viernes, 2 de diciembre de 2011

EN LOS MUROS DE ERYX

En los muros de Eryx (In the walls of Eryx) es un relato de terror de Lovecraft, escrito en 1936 con la colaboración de Kenneth J. Sterling y publicado en la edición de octubre de 1939 de la revista Weird Tales.
Se trata de un cuento clásico de ciencia ficción y representa un elemento aislado en la obra de H.P. Lovecraft, quien pocas veces se vio tentado a escribir dentro de este género.Por otro lado, son evidentes los temas que subyacen en la obra:la discriminación y la intolerancia.



Antes de tratar de descansar voy a redactar estas notas como preparación para el informe que debo realizar. Lo que he encontrado es tan singular, tan contrario a toda experiencia pasada y a toda previsión, que merece una descripción muy cuidadosa. Llegué a la base principal de Venus el 18 de marzo, según el calendario de la Tierra; VI, 9 del calendario del planeta. Tras ser destinado al grupo más nutrido, al mando de Miller, recibí mi equipo - un reloj dispuesto para tener en cuenta la rotación, algo más rápida, de Venus- y efectué el habitual entrenamiento con máscara. M cabo de dos días se me consideró - apto para todo trabajo.

Abandonando la base de la Compañía Cristal en Terra Nova al amanecer del VI, 12, seguí la ruta del sur que Anderson había cartografiado desde el aire. El camino era malo, pues esas junglas acostumbran a ser poco transitables tras un aguacero. Debe de ser la humedad que da a esas lianas y ramas entrelazadas su dureza de cuero; una dureza tan grande que con un machete se necesita casi diez minutos para cortar algunas de ellas. M mediodía todo estaba más seco, y la vegetación adquiría una consistencia blanda y gomosa, de forma que el machete cortaba con mayor facilidad... pero ni aún así podía ir demasiado aprisa. Esas máscaras de oxígeno tipo Carter son demasiado pesadas; y el solo hecho de cargar con uña de ellas deja derrengado a un hombre ordinario. Una máscara Dubois, con un sistema de esponja en lugar de cilindros, suministraría un aire igual de bueno con solo la mitad de peso. El detector de cristales parecía funcionar bien, señalando constantemente en una dirección que verificaba el informe de Anderson. Es curioso cómo funciona ese principio de afinidad... sin esas mentiras de los viejos «palos de zahoríes» de allá en la Tierra. Debía de haber un gran depósito de cristales en un radio de un millar y medio de kilómetros, aunque supongo que esos malditos hombres-lagarto deben de estar vigilando y guardándolo.

Probablemente deben de pensar que somos unos estúpidos por venir a Venus a buscar esas cosas, como nosotros pensamos que lo son ellos por arrodillarse en el barro y adorar cualquier trozo de esa materia que encuentran, o por tener una gran masa de la misma sobre un pedestal en su templo. Me gustaría que cambiasen de religión, pues para lo único que quieren los cristales es para rezar ante ellos. Si no fuera por su teología, nos dejarían llevarnos todas las cantidades que quisiésemos... y aunque aprendieran a aprovecharlos en la obtención de energía, habrían más que suficientes para su planeta y para la Tierra. Por mi parte, ya estoy harto de no ocuparme de los depósitos principales y tener que ir buscando cristales sueltos en los lechos de los ríos de la jungla. Algún día haré todo lo que pueda para que se lleve a cabo una matanza de esos desgraciados escamosos por un buen ejército de nuestro planeta. Una veintena de naves podrían traer las suficientes tropas como para llevarla a cabo. Uno no puede considerar que esos malditos animales sean hombres por muchas «ciudades» y torres qué edifiquen. No tienen talento más que para edificar, y para usar sus espadas y dardos envenenados, y no creo que sus llamadas «ciudades» sean mucho más que los hormigueros o las presas de los castores. Dudo que siquiera tengan un verdadero idioma; y todas esas chácharas acerca de la comunicación psicológica mediante esos tentáculos que tiene en el pecho me parecen puras memeces. Lo que engaña a la gente es que caminen sobre dos patas, cual no es más que un parecido accidental con el hombre de la Tierra. Me gustaría atravesar alguna vez una jungla venusiana sin tener que estar atento por si me encuentro un grupo de ellos, o para evitar sus malditos dardos. Quizá no molestasen antes de que comenzásemos a llevarnos los cristales, pero ahora son realmente peligrosos... con sus lanzamientos de dardos y sus sabotajes de nuestras conducciones de agua. Cada vez estoy más convencido de que tienen un sentido especial similar a nuestros detectores de cristales.

Nunca se ha sabido que molestaran a un hombre – si exceptuamos el lanzamiento de dardos a larga distancia – que no llevase cristales encima. Hacia la una del mediodía un dardo casi se me arrancó el casco, y por un segundo creí que uno de mis cilindros de oxígeno había sido perforado. Esos taimados diablos no habían hecho ningún ruido, pero tres de ellos me estaban rodeando. Los cacé a todos moviendo en círculo mi pistola lanzallamas, pues aunque su color se confundía con el de la jungla, pude descubrirlos por el movimiento de las ramas. Uno de ellos tenía dos metros y medio de alto, con un morro similar al de un tapir. Los otros dos tenían la habitual estatura de dos metros diez. Lo único que hace que sean una verdadera amenaza es su gran número... y un solo regimiento de lanzallamas podría acabar con ellos. Sin embargo, es curioso cómo han logrado ser la especie dominante del planeta. No existe otra especie viviente más desarrollada que los reptantes akmans y skorahs, o los tukanhs voladores del otro continente... a menos que, naturalmente, esos agujeros de la Meseta Dioneana oculten algo.

Hacia las dos de la tarde mi detector señaló hacia el oeste, indicando unos cristales aislados situados hacia mi derecha. Eso estaba de acuerdo con lo que decía Anderson, y por consiguiente, cambié de dirección. El camino era más duro, no solo porque era en cuesta, sino porque la vida animal y las plantas carnívoras eran más densas. Estaba dando golpes de machete a ugrats y pisando skorahs continuamente, y mi traje de cuero estaba totalmente manchado por los estallidos de los darohs que me golpeaban por todos lados. La luz era más débil a causa de la neblina, y el calor del sol no parecía acabar de secar el barro. Cada vez que daba un paso mi pie se hundía doce o quince centímetros, y se oía un sonido de succión, blup, cada vez que lo levantaba. Me gustaría que alguien inventase otro tipo de material que usar en los trajes para este clima que no fuera cuero. Naturalmente la tela se pudriría; pero algún tipo de tejido metálico fino que no se rasgase – como la superficie de este cubre papiros, que resiste la podredumbre – debería ser posible de conseguir. Comí hacia las 3,30, si es que el tragarse esas repugnantes tabletas alimenticias a través de la máscara puede ser llamado comer. Poco después me fijé en que se producía un claro cambio en el paisaje: las brillantes flores de aspecto venenoso cambiaban de color y tomaban un tinte funerario. Las siluetas de todas las cosas tremolaban rítmicamente, y aparecían brillantes puntos de luz que bailaban al mismo ritmo lento y continuo. Tras lo cual la temperatura pareció fluctuar al unísono con un peculiar ritmo tamborileante.

Todo el universo parecía estar temblando con profundas pulsaciones regulares que llenaban cada rincón del espacio y fluían a través de mi cuerpo y mi mente. Perdí todo sentido del equilibrio y me tambaleé mareado, pero las cosas no cambiaron lo más mínimo cuando cerré mis ojos y me cubrí las orejas con las manos. No obstante, mi mente aún estaba clara, y en pocos minutos me di cuenta de lo que había sucedido. Habla encontrado al fin una de aquellas curiosas plantas de espejismo acerca de las cuales tantos de nuestros hombres contaban historias. Anderson me había advertido que tuviera cuidado con ellas, y me habla descrito con precisión su apariencia: el velludo tallo, las espinosas hojas, y las moteadas flores cuyas gaseosas exhalaciones, productoras de sueños, penetran cualquier tipo existente de máscara. Recordando lo que le había sucedido a Bailey hacía tres años, caí en un momentáneo pánico, y comencé a correr tambaleante en el loco y caótico mundo que las exhalaciones de la planta hablan tejido a mí alrededor. Luego, el sentido común regresó a mí, y me di cuenta de que lo único que tenía que hacer era retirarme del punto donde estaban las peligrosas flores, alejándome de la fuente de las pulsaciones y siguiendo a ciegas un camino, sin importarme lo que pareciese girar a mí alrededor, hasta que hubiese logrado salir del radio de acción de la planta, y estar a salvo.

Aunque todo giraba en forma peligrosa, traté de seguir la dirección correcta y abrirme paso hacia adelante. Mi ruta. debía de ser todo menos recta, pues parecieron pasar horas antes de que lograra librarme de la ofuscante influencia de la planta productora de espejismos. Gradualmente las danzantes luces comenzaron a desaparecer, y el espectral paisaje comenzó a tomar un aspecto más sólido. Cuando estuve completamente a salvo miré mi reloj y me asombró darme cuenta de que solo eran las 4,20. Aunque me había parecido que pasaba una eternidad, toda aquella experiencia no habla durado más de media hora. Sin embargo, todo retraso era molesto, y había perdido camino al huir de la planta. Ahora seguí hacia adelante, ladera arriba, en la dirección indicada por el detector de cristales, empleando todas mis energías en el intento de ir más deprisa. La jungla seguía siendo espesa, aunque había menos vida animal. En una ocasión una flor carnívora rodeó mi pie derecho, y lo asió con tal fuerza que tuve que liberarme a golpes de machete, haciendo trizas la planta antes de lograr que me soltase. En menos de una hora me di cuenta de que la vegetación estaba haciéndose menos densa, y hacia las cinco de la tarde, tras pasar una región de helechos gigantes con pocos matorrales entre ellos, salí a una gran meseta musgosa. Ahora, mi paso se hizo rápido, y vi por los estremecimientos de la aguja de mi detector que estaba aproximándome bastante al cristal que buscaba. Era realmente extraño, porque la mayor parte de los dispersos esferoides en forma de huevo se hallaban en los arroyos de la jungla, de un tipo que no era muy probable encontrar en aquel terreno alto, sin árboles.

El terreno seguía subiendo, y acababa en una cresta muy definida. Llegué a la cima hacia las 5,30 y vi ante mi una llanura muy extensa y bosques en la distancia. Sin lugar a dudas aquello era la meseta cartografiada por Matsugawa desde el aire, hacía cincuenta años, y que era llamada en nuestros mapas Eryx o Meseta Eryciniana. Pero lo que hizo acelerar el ritmo de mi corazón fue un pequeño detalle, cuya posición no podía haber estado muy alejada del centro exacto de la llanura. Era un único punto de luz, que brillaba a través de la neblina y que parecía atraer la penetrante luminosidad concentrada de los amarillentos rayos del 501, atenuados por los vapores. Era sin duda el cristal que buscaba: un objeto que probablemente no sería mayor que el huevo de una gallina, y que no obstante contenía la suficiente energía como para mantener caliente durante un año a toda una ciudad. Mientras contemplaba el distante brillo, me preguntaba por qué sería que aquellos miserables hombres-lagarto adorasen a aquellos cristales sin que, no obstante, tuvieran la menor noción de la energía que contenían.

Echando a correr, traté de alcanzar el inesperado premio lo más rápidamente posible; y me sentí molesto cuando el firme musgo dio paso a un muy fluido y especialmente detestable barro moteado con ocasionales manchas de vegetación. Pero seguí chapoteando sin detenerme, sin pensar ni siquiera en mirar a mi alrededor en busca de algún hombre-lagarto al acecho. En aquel espacio abierto no era muy probable caer en una emboscada. Y mientras avanzaba la luz frente a mi parecía aumentar de tamaño y brillantez, y comencé a darme cuenta de alguna peculiaridad en su situación. Claramente se trataba de un cristal de una gran calidad, y mi alegría creció con cada paso chapoteante. Es ahora cuando debo comenzar a tener mucho cuidado al hacer mi informe, ya que lo que tendré que decir de ahora en adelante implicará temas sin precedente, aunque afortunadamente verificables. Iba corriendo hacia adelante con creciente ansiedad, y ya me encontraba a un centenar de metros, más o menos, del cristal, cuya posición en una especie de elevación del terreno parecía algo rara dado el omnipresente barro, cuando una inesperada y tremenda fuerza me golpeó en el pecho y en los nudillos, echándome hacia atrás, al barro. El chapoteo de mi caída fue terrible, y la blandura del terreno y la presencia de algunas hierbas resbaladizas no libró a mi cabeza de un anonadador golpe. Durante un momento me quedé boca arriba, demasiado atontado como para poder pensar. Entonces, mecánicamente, me puse en pie y comencé a sacudirme algo del barro y suciedad de mi traje de cuero.

No tenía ni idea de qué era aquello con lo que había tropezado. No había visto nada que hubiese podido producir aquel golpe, ni tampoco lo veía ahora. ¿Acaso habría, después de todo, resbalado simplemente en el barro? Mis doloridos nudillos y pecho me negaban esta posibilidad. O, ¿sería todo el incidente una ilusión creada por alguna oculta planta de espejismos? Parecía poco probable, ya que no notaba ninguno de los síntomas usuales, y porque no había por allí ningún lugar en el que un vegetal tan chillón y visible pudiera ocultarse a mi vista. Si hubiéramos estado en la Tierra, hubiera sospechado que se trataba de una barrera de fuerza N colocada por algún gobierno para marcar una zona prohibida, pero en aquella región deshabitada por el hombre tal noción parecía absurda. Finalmente logré recuperarme, y decidí investigar con cautela. Manteniendo mi machete todo lo por delante que podía para que fuera lo primero que se encontrase con la extraña fuerza, comencé a caminar de nuevo hacia el brillante cristal, disponiéndome a adelantar paso a paso con una gran deliberación. Al tercer paso me vi detenido por el impacto de la punta del machete contra una superficie aparentemente sólida... una superficie sólida allá donde mis ojos no veían nada.

Al cabo de un momento recuperé mi aplomo. Extendiendo mi enguantada mano, verifiqué la presencia de una materia sólida invisible, o de una ilusión táctil de materia sólida, frente a mí. Moviendo la mano comprobé que la barrera tenía una extensión sustancial, y una lisura parecida a la del cristal, sin que hubiera evidencia de junturas de bloques separados. Animándome a realizar nuevos experimentos, me quité un guante y palpé aquello con la mano desnuda. Desde luego era duro y su tacto era vítreo, y con una extraña frialdad que contrastaba con el aire que me rodeaba. Forcé la vista al máximo en un esfuerzo por divisar alguna huella de sustancia obstructora, pero no pude ver nada. Ni siquiera había evidencias de un poder refractor, juzgando por el aspecto del terreno situado enfrente. La ausencia de un poder reflexivo quedaba probada por el que no hubiera una imagen brillante del sol en ningún punto. Una intensa curiosidad comenzó a desplazar cualquier otro sentimiento, y amplié mis investigaciones lo mejor que pude. Explorando con las manos, comprobé que la barrera se extendía desde el suelo hasta un nivel mucho más alto del que yo podía alcanzar, y que se prolongaba indefinidamente hacia ambos lados. Era, pues, un muro de algún tipo, aunque su propósito y el material de que estaba construido eran algo que no podía ni imaginar. De nuevo pensé en la planta de espejismos y los sueños que inducía, pero al cabo de un instante abandoné tal idea.

Golpeando con fuerza la barrera con la empuñadura del machete, y dándole patadas con mis gruesas botas, traté de interpretar los sonidos así producidos. En aquellas reverberaciones había algo que recordaba al cemento armado, aunque mis manos notaban la superficie más bien vítrea o metálica al tacto. Ciertamente me enfrentaba con algo extraño, y de lo cual no había previa experiencia. El siguiente paso en toda lógica era hacerse idea de las dimensiones del muro. El problema de la altura sería difícil de resolver, si es que no era imposible, por lo que quizá fuera más fácil ocuparse antes de la cuestión del largo y forma. Extendiendo los brazos y manteniéndome apretado contra la barrera, comencé a caminar lentamente hacia la izquierda, fijándome muy bien hacia qué lado estaba dando frente. Tras algunos pasos concluí que la pared no era recta, sino que me encontraba siguiendo parte de algún amplio circulo o elipse. Y entonces mi atención fue distraída por algo totalmente distinto... algo relacionado con el aún lejano cristal que era el objetivo de mi búsqueda. Ya he dicho que aún desde mayor distancia la posición del objeto brillante aprecia extraña en alguna manera indefinible, pues se hallaba sobre un bajo montículo que se alzaba sobre el barro. Ahora, a un centenar de metros, podía ver claramente a pesar de la neblina lo que era el montículo. Era el cuerpo de un hombre ataviado con uno de los uniformes de cuero de la Compañía Cristal, caído boca arriba y con su mascarilla de oxígeno medio hundida en el barro a algunos centímetros de distancia. En su mano derecha, apretada convulsivamente contra el pecho, se hallaba el cristal que me había traído allí: un esferoide de increíble tamaño, tan grande, que los dedos muertos casi no podían cerrarse sobre él. Aún a aquella distancia podía darme cuenta de que el hombre llevaba muerto poco tiempo. Se veía muy poca descomposición, y reflexioné que en un tal clima aquello significaba que la muerte se había producido hacía tan solo un día. Pronto las odiosas moscas-farnoth comenzarían a amontonarse sobre el cuerpo. Me pregunté quién seria el hombre. Desde luego nadie que hubiera visto en aquel viaje. Debía tratarse de uno de los veteranos ausente en un largo periplo, que había llegado a aquella región independientemente de los trabajos de Anderson.

Y allí yacía, más allá de todo problema, y con los rayos del gran cristal surgiendo de entre sus rígidos dedos. Durante más de cinco minutos me quedé allí mirando, lleno de asombro y aprensión. Un curioso miedo me asaltó, y tuve el irrazonable impulso de escapar corriendo. No podía haber sido asesinado por aquellos repugnantes hombres-lágarto, pues aún tenía el cristal que había hallado. ¿Tendría aquello alguna conexión con la pared invisible? ¿Dónde habría hallado el cristal? El instrumento de Anderson había indicado uno por aquellos alrededores mucho antes de que aquel hombre pudiera haber perecido. Ahora comencé a ver en aquella barrera invisible algo siniestro, y retrocedí, apartándome de ella con un estremecimiento. Y, sin embargo, sabía que tenía que solucionar el misterio con aún más rapidez y de una vez por todas, debido precisamente a aquella reciente tragedia. De pronto, con una sacudida que devolvió mi mente al problema con que se enfrentaba, sé me ocurrió una forma posible de estudiar la altura del muro, o al menos de averiguar si se extendía o no indefinidamente hacia arriba. Tomando un puñado de barro, dejé que gotease hasta que hubo adquirido una cierta consistencia, y entonces lo lancé a lo alto, hacia la barrera totalmente transparente. A una altura de quizá cuatro metros golpeó a la superficie invisible con un sonido resonante, desintegrándose y fluyendo en chorritos que bajaban con una sorprendente rapidez. Claramente se veía que el muro era alto. Un segundo puñado, lanzado aún más hacia arriba, golpeó la superficie a unos cinco metros de altura, desapareciendo tan rápidamente como el primero.

