En 1934, durante uno de los viajes de Lovecraft a DeLand (Florida) para visitar a su colega y discípulo Robert Barlow, el escritor de Providence protagonizó una divertida anécdota junto a la madre de su amigo, Bernice Leach Barlow (1887-1962), que vivía en una casa aislada en el campo junto a su esposo, el coronel Everett Barlow (1881- 1952), su hijo y unos sirvientes, los Johnston. El propio Barlow la recordaba en unos de sus textos de la siguiente manera:
Teníamos la costumbre de recoger arándanos más allá de un arroyo poco profundo que corría entre el pantano. Ahora bien, HPL no era un leñador, como se puede ver, y siempre era peligroso confiar en su mala vista y su falta de sentido común. […] Una serie de lluvias recientes habían dejado el terreno muy fangoso, y el cauce del arroyo se había desbordado, dejando un charco estrecho y extenso por el que no tuvimos más remedio que vadear. En la parte más profunda del arroyo se había colocado una tabla a modo de puente; y lo cruzamos sin percances. Pasamos un rato recogiendo bayas, pero terminamos mucho antes de que sus ojos cansados alcanzaran siquiera la mitad de una cesta. Así que le ayudamos a llenarla, y luego todos emprendimos el camino de vuelta a casa (Lovecraft, [Johnston] y yo). Se quedó esperando a que hubiera otras bayas, y temiendo precisamente un percance así, me paré sobre el puente improvisado y le indiqué a HPL dónde estaba.
[…] aunque yo me perdí la escena (lo encontré arriba más tarde), mi madre dijo que entró empapado y casi sin bayas. En aquel horrible aparejo debió de parecer muy cómico, aunque también tenía un aire trágico. Enseguida le dijo a mi madre: «¡De verdad que tengo que disculparme!». Ella, asombrada por la imagen de un HPL completamente mojado, preguntó sorprendida: «¿Por qué?».
Continuó explicando que se dirigía a casa cuando llegó al arroyo. Sin ver la tabla, el agua fría lo sumergió bruscamente hasta el cuello. Las bayas salieron volando y se dispersaron, la mayoría arrastradas por la ligera corriente.