipitado al lugar donde el Proveedor había estado, en el último instante de luz, la embestida lo hubiera dejado accesible y vulnerable a una puñalada fatal del Proveedor desde donde estaba ahora. Era una técnica pulida, taimada; pero Annelyn podía ver. Por una vez, la oscuridad y la decepción eran inútiles. Y el estoque de Annelyn era más largo que el cuchillo del Proveedor.

Rápida, fácil, casualmente, Annelyn giró para enfrentarse a su enemigo, sonrió bajo su casco, y embistió. El Proveedor no tuvo tiempo de reaccionar; habían pasado muchos años desde que luchara en igualdad de condiciones. Annelyn le atravesó el abdomen.

Después, empujó el cuerpo por el pozo de aire, y rogó que cayera eternamente.



La Mascarada del Hombre-gusano estaba todavía en marcha en la Alta Madriguera cuando Annelyn volvió a los yaga-la-hai. En las bibliotecas polvorientas, hombres con dominós y mujeres con velos se contorsionaban y daban vueltas; las habitaciones del tesoro estaban abiertas a las visitas y las cámaras de placer abiertas a otros menesteres; en el Hall Superior, el Vermentor Segundo yacía bajo mil antorchas mientras los hijos del gusano bailaban más adelante, y cantaban loas a su transmisión. El Hombre-gusano no tenía cara; era uno con el Gusano Blanco. A su lado, estaban los cirujanos-sacerdotes, de batas blancas con el escalpelo-y-theta, como habían estado toda una semana. La Séptima Fiesta daba comienzo.

Caralee se hallaba allí, la brillante y dorada Caralee, y los caballeros de bronce, y muchos que alguna vez habían sido amigos de Annelyn. Pero la mayoría se limitó a sonreír y hacer chistes moderados cuando él, inesperadamente, atravesó las puertas a zancadas.

Algunos, quizá, no lo reconocieron. Hacía muy poco tiempo, en la Mascarada del Sol, había estado espléndido de seda y gris de araña. Ahora estaba dolorosamente flaco, cortado y magullado en una docena de lugares, los ojos inquietos en oscuras cavidades, y las únicas ropas que usaba eran harapos negros que le colgaban como los trapos hediondos de un cultivador de hongos. Tenía la cara descubierta, sin un dominó siquiera, y eso hizo que los invitados cuchichearan, ya que no había llegado aún el momento de desenmascararse.

Muy pronto tuvieron más para comentar. Porque Annelyn, este Annelyn trastocado, extraño, permaneció silencioso en la puerta, sus ojos yendo de una máscara a la otra. Entonces, siempre en silencio, cruzó el piso de obsidiana refulgente hacia la mesa del festín, agarró una bandeja de hierro repleta de exquisita carne blanca de groun, y la arrojó violentamente hacia la sala. Unos pocos rieron; otros, no tan divertidos, se sacaron rodajas de carne de los hombros. Annelyn dejó la habitación.

Más adelante, llegó a ser una figura familiar entre los yaga-la-hai, aunque perdió su elegancia para vestir y gran parte de su fino ingenio. En cambio, hablaba interminable y persuasivamente de crímenes olvidados y de los pecados de pasados eones, pintando cuadros deliciosamente sombríos de gusanos monstruosos que se multiplicaban en las profundidades de la Casa y que un día despertarían para consumirlo todo. Le gustaba decir a los hijos-del-gusano que deberían acostarse con los grouns, en lugar de cocinarlos, así podía moldearse un nuevo pueblo para resistir a sus gusanos de pesadilla.

En la ruina interminablemente larga de la Casa del Gusano, nada era tan apreciado como la novedad. Annelyn, aunque considerado grosero y de lo más torpe, tramaba cuentos entretenidos y tenía una chispa de escandalosa irreverencia. Por lo tanto, aunque los caballeros de bronce rezongaron, se le permitió vivir.

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