Reuní entonces todas mis fuerzas y me preparé a lanzar un tercer puñado tan alto como me fuera posible. Dejando escurrir el barro, y apretándolo para conseguir que estuviera lo más compacto posible, lo lancé con tal inclinación que temí que no alcanzase siquiera a la barrera. No obstante, lo hizo, y esta vez cruzó el muro y cayó en el barro de más allá con un violento chapoteo. Al fin tenía una idea aproximada de la altura del muro, pues el barro la había sobrepasado a unos seis metros de altura. Resultaba pues totalmente imposible ascender una pared lisa y resbaladiza, vertical, de una altura de unos seis metros. Por consiguiente, debía continuar rodeando la barrera en la esperanza de hallar un portal, un fin, o algún tipo de interrupción. ¿Formaba el obstáculo un círculo completo u otra figura geométrica cerrada, o era simplemente un arco o un semicírculo? Actuando según mi decisión, reinicié mi lento camino hacia la izquierda, moviendo mis manos arriba y abajo sobre la superficie invisible por si tenía la suerte de hallar alguna ventana u otra pequeña abertura. Antes de comenzar a andar, traté de marcar mi posición abriendo a patadas un agujero en el barro, pero era demasiado fluido como para poder dejar una huella en él. No obstante, determiné aproximadamente el lugar fijándome en una alta cicada de la lejana selva, que aprecia estar en línea con el brillante cristal, situado a un centenar de metros de mí. Si no había ningún portal o fisura, ahora podría saber cuándo había dado una vuelta completa a la pared.

No había tenido que seguir mucho rato antes de lograr determinar que la curvatura indicaba un recinto circular de un centenar de metros de diámetro, siempre que la figura fuera regular. Eso quería decir que el muerto yacía cerca de la pared en un punto casi opuesto de la región donde yo había iniciado mi experimento. ¿Estaría en la parte interior o exterior del recinto? Aquella era algo que pronto averiguaría. Cuando lentamente fui dando vuelta a la barrera sin hallar ninguna puerta, ventana u otra interrupción, decidí que el cuerpo debía de encontrarse en el interior. Desde más cerca las facciones del muerto, y la forma en que sus ojos miraban, me parecieron algo inquietantes. Cuando me hallé muy cerca creí reconocerlo como Dwight, un veterano al que nunca había tratado, pero al que había visto en el puesto el año pasado. El cristal que aferraba era ciertamente un ejemplar precioso: el mayor espécimen que jamás hubiera visto. Estaba tan cerca del cuerpo que, de no ser por la barrera, lo hubiera podido tocar, cuando mi tanteante mano izquierda halló un ángulo en la superficie invisible. En un segundo averigüé que se trataba de una abertura de unos noventa centímetros de ancho, que se extendía desde el suelo hasta una altura mayor de la que podía alcanzar. No había puerta, ni ninguna evidencia de señales de bisagras que hablasen de una puerta desaparecida. Sin un solo momento de duda di un paso hacia adelante y avancé otros dos hacia el cuerpo postrado, que yacía formando un ángulo recto con la sala en que había entrado, en lo que parecía ser un corredor sin puerta, que intersectaba con ella. Me produjo una nueva sensación de curiosidad el darme cuenta de que el interior de aquel vasto recinto estaba dividido por paredes.

Inclinándome para examinar el cadáver, descubrí que no tenía herida alguna. Esto no me sorprendió, ya que la presencia del cristal era un argumento en contra de que su muerte se debiera a los reptiles nativos. Buscando alguna posible causa de su fallecimiento, mis ojos cayeron sobre la máscara de oxígeno que se encontraba junto a los pies del cadáver. Eso sí que era significativo. Sin aquel artefacto ningún ser humano podía respirar el aire de Venus durante más de treinta segundos y Dwight, si es que era él, obviamente había perdido el suyo. Probablemente lo había llevado descuidadamente atado, de forma que el peso de los cilindros había soltado las correas, una cosa que no hubiera sucedido con una máscara de esponja Dubois. El medio minuto de tiempo había sido demasiado poco para permitir al hombre recuperar su protección, o quizá el contenido cianógeno de la atmósfera fuera anormalmente alto en el momento en que se produjo el accidente. Tal vez estaba demasiado ocupado admirando el cristal... fuera donde fuese que lo hubiera hallado. Aparentemente acababa de sacarlo de la bolsa de su traje, pues la tapa de la misma estaba desabrochada. Entonces procedí a arrancar el enorme cristal de los dedos del explorador muerto... una tarea que la rigidez del cadáver hacía muy difícil. El esferoide era mayor que el puño de un hombre, y brillaba como si tuviera vida propia a los rojizos rayos del sol que se hallaba en el oeste. Cuando toqué la brillante superficie me estremecí involuntariamente, como si al tomar aquel precioso objeto me hubiera transferido el fatal destino que había caído sobre su anterior propietario. No obstante, mis recelos pronto se desvanecieron, y cuidadosamente introduje el cristal en la bolsa de mi uniforme de cuero. La superstición nunca ha sido uno de mis defectos.

Colocando el casco del hombre sobre su inerte rostro, de ojos muy abiertos, me alcé y salí de nuevo, a través de la invisible puerta, hacia la sala de entrada del gran recinto. Entonces se reavivó mi curiosidad acerca del extraño edificio, y me estrujé el cerebro especulando acerca de su material, origen y propósito. No podía creer ni por un momento que se debiera a la mano del hombre. Nuestras naves habían llegado a Venus hacia solamente setenta y dos años, y los únicos seres humanos del planeta eran los de Terra Nova. Además, el conocimiento humano no incluía ningún sólido perfectamente transparente y no refractante como el que componía aquella construcción. Podía descartarse la idea de que en la prehistoria los humanos hubieran invadido Venus, con lo que uno debía volver a la idea de que se trataba de una construcción nativa. ¿Habría precedido a los hombres4agarto una olvidada raza de seres altamente evolucionados? A pesar de sus ciudades elaboradamente edificadas, parecía difícil el aceptar que aquellos reptiloides hubieran hecho algo así. Debió de haber existido otra raza eones antes, de la que quizá esta fuera la última reliquia. ¿O acaso futuras expediciones hallarían ruinas de un origen similar? El propósito de una tal edificación era algo que se prestaba a cualquier conjetura... pero su extraño material, aparentemente nada práctico, me sugería un uso religioso.

Consciente de mi incapacidad para resolver estos problemas, decidí que lo único que haría seria explorar la construcción invisible. Estaba convencido de que varias salas y corredores se extendían por la aparentemente vacía llanura de barro; y creí que el conocimiento de su disposición podía llevar a algo significativo. Así que, tanteando mi camino a través de la puerta y pasando junto al cadáver, comencé a avanzar a lo largo del corredor hacia aquellas regiones interiores de las que presumiblemente había venido el muerto. Más tarde investigaría la estancia que acababa de abandonar. Tanteando como un ciego, a pesar de la neblinosa luz, me moví lentamente hacia delante. Pronto el corredor giró con brusquedad y comenzó a seguir una espiral hacia el centro en círculos cada vez más cerrados. De vez en cuando mi tacto revelaba un pasadizo sin puerta que intersectaba el que yo seguía, y varias veces encontré intersecciones en las que había dos, tres y cuatro caminos divergentes. En esos casos siempre seguía la ruta más interna, que parecía formar una continuación de la que yo estaba atravesando. Habría mucho tiempo para examinar los ramales cuando hubiera alcanzado las regiones internas y regresado de ellas. Apenas si puedo describir lo extraño de la experiencia... ¡Atravesando los pasadizos invisibles de un edificio que no podía ver, construido por seres desconocidos en un planeta extraño! Al fin, aún tanteando, noté que el corredor finalizaba en un espacio abierto de considerable tamaño. Palpando, averigüé que me encontraba en una cámara circular de unos tres metros de diámetro; y por la posición del cadáver y de ciertos puntos de referencia en el bosque, juzgué que aquella cámara se hallaba en el centro del edificio, o cerca de él. De ella surgían cinco corredores además de aquel por el que había llegado, pero mantuve a este último en mi memoria, tomando una alineación visual del cadáver con un árbol determinado en el horizonte, cuando me encontré en la entrada.

No había nada en esta habitación que la distinguiese; simplemente el omnipresente suelo de barro. Preguntándome si aquella parte del edificio tendría techo, repetí mi experimento, lanzando hacia arriba un puñado de barro, y en seguida averigüé que éste no existía. Si alguna vez lo había habido, debía de haberse desplomado hacía mucho, pues nunca encontré a mis pies ni restos, ni cascotes. Mientras reflexionaba, se me ocurrió que era realmente extraño que aquella estructura, aparentemente tan arcaica, estuviese tan despr6vista de bloques caídos, fisuras en las paredes, y otros atributos normales del paso del tiempo. ¿Qué era? ¿Qué había sido? ¿De qué estaba hecha? ¿ Por qué no se notaban evidencias de que las paredes, vítreas y asombrosamente homogéneas, estuviesen constituidas por bloques separados? ¿Por qué no había señales de puertas, ni interiores ni exteriores? Solo sabía que me encontraba en un edificio circular, sin techo, sin puertas, de alguna extraña, lisa, perfectamente transparente, no reflectante ni refractante sustancia, de un centenar de metros de diámetro, con muchos corredores, y una pequeña sala circular en el centro. Ninguna otra investigación directa podría enseñarme nada más. Entonces observé que el sol se estaba hundiendo en el Oeste; ya era un disco dorado que flotaba en un estanque escarlata y naranja sobre los árboles, difuminados por la niebla, del horizonte. Resultaba claro que tendría que apresurarme si es que deseaba elegir un lugar seco en el que dormir antes de que cayese la noche. Desde hacía mucho, había decidido acampar para pasar la noche en el firme borde de la meseta, cubierto de musgo, cerca de la cresta desde la que había divisado por primera vez el brillante cristal, esperando que mi habitual buena fortuna me salvase del ataque de los hombres-lagarto. Siempre he creído que deberíamos viajar en grupos de dos o más, para que alguien pueda estar de guardia mientras el otro duerme, pero el número relativamente pequeño de ataques nocturnos hace que la Compañía no se preocupe demasiado de ellos. Esos malditos escamosos parecen tener dificultades para ver de noche, a pesar de sus curiosas antorchas fosforescentes.

Habiendo tomado de nuevo el pasadizo por el que había llegado, comencé a regresar a la entrada de la estructura. Las subsiguientes exploraciones podrían esperar al próximo día. Tanteando mi camino lo mejor que pude a través del corredor, con solo una dirección general, mis recuerdos y un vago reconocimiento de algunos de los pocos definidos grupos de matorrales de la llanura como guías, pronto me encontré de nuevo cerca del cadáver. Ahora había una o dos moscas farnoth volando sobre el rostro cubierto por el casco, y supe que comenzaba a descomponerse. Con una fútil repugnancia instintiva alcé mi mano para alejar la vanguardia de los carroñeros... cuando se manifestó una cosa extraña y asombrosa. Una pared invisible que detuvo el movimiento de mi mano me demostró que, a pesar de lo cuidadoso de mi intento de desandar el camino, no había regresado al corredor en el que yacía el cadáver. En cambio, me hallaba en un corredor paralelo pues sin duda había dado alguna vuelta equivocada en los intrincados pasadizos de allá atrás. Esperando encontrar una puerta que diera a la cámara de entrada algo más hacia adelante, continué mi avance, pero de pronto llegué a una pared que cerraba el paso. Así que tenía que regresar a la cámara central e iniciar de nuevo mi camino. No podía saber exactamente dónde me había equivocado. Miré el suelo para ver si por algún milagro habían quedado huellas que me pudiesen guiar, pero en seguida me di cuenta de que el fluido barro solo mantenía dichas huellas durante escasos momentos. No tuve mucha dificultad en encontrar de nuevo mi camino al centro, y una vez allí reflexioné cuidadosamente sobre el camino correcto hacia el exterior. Antes me había ido demasiado hacia la derecha. Esta vez tenía que tomar una desviación mas a la izquierda en alguna parte... aunque el sitio exacto era algo que tendría que decidir por el camino.

Mientras tanteaba de nuevo mi camino, me sentía bastante confiado en que fuera el correcto, y me fui hacia la izquierda en una bifurcación que estaba seguro de recordar. La espiral continuaba y tuve buen cuidado en no perderme por ningún pasadizo que intersectase el que seguía. Sin embargo pronto vi, muy disgustado, que estaba pasando a considerable distancia del cadáver; evidentemente aquel pasadizo llegaba a la pared exterior en un punto mucho más allá del sitio donde se encontraba. En la esperanza de que existiese otra salida en la mitad del muro que aún no había explorado, seguí hacia adelante varios pasos más, pero al fin me encontré de nuevo con una barrera sólida. Resultaba claro que la disposición del edificio era mucho más complicada de lo que había supuesto. Entonces dudé entre regresar de nuevo al centro o intentar seguir alguno de los corredores laterales que se dirigían hacia el cadáver. Si elegía aquella segunda alternativa, corría el riesgo de romper el hilo mental que me indicaba dónde me hallaba; por lo que era mejor que no lo intentase a menos de que pudiera pensar en alguna forma de dejar una huella visible tras de mí. El cómo dejar tal huella era un verdadero problema, y hurgué en mi mente buscando una solución. No parecía llevar nada encima que pudiera dejar una señal en algo, ni ningún material que pudiera desparramar, o dividir en pequeños trozos para ir sembrando a mi paso.

Mi pluma no tenía efecto alguno sobre la pared invisible, y no podía dejar un rastro de mis preciosas tabletas alimenticias. Aunque hubiera estado dispuesto a desprenderme de ellas, no hubiera habido bastantes... y además las pequeñas tabletas se hubieran hundido instantáneamente en el barro, desapareciendo. Busqué en mis bolsillos tratando de hallar algún anticuado bloc de notas, que a menudo se usa de una forma no oficial en Venus a pesar de lo rápidamente que se pudre el papel en la atmósfera del planeta, ya que podría haber roto y sembrado sus páginas, pero no pude encontrar ninguno. Obviamente resultaba imposible romper el delgado pero resistente metal del papiro de notas, ni tampoco mi vestimenta me ofrecía ninguna posibilidad. En la peculiar atmósfera de Venus no podía arriesgarme a desprenderme de mi uniforme de cuero, y se había eliminado toda prenda interior a causa del clima. Traté de manchar con barro las lisas paredes invisibles tras de escurrirlo para dejarlo lo más seco posible, pero me encontré con que se deslizaba hasta el suelo tan rápidamente como los puñados que había usado para averiguar la altura. Finalmente saqué mi machete y traté de hacer una raya en la fantasmagórica superficie... algo que pudiese reconocer con la mano, aunque no ofreciese la ventaja de ser visible desde lejos. No obstante resultó inútil, pues la hoja no causaba la menor impresión en el asombroso material desconocido.

Frustrado en todas mis tentativas de marcar un camino, de nuevo busqué la cámara central con mis recuerdos. Parecía mucho más fácil regresar a aquella habitación que seguir un camino definido y predeterminado que lo alejase a uno de ella, y tuve pocas dificultades en encontrarla de nuevo. Esta vez fui anotando en mi papiro cada giro que daba, dibujando un burdo diagrama hipotético de mi ruta, y señalando todos los corredores divergentes. Naturalmente era un trabajo enloquecedoramente lento, dado que todo tenía que ser determinado por el tacto, y las posibilidades de error eran infinitas; pero creía que a la larga me sería de utilidad. Cuando llegué a la sala central ya estaba avanzado el largo crepúsculo de Venus, pero aún tenía esperanzas de llegar al exterior antes de que oscureciese totalmente. Comparando mi diagrama recién hecho con mis recuerdos previos, creía haber localizado mi primer error, así que de nuevo partí confiado a lo largo del corredor invisible. Me fui más hacia la izquierda aún que en los anteriores intentos, y traté de señalar mis giros en el papiro por si estaba aún equivocado. En la creciente oscuridad podía ver la débil silueta del cadáver, ahora en el centro de una repugnante nube de moscas farnoth. No me cabía duda de que no pasaría mucho tiempo antes de que los sificlighs, que viven en el barro, se acercasen babeando desde la llanura para completar el nauseabundo festín.

Acercándome al cadáver con cierta reluctancia, estaba preparándome a pasar junto a él, cuando una repentina colisión con una pared me demostró que, de nuevo, había equivocado el camino. Ahora me daba cuenta, claramente, de que esta perdido. Lo inextricable del edificio hacía imposible el hallar una solución rápida, y probablemente tendría que hacer un cuidadoso estudio antes de poder esperar salir de él. Sin embargo, aún me sentía ansioso por llegar a un terreno seco antes de que cayera la oscuridad; así que regresé una vez más al centro y comencé una serie desordenada de pruebas coronadas siempre por el fracaso, tomando notas a la luz de mi lámpara eléctrica. Cuando usé este artefacto me fijé con interés en que no producía reflejos, ni el mínimo resplandor, en las paredes transparentes que me rodeaban. No obstante, ya estaba preparado para esto, ya que en ningún momento el sol había producido un destello en el extraño material. Estaba aún tanteando cuando la oscuridad se hizo total. Una densa niebla ocultaba la mayor parte de las estrellas y los planetas, pero la Tierra era claramente visible como un brillante punto verdeazulado hacia el sudeste. Acababa de pasar el punto de oposición, y ahora seria una visión maravillosa de contemplar por un telescopio. Hasta pedía divisar la Luna junto a ella cuando los vapores se hacían momentáneamente menos densos. Ahora era totalmente imposible ver el cadáver, mi único punto de referencia, así que regresé a la cámara central tras algunos giros en falso. Después de todo, tendría que abandonar la esperanza de dormir sobre terreno seco. No podía hacer nada hasta que saliese el sol, y, tal como estaban las cosas, lo mejor sería descansar allí mismo. El acostarse en el barro no sería agradable, pero con mi traje de cuero resultaba factible. En anteriores expediciones había dormido bajo condiciones aún peores, y ahora la misma exhausción me ayudaría a superar mi repugnancia.

Así que aquí estoy, acuclillado en el barro de la sala central y tomando estas notas en mi papiro a la luz de la lámpara eléctrica. Hay algo casi humorístico en mi extraña e inusitada desdicha. Perdido en un edificio sin puertas... ¡un edificio que no puedo ver! Sin duda saldré de él a primera hora de la mañana, y llegaré a Terra Nova con el cristal a última hora de la tarde. Ciertamente es una verdadera belleza... con un sorprendente lustre aún a la débil luz de esta lámpara. Acabo de sacarlo para examinar. A pesar de mi fatiga, el sueño tarda en llegarme, así que sigo escribiendo. Pero debo terminar ahora. No hay muchas posibilidades de que sea molestado por aquellos malditos nativos en este lugar. Lo que menos me gusta es el cadáver... pero, afortunadamente, mi máscara de oxígeno me evita los peores efectos de la podredumbre. Estoy usando los cubos de clorato con mucho tiento. Ahora tomaré un par de tabletas alimenticias y me echaré a dormir. Luego proseguiré.

