martes, 18 de septiembre de 2012

HORROR EN EL CEMENTERIO

El relato Horror en el cementerio(The Horror in the Burying-Ground) es obra de Lovecraft en colaboración con Hazel Heald y fue escrito entre 1933 y 1935.Se trata de un cuento a destacar porque es el primer relato publicado tras la muerte de Lovecraft,en marzo de 1937, concretamente en el número5, de mayo de dicho año de la revista Weird Tales.




Cuando la carretera estatal a Rutland está cerrada, los viajeros se ven obligados a tomar la ruta de Stillwater que cruza Swamp Hollow. El paisaje es soberbio en ciertos lugares, pero por alguna razón esa vía ha sido impopular durante años. Hay algo deprimente en ella, especialmente cerca del propio Stillwater. Los motoristas sienten una ligera desazón ante la granja cerrada a cal y canto del montículo al norte del pueblo, y ante el idiota de barba que ronda el viejo cementerio del sur, hablando aparentemente con los ocupantes de algunas tumbas. Actualmente no queda mucho de Stillwater. El suelo se ha agotado, y la mayoría de la gente se ha mudado a los pueblos del otro lado del lejano río o la ciudad de más allá de las distantes colinas. El campanario de la antigua iglesia blanca se ha derrumbado, y la mitad de la escasa veintena de dispersas casas están vacías y en diverso estado de decadencia. La vía normal existe sólo alrededor del almacén y estación de servicio de Peck, donde un curioso se detiene a veces para preguntar por la casa cerrada y el idiota que cuchichea con los muertos. La mayoría de los preguntones se marchan con una sensación de disgusto e inquietud. Encuentran a los cansados y ociosos extrañamente descorteses y llenos de innombrables insinuaciones al comentar sucesos del pasado. Hay una cualidad amenazadora y portentosa el tono que emplean para describir sucesos triviales una incalificable e injustificada tendencia a asumir un aire furtivo, insinuante y confidencial, así como en caer en espantados susurros al entrar en ciertos pormenores que turba insidiosamente al oyente. Los viejos yanquis a menudo hablan así, pero, en este caso, el melancólico aspecto de la aldea semidesmoronada y la deprimente naturaleza de la historia narrada prestan a esos ademanes lóbregos y oscurantistas un significado adicional.

Uno siente profundamente el horror intrínseco que acecha tras el aislado puritano y sus extrañas represiones; siente esto y se apresura a escapar precipitadamente en busca de aires mas puros. Los ociosos susurraban, de un modo impresionante, que la casa cerrada era la de la vieja Miss Sprague: Sophie Sprague, cuyo hermano Tom fue enterrado el 17 de junio de 1886. Sophie nunca fue la misma tras el funeral tras de eso y de lo que sucedió después del funeral, y al fin eligió permanecer dentro por siempre. Nunca se la ve, pero deja notas bajo la esterilla de la puerta trasera y hace que el chico de Ned Peck le lleve las cosas desde el almacén. Tiene miedo de algo… del cementerio de Swamp Hollow según la mayoría. Nunca pudieron llevarla a sus proximidades desde que su hermano y el otro fueron sepultados allí. No es de extrañar, sin embargo, en vista de las imprecaciones del loco Johnny Dow. Merodea por el cementerio día y noche, y asegura que habla con Tom… y con el otro. Luego se va a casa de Sophie y le grita cosas, por eso comenzó a dejar cerrados los postigos. Él dice que hay cosas que irán desde algún sitio para llevársela algún día. Aunque debieron pararle los pies, uno no puede ser muy duro con el pobre Johnny. Además, Steve Barbour siempre tuvo su propia opinión. Johnny hablaba con dos que están en las tumbas. Uno es Tom Sprague. El otro, en el lado opuesto del camposanto, es Henry Thorndike, que fue enterrado el mismo día. Henry tenía la funeraria de la aldea la única en kilómetros a la redonda y no era nada querido en Stillwater. Originario de Rutland, había ido a la universidad y era un hombre muy leído. Sabía cosas extrañas de las que nadie había nunca oído hablar, y hacía experimentos químicos con dudosos propósitos.

