miércoles, 12 de julio de 2017

RECORDANDO A LOVECRAFT






Entre 1941 y 1978 se publicó en España la famosa revista de humor satírico La Codorniz, todo un referente para las publicaciones humorísticas en nuestro país. Fundada por el periodista y escritor Miguel Mihura (1905-1977), en ella colaboraron humoristas tan reconocidos como Miguel Gila, Antonio Mingote, Jaume Perich El Perich, Antonio Fraguas Forges, Máximo San Juan Máximo o José María González Chumy Chúmez. En el número 1560, del día 22 de agosto de 1971, apareció publicado un divertido artículo titulado Recordando a Lovecraft, firmado por el periodista y excomisario de policía extremeño Elías Cortés Fernández (n. 1940), quien fue colaborador asiduo de La Codorniz entre 1965 y 1978. Recordemos que en 1970 Alianza publicó su famosa antología Los Mitos de Cthulhu recopilada por Rafael Llopis, iniciando en nuestro país la pasión por la obra de Lovecraft. Suponemos que Cortés, haciéndose eco de este interés por Lovecraft, escribió este texto en clave de humor, que os dejo aquí completo, a título de curiosidad:

RECORDANDO A LOVECRAFT
Aparecen en mi memoria aquellos momentos aborrecibles como algo confuso y abominable que es mejor ocultar entre las frías y primordiales nieblas del subconsciente; sumergir en lo más profundo, allá donde se alojan los monstruos innominados que aguardan desde épocas remotas una resurrección misteriosa, insinuada vagamente en las negras páginas del "Necronomicon", esa obra inconfesable del árabe loco Abdul Alhazred. Puede que mis limitadas facultades me impidan desarrollar el relato con toda su crudeza y veracidad, mas he de intentarlo, espero que por primera y última vez, porque un poder extraño e irrefrenable me obliga a ello. ¡Así que agárrense fuerte, por favor!
Aquel fatídico día, la crepuscular claridad de la alborada dejaba caer sobre mi ánimo las sombras inquietantes y leprosas de una jornada plena de presagios. Yo caminaba absorto, bordeando a duras penas las cenagosas lagunas en que se habían convertido las calles de mi siniestro barrio y, al pasar junto a la negra boca de una alcantarilla a medio tapar gracias a la proverbial negligencia del Ayuntamiento, sentí en mi pituitaria un choque fétido y putrefacto que me trajo de repente los arcanos vestigios de edades olvidadas en la noche de los tiempos. Inquieto, apresuré el paso y, sin apenas advertirlo, me encontré bajando hacia un insólito portal que parecía ser la frontera de otra dimensión. Poco después, tras cumplir un ritual del que no me quedan recuerdos, comencé a descender unos escalones, mientras notaba cómo una atmósfera caliginosa me envolvía en un abrazo repugnante y sacrílego. Aterrado, en medio de una especie de pesadilla soporífera, me di cuenta de que había desembocado en unos amplios corredores, tenuemente iluminados por una luz espectral, en compañía de cientos de lívidas sombras que caminaban como con prisa de llegar a quién sabe qué inmunda ceremonia. Al fin me vi en una amplia y húmeda caverna, repleta de formas indiferentes que parecían ser los restos degenerados de alguna raza primigenia y tenebrosa. Luego... Luego sólo recuerdo un ruido tremendo y prolongado, una agitación indescriptible en aquella multitud de entes expectantes, que me arrastró hacia no sé dónde en un torbellino horroroso, y una voz lejana, siniestra, fungosa y demoníaca gritó:
- ¡Noou obsk-tru iillán aaas puegtas!
Yo, al borde del colapso, noté que aquel lugar trepidaba bajo mis pies, y que una oscuridad impenetrable y pavorosa se deslizaba a ambos lados de los monstruosos seres que me apretujaban salvajemente. Se me vino entonces a la memoria Lovecraft, y su inconcebible vaticinio:
"GRUJ AR TA-WIKG NAK"

El autor, Elías Cortés Fernández.

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