LUEGO - VI, 13 POR LA TARDE
Ha habido más problemas de los que me imaginaba. Aún sigo en el edificio y tendré que trabajar rápida y cuidadosamente si es que quiero dormir esta noche en terreno seco. Pasó mucho tiempo antes de que lograra dormirme, y no desperté hasta que era casi el mediodía. Tal como estaban las cosas, hubiera dormido aún más si no hubiera sido por el resplandor del sol a través de la niebla. El cadáver constituía una visión repugnante, cubierto de sifíclighs, y con una nube de moscas farnoth a su alrededor. Algo había apartado el casco del rostro, y más valía no mirar lo que había quedado al descubierto. Me sentía doblemente satisfecho por mi máscara de oxígeno, cuando pensaba en la situación. Al fin me alcé y me sacudí el barro, tome un par de tabletas de alimento y coloqué un nuevo cubo de clorato de potasio en el electrolizador de la máscara. Estoy usando esos cubos con parsimonia, pero me gustaría tener una mayor cantidad. Me siento mucho mejor después de haber dormido, y espero salir del edificio dentro de poco. Consultando las notas y dibujos que había hecho, me sentí impresionado por la complejidad de los pasadizos, y por la posibilidad de que hubiera cometido un error fundamental. De las seis aberturas que había en el espacio central, había elegido una determinada tomándola por aquella por la que había entrado usando como guía una línea de visión. Cuando estaba justamente en el interior de la abertura, el cadáver situado a cincuenta metros de distancia se hallaba exactamente alineado con un lepidodendro especial del lejano bosque. Ahora se me ocurrió que este dato podía no ser lo bastante fiable, pues la distancia del cadáver hacía que la diferencia de dirección, con relación al horizonte, fuera relativamente Poca cuando lo miraba desde las aberturas inmediatamente contiguas a la elegida. Además, el árbol no se diferenciaba tanto como hubiera sido de desear de los otros lepidodendros del horizonte.

Efectuando una prueba, me di cuenta, desalentadoramente, de que no podía estar seguro de cuál de las tres aberturas era la correcta. Esta vez estaría seguro. Me di cuenta de que a pesar de que resultaba imposible marcar mi camino, había un señalizador que sí me era posible dejar. Aunque no podía quitarme el traje, podía, a causa de mi espesa mata de cabello, prescindir del caso; y este era lo bastante grande y poco pesado como para permanecer visible sobre el fluido barro. Por consiguiente me quité el objeto, que era prácticamente hemisférico, y lo dejé a la entrada de uno de los corredores: el situado más a la derecha de los tres que debía probar. Seguiría aquel corredor suponiendo que era el correcto repitiendo lo que creía recordar eran los giros exactos, y tomando y consultando constantemente notas. Si no lograba salir, iría eliminando sistemáticamente todas las posibles variaciones; y si esas fallaban, pasaría a cubrir las avenidas que se extendiesen desde la siguiente abertura, de la misma manera; continuando hasta la tercera si ello resultaba necesario. Más pronto o más tarde tendría que dar con el camino correcto a la salida, pero debía mostrarme paciente. Aún en el peor de los casos, era casi imposible que no lograse salir al exterior a tiempo para dormir sobre terreno seco. Los resultados inmediatos fueron bastante desalentadores, aunque me ayudaron a eliminar la abertura de la derecha en poco menos de una hora. Solo una sucesión de callejones sin salida, cada uno de los cuales terminaba a una mayor distancia del cadáver, parecían surgir de aquella abertura; y muy pronto me di cuenta de que no había estado incluida en mis correteos de la tarde anterior. Sin embargo, como antes, siempre encontré relativamente fácil el tantear mi camino de regreso a la cámara central.

Alrededor de la una del mediodía pasé el casco que me servía de señal a la siguiente abertura y comencé a explorar los pasadizos que se abrían tras ella. Al principio creí reconocer los giros, pero pronto me hallé en un grupo de corredores totalmente desconocidos. No podía llegar cerca del cadáver, y esta vez también parecía tener el camino a la cámara central cortado, aunque pensaba haber anotado cada movimiento que había hecho. Debía de haber giros engañosos e intersecciones demasiado sutiles para que lograse reflejarlas en mis burdos diagramas, y comencé a notar una sensación que era parte ira y parte descorazonamiento. Aunque naturalmente con paciencia al fin lograría salir de allí, me di cuenta de que mí búsqueda tendría que ser minuciosa, incansable y extensa. Las dos de la tarde me encontraron aún errando por extraños corredores, palpando constantemente mi camino y mirando alternativamente a mi casco y al cadáver, mientras anotaba datos en el papiro con decreciente confianza. Maldije la estupidez y la curiosidad que me habían atraído a aquel embrollo de paredes invisibles, y reflexioné que si no me hubiera preocupado de aquella cosa y hubiera regresado tan pronto como hube tomado el cristal del cadáver, ahora estaría a salvo en Terra Nova. De pronto se me ocurrió que quizá pudiera abrir un túnel bajo las paredes invisibles con mi machete, y así lograr salir al exterior o a algún corredor que llevase allí. No tenía forma de saber la profundidad de los cimientos del edificio, pero el omnipresente barro era un argumento a favor de la ausencia de cualquier otro suelo que no fuera el mismo terreno. Poniéndome de cara al lejano y cada vez más horrible cadáver, comencé a cavar febrilmente con la ancha y afilada hoja.

Había unos quince centímetros de barro semilíquido, bajo el cual la densidad del suelo se incrementaba muchísimo. Este terreno profundo parecía ser de un color distinto, una arcilla grisosa bastante parecida a la que se hallaba cerca del polo norte de Venus. Mientras continuaba profundizando cerca de la barrera invisible vi que el terreno se estaba haciendo más y más duro. El barro acuoso penetraba en la excavación con la misma rapidez con que yo sacaba la arcilla, pero metía las manos en él y seguía trabajando. Si lograba abrirme un paso bajo la pared, el barro no iba a impedir que me metiese por él. Aún así, a unos noventa centímetros de profundidad la dureza del suelo frenó considerablemente mi excavación. Su resistencia era muy superior a cualquier otra conque me hubiese encontrado antes, aún en este planeta, e iba unida a un peso anormal. Mi machete tenía que astillar y cortar la apretada arcilla, y los fragmentos que sacaba eran como piedras sólidas o trozos de metal. Finalmente hasta este sistema de excavación se hizo imposible, y tuve que cesar mi trabajo sin haber alcanzado el borde inferior de la pared. El intento que había durado una hora larga había sido fútil y dañino, pues había usado una buena parte de mi energía y me obligó a tomar una tableta extra de alimento y a colocar un cubo adicional de clorato en la máscara de oxígeno. También me obligó a cesar en mis exploraciones, pues aún sigo demasiado cansado para caminar. Tras limpiar mis manos y brazos de barro, lo mejor que pude, me senté a escribir estas notas, apoyándome contra la pared invisible y dando la espalda al cadáver. Ese cadáver es ahora, simplemente, una estremecida masa de bichos: el olor ha comenzado a atraer algunos de los viscosos akmans de la lejana jungla. Y me fijo en que muchas de las hierbas efjeh están extendiendo tentáculos necrófagos hacia el cuerpo; pero dudo que ninguno de ellos sea lo bastante largo como para alcanzarlo. Me gustaría que algunos animales realmente carnívoros como los skorah apareciesen, pues quizá captasen mi olor y penetrasen en el edificio en mi búsqueda. Los animales esos tienen un extraño sentido de la orientación. Podría contemplarlos mientras venían, e ir anotando su ruta aproximada si es que no lo hacían en línea continua. Eso me sería de una gran ayuda. Y cuando llegasen ante mí la pistola me libraría de ellos.

Pero no puedo esperar una cosa así. Ahora que he terminado estas notas, descansaré un poco más, y luego tantearé de nuevo. Tan pronto como regrese a la cámara central, lo que debería ser fácil, probaré con la abertura de la izquierda. Quizá pueda salir antes de la noche después de todo,

VI, 13 POR LA NOCHE
Nuevos problemas. Mi escapatoria será tremendamente difícil, pues hay elementos que no habla sospechado. Otra noche en el barro y una lucha ante mí mañana. Descansé muy poco rato y me alcé y tanteé de nuevo hacia las cuatro. Unos quince minutos después llegué a la cámara central y moví mi casco para marcar la última de las tres posibles aberturas. Partiendo de ella, me pareció que el camino me era más familiar, pero al cabo de cinco minutos me detuve en seco ante la vista de algo que me estremeció más de lo que pueda describir. Era un grupo de cuatro o cinco de esos detestables hombres-lagarto que salían del bosque a lo lejos en la llanura. No podía verlos claramente a aquella distancia, pero me pareció que hacían una pausa y se volvían hacia los árboles para gesticular, tras lo que se les unió una docena más. El grupo incrementado comenzó entonces a avanzar directamente hacia el edificio invisible, y mientras se aproximaban los estudié cuidadosamente. Nunca habla visto de cerca a uno de aquellos seres, si no era entre las humeantes sombras de la jungla. El parecido con los reptiles era perceptible, aunque sabía que solo era aparente, ya que esos seres no tienen punto de contacto con la vida terrestre. Cuando se acercaron más me parecieron menos reptiloides: únicamente la cabeza plana y la verdosa y viscosa piel, parecida a la de una rana, daban la idea de ello. Caminaban erectos sobre sus extrañas y gruesas patas, y sus discos de succión producían unos curiosos sonidos en el barro. Eran especímenes normales, de unos dos metros diez de alto, con cuatro largos y delgados tentáculos pectorales. Los movimientos de esos tentáculos, si es que las teorías de Fogg, Ekberg y Janat son correctas, lo que yo antes dudaba pero ahora ya estoy más dispuesto a creer, indicaban que aquellos seres estaban conversando animadamente. Saqué mi pistola lanzallamas y me preparé para una dura lucha. No tenía demasiadas posibilidades, pero el arma me daba una cierta ventaja. Si las cosas aquellas conocían el edificio, entrarían a por mí y de aquella manera me darían la clave de cómo salir tal como los skorahs hubieran hecho. El que me iban a atacar me parecía seguro; pues aunque no podían ver el cristal en mi bolsa, podían adivinar su presencia mediante aquel sentido especial que poseían.

Pero, sorprendentemente, no me atacaron. En lugar de ello se dispersaron y formaron un amplio círculo a mi alrededor... a una distancia que indicaba que se estaban apoyando contra el muro invisible. Allí de pie, formando un anillo, los seres se quedaron mirándome silenciosa e inquisitivamente, moviendo sus tentáculos y a veces haciendo gestos con sus cabezas o sus patas superiores. Al cabo de un rato vi que otros salían del bosque, y avanzaban hasta unirse a la multitud curiosa. Los más cercanos al cadáver lo miraron brevemente, pero no intentaron tocarlo. Era una visión horrible, pero a los hombres-lagarto parecía no importarles. De vez en cuando uno de ellos apartaba con un gesto de sus extremidades o tentáculos las moscas farnoth, o aplastaba un reptante sificligh o akman, o una estirada hierba efjeh con los discos de succión de sus patas traseras. Devolviendo la mirada de aquellos grotescos e inesperados intrusos, y preguntándome inquieto por qué no me atacaban inmediatamente, perdí por el momento todo deseo y hasta la energía física necesaria para continuar mi búsqueda de una salida. En lugar de ello, me apoyé contra la pared invisible del pasadizo en que me encontraba, dejando que mi asombro se transformase gradualmente en una cadena de locas especulaciones. Un centenar de misterios que previamente me habían inquietado parecían, de repente, tomar un nuevo y siniestro significado, y temblé con un miedo agudo, distinto a cualquier otro que hubiera experimentado antes.

Creía saber por qué aquellos seres repulsivos estaban agolpándose expectantes a mi alrededor. Creía también haber descubierto al fin el secreto de la estructura transparente. El tentador cristal que habla encontrado, el cuerpo del hombre que lo había hallado antes que yo... todas esas cosas comenzaron a adquirir un significado tétrico y amenazador. No habla sido una vulgar racha de mala fortuna lo que me había hecho perderme en aquella maraña de corredores transparentes y sin techo. Ni mucho menos. Sin duda alguna, aquel lugar era algo deliberado: un laberinto construido a propósito por aquellos seres infernales cuyas habilidades y mentalidad había infravalorado. Pero, ¿no debería haberlo sospechado antes, conociendo su raro talento arquitectónico? Su propósito estaba bien claro. Era una trampa; una trampa dispuesta para cazar seres humanos, y con el cristal esferoide como cebo. Aquellos seres reptiloides, en su guerra con los ladrones de cristales, habían decidido usar la estrategia, y estaban utilizando nuestra propia codicia contra nosotros mismos. Dwight, si es que aquel cuerpo putrefacto era Dwight, había sido víctima del laberinto. Debía de haber quedado atrapado hacía algún tiempo, y no había logrado hallar la salida. Sin duda la falta de agua lo había enloquecido, y quizá se había quedado también sin cubos de clorato. Probablemente su máscara no se le había perdido accidentalmente; era más probable que se hubiera suicidado. En lugar de enfrentarse con una muerte lenta, había acabado con sus problemas quitándose deliberadamente la máscara y dejando que la atmósfera letal acabase con él en seguida. La horrible ironía de su destino estaba en su situación... a solo unos pasos de la salida salvadora que no había logrado hallar. Un minuto más de búsqueda, y habría estado a salvo. Y ahora yo estaba tan atrapado como él. Atrapado y con aquella manada de curiosos riéndose de mi desgracia. La idea era enloquecedora, y, cuando la tuve se apoderó de mi una repentina oleada de pánico que me hizo echar a correr sin rumlx, por los invisibles corredores. Durante varios minutos fui un demente: tropezando, cayéndome, hiriéndome contra las paredes invisibles, y finalmente desplomándome en el barro como un montón de carne estremecida, dolorida, sangrante y sin consciencia.

La caída me calmó un poco, así que cuando lentamente me puse en pie, pude fijarme en las cosas y razonar. El círculo de mirones estaba agitando sus tentáculos en una forma extraña y regular, que me sugería una burla por su parte, así que les enseñé el puño con ira cuando me puse en pie. Mi gesto pareció incrementar su diversión; y algunos de ellos lo imitaron burdamente con sus verdosas extremidades anteriores. Algo avergonzado, traté de recapacitar y considerar la situación. Después de todo, no estaba tan mal como Dwight. A diferencia de él, sabía cuál era la situación, y hombre prevenido vale por dos. Tenía pruebas de que se podía llegar a una salida, y no repetiría su trágico acto de desesperación. El cadáver... o el esqueleto, que es lo que pronto sería, seguía sirviéndome de guía para hallar la abertura, y una paciencia decidida no dejaría de llevarme hasta ella si trabajaba lo bastante, con inteligencia. Sin embargo, tenía la desventaja de estar rodeado por aquellos demonios reptiloides. Ahora que me daba cuenta de la naturaleza de la trampa, cuyo material invisible indicaba unos conocimientos superiores a cualquier cosa conocida en la Tierra, ya no podía despreciar la mentalidad y recursos de mis enemigos. Aún con mi pistola lanzallamas pasaría un mal rato para alejarme de allí... aunque la audacia y la rapidez me servirían, sin lugar a dudas, para salir del aprieto.

Pero primero tenía que llegar al exterior... a menos que pudiera atraer o provocar a alguno de aquellos seres, para que avanzase hacia mí. Mientras preparaba mi pistola para cualquier posible acción y comprobaba mi abundante suministro de munición, se me ocurrió que podía probar el efecto de la misma sobre las paredes invisibles. ¿Habría estado pasando por alto un método de escape factible? No tenía ni idea de la composición química de la barrera transparente, y tal vez se tratase de algo que una lengua de fuego pudiera cortar sin problemas. Eligiendo una sección que daba hacia el cadáver, descargué cuidadosamente la pistola a bocajarro y tanteé con mi cuchillo allá donde había dado la descarga. Nada había cambiado. Había visto cómo la llama se extendía al tocar la superficie, y me daba cuenta de que mi esperanza había sido vana. Solo una larga y tediosa búsqueda de la salida lograría llevarme al exterior. Así que, tragándome otra tableta alimenticia y colocando otro cubo en el electrolizador de mi máscara, reinicié la larga búsqueda, volviendo sobre mis pasos hacia la cámara central e intentándolo de nuevo. Constantemente consultaba mis notas y dibujos, y tomaba otros nuevos, equivocándome una y otra vez en los giros, pero siguiendo desesperadamente hasta que la luz de la tarde se hizo muy débil. Mientras insistía en mi exploración, miraba de vez en cuando al silencioso círculo de espectadores burlones, y noté un gradual cambio en su composición. De vez en cuando algunos volvían al bosque, mientras que otros llegaban a tomar sus lugares. Cuanto más pensaba en sus tácticas menos me gustaban, pues me daban una idea de los posibles motivos de aquellos seres. En cualquier momento aquellos diablos hubieran podido avanzar y luchar conmigo, pero parecían preferir contemplar mis intentos por escapar. No me cabía más posibilidad que considerar que estaban divirtiéndose con el espectáculo, y esto me hizo temer con mayor fuerza la idea de caer en sus manos. Con la llegada de la oscuridad cesé mi búsqueda, y me senté en el barro para descansar. Ahora estoy escribiendo a la luz de mi lámpara, y pronto intentaré dormir un poco. Espero que mañana lograré salir; pues mi cantimplora está vaciándose, y las tabletas de lacol son un mal sustituto para el agua. Y no me atrevo a intentar sorber la humedad de este barro, pues el agua de los barrizales de esta región es tan solo potable cuando ha sido destilada. Por eso tenemos esas largas conducciones de agua hasta las zonas de arcilla amarilla, y dependemos del agua de lluvia cuando esos diablos sabotean nuestras tuberías. Además, tampoco tengo demasiados cubos de clorato, y debo intentar disminuir mi consumo de oxígeno tanto como pueda. Mi tentativa de abrir un túnel a primera hora de la tarde, y mi loca carrera de después, consumieron una peligrosa cantidad de aire. Mañana reduciré mis esfuerzos físicos al mínimo posible hasta que me halle frente a los reptiles y tenga que luchar con ellos. Necesito una buena cantidad de cubos para el viaje de regreso a Terra Nova. Mis enemigos siguen ahí; puedo ver un círculo de sus poco luminosas antorchas fosforescentes a mi alrededor. Esas luces me producen una sensación de horror que tiende a mantenerme despierto.

VI, 14 POR LA NOCHE
¡Otro día completo de búsqueda y aún no he hallado mi camino al exterior! Comienza a preocuparme el problema del agua, pues acabé con el contenido de mi cantimplora al mediodía. Durante la tarde hubo un aguacero y regresé a la cámara central a buscar el casco que había dejado como señal, para usarlo como recipiente y conseguir un par de vasos de agua. Me bebí la mayor parte de la misma, pero he puesto el poco que quedó en la cantimplora. Las tabletas de lacol sirven bien poco contra la verdadera sed, y espero que vuelva a llover durante la noche. He dejado el casco boca arriba para que recoja el agua que caiga. Y tampoco tengo demasiadas tabletas alimenticias, aunque eso aún no sea un peligro. De todas maneras, de ahora en adelante me pondré a media ración. Lo que realmente me preocupa son los cubos de clorato, pues aún sin ejercicios violentos, el continuo caminar de todo un día consume un número peligroso de los mismos. Me siento débil por mi forzada economía de oxígeno, y por mi sed, que va en constante aumento. Cuando reduzca la comida supongo que aún me sentiré más débil.