Siempre intentando inventar algo nuevo: algún líquido embalsamador revolucionario o alguna estúpida especie de medicamento. Algunos decían que quiso hacerse médico y fracasó, abrazando entonces la profesión más cercana. Por supuesto, no había muchos funerales en un lugar como Stillwater, pero Henry ejercía al mismo tiempo labores de granjero. Ordinario, de temperamento morboso… y bebedor a escondidas, a juzgar por las botellas vacías en su cubo de la basura. No es de extrañar que Tom Sprague le odiara y vetara su ingreso a la logia masónica, y le advirtiera que se apartase de Sophie. La forma en que experimentaba con animales iba contra la Naturaleza y las Escrituras. ¿Quién podría olvidar el estado en que se encontró a aquel perro, o lo que le sucedió al gato de la vieja Miss Akeley? Luego vino el caso del ternero del diácono Leavitt, cuando Tom capitaneo a un grupo de mozos para pedir explicaciones. Lo más curioso fue que el ternero estaba vivo después de todo, aunque Tom lo había encontrado tan tieso como una badila. Algunos dijeron que alguien había gastado una broma a Tom, pero Thorndike probablemente pensó de otra manera, ya que había caído bajo el puño de su enemigo antes que se descubriera el error. Tom, por supuesto, estaba medio borracho en ese momento. Era un bruto vicioso en el mejor de los casos y, con sus amenazas, tenia medio acobardada a su pobre hermana. Probablemente ése es el motivo que ella siga siendo una criatura atenazada por el miedo. Eran los dos únicos miembros de su familia, y Tom nunca la dejaría marchar, ya que eso significaría dividir la propiedad. La mayoría de los vecinos le tenían miedo como para cortejar a Sophie él media un metro ochenta en calcetines, pero Henry Thorndike era un sujeto taimado que conocía la forma de hacer cosas a espaldas de los aldeanos.

Ordinario y feo como era., ella lo recibiría con los brazos abiertos con tal de librarse de su hermano. Debió pararse a pensar cómo podría zafarse de él tras escapar de Tom. Bien, así estaban las cosas en junio de 1886. Hasta el momento, los chismes de los ociosos del almacén de Peck no son portentos increíbles; pero, según continúan, los elementos de tensión oculta y maligna crecen. Tom Sprague, según parece, solía ir a Rutland para periódicas juergas, y sus ausencias brindaban grandes oportunidades a Henry Thorndike. Volvía siempre con mal aspecto, y el viejo doctor Pratt, sordo y medio ciego como estaba, solía advertirle sobre su corazón y el peligro de delírium tremens. Los aldeanos siempre podían saber, por el vocerío y las maldiciones, cuando volvía a casa. Fue la noche del 9 de junio en miércoles, el día después que el joven Joshua Goodenough acabará de construir su moderno silo cuando Tom partió para su última y más larga juerga. Volvió el siguiente martes por la mañana y los paisanos del almacén le vieron fustigando a su garañón bayo como solía hacer cuando estaba empapado en güisqui. Luego llegaron golpes y gritos, y juramentos, desde la casa Sprague, y lo primero que nadie supo fue que Sophie corría a toda velocidad buscando al viejo doctor Pratt. Al llegar a la casa de Sprague, el doctor encontró a Thorndike en ella, y Tom estaba en la cama de su habitación, con los ojos fijos y espuma en la boca. El viejo Pratt le exploró e hizo las pruebas ordinarias, luego agitó solemnemente la cabeza y comunicó a Sophie que había sufrido una gran perdida: que su más cercano y querido pariente había cruzado las puertas perladas hacia una mejor vida, tal como todos sabían que sucedería si no dejaba la bebida. Sophie sollozo un poco, insinúan los ociosos, pero no pareció excesivamente afectada. Thorndike no hizo nada excepto sonreír, quizás ante la ironía que él, un enemigo jurado, fuera ahora la única persona que podía ser de alguna utilidad a Thomas Sprague. Gritó en la oreja sorda del viejo doctor Pratt algo acerca de adelantar el funeral, habida cuenta la condición de Tom. Los bebedores como aquel eran siempre sujetos dudosos y una tardanza extra contando con simples medios rurales podría acarrear consecuencias, visuales y de otras clases, a duras penas aceptables para los dolientes deudos del fallecido. El doctor había murmurado que la vida alcohólica de Tom debía haberle embalsamado anticipadamente, pero Thorndike aseguro lo contrario, al tiempo que se jactaba de su habilidad y de los inigualables métodos que había desarrollado con sus experimentos. Es aquí donde las murmuraciones de los ociosos se vuelven sumamente perturbadoras. Hasta aquí la historia es narrada habitualmente por Ezra Davenport o Luther Fry, si Ezra está en cama con sabañones, como suele ocurrir en invierno; pero a partir de aquí toma riendas Calvin Wheeler y su voz tiene una condenada e insidiosa forma de sugerir horrores ocultos. Si Johnny Dow acierta a pasar por allí, siempre se hace una pausa, ya que en Stillwater no gustan que Johnny hable mucho con los forasteros. Calvin se acerca al viajero y a veces aferra la solapa de la chaqueta con su nudosa mano llena de pecas mientras entorna sus acuosos ojos azules. Bien, señor susurra, Henry se fue a casa y cogió sus trastos funerarios… el loco Johnny Dow llevó la mayor parte, ya que siempre estaba haciendo faenas para Henry… y cuentan que Doc Pratt y el loco Johnny ayudaron a amortajar el cadáver. Doc Siempre decía que pensaba que Henry hablaba demasiado… presumiendo de lo bueno que era en su trabajo y de lo afortunado que era Stillwater por tener un funerario regular en vez de enterrar a la gente tal cual, como en de Whitby. Suponga decía que alguien tenga un calambre paralizante como los que usted habrá leído. ¿Qué sentiría cuando le bajaron y comenzaron a echarle tierra encima? ¿Qué sentiría cuando se estaba sofocando allí, bajo la lápida nueva, arañando y rasguñando si le vuelven las fuerzas, pero sabiendo todo el tiempo que es inútil? No señor, le digo que es una bendición para Stillwater el tener un doctor espabilado que sabe cuándo un hombre esta muerto y cuando no, y un funerario avezado que sabe disponer un cuerpo para que pueda reposar sin problemas.

