lunes, 1 de agosto de 2022

CTHULHU EN ÁCIDO

 



En el número 295, de julio de 2022, de la revista española Cáñamo (aquí su página web oficial), una publicación dedicada al cultivo del cannabis y a distintos temas culturales y sociales que empezó a editarse en 1997, apareció un artículo titulado Cthulhu en ácido, firmado por el periodista y escritor Jaime Gonzalo (n. 1957). Se trata de un texto en el que, en forma de narración, el protagonista viaja hasta la Universidad de Miskatonic por cuestión de estudios para trabajar a las órdenes de Eugene Sullivan, máxima autoridad estadounidense sobre Lovecraft, quien está interesado en el tema de si el escritor de Providence se drogaba para escribir sus relatos. Podéis leer el texto completo en este enlace, mientras que bajo estas líneas podéis leer la primera parte del texto:

Cuando recibí la noticia la acogí con el mismo entusiasmo que si de pronto hubieran empezado a lloverme del cielo adoquines de oro. ¡Santo Dios, qué fatal error de apreciación! Claro que, quiero pensar con ánimo exculpatorio, nada podía presagiar entonces los pavorosos acontecimientos de los que iba a ser protagonista. Cierto, un becariato veraniego en la universidad de Miskatonic no parece a priori justificar aquel regocijo, a la postre tan nefasto. Lo celebrable de haber sido seleccionado estribaba en que trabajaría a las órdenes del profesor Eugene Sullivan, máxima autoridad estadounidense en Lovecraft. Andaba yo perfilando mi tesis de filología inglesa, y no por casualidad esta versaba sobre el viejo H.P. Admito que mentí en ciertas casillas del formulario de inscripción en la convocatoria, pero estaba dispuesto a cualquier cosa, si bien no a lo que me aguardaba, con tal de conocer a Sullivan y trabajar un par de meses con él. Nadie como ese excéntrico erudito para descifrar los misterios eleusinos de Lovecraft. Mi obsesión por la materia se sentía lo bastante poderosa como para sobreponerse a la leyenda negra que envolvía a Sullivan y a las habladurías que sobre su endiablado carácter circulaban por ámbitos académicos interestatales. De modo que empaqué y puse rumbo a Massachusetts, convencido de que allí me esperaba una experiencia provechosa, de la que por mal que fuesen dadas podía beneficiarse mi tesis. Bien valía esa potencial recompensa rebajarse al escalafón de galeote-becario, cuyo ritmo de trabajo pautaría feroz cómitre.

Mi primera impresión de Sullivan fue extrañamente desagradable. No sé bien qué, algo vago pero repulsivo emanaba de su persona. Por otro lado, parecía un pobre diablo, de descuidado aspecto, raído todo él. Prácticamente un anciano, resultaba casi milagroso que se sostuviera en pie, no digamos ya en activo, considerado una reliquia intelectual que proporcionaba prestigioso lustre a la no menos venerable institución de Miskatonic; donde, no tardé en comprobarlo, todo el mundo rehuía a ese amargado vejestorio rezumante de tics y manías. Los más bromistas atribuían el apartheid de que era objeto al hediondo aroma a azufre que Sullivan supuestamente despedía, pero yo no aprecié nada de eso. Otros, circunspectos, parecían profesarle un subyacente temor. Aquello ya me cuadraba más. A pesar de su fragilidad física, mentalmente flexionaba todavía musculatura, Sullivan empleaba en su trato con los demás una expeditiva autoridad, rayana en lo despótico. Claro está, no fui ninguna excepción y tuve que acostumbrarme a sus hoscas maneras. No serían unas pocas malas pulgas motivo de desánimo. Me encontraba mentalizado contra eso y cosas peores, o así lo pensaba. La primera semana realicé aburridas tareas rutinarias para el profesor. La mayor parte del tiempo, sin embargo, lo pasaba de brazos cruzados ante mi mesa de trabajo, mientras él permanecía silenciosamente encerrado en su despacho. Si tenía que dirigirse a mí, lo hacía con extrema frialdad, sin mirarme nunca a los ojos, casi como si yo fuera un objeto. O bien él era inhumano o bien no me consideraba a mí lo suficientemente humano. Cuando en mis horas libres paseaba por las desapacibles calles de Arkham, intentaba explicarme esa conducta hostil. Seguramente, deduje, por razones burocráticas, para cubrir cupo de becarios, o algo así, a Sullivan le habían impuesto un ayudante que ni precisaba ni deseaba.

Para mi sorpresa, el hielo se fundió. Sin previo aviso, el profesor Sullivan alteró radicalmente su actitud hacia mí. Una tarde, vecina ya la hora de retirarme al ala del campus donde se hallaba la residencia de estudiantes en la que yo pernoctaba, surgió de su despacho tan furtivamente que no reparé en ello hasta descubrirlo sentado al otro lado de mi ocioso escritorio. Me observaba fijamente, esta vez perforándome las pupilas con fúlgida mirada, pero sin la menor expresión, salvo un simulacro de titubeante sonrisa que reflejamente intentaban reprimir las entumecidas comisuras de sus labios, siempre tensas, tirantes...

–Joven –me dijo empalagoso con su gorgoteante hilillo de voz, que tan enérgico podía conducirse cuando lo consideraba oportuno, o sea, siempre–, quería disculparme con usted por lo hurañamente que me he comportado. Estoy atravesando unos momentos... emm… complicados... Demasiada responsabilidad, ¿entiende usted?... Cuando le escogí a usted entre la caterva de estudiantes que aspiraban al puesto...

¡De modo que había sido él el responsable! Sullivan continuó perorando con un lisonjero engolamiento que provocaba escalofríos. ¿Para qué puñetas me necesitaría? Conocía mi expediente al dedillo, y sacó a relucir a Lovecraft en su monólogo. Parecía estar tanteándome. De vez en cuando me formulaba preguntas acerca de la materia. Quería conocer mi opinión sobre determinadas obras de Lovecraft y qué dirección iba a tomar mi tesis. Se lo aclaré, pero tuve la sensación de que mis respuestas no le interesaban en absoluto. Quedé plenamente convencido de esto último cuando súbitamente me interrumpió, como quien ya se ha cansado de fingir...

–Joven, dígame usted, ¿cree que Lovecraft estimulaba su imaginación con, llamémosles, agentes externos?

–Me temo que no le comprendo, profesor –confesé, con la certeza de que Sullivan había tomado un brusco atajo en la conversación para llegar de una vez a donde deseaba.

–Le estoy preguntando –y aquí elevó el tono, recobrando su habitual registro iracundo– si cree usted que Lovecraft se drogaba.

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