Hay algo maldito, algo extraño, en este laberinto. Podría jurar que había eliminado ciertos giros con mis dibujos, y sin embargo cada nuevo intento va en contra de algún supuesto que creía comprobado. Nunca antes me había dado cuenta de lo perdidos que estamos sin referencias visuales. Un hombre ciego quizá lo hiciese mejor que yo... pero para la mayoría de nosotros la vista es el principal de nuestros sentidos. El efecto de todos esos recorridos inútiles es causarme un profundo desaliento. Puedo comprender cómo debió de sentirse el pobre Dwight. Su cadáver es ahora tan solo un esqueleto, y los sificlighs y moscas farnoth ya han desaparecido. Las hierbas efjen están haciendo pedazos el uniforme de cuero, pues eran más largas y crecen más rápido de lo que me imaginaba. Y durante todo el tiempo, esos espectadores cambiantes permanecen agitando sus tentáculos alrededor de la barrera, riéndose de mí y disfrutando de mi desgracia. Un día más y enloqueceré, si es que no me desplomo muerto de agotamiento. Mas no me queda Otra solución que perseverar. Dwight habría salido si hubiera seguido caminando un minuto más. Y es posible que alguien de Terra Nova venga a buscarme antes de que pase mucho más tiempo, aunque éste sea solamente mi tercer día de ausencia. Me duelen horriblemente los músculos, y no parezco descansar en absoluto cuando me acuesto en este repugnante barro. La pasada noche, a pesar de mi terrible fatiga, dormí sobresaltado, y esta noche temo que no lo haga mejor. Vivo en una continua pesadilla: pasando del sueño a la vigilia, y sin embargo sin estar verdaderamente despierto o dormido. Me tiembla la mano, ya no puedo seguir escribiendo. Ese círculo de tenues antorchas fosforecentes es repugnante.

VI, 15 A ULTIMA HORA DE LA TARDE
¡Adelanto considerablemente! Las cosas tienen buen aspecto. Estoy muy agotado y no dormí mucho antes de que saliera el sol. Entonces, dormité hasta el mediodía, aunque sin lograr descansar totalmente. No ha llovido, y la sed me debilita mucho. Comí una tableta alimenticia extra para mantenerme en marcha, pero sin agua no me ha servido demasiado. Me atreví a intentar beber algo del agua del barro en una ocasión, pero me produjo violentos vómitos y aún me dejó más sediento que antes. Debo conservar los cubos de clorato, así que casi me estoy sofocando por la falta de oxígeno. No puedo caminar la mayor parte de tiempo, pero consigo arrastrarme por el barro. Hacia las dos de la tarde creí reconocer algunos de los pasadizos, y me acerqué mucho al cadáver, o esqueleto, de lo que habla hecho en mis intentos del primer día. En una ocasión llegué a un callejón sin salida, pero volví al camino principal con ayuda de mi mapa y notas. El problema de más anotaciones es que hay demasiadas. Deben llenar un metro del papiro, y debo detenerme durante largos ratos para descifrarlas. No consigo concentrarme a causa de la sed, la sofocación y el agotamiento, y no logro comprender lo que he escrito. Esos malditos seres verdes siguen mirándome y riéndose con sus tentáculos, y a veces gesticulan de una forma que me hace creer que se están contando alguna terrible broma que no logro comprender. Fue hacia las tres de la tarde cuando realmente hallé una buena pista. Había un portal que, según mis notas, no había atravesado antes; y cuando lo hice vi que pedía arrastrarme dando un rodeo hacia el esqueleto envuelto por las hierbas. El camino era una especie de espiral, muy similar a aquella por la que había llegado inicialmente a la cámara central. Cuando llegaba a una puerta lateral o a una intersección, seguía el camino que más parecía repetir el recorrido original. Mientras me acercaba, en círculos, más y más a mi repugnante punto de referencia, los espectadores del exterior intensificaban sus crípticas gesticulaciones y su irónica risa silenciosa. Evidentemente veían algo macabramente divertido en mi avance... dándose cuenta, sin lugar a dudas, de lo inerme que estaré en cualquier lucha con ellos. Dejé que se rieran; pues aunque me daba cuenta de mi tremenda debilidad, contaba con la pistola lanzallamas y con sus numerosos cargadores extra para abrirme paso entre la vil falange de reptiles.

Ahora mi esperanza estaba en alza, pero no intenté ponerme en pie. Era mejor seguir reptando, y guardar mis fuerzas para el cercano encuentro con los hombres-lagarto. Mi avance era muy lento, y el peligro de perderme en algún camino sin salida muy grande, pero, de todas formas, parecía ir siguiendo una curva que decididamente me llevaba hacia mi meta ósea. La perspectiva me daba nuevas fuerzas, y durante un tiempo dejé de preocuparme del dolor, la sed, y mi escasa cantidad de cubos. Las criaturas se estaban agrupando todas alrededor de la entrada: haciendo gestos, saltando y riendo con sus tentáculos. Pronto, reflexioné, debería enfrentarme con aquella horda... y quizá con los refuerzos que recibiesen del bosque. Estoy ya tan solo a unos metros del esqueleto, y me detengo a tomar estas notas antes de salir y atravesar esa molesta banda de seres. Confío en que con mis últimas energías podré ponerlos en fuga a pesar de su número, pues el radio de acción de esta pistola es tremendo. Entonces acamparé en el musgo seco del borde de la meseta, y por la mañana viajaré cansadamente por la jungla hacia Terra Nova. Me alegrará volver a ver de nuevo hombres vivos y los edificios de la raza humana. Los dientes de esa calavera brillan y sonríen de una forma horrible.

VI, 15 YA CASI DE NOCHE.
¡Horror y desesperación, me equivoqué de nuevo! Tras tomar las anteriores notas me aproximé aún más al esqueleto, pero repentinamente encontré una pared que se interponía. De nuevo había sido engañado, y aparentemente volvía a estar en la misma situación que tres días antes, durante mi primer fútil intento de salir del laberinto. No sé si grité o no... quizá estuviera demasiado débil para producir un solo sonido. Simplemente, me quedé anonadado en el barro durante un largo período, mientras las cosas verdosas del exterior saltaban y reían y gesticulaban. Al cabo de un tiempo recuperé totalmente el conocimiento... Mi sed, debilidad y sofocación estaban acabando conmigo rápidamente, y con mis últimas fuerzas coloqué un nuevo cubo en el electroliza...... sin pensarlo, y sin considerar mis necesidades para el viaje de vuelta a Terra Nova. El oxígeno así obtenido me revivió ligeramente, y me permitió contemplar los alrededores con más atención. Parecía como si estuviera un poco más lejos del pobre Dwight de lo que me había hallado en mi primer desengaño, y me pregunté embotadamente si podría hallarme en otro corredor algo más remoto. Con esta débil esperanza me arrastré laboriosamente hacia adelante, pero al cabo de algunos metros encontré una pared como en la anterior ocasión. Así que aquello era el fin. Tres días no me habían llevado a ninguna parte y mis fuerzas han desaparecido. Pronto enloqueceré de sed, y ya no tengo bastantes cubos como para regresar. Me pregunté débilmente por qué aquellos seres de pesadilla se habían agrupado de tal forma junto a la entrada, para burlarse de mi. Probablemente era parte de su trampa: el hacerme creer que estaba aproximándome a una salida que sabían que no existía. Sé que no duraré mucho, aunque estoy resuelto a no acelerar mi fin como hizo Dwight. Su cráneo sonriente está vuelto hacia mí, movido por los tanteos de una de las hierbas efjeh que están devorando su traje de cuero. La fantasmal mirada de esas cuencas vacías es peor que la de esos horrores reptiloides. Da un ominoso significado a esa sonrisa muerta. Me quedaré muy quieto sobre el barro para recuperar mis fuerzas en lo posible. Estas notas, que espero lleguen a poder de los que vengan tras de mí, y les sirvan de aviso, estarán pronto terminadas. Cuando acabe de escribir, descansaré un largo rato. Entonces, cuando sea demasiado oscuro y esos seres no puedan verme, utilizaré mis últimas reservas de energía para intentar lanzar el papiro sobre la pared y el corredor que me separa de ella hacia la llanura exterior Tendré buen cuidado de apuntar hacia la izquierda, donde no caiga entre el grupo de burlones espectadores. Quizá se pierda para siempre entre el barro... pero quizá caiga en algún matorral y llegue al fin a manos humanas.

Si al final es leído, espero que sirva para algo más que para simplemente advertir a otros hombres de esta trampa. Espero que sirva para enseñarle a nuestra raza que debe dejar esos brillantes cristales donde están. Pertenecen a Venus. Nuestro planeta realmente no los necesita, y creo que hemos violado alguna ley oscura y misteriosa, alguna ley profundamente oculta en los arcanos del cosmos, en nuestras tentativas de apoderarnos de ellos. ¿Quién puede decir qué oscuras, potentes y extensas fuerzas empujan a esos seres reptilescos que guardan su tesoro en forma tan extraña? Dwight y yo ya hemos pagado nuestra culpa, como otros lo han hecho antes y otros los harán después. Aunque quizá esas pocas muertes sean únicamente un preludio de unos horrores más grandes que aún están por venir. Dejemos a Venus lo que es de Venus. Ya estoy muy próximo a la muerte, y temo no ser capaz de poder lanzar el papiro cuando llegue la noche. Si no puedo hacerlo> supongo que los hombres-lagarto se apoderarán de él, pues probablemente se dan cuenta de lo que es. No querrán que nadie tenga un previo aviso acerca del laberinto... y no sabrán que mi mensaje contiene una suplica a su favor. A medida que se aproxima mi fin me siento más predispuesto a favor de esos seres. ¿Quién puede decir, en la escala de las entidades cósmicas, qué especie se encuentra más alta, o se aproximan más a la norma orgánica de los espacios... si la suya o la mía?

Acabo de sacar el gran cristal de mi bolsa para mirarlo durante mis últimos instantes. Brilla fiera y amenazadoramente a los rojizos rayos de la puesta del sol. La horda se ha dado cuenta de ello y sus gestos han cambiado en una forma que no pued6 comprender. Me pregunto por qué permanecerán agrupados alrededor de la entrada en lugar de concentrarse en un punto más cercano de la pared transparente. Estoy perdiendo el sentido y ya no puedo escribir mucho más. Las cosas giran a mi alrededor, y no obstante, no acabo de perder el conocimiento. ¿Podré lanzar el papiro sobre la pared? El cristal brilla mucho, y eso que cada vez oscurece más. Oscuro. Muy débil. Siguen riendo y saltando alrededor de la puerta, y han encendido esas infernales antorchas fosforescentes. ¿ Se están yendo? Creí oír un sonido una luz en el cielo...

INFORME DE WESTLEY P. MILLER, DIRECTOR DEL GRUPO A COMPAÑIA CRISTAL DE VENUS (TERRA NOVA EN VENUS - VI, 16)
Nuestro empleado A49, Kenton 1. Stanfield, domiciliado en 5317 Marshall Street, Richmond, Estados Unidos, salió de Terra Nova a primera hora del VI, 12, para un corto viaje guiado por un detector. Debiendo regresar el 13 o el 14, no había aparecido a la tarde del 15, por lo que el avión de observación FR-58 con cinco hombres a mi mando partió a las ocho de la tarde para seguir su ruta con el detector. La aguja no señalaba ningún cambio respecto a lecturas anteriores. Seguimos la aguja hasta la Meseta Eryciniana, manteniendo en funcionamiento durante todo el camino nuestros potentes reflectores. Nuestros lanzallamas de triple potencia y cilindros de radiación D hubieran podido dispersar cualquier fuerza ordinaria de nativos hostiles, o cualquier manada peligrosa de skorahs carnívoros. Cuando estuvimos en la llanura abierta de Eriyx vimos un grupo de luces en movimiento que sabíamos que eran antorchas fosforescentes nativas. Al aproximarnos, se dispersaron por el bosque. Probablemente eran de setenta y cinco a cien. El detector indicaba que había un cristal en el punto del que provenían. Planeando a baja altura sobre aquel punto, nuestras luces descubrieron objetos en el suelo. Un esqueleto cubierto por hierbas efjeh, y un cuerpo a unos tres metros del mismo. M hacer descender el avión cerca de los cuerpos, la punta del ala chocó contra un obstáculo invisible.

Acercándonos a los cuerpos a pie, nos topamos con una lisa barrera invisible que nos asombró tremendamente. Tanteando cerca del esqueleto hallamos una abertura, tras la cual habla un espacio con otro orificio que daba al esqueleto. Este, aunque había sido despojado de su ropa por las hierbas, tenía junto a él uno de los cascos numerados de la Compañía, Era el empleado B-9, Frederick N. Dwight, del grupo Koenig, que había partido hacía dos meses de Terra Nova en un viaje largo. Entre este esqueleto y el cadáver aún indemne parecía haber otra pared, pero pudimos identificar fácilmente al segundo hombre como Stanfield. Tenía un papiro de notas en su mano izquierda y una pluma en la derecha, y parecía haber estado escribiendo cuando murió. No se vela ningún cristal, pero el detector indicaba la existencia de un enorme espécimen cerca del cadáver de Stanfield. Tuvimos grandes dificultades para llegar hasta éste, pero finalmente lo logramos. El cadáver estaba aún caliente, y junto a él se hallaba un gran cristal, cubierto por el poco profundo barro. Inmediatamente estudiamos su papiro y nos preparamos a dar ciertos pasos siguiendo los datos contenidos en él. Las anotaciones del papiro forman la larga narración que precede a este informe; una narración que hemos verificado en sus puntos esenciales, y que adjuntamos como explicación de lo que hallamos. Las partes finales del relato muestran el deterioro de su mente, pero no hay razón para dudar de su parte principal. Stanfield obviamente falleció por una combinación de su sed, sofocación, tensión cardíaca y depresión psicológica. Tenía colocada la máscara y esta estaba generando oxígeno normalmente, a pesar de su escasa reserva de cubos.

Teniendo dañado nuestro aparato, enviamos un mensaje por radio reclamando la presencia de Anderson con el avión de reparaciones FG-7, con un equipo de demoliciones y material para las mismas. Hacia la mañana el FR-58 ya había sido reparado, y regresó al mando de Anderson llevando los dos cadáveres y el cristal. Enterraremos a Dwight y Stanfield en el cementerio de la Compañía, y enviaremos el cristal a Chicago en el siguiente navío que se dirija a la Tierra. Luego, adoptaremos la sugerencia de Stanfield... la más cuerda contenida al principio del informe, cuando aún estaba sano, y traeremos las suficientes tropas como para acabar con los nativos. Con el campo libre, no habrá límites en la cantidad de cristales que podamos obtener. Por la tarde estudiamos con mucho cuidado el edificio o trampa invisible, explorándolo con la ayuda de largas cuerdas de guía, y preparando un mapa completo para nuestros archivos. Nos sentimos muy impresionados por el diseño, y conservamos especímenes de la sustancia para someterlos a análisis químicos. Estos conocimientos nos serán útiles cuando invadamos las ciudades nativas. Nuestras brocas de diamante tipo C lograron perforar el material, y el equipo de demoliciones está ahora dinamitando el edificio para volarlo hasta los cimientos. No quedará nada cuando hayan acabado. Este edificio es una verdadera amenaza para el tráfico aéreo y de otros tipos.

Al contemplar el plan del laberinto uno se siente impresionado no solo por la ironía del fin de Dwight, sino también por el de Stanfield. Cuando intentamos llegar hasta el segundo cadáver desde el esqueleto, no pudimos hallar acceso hacia la derecha, pero Marheim encontró una puerta desde el primer espacio interior a unos cuatro metros y medio más allá de Dwight y a un metro y medio de Stanfield. Tras ella había un largo corredor que no exploramos hasta más tarde, pero en su lado derecho había otra puerta que llevaba directamente al cadáver. Stanfield podría haber alcanzado la salida exterior caminando unos seis o siete metros si hubiera hallado la abertura que estaba directamente tras él... una abertura de la que no se dio cuenta a causa de su cansancio y desesperación.

NUEVOS CUENTOS DE LOS MITOS



La editorial Valdemar acaba de reeditar en su sello "El Club Diógenes" la colección de relatos titulada Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu, que ofrece relatos de una segunda generación de escritores de terror que han hecho su aportación a esta cosmogonía literaria.
Los Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu ofrecen nuevas aportaciones al universo literario de autores como Stephen King, Brian Lumley, Frank Belknap Long o el propio Lovecraft. La antología corre, además, a cargo de Ramsey Campbell, toda una eminente figura literaria en el campo del género de terror.Los relatos que se incluyen son los siguientes:
· Crouch End,de Stephen King.
· La charca de las estrellas,de A.A. Attanasio.
· El segundo deseo,de Brian Lumley.
· Oscuro despertar,de Frank Belknap Long.
· La sección 247,de Basil Copper.
· Un negro con un saxofón,de T.E.D. Klein.
· El libro negro de Alsophocus,de H.P. Lovecraft y Martin S. Warnes.
· Maldita sea la oscuridad,de David Drake.
· Las caras de Pine Dunes,de Rampsey Campbell.

jueves, 1 de diciembre de 2011

FOTOGRAFÍAS QUE RECUERDAN A LOVECRAFT



El pasado 24 de noviembre, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo (CFMAB) y el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa)de Oaxaca, México, inauguraron una exposición titulada Carlos Amorales y Rosana Schoijett presentan Lovecraft .Se trata de una serie de collages, retratos de siluetas y rayogramas creados por dos artistas, la argentina Rosana Schoijett (n.1969)y el mexicano Carlos Amorales (n.1970) en una exposición que albergará hasta enero del 2012. Resaltando el uso de técnicas fotográficas antiguas, en el proceso de trabajo, ambos artistas hicieron un guiño al pasado sin olvidar las nuevas tecnologías.Los autores recurrieron al uso de técnicas fotográficas antiguas,Amorales retomando el rayograma, que fue aplicado por Man Ray en 1921, mientras que la argentina Schoijett realizó retratos de siluetas, similares a aquellos creados en el siglo XVII.Aunque la exposición en sí no es un homenaje a Lovecraft, el título y el cartel rememoran al escritor.

EL ARTE DE LOS MITOS DE CTHULHU



La editorial sevillana Edge Entertainment, especializada en cartas y juegos de rol, ha publicado en castellano el libro El Arte de los Mitos de Cthulhu de H.P.Lovecraft,editado por Pat Harrigan y Brian Wood, una recopilación de ilustraciones y dibujos sobre la mitología lovecraftiana,realizadas por algunos de los mejores artistas de lo fantástico y el terror de la actualidad, como Michael Komarck, Torstein Nordstrand, Paul Carrick, Anders Finer y muchos otros.Como dicen en la propia web,un viaje a las oscuras y perturbadoras visiones inspiradas por los libros y relatos de los Mitos de Cthulhu.Se trata de un libro de 192 páginas y se puede adquirir por unos 30 euros.

CUADERNO HALLADO EN UNA CASA DESHABITADA

Cuaderno hallado en una casa deshabitada (Notebook found in a deserted house) es un relato de terror del escritor Robert Bloch, publicado en la edición de mayo de 1951 de la revista Weird Tales.
Tal como anuncia el título, el relato es un texto encontrado en una casa abandonada, escrito por un tal Willie Osborne. Más allá de las conexiones entre este relato con los Mitos de Cthulhu, e incluso con el propio estilo narrativo de Lovecraft, algunos han visto en este cuento la fuente de muchísimas y variadas versiones cinematográficas sobre el mismo tema, entre ellas El proyecto de la Bruja de Blair(The Blair Witch Proyect,1999).



Ante todo, quiero afirmar que yo no he hecho nunca nada malo. A nadie. No tienen ningún derecho a encerrarme aquí, sean quienes fueren. Y no tienen ningún motivo para hacer lo que presiento que van a hacer. Creo que no tardarán en entrar, porque hace ya mucho tiempo que se han marchado. Supongo que estarán excavando en el pozo viejo. He oído que buscan una entrada. No una entrada normal, por supuesto, sino algo distinto.