»Esta era la forma en que Henry solía hablar, y así se dirigía a los restos del pobre Tom, y al viejo Doc Pratt no le gustaba lo que cogía de ello, aunque Henry dijese que era un buen doctor. El loco Johnny estaba mirando el cadáver, y no era demasiado agradable la forma en que babeaba cosas como “no está frío, Doc o “Veo moverse los parpados” o “hay un agujero en su brazo como el que me hizo Henry cuando me dio una jeringa llena de eso que me hace sentir tan bien”. Thorndike le hizo cerrar la boca cuando dijo esto, aunque todos sabíamos que había estado dando drogas al pobre Johnny. Es un milagro que el pobre tipo aún no tenga el hábito. Pero lo peor, según el doctor, fue la forma en que el cuerpo se sacudió cuando Henry comenzó a llenarle de líquido embalsamador. Había estado presumiendo de una nueva fórmula que había practicado con perros y gatos, cuando de repente el cadáver de Tom comenzó a doblarse, como tratando de defenderse. Por Dios, Doc dijo que se quedo tieso del susto, aunque conocía lo que pasa con los cadáveres cuando los músculos comienzan a envararse.

Bien, señor, lo que sucedió fue que el cadáver se sentó y se arranco la jeringa de Thorndike de forma que se clavo propio Henry y le metió tanta dosis de su propio fluido de embalsamar como quiera usted pensar. Fue un buen susto para Henry, aunque se sacó la aguja de un tirón y se las arregló para acostar al cuerpo y meterle todo el líquido. Y le inyectó aún más como si quisiera cerciorarse que era bastante y asegurarse a sí mismo que no había recibido mucho de él mismo, pero el loco Johnny comenzó a canturrear. Esto es lo que distes al perro de Lige Hopkins cuando estaba muerto y tieso y volvió a andar. ¡Ahora te vas a morir y quedar tan tieso como Tom Sprague! Recuerda que, si no has metido mucho, no actúa hasta después de un buen rato.

»Sophie estaba abajo con algunos vecinos… mi esposa Matildy, que murió hace ya treinta años, era una de ellos. Estaban tratando de saber si Thorndike estaba allí cuando Tom volvió a casa, y el encontrarlo allí fue lo que mucha gente pensaría que era divertido que no contara más, por no decir nada de la forma en que Thorndike había sonreído. No es que nadie estuviera insinuando que Henry ayudo a Tom a irse con sus extraños fluidos de invención propia y sus jeringas, o que Sophie pudiera guardar silencio si pensaba eso. Todos sabíamos el odio casi demente de Thorndike hacia Tom no sin razón, desde luego Emily Barbour dijo a Matildy que Henry era afortunado de tener al viejo Doc Pratt a mano pasa extender un certificado de defunción y no dejar lugar a dudas.