Tengo una idea concreta de lo que pretenden, y estoy asustado. Esos sueños sobre el ser negro que era como un árbol, que andaba por los bosques y echaba raíces en un determinado lugar para ponerse a rezar con todas aquellas bocas... a rezar a ese viejo dios de debajo del suelo. No sé de dónde saqué la idea de cómo rezaba: pegando sus bocas al suelo. Tal vez porque vi el limo verde. ¿O es que lo presencié en realidad? Nunca volví a aquel lugar a mirar. Tal vez no eran más que figuraciones mías, la historia de los druidas y ellos y la voz que decía «shoggoth» y todo lo demás. Pero entonces, ¿dónde estaban Primo Osborne y Tío Fred? ¿Y qué asustó al caballo para venir de esa manera y morirse al día siguiente?

Los pensamientos me seguían dando vueltas y más vueltas en la cabeza, cada uno expulsando al otro, pero todo lo que sabía era que no estaríamos aquí la noche del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Porque la noche del 31 de octubre caía en jueves, y Cap Pritchett vendría y podríamos irnos al pueblo con él. La noche antes hice que Tía Lucy recogiera unas cuantas cosas y lo dejamos todo preparado, y entonces me eché a dormir. No hubo ruidos, y por primera vez me sentí un poco mejor. Sólo que volvieron los sueños. Soñé que un puñado de hombres venían en la noche y entraban por la ventana de la habitación donde dormía Tía Lucy y la cogían. La ataban y se la llevaban en silencio, a oscuras, porque tenían ojos de gato y no necesitaban luz para ver. El sueño me asustó tanto que me desperté cuando ya despuntaba el día. Bajé corriendo a buscar a Tía Lucy.

Había desaparecido. La ventana estaba abierta de par en par, como en mi sueño, y había algunas mantas desgarradas. El suelo estaba duro, fuera de la ventana, y no vi huellas de pies ni nada. Pero había desaparecido. Creo que grité entonces. Es difícil recordar lo que hice a continuación. No quise desayunar. Salí gritando «Tía Lucy» sin esperar ninguna respuesta. Fui al granero y encontré la puerta abierta, y que las vacas habían desaparecido. Vi una huella o dos que se dirigían al camino, pero no me pareció prudente seguirlas.

Poco después fui al pozo y entonces grité otra vez, porque el agua estaba verdosa de limo en el nuevo, igual que el agua del viejo. Cuando vi aquello supe que estaba en lo cierto. Debieron de venir ellos por la noche y ya no trataron de ocultar sus fechorías. Porque estaban seguros de las cosas. Esta era la noche del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Tenía que marcharme de aquí. Si ellos vigilaban y esperaban, y no podía confiar en que Cap Pritchett apareciese esta tarde. Tenía que intentar bajar al camino, así que era mejor que me fuera ahora, por la mañana, mientras había luz para llegar al pueblo. Con que me puse a revolver y encontré un poco de dinero en el cajón de la mesa de Tío Fred y la carta de Primo Osborne, con el remite de Kingsport, desde donde escribió. Ahí es adonde yo habría ido después de contar a la gente lo sucedido. Debo tener familia allí. Me preguntaba si me creerían en el pueblo cuando les contara la forma en que Tío Fred había desaparecido, y Tía Lucy, y el robo del ganado para un sacrificio y lo del limo verde en el pozo donde algún animal se había parado a beber. Me preguntaba si se enterarían de los tambores, y las fogatas que habría en los montes esta noche y si formarían una partida y vendrían esta noche para tratar de cogerlos a todos ellos y a lo que se proponían hacer salir de la tierra. Me preguntaba si sabrían qué era un «shoggoth».

Bueno, tanto si iban a venir como si no, yo no iba a quedarme a averiguarlo Así que hice mi pequeña maleta y me dispuse a marcharme. Debía ser alrededor de mediodía y todo estaba tranquilo. Fui a la puerta y salí sin molestarme en cerrarla con llave después. ¿Para qué, si no había nadie en muchos kilómetros a la redonda? Entonces oí el ruido abajo en el camino. Era ruido de pasos. Alguien benía por el camino, exactamente por la curva. Me quedé quieto un minuto, esperando a ber, esperando para echar a correr. Entonces apareció.

Era alto y delgado, y se parecía un poco a Tío Fred, sólo que mucho más joven y sin barba, y vestía una especie de traje elegante como de ciudad y un sombrero de copa. Sonrió al verme y vino hacia mí como si me conociera.

-Hola, Willie -dijo.
Yo no dije nada, estaba muy confundido.
-¿No me conoces ? -dijo-. Soy Primo Osborne. Tu primo Frank -me tendió la mano para estrecharme-. Pero supongo que no te acuerdas de mí, ¿verdad? La última vez que te vi eras sólo un bebé.
-Pero yo creía que tenías que venir la semana pasada -dije-. Te esperábamos el 25.
-¿No recibisteis mi telegrama? -preguntó-. Tuve que hacer.
Negué con la cabeza.
-Nosotros no recibimos nada, aparte del correo que nos traen los jueves. A lo mejor está en la estación.
Primo Osborne hizo una mueca.
-Estáis bastante lejos del bullicio, desde luego. Este mediodía no había nadie en la estación. He esperado a Fred para que me recogiera en su calesa, así no me habría dado la caminata, pero no he tenido suerte.
-¿Has venido a pie todo el trayecto? -pregunté.
-Desde luego.
-¿Y has venido en tren?
Primo Osborne asintió.
-Entonces, ¿dónde está tu maleta?
-La he dejado en el apeadero -me dijo-. Está demasiado lejos para traerla en la mano. Pensé que Fred me puede llevar en su calesa para recogerla -notó mi equipaje por primera vez-. Pero, un momento, ¿adónde vas con esa maletita, hijo?

Bueno, no me quedaba otro remedio que contarle todo lo que había sucedido. Así que le dije que fuéramos a la casa a sentarnos, y se lo explicaría. Volvimos y él preparó un poco de café y yo hice un par de bocadillos y comimos, y entonces le conté que Tío Fred había ido al apeadero y no había vuelto, y lo del caballo, y lo que le ocurrió luego a Tía Lucy. Me callé lo que me pasó a mí en el bosque, naturalmente, y ni siquiera le insinué lo de ellos. Pero le dije que estaba asustado y que me disponía a irme hoy mismo antes de que oscureciese. Primo Osborne me escuchaba, asentía y no decía nada ni me interrumpía.

-Así que por eso, tenemos que irnos de aquí.
Primo Osborne se levantó.
-Puede que tengas razón, Willie -dijo-. Pero no dejes correr demasiado la imaginación, hijo. Trata de separar los hechos de las fantasías. Tus tíos han desaparecido. Eso es un hecho. Pero esa otra tontería sobre unos seres de los bosques que vienen por ti... eso es fantasía. Me recuerda todas aquellas estupideces que contaban en casa, en Arkham. Y por alguna razón, me lo recuerdan más en este tiempo, ya que es 31 de octubre. Porque, cuando me marché...
-Perdona, Primo Osborne -dije-. Pero ¿no vives en Kingsport?
-Pues claro -me contestó-. Pero antes vivía en Arkham, y conozco a la gente de por aquí. No me extraña que te asusten los bosques y que imagines cosas. De hecho, admiro tu valentía. Para tus doce años, te has portado con mucha sensatez.
-Entonces pongámonos en camino -dije-. Son casi las dos, y lo más prudente es que nos vayamos si queremos llegar al pueblo antes de la puesta del sol.
-Aún no, hijo -dijo Primo Osborne-. No me iré tranquilo sin echar antes una ojeada y ver qué podemos averiguar sobre este misterio. Al fin y al cabo, debes comprender que no podemos marcharnos al pueblo y contarle al sheriff cualquier disparate sobre extrañas criaturas de los bosques que vinieron y se llevaron a tus tíos. La gente sensata no cree en esas cosas. Podrían pensar que estoy mintiendo y se reirían de mí. Podrían creer que has tenido algo que ver con... bueno, con la desaparición de tus tíos.
-Por favor -dije-. Vámonos ahora mismo.

Negó con la cabeza. No dije nada más. Podía haberle dicho un montón de cosas, lo que había soñado y oído y visto y lo que sabía... pero pensé que no serviría de nada. Además, había cosas que yo no quería decirle ahora que había hablado con él. Me sentía asustado otra vez. Primero dijo que era de Arkham y luego, cuando le pregunté me dijo que era de Kingsport pero a mí me sonaba a mentira. Luego dijo algo sobre que yo tenía miedo en los bosques, pero ¿cómo podía saber eso él? Yo no le había contado ese detalle. Si queréis saber qué es lo que yo pensaba de verdad, pensaba que tal bez no era Primo Osborne. Y si no era él, entonces ¿quién era?

Me puse de pie y me dirigí al vestíbulo.
-¿Adónde vas, hijo ? -preguntó.
-Afuera.
-Iré contigo.

Con toda seguridad, me vigilaba. No iba a perderme de vista. Vino a mí y me cogió del brazo amistosamente... pero yo no podía soltarme. No, se pegó a mi lado. Sabía que yo me proponía echar a correr. ¿Qué podía hacer? Estaba a solas en la casa del bosque con este hombre, y de cara a la noche, víspera de Todos los Santos, y ellos aguardando fuera. Salimos, y noté que ya empezaba a oscurecer, aun en plena tarde. Las nubes habían ocultado el sol, y el viento agitaba los árboles de forma que alargaban las ramas como si trataran de retenerme. Hacían un ruido susurrante, como si cuchichearan cosas sobre mí, y él levantó la vista como para mirarlos y escucharlos. A lo mejor comprendía lo que decían. A lo mejor le estaban dando órdenes. Luego casi me eché a reír, porque se puso a escuchar algo, y yo lo oí también. Era un golpear en el camino.

-Cap Pritchett -dije-. Es el cartero. Ahora podremos irnos al pueblo en su calesa.
-Deja que hable con él -dijo-. Y sobre tus tíos, no hay por qué alarmarle y no vamos a armar escándalo, ¿no te parece? Corre adentro.
-Pero, Primo Osborne -dije-. Tenemos que decir la verdad.
-Pues claro que sí, hijo. Pero eso es cosa de mayores. Ahora corre. Ya te llamaré.

Hablaba con mucha amabilidad y hasta sonrió, pero de todos modos me llevó a la fuerza hasta el porche y me metió en la casa y cerró con un portazo. Me quedé en el vestíbulo a oscuras y pude oír a Cap Pritchett y llamarle, y que él subía a la calesa y hablaba, y luego oí un murmullo muy bajo. Miré por una raja de la puerta y los vi. Cap Pritchett le hablaba amistosamente, con humor, y no pasaba nada. Después, al cabo de un minuto o dos, Cap Pritchett hizo un gesto de despedida y cogió las riendas, ¡y la calesa se puso en marcha otra vez! Entonces me di cuenta de lo que tenía que hacer, pasara lo que pasase. Abrí la puerta y eché a correr, con la maletita y todo, sendero abajo, y luego por el camino, detrás de la calesa. Primo Osborne trató de cogerme cuando pasé por su lado, pero lo esquivé y grité:

-¡Espéreme, Cap, quiero irme, lléveme al pueblo!
Cap se detuvo y miró hacia atrás, realmente desconcertado.
-¡Willie! -dijo-. Creía que te habías ido. El me ha dicho que te habías marchado con Fred y con Lucy.
-No le haga caso -dije-. No quería que me fuera. Lléveme al pueblo. Tengo que contarle lo que ha pasado. Por favor, Cap, tiene que llevarme.
-Claro que sí, Willie. Sube.
Salté arriba. Primo Osborne vino en seguida a la calesa.
-Baja ahora mismo -dijo con astucia-. No puedes marcharte así como así. Te lo prohibo. Estás bajo mi custodia.
-No le escuche -supliqué-. Lléveme, Cap. ¡Por favor!
-Muy bien -dijo Primo Osborne-. Si insistes en no ser razonable, iremos todos. No puedo consentir que te vayas solo.
Sonrió a Cap.
-Como ve, el chico está trastornado -dijo-. Espero que no le molesten sus desvaríos. El vivir aquí como él... bueno, usted me comprende, no es el mismo. Se lo explicaré todo camino del pueblo.

Se encogió de hombros e hizo un gesto como de golpearse la cabeza con los dedos. Luego sonrió otra vez, y se dispuso a subir y tomar asiento junto a nosotros. Pero Cap no le correspondió.

-No, usted, no -dijo-. Este chico, Willie, es un buen chico. Yo lo conozco. A usted no le conozco. Parece que ya me ha explicado bastante, señor, al decirme que Willie se había ido.
-Pero sólo quería evitar que hablase; escuche, me han llamado como médico para que atienda al muchacho... está mentalmente desequilibrado.
-¡Maldita sea! -Cap disparó un escupitajo de jugo de tabaco a los pies de Primo Osborne-. Nos vamos.
Primo Osborne dejó de sonreír.
-Entonces insisto en que me lleve con usted -dijo y trató de subir a la calesa.
Cap se metió la mano en la chaqueta y cuando la sacó otra vez, tenía una enorme pistola en ella.
-¡Baje! -gritó-. Señor, está hablando con el Correo de los Estados Unidos, y usted no manda en el Gobierno, ¿entiende? Ahora baje, si no quiere que le esparza los sesos en el camino.
Primo Osborne arrugó el ceño, pero se apartó en seguida de la calesa. Me miró a mí y encogió los hombros.
-Cometes una gran equivocación, Willie -dijo.

Yo no le miré siquiera. Cap dijo: «Vamos», y salimos al camino. Las ruedas de la calesa rodaron más y más de prisa, y no tardamos en perder de vista la casa y Cap se guardó la pistola y me palmeó en el hombro.

-Deja de temblar, Willie -dijo-. Ahora estás a salvo. Nadie te molestará. Dentro de una hora o así estaremos en el pueblo. Ahora sosiégate y cuéntale al viejo Cap todo lo que ha pasado.

Se lo conté. Tardé mucho tiempo. Corríamos a través de los bosques, y antes de que me diera cuenta, casi había oscurecido. El sol se deslizó furtivamente detrás de los montes. La oscuridad empezaba a invadir los bosques a ambos lados del camino, y los árboles empezaban a susurrar, diciéndoles a las sombras que nos siguiesen. El caballo corría y brincaba y muy pronto oímos otros ruidos a lo lejos. Podían ser truenos o podían ser otra cosa. Pero lo que era seguro es que se avecinaba la noche y que era víspera de Todos los Santos. La carretera cruzaba entre los montes ahora, y no beías adónde te iba a llevar la siguiente curva. Además, oscurecía muy de prisa.

-Sospecho que nos va a caer un chaparrón -dijo Cap, mirando hacia el cielo-. Eso son truenos, creo.
-Tambores -dije yo.
-¿Tambores?
-Por la noche pueden oírse en los montes -dije-. Los he oído todo este mes. Son ellos, se están preparando para el sabbath.
-¿El sabbath? -Cap me miró-. ¿Dónde has oído hablar del sabbath?

Entonces le conté algo más sobre lo que había ocurrido. Le conté todo lo demás. No dijo nada, y al poco tiempo no pudo haber contestado tampoco porque los truenos sonaban alrededor nuestro, y la lluvia azotaba la calesa, la carretera, todo. Ahora había oscurecido completamente, y sólo podíamos ver cuando surgía algún relámpago. Tenía que gritar para hacerme oír, contarle a voces los seres que se habían apoderado de Tío Fred y habían venido por Tía Lucy, los que se habían llevado nuestro ganado y luego enviaron a Primo Osborne por mí. Le conté a gritos también lo que había oído en el bosque. A la luz de los relámpagos pude ber la cara de Cap. Sonreía o arrugaba el ceño... parecía que me creía. Y noté que había sacado otra vez la pistola y que sostenía las riendas con una mano a pesar de que corríamos muy de prisa. El caballo estaba tan asustado que no necesitaba que lo fustigaran para mantenerse al galope. La vieja calesa saltaba y daba bandazos y la lluvia silbaba en el viento y era todo como un sueño espantoso, pero real. Era real cuando le conté a gritos a Cap Pritchett lo que oí aquella vez en el bosque.

-Shoggoth -grité-. ¿Qué es un shoggoth?

Cap me cogió el brazo, y luego surgió un relámpago y pude ver su cara con la boca abierta. Pero no me miraba a mí. Miraba el camino y lo que teníamos delante. Los árboles se habían como juntado cubriendo la siguiente curva, y en la oscuridad parecía como si estuviesen vivos... se movían y se inclinaban y se retorcían para cerrarnos el paso. Surgió un relámpago y pude verlos con claridad, y también algo más. Era algo negro que estaba en el camino, algo que no era árbol. Algo negro y enorme, agachado, esperando con unos brazos como cuerdas extendiéndose y contorsionándose.

-¡Shoggoth! -gritó Cap. Pero yo apenas le oí porque los truenos retumbaban ahora y el caballo soltó un relincho y sentí un tirón de la calesa hacia un lado y el caballo se encabritó y casi caímos sobre aquello negro. Pude notar un olor espantoso, y Cap apuntó con la pistola y soltó un disparo casi tan fuerte como el trueno y casi tan ruidoso como el estampido que se produjo cuando herimos a aquella negra monstruosidad.

Entonces sucedió todo en un momento. El trueno, la caída del caballo, el tiro, y nuestro choque al pasar la calesa por encima. Cap debía llevar las riendas atadas alrededor de su brazo, porque cuando cayó el caballo y se volcó la calesa salió de cabeza por encima del guardafango y fue a parar sobre la agitada confusión que era el caballo... y la monstruosidad negra que lo había atrapado. Yo sentía que salía despedido hacia la oscuridad, y luego que aterrizaba en el barro y la grava del camino. Hubo truenos y gritos y otro ruido que yo había oído antes una vez, en los bosques... un zumbido como de una voz. Por eso no miré hacia atrás. Por eso ni se me ocurrió pensar en el daño que me había hecho al caer... me puse de pie y eché a correr por la carretera lo más de prisa que podía, en medio de la tormenta y la oscuridad, mientras los árboles se contorsionaban y retorcían y agitaban sus cabezas y me apuntaban con sus ramas y se reían. Por encima de los truenos oí el relincho del caballo y oí el alarido de Cap, también, pero no me volví a mirar. Los relámpagos se sucedían a intervalos, y yo corría entre los árboles ahora porque el camino no era más que un cenagal que me sujetaba y me sorbía las piernas. Al cabo de un rato comencé a gritar yo también, pero no podía ni oírme yo mismo debido a los truenos. Y más que truenos. Oía tambores.

De repente, salí del bosque y llegué a los montes. Corrí hacia arriba y el rumor de los tambores se hizo más fuerte, y no tardé en ver un poco medianamente, aunque no ya por los relámpagos. Porque había fogatas encendidas en el monte; y el percutir de los tambores venía de allí. Me extravié en el ruido; el viento gemía y los árboles se reían y los tambores palpitaban. Pero me detuve a tiempo. Me detuve cuando vi con claridad las fogatas; eran unos fuegos rojos y verdes que ardían aun con toda la lluvia. Vi una gran piedra blanca en el centro de un claro que había en lo alto de una colina. Había fuegos rojos y verdes detrás y a su alrededor, de modo que todo se recortaba contra las llamas. Había hombres junto al altar, hombres de largas barbas grises y rostros arrugados, hombres que echaban al fuego unos polvos que olían espantosamente mal y hacían las llamas rojas y verdes. Y tenían cuchillos en las manos, y podía oírles aullar por encima de la tormenta. De espaldas, acuclillados en el suelo, había más hombres que hacían sonar los tambores. Poco después llegó algo más a la loma: dos hombres conduciendo ganado. Podría asegurar que eran nuestras vacas lo que conducían y las llevaron derecho al altar y luego los hombres de los cuchillos las degollaron como sacrificio.

Todo esto lo pude ver por los relámpagos y las llamas de las hogueras, y yo me agazapé en el suelo de modo que no me pudieran descubrir. Pero en seguida dejé de ver bien, debido a la forma de echar polvos en el fuego. Se levantó un humo muy espeso. Cuando este humo se lebantó los hombres empezaron a cantar y a rezar más alto. Yo no podía oír las palabras, pero sonaba como lo que escuché en los bosques la otra vez. No podía ver muy bien, pero sabía lo que iba a pasar. Dos hombres que habían conducido el ganado bajaron por el otro lado de la loma y cuando volvieron a subir traían nuevas víctimas para el sacrificio. El humo no me dejaba ver bien, pero las víctimas tenían dos piernas, no cuatro patas. Tal vez hubiera podido ver mejor en ese momento, pero me tapé la cara cuando las arrastraron ante el altar blanco y lebantaron los cuchillos y el fuego y el humo se avivaron de pronto y los tambores resonaron y cantaron todos y llamaron en voz muy alta a alguien que aguardaba en el otro lado de la loma. El suelo empezó a estremecerse. Creció la tormenta y redoblaron los relámpagos y los truenos y el fuego y el humo y los cánticos y yo estaba medio muerto de miedo, pero una cosa podría jurar: que el suelo empezó a estremecerse. Se sacudió y tembló, y ellos llamaron a alguien y ese alguien acudió como al cabo de un minuto.

Acudió arrastrándose cuesta arriba hasta el altar y el sacrificio, y era negro como aquella monstruosidad de mis sueños, como aquella cosa negra con cuerdas y en forma de árbol y con una gelatina verdosa de los bosques. Y subió con sus pezuñas y bocas y brazos serpeantes. Y los hombres se inclinaron y retrocedieron y entonces aquello se acercó al altar donde había algo que se retorcía encima, que se retorcía y chillaba. La monstruosidad negra se inclinó sobre el altar y entonces oí un zumbido por encima de los gritos al agacharse. Sólo miré un minuto, pero en este tiempo la negra monstruosidad empezó a inflarse y a crecer. Eso pudo conmigo. Perdí todo sentido de la prudencia. Tenía que correr. Me lebanté y corrí y corrí y corrí, gritando a voz en cuello sin importarme que me oyeran.

Seguí corriendo y gritando en medio de los bosques y la tormenta y huyendo de aquella loma y aquel altar y entonces de repente supe dónde estaba y que había vuelto aquí a la casa de mis tíos. Sí, eso es lo que había hecho: correr en círculo y regresar. Pero ya no podía continuar, no podía seguir soportando la noche y la tormenta. Así que corrí adentro. Al principio, después de cerrar la puerta me dejé caer en el suelo, cansado de tanto correr y gritar. Pero al cabo de un rato me levanté y busqué clavos y un martillo y unas tablas de Tío Fred que no estuvieran hechas astillas. Primero clavé la puerta y luego todas las ventanas. Hasta la última. Creo que estuve trabajando varias horas. Al terminar, la tormenta se había disipado y todo quedó tranquilo. Lo bastante tranquilo como para poderme echar en la cama y quedarme dormido. Me he despertado hace un par de horas. Era de día. He podido ver la luz a través de las rajas. Por la forma de entrar el sol, he comprendido que ya es por la tarde. He dormido toda la mañana y no ha venido nadie.

Calculaba que tal vez podía abrir y marcharme a pie al pueblo como había planeado ayer. Pero calculaba mal. Antes de ponerme a quitar los clavos, le he oído. Era Primo Osborne, naturalmente. El hombre que dijo que era Primo Osborne quiero decir. Ha entrado en el cercado gritando. «¡Willie!» Pero yo no he contestado. Luego ha intentado abrir la puerta y después las ventanas. Le he oído golpear y maldecir. Eso ha estado mal. Pero entonces se ha puesto a murmurar, y eso ha sido peor. Porque significaba que no estaba solo. He echado una ojeada por una raja, pero se habían ido a la parte de atrás de la casa, así que no he visto quiénes estaban con él. Creo que da lo mismo, porque si estoy en lo cierto, es mejor no berlos.

Ya es bastante desagradable oírlos. Oír ese ronco croar, y luego oírle a él hablar y después croar otra vez. El olor es un olor espantoso, como el limo verde de los bosques y del pozo. El pozo... han ido al pozo de atrás. Y he oído a Primo Osborne decir algo así como: «Esperad hasta que oscurezca. Podemos utilizar el pozo si encontráis la entrada. Buscad la entrada.»

Ahora ya sé lo que significa. El pozo debe de ser una especie de entrada al lugar que tienen bajo tierra, que es donde esos druidas viven. Y esa monstruosidad negra. He estado escribiendo de un tirón y ya la tarde se va yendo. Miro por las rajas y veo que está oscureciendo otra vez. Ahora es cuando vendrán por mí; cuando oscurezca.

Romperán la puertas y las ventanas y entrarán y me cogerán. Me bajarán al pozo, me llevarán a los negros lugares donde están los shoggoths. Debe de haber todo un mundo debajo de los montes, un mundo donde se ocultan y esperan para salir por más víctimas, por más sacrificios. No quieren que haya seres humanos por aquí, salvo los que necesitan para los sacrificios.

Yo vi lo que esa monstruosidad negra hizo en el altar. Sé lo que me va a pasar. Tal vez echen de menos a Primo Osborne en su casa y envíen a alguien a averiguar qué le ha pasado. Puede que las gentes del pueblo echen de menos a Cap Pritchett y vengan a buscarle. Puede que vengan y me encuentren. Pero si no vienen pronto, será demasiado tarde.

Por eso he escrito esto. Es verdad lo que digo, con la mano sobre el corazón, cada palabra. Y si alguien encuentra este cuaderno donde yo lo escondo, que vaya y se asome al pozo. Al pozo viejo, que está detrás. Que recuerde lo que he dicho de ellos. Que ciegue el pozo y seque las charcas. No tiene sentido que me busquen... si no estoy aquí. Quisiera no estar tan asustado. No lo estoy tanto por mí como por otras gentes; los que pueden venir a vivir por aquí, y les pase lo mismo... o peor. Tenéis que creerme. Id a los bosques, si no. Id a la loma. A la loma donde ellos hicieron los sacrificios. Puede que ya no estén las manchas y la lluvia haya borrado las huellas. Puede que no encontréis ningún rastro de fuego. Pero la piedra del altar tiene que estar allí. Y si está, sabréis la verdad. Debe haber unas manchas redondas y grandes en esa piedra. Manchas de medio metro de anchas.

No he hablado de ellas. Al final, miré hacia atrás. Vi a la monstruosidad negra aquella que era un shoggoth. La vi cómo se hinchaba y crecía. Creo que he dicho ya que podía cambiar de forma, y que se hacía enorme. Pero no podéis ni imaginar el tamaño ni la forma y yo no lo quiero decir. Lo único que digo es que miréis. Que miréis y veréis lo que se esconde debajo de la tierra en estos montes, esperando salir para celebrar su festín y matar a alguien más. Esperad. Ya vienen. Se está haciendo de noche y puedo oír sus pasos. Y otros ruidos. Voces. Y otros ruidos. Están aporreando la puerta. Y estoy seguro de que deben tener un tronco o tablón para derribarla. Toda la casa se estremece. Oigo hablar a voces a Primo Osborne, y también ese zumbido. El olor es espantoso. Me estoy poniendo enfermo, y dentro de un minuto...

Mirad el altar. Luego comprenderéis qué estoy tratando de decir. Mirad las grandes manchas redondas, de medio metro de anchas, a cada lado. Es donde la enorme monstruosidad negra se agarró. Mirad las marcas, y sabréis lo que vi, lo que me da miedo, lo que espera para atraparos, a menos que lo sepultéis para siempre bajo tierra. Marcas negras de medio metro de anchas. Pero no son manchas. En realidad, son ¡huellas de dedos!

Han derribado la puerta d...

EL DIARIO DE ALONZO TYPER

El diario de Alonzo Typer (The Diary of Alonzo Typer) es un relato de terror de Lovecraft, escrito en colaboración con William Lumley (1880-1960), publicado en la edición de febrero de 1938 de la revista Weird Tales.
Este relato se integra en los Mitos de Cthulhu a través de sus libros prohibidos, mencionando al espeluznante De Vermis Mysteriis, además de un terrible pueblo venusino, cuya integración en la mitología nunca se concretó del todo.





Alonzo Hasbrouck Typer, de Kingston, Nueva York, fue visto y reconocido por última vez el 17 abril de 1908, alrededor del mediodía, en el Hotel Richmond de Batavia. Era El Último descendiente de una antigua familia del condado del Ulster, y tenía 53 años en el momento de su desaparición. Mr Typer recibió educación privada en las Universidades de Columbia Y Heidelberg. Toda su vida la dedicó al estudio el ámbito de sus investigaciones abarcaba diversas fronteras del conocimiento humano oscuras y generalmente temidas. Sus documentos sobre vampirismo, gules y fenómenos poltergeist fueron impresos de forma privada tras ser rechazados por multitud de editores. Abandonó la sociedad de Investigaciones Psíquicas en 1902 después de una serie de controversias particularmente amargas.

En diversas épocas, Mr Typer efectuó largos viajes, desapareciendo de vista durante largos periodos. Se sabe que visitó oscuros lugares de Nepal, India, Tíbet, e Indochina, y pasó la mayor parte del año 1889 en la misteriosa Isla de Pascua. La amplia búsqueda de Mr Typer, efectuada tras su desaparición, no obtuvo ningún fruto, y sus bienes fueron divididos entre sus primos lejanos de la ciudad de Nueva York. El diario que ofrecemos a continuación fue supuestamente descubierto en las ruinas de una enorme granja, cerca de Attica, Nueva York, que había adquirido una reputación curiosamente siniestra durante las generaciones previas a su ruina. El edificio era muy viejo en comparación con los habituales doblamientos blancos de la región, y fue el hogar de una extraña y huraña familia apellidada Van der Heyl que había emigrado desde Albany en 1746 bajo una curiosa nube de sospechas de brujería. La construcción fue probablemente edificada alrededor de 1760. Poco sabemos de la historia de los Van der Heyl. Se mantenían completamente apartados de sus vecinos, empleaban sirvientes negros traídos directamente de África y que hablaban muy poco ingles, y educaban privadamente a sus menores en colegios europeos. Aquellos que estaban en contacto con el mundo desaparecieron pronto de vista, pero no sin ganarse una maligna reputación por su asociación con grupos dedicados a misas negras y cultos de reputación aún más oscura.

Cerca de la aborrecida casa se alzaba un poblado disperso, habitado por indios y más tarde por renegados del condado circundante, que llevaba el sospechoso de Chorazin. Sobre los singulares rasgos hereditarios que después aparecieron en los mestizos habitantes de Chorazin, se ha escrito multitud de monografías por parte los etnólogos. Junto al poblado, y a la vista de la casa de los Van der Heyl, se alza una empinada colina coronada por un peculiar anillo de piedras verticales que los iroqueses siempre habían contemplado con miedo y rechazo. El origen y naturaleza de las piedras, cuya fecha de origen, según la evidencia arqueológica y climatológica, debe ser fabulosamente antigua, es un problema aún por resolver. Desde 1795, aproximadamente, las leyendas de los pioneros y de los posteriores pobladores tienen mucho que decir sobre extraños gritos y cánticos procedentes, en cierta estación, de Chorazin y la gran casa, así como de la colina de piedras enhiestas; aunque hay razones para suponer que los ruidos cesaron sobre 1872, cuando toda la familia Van der Heyl incluidos los sirvientes desaparecieron brusca y simultáneamente.

A partir de ese momento la casa quedo desierta, ya que otros sucesos desastrosos incluyendo las misteriosas muertes, cinco desapariciones y cuatro casos de súbita locura tuvieron lugar cuando posteriores propietarios y visitantes interesados intentaron ocupar el lugar. La casa, el poblado y amplias zonas rurales en todas direcciones pasaron al estado y fueron subastadas en ausencia de herederos probados de los Van der Heyl. Desde 1890 los propietarios (sucesivamente el finado Charles A. Shield y su hijo Oscar S. Shield, de Búfalo) dejaron toda la propiedad en un estado de absoluto abandono, advirtiendo a los curiosos que no visitaran el lugar. De aquellos que se sabe que se aproximaron a la casa en los últimos cuarenta años, la mayoría fueron estudiantes de lo oculto, oficiales de policía, periodistas y oscuros personajes del extranjero. Entre los últimos estaba un misterioso euroasiático, probablemente procedente de Conchinchina, cuya posterior aparición con amnesia y extravagantes mutilaciones tuvieron un amplio eco en la prensa de 1903. El diario de Mr Typer un cuaderno de unos 15 x 9 centímetros de tamaño, con fuerte papel y una portada de delgadas láminas de metal extrañamente resistentes fue descubierto en poder de los degenerados habitantes de Chorazin el 16 noviembre de 1935 por un policía estatal enviado a investigar el rumor sobre el derrumbe de la mansión Van der Heyl. La casa en efecto, se había desplomado, obviamente por culpa de la evidente edad y la decrepitud, durante la fuerte galerna del 12 de noviembre. La desintegración fue peculiarmente completa y, durante semanas, no pudo hacerse una investigación exhaustiva entre las ruinas. John Eagle, el atezado poblador medio indio de rostro simiesco que tenía en su poder el diario, dijo haber encontrado el libro bastante cerca de la superficie de los escombros, en la que debía haber existido una habitación superior frontal.

Muy poco del contenido de la casa puso ser identificado, fuera de una inmensa y asombrosa bóveda de ladrillo sólido en el sótano (cuya antigua puerta de hierro fue preciso forzar debido a la perversa tenacidad del cerrojo extrañamente conformado) que permanecía intacta y presentaba ciertos rasgos desconcertantes. En primer lugar, los muros estaban cubiertos con jeroglíficos aún sin descifrar y rústicamente incisos en la albañilería. Otra particularidad era una inmensa abertura circular en la parte trasera de la bóveda, bloqueada por un derrumbe evidentemente causado por el hundimiento de la casa. Pero lo más extraño de todo era el aparentemente reciente depósito de alguna sustancia fétida, limosa y negra como la pez en el suelo de piedra liza, con un metro de anchura y formando una irregular línea que finalizaba en la bloqueada abertura circular. Aquellos que primero abrieron la bóveda declararon que el lugar olía como la madriguera de las serpientes de un Zoo. El diario, destinado en apariencia a cubrir solamente una investigación de la temida casa Van der Heyl por parte del desaparecido Mr Typer, ha sido certificado como genuino por expertos grafólogos. El texto muestra signos de creciente tensión nerviosa según se acerca al final y en algunos lugares se convierte casi en ilegible. Los habitantes de Chorazin cuya estupidez y mutismo desconciertan a todos los estudiosos de la región y sus secretos no admiten recordar a Mr Typer entre otros imprudentes visitantes de la temida casa.

El texto del diario se ofrece aquí literalmente y sin comentarios. Cómo interpretado y que conclusiones, aparte de la locura del redactor, sacar de él, es algo que el lector debe decidir por si mismo. Sólo el futuro puede decir que valor tendría para resolver misterios tan viejos como generaciones. Debe insistirse que los genealogistas confirman la tardía memoria de Mr Typer en el asunto de Adriaen Sleght.


El diario:
17 abril de 1908: Llegué aquí sobre las 6 P.m. Tuve que caminar todo el trayecto desde Attica bajo una tormenta. Ya que nadie quiso alquilarme un caballo o un coche, y no sé conducir automóviles. Este lugar es aún peor de lo que esperaba, y temo lo que pueda pasar, aunque a la vez estoy ansioso de conocer el secreto. Pronto todo se desvelará con la noche el viejo horror del Sabbath de Walpurgis, y, tras aquella vez en Gales, sé lo que es buscar. Suceda lo que suceda, no me acobardaré. Espoleado por algún afán insondable, he dedicado mi vida entera a la búsqueda de impíos misterios. No he venido aquí por otro asunto y no me hurtaré a mi destino. Estaba muy oscuro cuando llegué, aunque el sol no se había puesto. Las nubes de tormenta eran las más espesas que haya visto jamás, y no habría encontrado mi camino de no ser por el fulgor de los relámpagos. El poblado es una pequeña cloaca odiosa, y sus pocos habitantes no son mejores que idiotas. Uno de ellos me saludó de forma extraña, como si me conociera. Puedo ver muy poco del paisaje, sólo un pequeño y pantanoso valle de extraños matorrales pardos y muertos hongos, circundados por descarnados y maléficamente retorcidos árboles de ramas desnudas. Pero cerca del poblado hay una colina de apariencia lúgubre en cuya cima se alza un círculo de grandes piedras con otra roca en el centro. Esto, sin discusión, es el vil objeto primordial que V… me dijo sobre el N….stbat

La gran casa se alza en mitad de un parque sepultado bajo zarzas de curioso aspecto. Apenas puedo pasar entre ellas, y cuando me percaté de la inmensa edad y decrepitud del edificio, casi renuncié a entrar. El lugar parece sucio e insalubre, y me pregunto cuántos leprosos podrían apiñarse juntos ahí dentro. Es de madera y, aunque sus líneas originales están ocultas bajo una caótica confusión de alas añadidas en diferentes épocas, pienso que fue primeramente construida en el estilo colonial rectangular de Nueva Inglaterra. Probablemente, fue más fácil de construir que una casa de piedra Holandesa y además, según recordé, la esposa de Dirck van der Heyl era de Salem, una hermana del innombrable Abaddon Corey. Había un pequeño porche de pilares y me refugie bajo él justo cuando estallaba la tormenta. Era una demoníaca tormenta negra como la medianoche, con lluvia a mares, truenos y relámpagos como el día del Juicio Final, y un viento que realmente me laceraba. La puerta estaba abierta, por lo que encendí mi linterna y penetré. El polvo depositado sobre el suelo y los muebles tenía centímetros de espesor, y el lugar hedía como una tumba cubierta de hongos. Había un salón ocupando toda la planta y una escalera de caracol a la derecha. Me abrí paso por las escaleras y elegí su alcoba frontal para instalarme. Todo el lugar parecía ampliamente amueblado, a pesar que la mayor parte del mobiliario estaba deshecho.

Esto ha sido escrito a las 8 en punto, tras una comida fría sacada de mi maleta de viaje. Tras esto, conseguiré suministros en el poblado… aunque a ellos no les gusta acercarse demasiado a las ruinas de la entrada del jardín (según dicen) cuando es muy tarde. Desearía poder sacudirme un incómodo sentimiento de familiaridad con este lugar.