Cuando El viejo Calvin llega a este punto comienza a murmurar de forma incomprensible por su enmarañada y sucia barba blanca. La mayoría de los oyentes tratan de alejarse de él, pero él apenas parece prestar atención a los gestos. Generalmente es Fred Pack, que era un niño muy pequeño cuando sucedió todo, quien continúa la narración. El funeral de Thomas Sprague se realizó el jueves 17 de junio, sólo dos días después de su fallecimiento. Tanta prisa fue considerada casi indecente en la remota e inaccesible Stillwater, donde los que acudían tenían que cubrir largas distancias, pero Thorndike había insistido que las peculiares condiciones del fallecido lo demandaban. El funerario se había mostrado bastante nervioso mientras preparaba el cuerpo, y pudieron verle tomándose frecuentemente el pulso. El viejo doctor Pratt pensaba que debía temer la dosis accidental de fluido embalsamador. Naturalmente, la historia del «amortajamiento» había cundido, por lo que un doble regusto animaba a los asistentes que se reunieron para satisfacer su curiosidad y enfermizo interés. Thorndike, aunque obviamente trastornado, pareció tratar de cumplir sus deberes profesionales con magnifico estilo. Sophie y otros que vieron el cuerpo quedaron asombrados por la apariencia de vida, y el virtuoso funerario se reaseguro su trabajo inyectando repetidas dosis a intervalos regulares.

Casi consiguió despertar una especie de renuente admiración entre sus paisanos y los visitantes, aunque tendía a arruinar esta impresión con su fanfarronería y charla de mal gusto. Siempre que inyectaba a su silencioso paciente, repetía la eterna cantinela sobre la suerte de tener un enterrador de primera clase. ¿Qué había dicho como si se dirigiera directamente al cuerpo hubiera sucedido si Tom hubiera topado con uno de esos descuidados paisanos que entierran vivos a sus pacientes? Su forma de porfiar en los horrores del entierro prematuro era verdaderamente bárbara y repelente. Los servicios se oficiaron en la mal ventilada sala principal, abierta por primera vez desde que muriera Mrs. Sprague. El pequeño y desafinado órgano del recibidor graznaba desconsoladamente, y el ataúd, sostenido por caballetes cerca del vestíbulo, estaba cubierto por flores de olor enfermizo. Era obvio que una multitud que batía todas las marcas había llegado desde cerca y de lejos, y en su beneficio, Sophie se esforzaba en adoptar un aspecto apropiadamente desconsolado. En momentos de descuido parecía desconcertada e inquieta, dividiendo su escrutinio entre el febril funerario y el cuerpo con apariencia de vida de su hermano. Un sordo disgusto hacia Thorndike parecía tramarse en su interior, y los vecinos murmuraron libremente que ella podría abandonarle pronto, una vez que Tom estaba fuera de su camino… esto es, si podía, ya que un tipo tan astuto era difícil de manejar. Pero con su dinero y el atractivo que conservaba sería capaz de encontrar otro compañero que se las entendería sin duda con Henry. Mientras el órgano resollaba Beautiful Isle of Somewhere, el coro de la iglesia metodista añadía sus lúgubres voces a la horripilante cacofonía, y cada cual miraba piadosamente al diácono Leavitt; todos excepto, por supuesto, el loco Johnny Dow, que tenía los ojos clavados en la inmóvil forma bajo el cristal del féretro.

Estaba murmurando por lo bajo, para si mismo. Stephen Barbour de la granja más cercana fue el único que se fijó en Johnny. Se estremeció cuando vio que el idiota estaba hablando directamente al cadáver e incluso haciendo locos gestos con sus dedos, como mofándose del durmiente que reposaba bajo la lamina de cristal. Tom, reflexionó, había pateado al pobre Johnny en más de una ocasión, aunque probablemente no sin provocación. Algo en todo esto afecto a los nervios de Stephen. Había una tensión escondida y una latente anormalidad en el aire que no pudo precisar. Johnny no debió haber sido admitido en la casa… era curioso los esfuerzos que Thorndike parecía hacer para no mirar el cuerpo. A cada momento, el enterrador parecía tomarse el pulso con aire extraño. El reverendo Silas Atwood zumbó con lastimera monotonía acerca del fallecido… sobre el golpe de la espada de la muerte en mitad de una pequeña familia, partiendo el lazo terrenal entre los amados hermana y hermano.