Más Tarde: Soy conciente de algunas presencias en esta casa. Una en particular es decididamente hostil hacia mí… una malevolente voluntad que trata de romper mi moral e imponérseme. No se ha mostrado ni un momento, pero debo utilizar todas mis fuerzas para resistirlo. Es pasmosamente maligna y definidamente inhumana. Pienso que debe estar aliada con poderes extraterrestres… poderes del espacio, fuera del tiempo y el universo. Se alza como un coloso, tal como está dicho en los escritos de Aklo. Ofrece tal sensación de inmenso tamaño que me maravillo que estas estancias puedan contener su volumen visible. Su edad debe ser enloquecedoramente antigua… impresionante, indescriptible.

18 de abril: He dormido muy poco esta última noche. A las 3 de la madrugada, un extraño y reptante viento comenzó a soplar sobre la región entera… y alzándose ante la casa como un tifón. Mientras descendía las escaleras para ver el estruendo en la puerta, la oscuridad tomó forma semivisible en mi imaginación. Justo ante el rellano fui violentamente rechazado hacia atrás… por el viento, supongo, aunque podría haber jurado que vi los difuminados perfiles de una gigantesca pata negra mientras me giraba precipitadamente. No perdí pie, pero, por mi seguridad, di por concluido el descenso y corrí el pesado cerrojo de la alcoba, que se estremecía peligrosamente. No tenía medios de explorar la casa hasta el amanecer, pero entonces, incapaz de conciliar el sueño e inflamado con entremezclados terror y curiosidad, me sentí reacio a posponer mi búsqueda. Con mi potente linterna me abrí paso a través del polvo hacia el gran recibidor del sur, donde sabía que podían estar los retratos. Allí estaban, tal como V… había dicho, y me pareció reconocerlos gracias a alguna oscura fuente. Algunos estaban tan oscurecidos, enmohecidos y cubiertos de polvo que pude sacar poco o nada de ellos, pero, en aquellos que pude reconstruir, reconocí que pertenecían, en efecto, a la odiosa estirpe de los Van der Heyl. Algunos de los retratos parecían sugerir rostros que había conocido, pero qué rostros, no pude recordar.

Los Rasgos de aquel espantoso híbrido Joris engendrado en 1773 por la hija más joven del viejo Dirck eran los más claros de todos, y pude reconocer los ojos verdes y ese aspecto de ofidio en su cara. Cada vez que apartaba la luz, ese rostro parecía crecer en la oscuridad, hasta que acabé imaginando que relucía con una débil y verdosa luz propia. Cuanto más miraba, más maligno me parecía, y me retiré para evitar las alucinaciones sobre expresiones cambiantes. Sin embargo, me volví para toparme con algo peor. La larga, adusta y diminuta faz, los ojos juntos y las facciones porcinas le identificaban enseguida, a pesar que el artista se había esforzado en hacer aquel hocico tan humano como era posible. Era aquel sobre el que V… había susurrado. Mientras me sobresaltaba horrorizado, creí detectar un fulgor rojizo en los ojos… y, por un instante, el fondo del lienzo pareció convertirse en una extraña y aparentemente irrelevante escena: un solitario y yermo páramo bajo un sucio cielo amarillo, donde medraban matorrales de endrino de aspecto mísero. Temiendo por mi cordura, escapé de la maldita galería, escaleras arriba, hacia mi rincón limpio de polvo donde tengo mis “cuarteles”.

Más Tarde: Resuelto a explorar algunas de las laberínticas alas de la casa a la luz del día. No puedo perderme, ya que mis pisadas son inconfundibles en el espeso polvo… y puedo hacer otras marcas de identificación cuando sea necesario. Es curioso cuán fácilmente he aprendido los intrincados pasadizos de los corredores. Siguiendo un largo pasillo de ángulos rectos que corría hacia el norte, hasta su extremo, llegué a una habitación cerrada cuya entrada forcé. Más allá había una alcoba muy pequeña y bastante atestada de muebles, con los artesonados seriamente carcomidos por los gusanos. En la pared exterior descubrí un espacio negro entre los podridos artesonados y encontré un estrecho pasadizo secreto que bajaba hacia desconocidas profundidades negras. Era un empinado tobogán o túnel sin escaleras o asideros, y me pregunté qué uso pudiera haber tenido. Sobre el hogar había un mohoso retrato que, en una atenta inspección, reveló pertenecer a una joven con las ropas del siglo XVIII. El rostro era de belleza clásica, aunque con la más diabólica y maligna expresión que jamás haya visto en un rostro humano. No era sólo dureza, codicia y crueldad, sino que alguna odiosa cualidad más allá de la humana comprensión parecía apoderarse en aquellas facciones exquisitamente modeladas. Y, mientras miraba, me pareció que el artista o el lento proceso de enmohecimiento y decadencia habían otorgado a esa pálida tez una complexión verdosa enfermiza y una postrera sugerencia de una casi imperceptible textura herrumbrosa. Más tarde subí al ático, donde encontré algunos baúles repletos de misteriosos libros… algunos de aspecto completamente extraño en cuanto a letras y forma física. Uno contenía variantes de las formulas Aklo que nunca había sabido que existieran. Aún no he examinado los libros que se encuentran en los polvorientos estantes bajo las escaleras.

19 de abril: Realmente, hay presencias invisibles aquí, aunque el polvo no muestre más pisadas que las mías. A través de los espinos abrí ayer un camino hacia la puerta del parque donde estaban mis suministros, pero esta mañana lo encontré cerrado. Muy Extraño, dado que los arbustos están a duras penas tonificados por la savia primaveral. De nuevo tuve la sensación de algo parecido a una mano, tan colosal que las estancias apenas pueden contenerla. Esta vez sentí más de un presencia de ese tamaño, y sé ahora que el tercer ritual Aklo que encontré en ese libro ayer en el ático puede convertir a tales cosas en sólidas y visibles. Que yo me atreva a intentar tal materialización es algo que está por ver. Los peligros son grandes. La última noche comencé a observar rostros espectrales y formas evanescentes en las penumbrosas esquinas de los salones y estancias… rostros y formas tan odiosas y temibles que no me atrevo a describirlas. Parecen semejantes en sustancia a esa pata titánica que intentó arrojarme por las escaleras la pasada noche… y deben, desde luego, ser fantasmas de mi excitada imaginación. Lo que estoy buscando no debe parecerse a tales cosas. He visto de nuevo la pata a veces a solas, a veces con su dueño, pero he decidido ignorar por completo tal fenómeno. Esta tarde temprano exploré el sótano por primera vez… descendiendo por una escalera encontrada en un trastero, ya que los escalones de madera estaban podridos. El lugar entero es una masa de incrustaciones nitrosas con hongos amorfos mostrando el lugar donde diversos objetos se han desintegrado. En el extremo más alejado hay un estrecho pasadizo que parece correr bajo el lateral norte donde encontré la pequeña alcoba cerrada, y al final de éste hay un pesado muro de ladrillos con una puerta de hierro atrancada. Aparentemente, pertenece a una cripta de alguna clase; este muro y puerta presentan evidencias de albañilería del siglo XVIII y debe ser contemporánea de las adiciones más viejas de la casa… claramente prerrevolucionaria. En el cerrojo que es, obviamente, tan viejo como el resto de la forja hay grabados algunos símbolos que me es imposible descifrar.

V… no me habló de esta cripta. Esto me llena de mayor inquietud que cualquier cosa que haya visto, ya que, cada vez que me aproximo, siento un impulso casi irresistible de escuchar algo. Hasta ahora ningún sonido ha señalado mi presencia en este maligno lugar. Mientras abandonaba el sótano, deseé fervorosamente que los escalones aún estuviesen allí, ya que mi ascensión por la escala de mano parecía enloquecedoramente lenta. No deseo volver a bajar… aunque algún genio maligno me apremia a hacerlo durante la noche si es que deseo aprender lo que debe ser aprendido.

20 de abril: He sondeado las profundidades del horror… sólo para conocer profundidades aún más recónditas. La última noche la tentación fue demasiado fuerte y, durante las negras horas, descendí una vez más a ese sótano infernal y nitroso con mi linterna… pasando de puntillas entre los amorfos cúmulos hacia ese terrible muro de ladrillo y su puerta cerrada. No desperté ningún sonido y me contuve de susurrar alguno de los encantamientos que conozco, pero escuché…escuché con enloquecedora atención. Por fin, escuché los sonidos provenientes de más allá de esos paneles barrados de fino hierro… el amenazador roce y murmullos como el de un gigantesco ser nocturno en el interior. Entonces, también, hubo un condenable deslizar, como el que haría una inmensa serpiente o bestia marina arrastrando sus monstruosos pliegues sobre el suelo pavimentado. Casi paralizado de miedo, observé el gran cerrojo polvoriento y los extraños, crípticos jeroglíficos grabados en él. Había signos que no podía reconocer, y algo en su ligera técnica mongola insinuaban una blasfema e indescriptible antigüedad. A veces imaginé que podía verlos relucir con una luz verdosa. Me volví para huir, pero me topé con esa visión de patas titánicas ante mí… las grandes zarpas parecían hincharse y hacerse más tangibles según miraba. Se extendían fuera de la maligna oscuridad del sótano, con sombrías insinuaciones de muñecas cochambrosas más allá y con una creciente, malevolente voluntad guiando sus horribles tanteos. Entonces escuché detrás de mío en el interior de esa abominable cripta una nueva explosión de amortiguadas reverberaciones que pareció proceder de lejanos horizontes, como un trueno distante. Impelido por un miedo aún mayor, avancé hacia las zarpas espectrales con mi linterna y las vi desvanecerse ante la plena fuerza del resplandor eléctrico. Enseguida, me aupé a la escalera con la linterna entre los dientes y no descansé hasta haber alcanzado mis “cuarteles”, escaleras arriba.

Como acabará esto, no me atrevo ni a imaginarlo. Vine como buscador, pero ahora sé algo me busca a mi. No podía marcharme aun deseándolo. Esta mañana intenté ir a la puerta a por mis suministros, pero me encontré con que los espinos se apiñaban a mi camino. Era lo mismo en cualquier dirección… atrás o a ambos lados de la casa. En algunos sitios, los sarmientos espinosos y pardos habían alcanzado cotas asombrosas… formando un muro parecido al acero contra mi avance. Los aldeanos están implicados en todo esto. Cuando regresé puertas adentro, encontré mis suministros en el gran salón frontal, pero no rastro del que las hubiera llevado allí. Siento ahora haber barrido el polvo. Esparciré algo y veré que huellas quedan en ello. Esta tarde he leído algunos de los libros de la gran y sombría biblioteca de la parte trasera del primer piso y he concebido algunas sospechas que no me atrevo a mencionar. Nunca había visto el texto de los manuscritos Pnakóticos o los fragmentos de Eltdown antes, y desearía no haber llegado a saber lo que contenían. Creo que es demasiado tarde ya… porque el horripilante Sabbath tendrá lugar dentro de sólo 10 días. Es para esa noche de horror por lo que ellos me están reservando.

21 de abril: He estado estudiando de nuevo los retratos. Algunos tienen nombres colocados, y descubrí uno el de una mujer de rostro maligno pintado hace 2 siglos que me desconcertó. Lleva el nombre de Trintje van der Heyl Sleght, y tuve la curiosa impresión que ya me había encontrado antes con el nombre Sleght y que era una conexión muy significativa. Entonces no fue horrible, tal y como se convierte ahora. Debo estrujarme el cerebro tras esa pista. Los ojos de esos retratos me acechan. ¿Será posible que algunos de ellos emerjan más definidamente de sus mortajas de polvo, decadencia y moho? Los brujos con rostro de ofidio y cerdo me escrutan de forma horrible desde sus marcos ennegrecidos, y un surtido de otros rostros híbridos comienzan a observarme desde sus telones sombríos. Existe un odioso aire familiar en todos ellos… y lo que es humano es aún más horrible que lo que no lo es. Desearía que me recordaran menos a otros rostros… caras que debí conocer en el pasado. Pertenecen a una estirpe marcada por la maldición, y Cornelis de Lyeden era el peor de todos. Fue él quien rompió la barrera tras que su padre encontrara esa otra llave. Estoy seguro que V. sabe sólo fragmentos de la horrible verdad, porque, en efecto, estoy mal preparado e indefenso. ¿Qué hay de la familia antes del viejo Claes? Cuanto hizo en 1591 nunca pudiera haber sido hecho sin generaciones de corrompida herencia o sin algún enlace con el exterior. ¿Y qué hay de las ramas de esta monstruosa familia? Debo recordar el lugar donde una vez conocí tan señaladamente el nombre Slehgt.

Quisiera poder estar seguro de esas pinturas permanecerán siempre en sus marcos. Desde hace algunas horas he estado viendo presencias como las zarpas de antes, y espectrales rostros y formas que son duplicados casi exactos de algunos de los viejos retratos. De cualquier forma, no puedo nunca observar una presencia y el retrato que lo representa al tiempo… la luz es siempre mala para lo uno o lo otro, o la presencia y el retrato están en habitaciones diferentes. Quizás, tal como he esperado, las presencias son meras figuraciones de la imaginación, pero no puedo estar seguro. Algunas son mujeres y de igual belleza infernal que la pintura en la pequeña alcoba cerrada. Algunas no se parecen a retratos que yo haya visto, aunque me hacen sentir que sus facciones pintadas acechan ignoradas bajo el moho y el hollín de lienzos que no puedo descifrar. Unas pocas, temo desesperadamente, se han aproximado a la materialización en formas sólidas o semisólidas… y algunas tenían una familiaridad temible e inexplicable. Hay una mujer que supera en encantos a todas las demás. Sus venenosos encantos son como los de una dulce flor crecida al borde del infierno. Cuando la miro de cerca se desvanece, pero sólo para volver más tarde. Su rostro tiene un aspecto verdoso, y a veces he creído descubrir una insinuación de escamosidad en su suave textura. ¿Quién es ella? ¿Será aquella que debió vivir en la pequeña habitación cerrada hace un siglo o más? Mis suministros están en el salón frontal… esto, claramente, va a convertirse en una costumbre. He esparcido polvo para descubrir huellas, pero esta mañana todo el salón había sido limpiado por algún medio desconocido.

22 de abril: Éste ha sido un día de horribles descubrimientos. Exploré de nuevo el ático cubierto de telarañas y descubrí un tallado cofre medio podrido evidentemente holandés repleto de blasfemos libros y documentos mucho más antiguos que cuanto encontrara hasta ahora. Había un Necronomicón griego, un Livre d’Eibon franconormando y la primera edición del antiguo libro de Ludvig Prinn de Vermis Mysteriis. Pero el manuscrito más antiguo encontrado era el peor. Estaba en bajo latín, lleno de extrañas y apretadas grafías del puño y letra de Claes Van der Heyl… evidentemente, el diario o cuaderno de apuntes que llevó entre 1560 y 1580. Cuando solté los ennegrecidos cierres de plata y abrí las hojas amarillentas, un dibujo coloreado se agito ante mí… una monstruosa criatura parecida, aunque no demasiado, a un calamar con pico y tentáculos, con grandes ojos amarillos y con cierta abominable semejanza de contornos a la forma humana. Nunca antes había vi a un ser tan nauseabundo y espantoso. En zarpas, pies y cabeza tentaculada había curiosas garras que recordaban las colosales siluetas espectrales que tan horriblemente se interponían en mi camino, mientras que la entidad se sentaba sobre un pedestal con aspecto de trono tallado, con desconocidos jeroglíficos que tenían un leve parentesco con los chinos. Tanto sobre el escrito como sobre la imagen pendía un aire de maldad siniestra tan profunda y penetrante que no puede creerlo producto de cualquier mundo o edad. Más bien, esta forma monstruosa debía ser un foco de toda la maldad del espacio desconocido, tanto de eones pasado como los por venir… y aquellos terribles símbolos debían ser viles iconos, sensibles y dotados de enfermiza vida, a su manera, listos para arrancarse del pergamino para destrucción del lector. Del significado de ese monstruo y sus jeroglíficos no tengo pistas, pero sé que ambos han sido trazados con infernal precisión para propósitos innombrables. Mientras estudiaba los maléficos caracteres, su parentesco con los símbolos de aquel ominoso cerrojo del sótano se hizo más y más evidente. Dejé el retrato en el ático, ya que nunca podría conciliar el sueño con una cosa así cerca de mí.

Durante toda la tarde y el crepúsculo leí el libro manuscrito del viejo Claes Van der Heyl, y lo que leí puede ensombrecer y hacer horrible cualquier periodo de vida que me quede por delante. La génesis del mundo, y de los mundos previos, se desplegó ante mis ojos. Supe de la ciudad de Shamballah, construida por los Lemurios hace 50 millones, aún inviolable tras sus muros de fuerza psíquica en el desierto oriental. Conocí sobre el Libro de Dzyan, cuyos seis primeros capítulos son anteriores a la Tierra y que ya era viejo cuando los señores de Venus llegaron a través del espacio para civilizar nuestro planeta. Y vi registrado en el escrito por primera vez aquel nombre que otros me habían susurrado y que había conocido de una forma próxima y más horrible… el evitado y temible nombre de Yian-Ho. En algunos lugares fui contenido por paisajes que precisaban el uso de una clave. Eventualmente, por diversas alusiones, colegí que el viejo Claes no osaba consignar todo su conocimiento en un libro, pero había dejado algunas referencias a otro. El volumen no podía ser completamente inteligible sin su compañía, por lo que he resuelto encontrar el segundo tomo, si es que está en algún lugar de esta maldita casa. A pesar de ser un verdadero prisionero, no he perdido el celo que ha marcado toda mi vida de conocimiento y estoy resuelto a indagar en el cosmos a tanta profundidad como me sea posible antes que me alcance el destino.

23 de abril: he buscado toda la mañana el segundo diario y lo he encontrado, sobre el mediodía, en el escritorio de la pequeña alcoba cerrada. Como el primero, esta el bárbaro latín de Claes Van der Heyl, y parece consistir en notas deslavazadas conectadas con diversas secciones del otro. Ojeando las páginas, descubrí de nuevo el aborrecible nombre de Yian-Ho… Yian-Ho, cuya brumosa memoria, es más vieja que el cuerpo, asecha bajo las mentes de todos los hombres. Se repite muchas veces, y texto de alrededor está sembrando de crudos jeroglíficos pintados, claramente relacionados con los del pedestal de aquella pintura infernal que viera. Aquí, obviamente, descansa la clave de esa monstruosa figura tentaculada y su mensaje prohibido. Con tal conocimiento ascendí las crujientes escaleras hacia el ático, de telarañas y horror. Cuando intente abrir la puerta del ático, se resistió como nunca antes. Aguantó durante unos instantes todos los esfuerzos para abrirla y, cuando al fin logré, tuve la palpable sensación de una zarpa colosal e invisible que bruscamente cediera… una forma que se remontaba con alas, inmateriales pero de batir audible. Cuando encontré el horrible grabado, sentí que no estaba precisamente donde lo había dejado. Aplicando la clave al otro libro, pronto vi que el último no era una instantánea guía del secreto. Tan sólo era una pista… hacia un secreto demasiado oscuro para ser abiertamente guardado. Llevaría horas, quizás días, extraer el espantoso mensaje. ¿Viviré lo bastante para aprender el secreto? Los espectrales brazos y zarpas negras acosan mi visión más y más ahora, y parecen aún más titánicos que al principio. Nunca estoy libre durante mucho tiempo de esas presencias vagas e inhumanas cuyas formas nebulosas parecen demasiado inmensas para ser contenidas por las estancias. Y, en todo momento, los grotescos y evanescentes rostros y figuras, y las burlonas figuras de los retratos, se apiñan ante mí en desconcertante confusión. Verdaderamente, existe un terrible arcano primordial de la Tierra que haría mejor en dejar desconocido y sin evocar, temibles secretos que no son para el hombre, y que la humanidad puede aprender sólo a cambio de su paz y cordura; crípticas verdades que convierten a sus conocedores en un extraño para siempre entre los suyos y le obligan a vagar solitario sobre la Tierra. También hay temibles supervivientes, seres más viejos y poderosos que el hombre, entes que han surgido de forma blasfema desde los eones a edades nunca diseñadas para ellos; entidades monstruosas que han yacido durmiendo durante eternidades en increíbles criptas y cavernas remotas, más allá de las leyes de la razón y la casualidad, listas para ser despertadas por aquellos blasfemos que lleguen a conocer sus signos secretos y prohibidos, así como sus furtivos santo y seña.