Algunos de los vecinos cruzaron miradas furtivas tras parpados entornados, mientras Sophie comenzaba a sollozar nerviosamente. Thorndike se removió en su asiento y trató de consolarla, pero ella pareció apartarse curiosamente de él. Sus movimientos eran claramente inquietos y parecía resentirse especialmente de la anormal tensión que flotaba en el aire. Finalmente, consciente de sus deberes como maestro de ceremonias, avanzó anunciando con voz sepulcral que el cadáver podía ser visto por última vez. Lamentablemente, los amigos y vecinos desfilaron ante el féretro, del que Throndike alejó con rudeza a Johnny. Tom parecía descansar en paz. Aquel diablo había sido hermoso en su día. Se oyeron unos pocos sollozos genuinos y otros muchos fingidos, aunque la mayoría de los asistentes se contentó con contemplarlo con curiosidad y murmurar después. Steve Barbour se demoró estudiando larga y atentamente la faz inmóvil, y se alejó sacudiendo la cabeza. Su mujer, Emily, siguiéndole, susurró que Henry Throndike haría bien en no jactarse tanto de su trabajo, porque los ojos de Tom se habían abierto. Habían estado cerrados al comenzar los oficios, porque ella lo había visto. Pero tenían una mirada natural… no lo que uno espera después de dos días. Cuando Fred Peck llega tan lejos, normalmente se detiene como si no le gustara continuar. El oyente, también, tiende a sentir que algo desazonador está próximo. Pero Peck tranquiliza a su audiencia declarando que no sucedió nada tan malo como suele decir la gente.

Aun Steve nunca soltaba palabra de lo que pensó, y el loco Johnny, desde luego, no pinta nada. Fue Luella Morse la nerviosa solterona que cantaba en el coro quien pareció haberlo causado todo. Estaba desfilando ante el ataúd como el resto cuando se detuvo para observar más de cerca de lo que nadie, ecepto los Barbour, lo había hecho. Entonces, sin mediar palabra, lanzó un alarido y cayó desvanecida. Naturalmente, la estancia se convirtió al momento un caos de confusión. El viejo doctor Pratt se abrió paso hasta Luella Y pidió agua para mojar su rostro, y se acercaron para mirarla a ella y al féretro. Johnny Dow comenzó a Canturrear para sí mismo: « Él sabe, él sabe, escucha todo lo que dicen y ve todo lo que hacen, y le van a enterrar de esa forma…» pero nadie se paró a descifrar sus murmullos, a excepción de Steve Barbour. En pocos instantes Luella comenzó a recobrarse de su desmayo y no pudo decir exactamente qué la había sobresaltado. Todo lo que pudo murmurar fue: «Su forma de mirar… su forma de mirar» Pero a ojos de los demás, el cuerpo parecía exactamente igual. Era una vista desagradable, empero, con aquellos ojos abiertos y ese excesivo colorido. Y entonces la perpleja concurrencia descubrió algo que aparto a Luella y el cuerpo de sus mentes por un instante. Era Thorndike, a quien la repentina excitación y apiñada multitud parecía haber hecho mal efecto. Evidentemente, había sido golpeado en el tumulto y estaba en el suelo tratando de arrastrarse hasta una posición sentada. La expresión de su rostro era extremadamente aterradora, y sus ojos comenzaban a tomar una helada expresión de pez. Apenas pudo hablar alto, pero el ronco sonido de su garganta tenía una inefable desesperación que resulto ser inconfundible para todos. Llévenme a casa, rápido, y déjenme allí. El fluido que puse por error en mi brazo… actúa sobre el corazón… esta maldita excitación… demasiado… esperen… esperen… llega tarde, no saben cuanto… todo el tiempo estaré consciente y sabré qué sucede… no os equivoquéis. Mientras sus palabras se desvanecían, el viejo doctor Pratt llegó hasta él y tomó su pulso… esperó largo tiempo y finalmente agitó la cabeza. No hay nada que hacer… ha muerto. No tenía bien el corazón… y el fluido inyectado en su brazo no le ha hecho ningún bien. No se lo que es. Una especie de estupor pareció caer sobre la asamblea.

¡Una nueva defunción en la cámara de la muerte! Sólo Steve Barbour pensó en atender las últimas y espasmódicas palabras de Thorndike. ¿Estaba verdaderamente muerto, cuando él mismo había dicho que lo parecía falsamente? ¿No podrían esperar un tiempo y aguardar acontecimientos? ¿Y sobre eso, qué mal habría en que Doc Pratt diera otro vistazo a Tom Sprague antes del entierro?

El loco Johnny estaba gimoteando y se había lanzado sobre el cuerpo de Thorndike como un perro fiel. ¡No le enterréis, no le enterréis! No está más muerto que el perro de Lige Hopkins o el ternero del diácono Leavitt cuando les inyectó. ¡Tiene una cosa que les pone y les hace parecer muertos sin que lo estén! Parece muerto pero sabe todo lo que está pasando y mañana volverá tan bien como siempre. No le enterréis… ¡Despertará bajo tierra y no podrá abrirse paso! Es un buen hombre no como Tom Spargue. Rogad a Dios para que arañe y se ahogue durante las horas y horas… Pero nadie excepto Barbour prestó ninguna atención al pobre Johnny. De hecho, lo que el propio Steve dijo había caído en oídos sordos. El desconcierto era total. El viejo Doc Pratt realizaba pruebas finales y murmuraba sobre certificados de defunción en blanco y el untuoso Atwood el viejo sugería un entierro doble. Con Throndike muerto, no había enterrador a este lado de Rutland, y sería un gran gasto mandar llamar a uno desde allí, y si Thorndike no era embalsamado con aquel caluroso tiempo de junio… bueno, es difícil decir. Y no tenía parientes ni amigos para impedirlo, salvo que Sophie quisiera hacerlo… pero Sophie estaba al otro lado de la habitación mirando silenciosa, fija, y casi morbosamente al interior del ataúd de su hermano. El diácono Leavitt intentó restaurar un aspecto de decoro, e hizo llevar al pobre Thorndike por el vestíbulo a la sala de estar, al tiempo que enviaba a Zenas Wells y Water Perkins a la casa del enterrador en busca un ataúd de su tamaño. La llave estaba en el bolsillo del pantalón de Henry. Johnny continúo gimiendo y manoseando el cuerpo de Thorndike, ya que Henry no atendía a los oficios locales. Por fin se llegó a la conclusión que su gente de Rutland todos ya muertos habían sido baptistas, y el reverendo Silas decidió que el diácono haría mejor en ofrecer una somera plegaria. Fue un día de gala para los amantes del los funerales en Stillwater y alrededores.

Aún Luella se había recobrado lo bastante para acudir. Chismes, murmuraciones y susurros zumbaban ajetreados mientras se daban unos pocos retoques al cuerpo de Thorndike, que se enfriaba y atiesaba. Johnny había sido expulsado de la casa, y la mayoría concordaba en que debía haberse hecho desde él primer momento, pero sus distantes aullidos resonaban groseramente y a cada instante en el interior. Cuando el cuerpo fue introducido en el ataúd y yació junto al de Thomas Sprague, la silenciosa Sophie, que resultaba tan espantosa de ver, le observó tan intensamente como había hecho su hermano. No había pronunciado una palabra durante un periodo peligrosamente largo, y la confusa expresión de su rostro estaba más allá de cualquier descripción o interpretación.

Cuando los demás se retiraban para dejarla sola con los muertos se las arregló para articular una especie de habla maquinal, pero nadie pudo entender las palabras, y ella pareció hablar primero con un cuerpo y luego con el otro. Y entonces, con lo que parecería a un forastero el colmo de una desalmada comedia de mal gusto, toda la insensatez de la tarde se repitió fielmente. Otra vez chirrió el órgano, de nuevo el corro chilló y carraspeó, nuevamente un cántico zumbante se alzó, y una vez más los espectadores, morbosamente curiosos, desfilaron con macabro objetivo… esta vez un conjunto mortuorio doble. Algunos de los más sensibles temblaron ante el mismo procedimiento, y de nuevo Steve Barbour sintió una subyacente nota de terror espantoso y anormalidad demoníaca. Dios, la apariencia de vida de ambos cadáveres era… y cuán ansiosamente había pedido el pobre Thorndike en que no le creyeran muerto… y cuanto había odiado a Tom Sprague… pero ¿Cómo ir contra el sentido común?