24 de abril: he estudiado el dibujo y la clave todo el día en el ático. Al ocaso escuché extraños sonidos, de una especie nunca antes oída, que parecen venir de muy lejos. Prestando atención, decidí que debía brotar de aquella extraña y abrupta colina, donde esta el círculo de piedras enhiestas, junto al poblado y a alguna distancia al norte de la casa. He oído que había un camino desde la casa, por la colina, hasta el crónlech primordial y sospecho que en cierta estación los Van der Heyl Tenían muchas ocasiones de utilizarlo, pero todo el asunto había, hasta ahora, yacido latente en mi subconsciente. El actual sonido consiste en un estridente pitido entremezclado con un peculiar y odioso especie de silbido o siseo… una extravagante, una extraña especie de música como ningún anal de la tierra recoge. Era muy débil y pronto desapareció, pero el asunto me ha hecho reflexionar. Es a la colina hacia donde se extiende el largo alerón norte, con el poso secreto y la bóveda de ladrillo cerrada bajo él. ¿Puede haber alguna conexión que hasta ahora se me ha escapado?

25 de abril: He hecho un peculiar y perturbador descubrimiento sobre la naturaleza de mi prisión. Arrastrado hacia la colina por una fascinación siniestra, descubrí que los espinos me abrían paso, pero sólo en esa dirección. Hay una puerta arruinada y, bajo los matorrales, los restos de un camino que sin duda existió en tiempos. Los espinos se extienden por parte de la ladera y por todos los alrededores de la colina, aunque la cima con las piedras erguidas muestra sólo una curiosa profusión de musgo y hierba raquítica. Trepé por la colina y permanecí algunas horas allí, percatándome de un extraño viento que parece soplar siempre alrededor de los prohibidos monolitos y que a veces parece susurrar en una forma extrañamente articulada, aunque oscuramente críptica. Esas piedras, tanto en color como en textura, no se parecen a nada que haya visto anteriormente. No son pardas ni grises, sino más bien de un amarillo sucio unido a un verde maligno y sugieren una variabilidad camaleónica. Su textura se asemeja extrañamente a la de una serpiente escamosa y es inexplicablemente nauseabunda al tacto… fría y viscosa como la piel de un sapo u otro reptil. Cerca del menhir central hay un curioso pozo con borde de piedra que no puedo explicar, pero que posiblemente forma la entrada a un pozo excavado o túnel. Cuando intenté descender desde la colina a lugares distintos de la casa descubrí que los espinos me interceptaban como antes, aunque, el camino hacia la casa era fácilmente accesible.

26 de abril: He vuelto a subir la colina y he encontrado aquel susurro del viento muy distinto. Los casi furiosos murmullos se parecían al habla actual algo vagamente sibilante y me recordaron el extraño cántico chirriante que había escuchado desde lejos. Tras el ocaso, hubo un curioso relámpago de prematura tormenta de verano en el horizonte norteño, seguido casi de inmediatamente de una extraña detonación, alta en el descolorido cielo. Algo en este fenómeno me perturbó enormemente y no pude evitar la impresión que el ruido finalizaba en una especie de silbido inhumano y parlante que evocaba una cósmica carcajada gutural. ¿Se tambalea por fin mi mente, o mi curiosidad desaforada ha convocado inauditos horrores de los espacios crepusculares? El Sabbath se aproxima. ¿Cómo acabará esto?

27 de abril: ¡Por fin se han realizado mis sueños! Sea o no mi vida o espíritu o cuerpo lo que reclamen, ¡cruzaré ese umbral! El proceso de descifrar esos cruciales jeroglíficos del dibujo ha sido lento, pero esta tarde atisbé la clave final. Durante el anochecer conocí su significado… y ese significado sólo puede aplicarse de una manera a las cosas que he encontrado en esta casa. Hay algo bajo esta casa sepultado no sé donde, uno de los olvidados Antiguos que me mostrará el umbral que debo traspasar y me dará los perdidos signos y palabras que necesito. Cuánto tiempo llevara enterrado aquí olvidado por todos, salvo por aquellos que levantaron las piedras de la colina y aquellos que más tarde descubrieron este lugar y edificaron su casa no puedo conjeturarlo. Fue en demanda de este Ser, más allá de toda duda, por lo que Hendrik van der Heyl llegó a Nueva Holanda en 1638. Los hombres de esta tierra nada saben de Él, excepto en secretos susurros de los pocos y atemorizados iniciados que han encontrado o recibido la clave. Ningún ojo humano se ha posado jamás sobre Él… salvo, quizás, los de los desesperados magos de esta casa que es más profunda de lo que se supone. Con el conocimiento de los símbolos se alcanza una especie de maestría en los 7 Perdidos Signos del Terror… y un tácito reconocimiento de las espantosas y demenciales Palabras de Miedo. Sólo queda entonar el Cántico que transfigurará al Olvidado que es el Guardián del Antiguo Umbral. Me maravillo enormemente ante el Cántico.

Esta compuesto de extraños y repelentes sonidos guturales, y otros perturbadoramente sibilantes que no recuerdan a ningún lenguaje que haya conocido… ni siguiera en los más negros capítulos del Livre d’Eibon. Cuando visité la colina al ocaso, traté de leer en voz alta, pero convoqué, como respuesta, tan sólo un vago y siniestro retumbar en el lejano horizonte, y una rala nube de polvo elemental que se retorcía y giraba, como si fuera algún maligno ente viviente. Quizás no pronuncié correctamente las extrañas sílabas, o quizás es sólo en el Sabbath ese infernal Sabbath para que los Poderes de esa casa, sin duda, me reservan cuando la gran Transfiguración pueda ocurrir. Sufrí un extraño periodo de miedo esta mañana. Creí recordar, por un instante, donde había visto ese desconcertante nombre de Sleght, y la posibilidad de lograrlo me colmó de demencial horror.

28 de abril: Hoy, ominosas nubes oscuras se han cernido intermitentemente sobre el círculo de la colina. He visto tales nubes otras veces anteriormente, pero sus contornos y disposición muestran ahora un nuevo significado. Son serpentinas y fantásticas, curiosamente parecidas a las formas de sombra que ha encontrado en la casa. Flotan en un círculo alrededor del crónlech primordial, revolviéndose constantemente, como dotadas de siniestra vida y propósitos. Podría jurar, asimismo, que intercambian susurros furiosos. Tras unos 15 minutos, derivaron lentamente, siempre hacia el este, como los miembros de un disperso batallón. ¿Serán realmente aquellos temidos Elementales que Salomón conoció antiguamente… aquellas gigantescas entidades negras cuyo número es legión y a cuyo paso tiembla la tierra? Ha estado repasando el Cántico que puede transfigurar al Ser indescriptible, aunque extraños miedos me asaltan cada vez que pronuncio para mí las sílabas. Encajando toda la evidencia, he descubierto ahora que el único camino hacía ello es por la bóveda cerrada. Esa cripta está construida con algún propósito infernal y debe esconder la oculta madriguera que lleva al Cubil Inmemorial. Que Guardianes viven eternamente en su interior, medrando de siglo en siglo gracias a desconocidos alimentos, solo la locura puede conjeturarlo. Los brujos de está casa, que los convocaron del mundo inferior, los conocieron demasiado bien, como los estremecedores retratos y recuerdos de la casa revelan. El mayor de mis problemas es el límite natural del Cántico. Evoca al innombrable, pero no provee de métodos para el control de lo evocado. Hay, por supuesto, signos y gestos generales, pero si serán efectivos contra un Elemental es algo que está por ver. Aún así, las recompensas son suficientemente grandes como para correr cualquier peligro… y no podría retroceder aun deseándolo, ya que una desconocida fuerza me obliga abiertamente a ello. He descubierto un obstáculo más.

La bóveda cerrada debe ser atravesada, pero no puedo encontrar la llave de tal lugar. El cerrojo es demasiado fuerte para forzarlo. Que la llave está en algún lugar, es algo sobre lo que no tengo ninguna duda. Debo buscar diligente y minuciosamente. Debo armarme de valor para abrir esa puerta de hierro, pero, ¿Qué horrores prisioneros no asecharán en su interior?

Más Tarde: He rehuido el océano durante los últimos 2 días, aunque a última hora de la tarde he descendido de nuevo a aquellos prohibidos recintos. Al principio había un silencio total, pero en menos de 5 minutos el rozar y murmurar comenzó de nuevo, una vez fue más alto y terrorífico que en cualquier ocasión previa, y, además, reconocí el deslizarse que indica alguna monstruosa bestia marina… en esta ocasión, crecía de volumen de una forma tan rápida que crispaba los nervios, como si el ser tratara de abrirse paso por el portón hasta donde yo estaba. Mientras sus movimientos aumentaron de volumen, de una forma incansable y siniestra, comenzaron a sonar las infernales e indefinibles reverberaciones que escuchara en mi segunda visita al sótano, aquellas amortiguadas vibraciones que parecían de lejanos horizontes, como un trueno distante. Ahora, no obstante, su volumen estaba magnificado y multiplicado, y su timbre espantaba con nuevas y terroríficas implicaciones. No pude comparar el sonido con nada mejor que con el bramido de algún temible monstruo de la pretérita edad de los reptiles, cuando los horrores primordiales vagaban por la tierra, y los hombres serpientes de Valusia alzaron sus piedras fundacionales de maligna magia. Un bramido así pero elevado hasta ensordecedoras cotas que ninguna garganta orgánica conocida podría alcanzar era este estremecedor sonido. ¿Osaré abrir la puerta y enfrentarme a la embestida de lo que aguarda más allá?

29 de abril: Ha aparecido la llave en la bóveda. La encontré este mediodía en la pequeña alcoba escondida entre chucherías, en el cajón de un viejo cofre, como si se hubiera hecho algún tardío esfuerzo por ocultarla. Estaba envuelta en un deshecho periódico fechado el 31 octubre de 1872, pero había un envoltorio interior de espantosa piel evidentemente, el retal de algún reptil desconocido que ostenta una leyenda en bajo latín en la misma escritura enrevesada que la del diario que encontré. Como había pensado, el cerrojo y la llave son infinitamente más antiguos que la bóveda. El viejo Claes Van der Heyl la preparó para algo que él, o sus descendientes, pensaban hacer… y cuánto más antiguo son, es algo que no puedo estimar. Descifrando la leyenda en latín, me estremecí ante un nuevo acceso de temor latente y espanto indescriptible.

“Los secretos de los monstruosos Primordiales”, rezaba el enrevesado texto, cuyas crípticas palabras hablan de los mundos ocultos que existieron antes del hombre; las cosas que nadie en la Tierra debe aprender, a no ser que la paz le abandone por siempre, y que nunca serán por mí reveladas. De Yian-Ho, esa perdida y prohibida ciudad de incontables eones cuyo emplazamiento no debe mencionarse, donde estuve en la verdadera carne de este cuerpo, tal y como ningún otro viviente ha hecho. Allí lo encontré, y por eso lo llevé conmigo: este conocimiento que olvidaría de buena gana, pero no puedo. He aprendido cómo salvar una brecha que no debía ser cruzada, y debo reclamar sobre la Tierra a Esa Entidad que no debe ser despertada o convocada. Y lo que es enviado a seguirme no me permitirá descansar hasta que yo, o mis descendientes, encontremos y hagamos lo que debe ser encontrado y hecho. Eso que he despertado y traído conmigo, no puedo alejarlo. Ya que está escrito en el Libro de las Cosas Ocultas. Esto que he convocado ha enroscado su espantosa figura a mi alrededor y si no vivo lo bastante para cumplir lo ordenado sobre aquellos niños nacido o nonatos que me seguirán, hasta que el mandato sea cumplido. Extrañas serán sus uniones, y espantosa la ayuda que deberán prestar hasta que el fin sea alcanzado. En las tierras desconocidas y brumosas deberán buscar, y una casa será construida para los Guardianes Exteriores. Ésta es la llave del cerrojo que me fue dado en la temible, antigua de eones y prohibida ciudad de Yian-Ho, el cerrojo que yo o los míos, debemos emplazar sobre el vestíbulo donde Esa Entidad puede ser encontrada. Y quieran los Señores de Yaddith socorrerme, o socorrer a quien deba poner este cerrojo en su sitio o girar la llave.

Tal era la leyenda… una leyenda que, una vez leída, me pareció haber conocido antes. Ahora, mientras escribía estas palabras, tengo ante mí la llave. La miro con mezclado miedo y anhelo, y no puedo encontrar palabras para describir su aspecto. Es del mismo metal desconocido, helado y ligeramente verdoso del cerrojo, un metal cuya mejor comparación es el bronce empañado de verdín. Su diseño es extraño y fantástico, y su forma de ataúd no deja dudas acerca del propósito del cerrojo. Las toscas formas del mango forman una extraña e inhumana imagen cuyos perfiles exactos e identidad no puedo ahora describir. Sopesándola durante un espacio de tiempo, me pareció sentir una extraña y anormal vida en el frío metal… un latido o pulso demasiado tenue para ser reconocido de ordinario. Bajo el ídolo hay un grabado una leyenda débil y desgastada por los eones, cincelada con esos blasfemos jeroglíficos de aspecto chino que he llegado a reconocer tan bien. Sólo puedo descifrar el comienzo las palabras «mi venganza acecha», tras lo que el texto se vuelve indescifrable. Hay alguna fatalidad en este oportuno hallazgo de la llave… ya que mañana tendrá lugar el infernal Sabbath. Pero aunque bastante extraña, de toda esta odiosa espera, la cuestión del nombre Sleight me molesta más y más. ¿Por qué debo temer encontrar que está ligado con los Van der Heyl?

Víspera de Wallpurgis.

30 de abril: Ha llegado el momento. Despertaré la pasada noche para ver el cielo resplandecer con una incesante radiación verdosa… el mismo verde enfermizo que he visto en los ojos y piel de ciertos retratos de aquí, en el espantoso cerrojo y llave, en los monstruosos menhires de la colina y en un millar de otros reflejos de mi conciencia. Hubo estridentes susurros en el aire, sibilantes pitidos como los del Viento alrededor de aquel temible crómlech. Algo me hablaba desde el helado éter del espacio y dijo: «La hora se aproxima.» Es un presagio, y me río de mis propios miedos. ¿Acaso no tengo las terribles palabras de los Siete Signos Perdidos del Terror… el poder coercitivo sobre cualquier Morador del cosmos o de los oscurecidos espacios desconocidos? No dudaré mucho tiempo. Los cielos están muy oscuros, como si una terrible tormenta se aproximase, una tormenta aún más terrible cerca de una quincena atrás. Desde el poblado como a un kilómetro escucho un extraño y desusado farfulleo. Es como pensaba: esos pobres y desgraciados idiotas están en el secreto y guardan el espantoso Sabbath en la colina. Aquí, en la casa, las sombras se hacen más densas. En la oscuridad, la llave parece relucir ante mis ojos con una luz verdosa propia. Aún no he estado en el sótano. Es mejor que esperé, no sea que el sonido de esos murmullos y roces esas reverberaciones deslizantes y amortiguadas me enerven antes que pueda abrir la puerta del destino.

De lo que voy hallar, y puede ser, sólo tengo una idea de lo más general. ¿Encontraré mi meta en la bóveda misma, o debo arrastrarme aún más profundo en el nocturno corazón de nuestro planeta? Hay cosas que no debo entender o mejor, prefiero no entender a pesar del terrible, creciente e inexplicable sentido de pasada familiaridad con esa espantosa casa. Esa rampa, por ejemplo, que lleva abajo desde la pequeña habitación cerrada. Pero pienso que sé por qué el ala con la bóveda se extiende hacia la colina.

6 P.m.: Mirando por las ventanas del norte, puedo ver un grupo de aldeanos en la colina. Parecen ignorar el cielo nublado, y están cavando cerca del gran menhir central. Pienso que están trabajando en el pozo de piedra que Carece como la estrangulada entrada de un túnel. ¿Qué va a pasar? ¿Cuánto de los antiguos ritos del Sabbath retiene esa gente? Esa llave reluce horriblemente, no es mi imaginación. ¿Osaré usarla como debe ser usada? Otro asunto me ha perturbado grandemente. Ojeando nerviosamente un libro de la librería, he dado con el nombre completo que ha fastidiado tan enojosamente mi memoria. Trintje, esposa de Adriaen Sleight. El Adriaen me lleva al borde del recuerdo.

Medianoche: El horror se ha desencadenado, pero no debo flaquear. La tormenta ha roto furia pandemónica, y el rayo ha golpeado la colina por 3 veces, aunque los híbridos y malformados aldeanos se han refugiado en el interior del crónlech. No puedo verlos entre los constantes relámpagos. Las grandes piedras enhiestas se ven espantosamente y muestran una débil luminosidad verde que las identifica cuando no hay rayos. El retumbar de los truenos es espantoso, y cada uno de ellos parece recibir una horrible respuesta desde algún punto imposible de determinar. Mientras escribo esto, las criaturas de la colina han comenzado a cantar, aullar y gritar en una versión degradada y medio simiesca del antiguo ritual. Llueve a mares, pero ellos, brincan y vociferan en una especie de diabólico éxtasis.

¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡La cabra con un Millar de Retoños!

Pero lo peor sucede dentro de la casa. Aun desde aquí, he comenzado a oír sonidos desde el sótano. Es el roce y el susurro y deslizar y las amortiguadas reverberaciones de la bóveda… los recuerdos vienen y van. El nombre de Adriaen Sleight resuena extrañamente en mí mente. El yerno de Dirk Van der Heyl: su hija era nieta del viejo Dirk y bisnieta de Abaddon Corey…

Más Tarde: ¡Dios misericordioso! Por fin he recordado donde he visto ese nombre. Lo sé, y estoy sumido en el horror. Todo está perdido…

La llave ha comenzado a calentarse mientras la oprimo nerviosamente en la mano izquierda. A veces el vago latir o pulsar es tan marcado que puedo casi sentir moverse el metal viviente. Vino de Yian-Ho para una terrible misión, y en mí quien demasiado tarde conoce la débil traza de sangre Van der Heyl que ha pasado, a través de los Sleight a mi propia familia ha recaído la odiosa tarea de cumplir tal misión. Han desaparecido mi valor y mi curiosidad. Sé del horror que asecha más allá de esa puerta de hierro. ¿Qué importa si Claes Van der Heyl era mi antepasado? ¿Debo yo expiar su innombrable pecado? No lo haré… ¡Juro que no lo haré!

(Aquí la escritura se vuelve indescifrable.)

Demasiado tarde… no hay remisión… las zarpas negras se materializan… y me arrastran hacia el sótano…