Un muerto era un muerto y allí estaba el viejo Doc Pratt con los años de experiencia… si nadie se molestaba. ¿Por que hacerlo uno?… Por todo cuanto había hecho, Tom probablemente se lo merecía… y sí Henry había hecho algo con él, la cuenta estaba igualmente saldada… bueno, Sophie era libre por fin.

Cuando la procesión de mirones se desplazó por fin hacia el salón y la puerta exterior, Sophie se quedó a solas con los muertos una vez más. El viejo Atwood estaba fuera, en la carretera, buscando un conductor de coche fúnebre en las caballerizas de Lee, y el diácono Leavitt estaba arreglando una doble tarifa con los porteadores de féretros. Afortunadamente, la carroza podía contener dos ataúdes. Sin prisas, Ed Plummer y Ethan Stone se adelantaron con palas para abrir una segunda tumba. Había tres carros engalanados y algún número de carruajes privados en la cabalgata… no tenía sentido tratar de mantener a la gente alejada de las tumbas. Entonces llegó un frenético grito desde la sala donde se hallaban Sophie y los cuerpos. Esto estremeció de forma casi paralizante a la gente y renovó la sensación provocada a raíz del grito y desmayo de Luella. Steve Barbour y el diácono Leavitt se abalanzaron al interior, pero antes que pudieran entrar Sophie salió sollozando y boqueando. ¡Esa cara en la ventana!… ¡Esa cara en la ventana! Al mismo tiempo, una figura de ojos salvajes rodeó la esquina de la casa, desvelando el misterio del dramático grito de Sophie. Era, obviamente, el dueño de la cara… el pobre loco Johnny, que comenzó a brincar señalando a Sophie y gritando.

¡Ella sabe! ¡Ella sabe! ¡Lo he visto en su cara cuando los mira y les habla! Ella sabe y va a dejar que los metan en la tierra para que arañen y escarben en busca de aire… pero ellos le hablarán… a ella porque ella puede oírles… le hablarán y se le aparecerán… ¡Y algún día volverán para llevársela! Zenas Wells arrastró al vociferante subnormal hasta una leñera, en la parte trasera de la casa, y lo encerró lo mejor que pudo. Sus gritos y aporreos podían oírse a distancia, pero nadie le prestó ninguna atención. La procesión estaba en camino, con Sofía en el primer carruaje, y lentamente cubrió la pequeña distancia entre la aldea y el cementerio de Swamp Hollow. El viejo Atwood ofició mientras Thomas Sprague descendía a su descanso eterno; mientras tanto, Ed y Ethan habían terminado la tumba de Thorndike en el otro lado del cementerio… hacia donde se encaminaron los presentes. El diácono Leavitt habló entonces retóricamente, y todo el proceso se repitió. La gente había comenzado a marcharse en grupos, y el traqueteo de las calesas y carruajes que se marchaban era casi total cuando las palas comenzaron su trabajo. Mientras la tierra resonaba sobre las tapas de los ataúdes, la de Thordike primero, Steve Barbour descubrió extrañas expresiones revoloteando sobre el rostro de Sophie Sprague. No pudo seguirlas muy bien, pero de las que pudo captar se desprendía una especie de mirada torcida, perversa y medio sorprendida de vago triunfo. Él agitó la cabeza.

Zenas había vuelto atrás y sacó al loco Johnny de la leñera antes que Sophie llegará a casa, y el pobre tipo al momento corrió frenéticamente hacia el cementerio. Llegó antes que los enterradores hubieran acabado y mientras muchos de los curiosos dolientes se demoraban aún por allí. De lo que voceó a la tumba, parcialmente llena de Tom Sprague y de cómo escarbó en la suelta tierra del túmulo recién finalizado de Thorndike al otro lado del cementerio, los espectadores supervivientes aún se estremecen al recordarlo. Jotham Blake, el guardia, le hizo retroceder hacia el pueblo a la fuerza, y sus gritos despertaron temibles ecos. Aquí es donde Fred Peck normalmente abandona la historia.

¿Qué más pregunta, hay que contar? Fue una tenebrosa tragedia, y uno apenas puede maravillarse que Sophie se volviera rara después de aquello. Esto es todo cuanto uno puede escuchar si es tan tarde que el viejo Calvin Wheeler se ha marchado tambaleándose a la cama, pero si aún permanece por allí prorrumpe de nuevo ese murmullo malditamente insinuante e insidioso. A veces, aquellos que le escuchan temen pasar por la casa cerrada del cementerio después de eso, especialmente de noche.

Je, je… ¡Fred era un imberbe entonces, y no puede recordar más que la mitad de lo que pasó! ¡Usted quiere saber por qué Sophie guarda su casa cerrada y por qué el loco Johnny aún sigue hablando con los muertos, y gritando por a las ventanas de Sophie? Bueno, señor, no se si sé cuanto hay que saber, pero escucho lo que escucho. _Aquí el anciano escupe tabaco y se inclina hacia el ojal del oyente. Fue la misma noche, me parece… hacia la mañana, y unas ocho horas después de los entierros… cuando escuché el primer grito en casa de Sophie. Nos despertamos todos… Steve y Emily Barbour, y yo y Matildy, fuimos corriendo, todos en ropa de noche, y encontramos a Sophie vestida y tirada en el suelo de la sala de estar. Suerte que no había cerrado la puerta.

Cuando la reanimamos temblaba como una hoja, y no pudo decir ni una palabra de lo que la asustaba. Matildy y Emily hicieron cuanto pudieron para calmarla, pero Steve me murmuró cosas que no me dejaron muy tranquilo. Sobre una hora más tarde, cuando nos íbamos a ir a casa, Sophie comenzó a inclinar la cabeza a un lado como si escuchara algo. Entonces, de repente, gritó de nuevo y volvió a desmayarse. Bueno, señor, estoy contando lo que estoy contando y no supongo lo que Steve Barbour hubiera hecho de haberse atrevido.

Tuvo siempre mucha maña para las cosas inusitadas… murió hace diez años de neumonía.

»Lo que escuchamos tan débilmente era el pobre loco Johnny por supuesto.

Hay más de un kilómetro al cementerio, y debió salir por la ventana donde le encerraron en la granja… aunque el guardia Blake dice que no salió en toda la noche. Desde ese día ha estado rondando las tumbas y hablando con esos dos… maldiciendo y pateando el túmulo de Tom y poniendo cosas y regalos en la de Henry. Y cuando no está haciendo eso es que esta rondando las ventanas cerradas de Sophie aullando que irán pronto a buscarla.

»Ella nunca volvió al cementerio, y no sale de la casa, y nadie la ha visto. Llegó a decir que hay una maldición sobre Stillwater… y yo estoy tonto si no tiene medio razón, tal como las cosas se están haciendo pedazos en estos días.

Desde luego hay algo raro en Sophie. Una vez Sally Hopkins fue a llamarla en el 1897 o el 1898, creo hubo un espantoso entrechocar de sus celosías y Johnny estaba bien encerrado esa vez o, al menos, eso jura y perjura el guardia Dodge. Pero no tengo en cuenta esas historias sobre ruidos cada 17 de junio, o sobre figuras fantasmales tanteando la puerta y las contraventanas de Sophie cada madrugada, como a las dos.

Sabe, eran sobre las dos de la madrugada cuando Sophie escuchó los sonidos y se desmayó por segunda vez aquella primera noche tras el entierro. Steve y yo, y Matildy Y Emily, escuchamos la segunda parte, débil como era, pero como se lo digo. Estoy contándole de nuevo que debió ser el loco Johnny Blake diga lo que quiera. No se puede reconocer el sonido de una voz humana tan lejos, y con nuestras orejas llenas de insensateces no me extraña que pensáramos que eran dos voces… que no debían hablar. Steve afirmaba haber escuchado más que yo. De verdad cero que prestaba atención a asuntos de fantasmas Matildy y Emily estaban tan asustadas que no recuerdan lo que oyeron. Y es bastante curioso, nadie en el pueblo si alguien estaba despierto a esa maldita hora dijo haber escuchado ningún sonido. Lo que fuera, eran tan débil que pudiera haber sido el viento, de no mediar palabras. Entendí un poco, pero no quiero decir que respalde cuanto Steve juraba haber oído… “Diablesa”… “todo el tiempo”… “Henry”… y “vivo” eran claras, y también “tú sabes”… “dijiste que esperarías”… “te libraste de él” y “me has enterrado”… en una especie de voz cambiante… Entonces vino la espantosa “volveré algún día” con un graznido mortal… pero no me diga que Johnny no pudo hacer esos sonidos. ¡Eh, usted! ¿Por qué se va tan aprisa? Quizás pueda contarle más, si me acuerdo…


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